Vacaciones en Roma (Roman holiday, 1953), de William Wyler

  17 Septiembre 2020

Magistral comedia romántica que ha ganado con el tiempo

vacaciones-en-roma-0Vi esta película en una de esas reposiciones que eran típicas de antaño, cuando no había tanto cine y el público veía en reestreno obras que no había podido ver en su momento. Es mi caso con esta Vacaciones en Roma (Roman Holiday), porque en 1953 aún no había nacido. Pero cuando la vi, a mediados de los sesenta, quedé prendado de la peli, y sobre todo de la Hepburn, toda una preciosidad, una belleza de actriz que ya figura entre mis favoritas de siempre jamás.

Pues bien, no hace mucho la volví a ver por tercera o cuarta vez. Y me siguió pareciendo igual de encantadora que siempre. Dicen que Gregory Peck, viendo la talla y el encanto de la Hepburn, quiso estar en cartel a la misma altura que la novel actriz (no hay que olvidar que fue el primer papel protagonista de Audrey Hepburn en el mundo del cine), pues sabía que ella era una «grande».

Y una actriz rupturista, pues habría de triunfar sin curvas o alardes sexuales, sino sencillamente por su encanto personal. Y Peck no se equivocó, en aquel año de 1953 esta película tuvo ¡diez nominaciones a los Oscar! Y ganó tres: Mejor actriz (Hepburn), argumento original y vestuario.

En la película se cuenta la historia de una visita a Roma de Ana (Hepburn), la bonita princesa de un pequeño país del centro de Europa, quien, tras escapar de la férrea disciplina del protocolo y los guardianes de Palacio, se dispone a recorrer Roma de incógnito.

Casualmente, mientras dormita en un banco de la ciudad, conoce a Joe (Peck), un periodista americano, quien la lleva a su casa y le da cobijo. Pero al darse cuenta de a quién tiene en su casa, Joe busca por todos los medios una exclusiva. Para ello pide la colaboración de un fotógrafo amigo de su periódico, hace como que desconoce la identidad de la princesa y la lleva a pasear de un lado a otro de la ciudad, incluido paseo en moto.

Es así como la pareja y, sobre todo la princesa Ana, habrá de vivir los días más felices de su vida en compañía de Joe, haciendo lo que le viene en gana e incluso teniendo un romance con el periodista, pues Ana y Joe, irresistibles los dos, se enamoran en un cuento delicioso que ya es leyenda del cine. El final es, como cabe suponer, feliz.

William Wyler, que ya venía de ganarlo todo en el cine, dirige con genial maestría este cuento de princesas moderno, dotando al film de un encanto y una frescura que lo hacen inolvidable para quien ha visto la película.

El magnífico guion está firmado por Ian McLellan Hunter (en realidad este fue un sobrenombre pues se trataba de Dalton Trumbo, el extraordinario guionista que no podía firmar el texto por estar represaliado por la caza de brujas del senador McCarthy) y John Dighton, basado en una historia del propio Trumbo (en su momento Trumbo cobró la friolera de 50.000 dólares que Wyler le dio «por debajo de cuerda», como autor del guión).

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Preciosa música de Georges Auric, que ofrece una partitura descriptiva, romántica y ambiental, que subraya la magia del relato. Y gran fotografía en blanco y negro de Franz Planer y Henri Alekan que dan lugar a una narración que trasmite sentimientos de fascinación y encantamiento y donde abundan planos tomados desde abajo, travellings emotivos e imágenes cautivadoras. Y también una extraordinaria puesta en escena, vestuario precioso, y el glamour de una cinta narrada de manera brillante por un maestro como Wyler, el director de Ben Hur.

En cuanto al reparto, está el acierto de figurar en él la bellísima y singular Audrey Hepburn en su primer papel de protagonista en el cine —no lo olvidemos, aunque ya lo haya dicho—, a quien acompaña con su carisma de actor cimero Gregory Peck. Es una pareja en la que se da sintonía, química, fuegos artificiales de romanticismo sin par… Y qué más decir: ¡ya son parte de la historia del cine con esta película! Además, y en coro que encuadra a la pareja, trabajan actores muy buenos como Eddie Albert, Hartley Power, Harcourt Williams o Margaret Rawlins, entre otros.

Esta es una película que, sin ser la quintaesencia, sin ser una obra maestra, sin ser la número uno, es no obstante, una película, según mi criterio, de Matrícula de Honor.

De hace miles de años vienen los conocidos cuentos de hadas que ya forman parte de nuestro imaginario cultural (Caperucita, Hansel y Grettel, Blancanieves, etc.), pues bien, yo considero que el siglo XX y Wyler parieron esta cinta que ya quedará como una pieza cinematográfica para su incorporación en nuestra cultura y en nuestros corazones al modo de cuento contemporáneo.

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Ya sé que tal vez parezca algo afectado lo que escribo, pero así lo creo. La modernidad ha puesto a la Hepburn y a Peck donde antaño estaban la princesa y el gallardo joven que la enamoraba, propio de tantas leyendas y cuentos que todos conocemos. Algunos dicen que esta peli es la Cenicienta, pero dada la vuelta, la anti-Cenicienta, en la que incluso ella ha de correr para estar a hora, pero en palacio, claro, y a la que la calabaza, o sea la Vespa que monta con Peck, es lo que a ella le gusta, no una maldición.

Wyler hace que la historia se desarrolle con soltura, sin exabruptos ni drama, desvelando —paralelamente al soterrado pero mantenido romance de sus protagonistas— la frescura de Roma.

De hecho, esta película supuso toda una innovación en el rodaje de exteriores, pues Wyler desechó la idea de rodar con escenarios artificiales porque quería que la auténtica Roma fuese la tercera protagonista de la película, junto a la pareja. Así, se muestran las calles y plazas de la ciudad (el Coliseo, la plaza del Vaticano, la Fontana de Trevi, la plaza de España, la plaza del Pueblo, la plaza del Panteón en el campo de Marte, etc.), sus encantos múltiples, la alegría de vivir que incluye un paseo en moto alocado y espumoso, situaciones para reír, meramente sonreír afablemente —que no es poco—, como la escena de la peluquería, grabado todo en una bellísima fotografía como antes dije y con un final memorable que conviene ver y no contar, pues los finales de los cuentos no se desvelan.

Excepcional comedia romántica magnética, cinta prácticamente perfecta que ha ido ganando con el tiempo.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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