El cazador (The deer hunter, 1978), de Michael Cimino

  10 Septiembre 2020

La tragedia de la guerra

el-cazador-0Hay que recocer en los norteamericanos, que al igual que montan la gresca y se meten en guerras donde nadie los ha llamado, con esa misma osadía, saben hacer su propia autocrítica, saben entonar su mea culpa sin que se les caigan los anillos, también sin que la crítica afecte a los cimientos del sistema. Y eso es este film, un severo cuestionamiento de la intervención norteamericana en Vietnam: una película dura, angustiosa, pesada de ver y de asimilar.

Aún recuerdo cuando por primera vez la vi en su estreno, que luego tuve que dar un largo paseo para desintoxicarme, serenarme ante tanta crueldad y tanto drama.

Y es que la guerra, en general, no sólo hiere los cuerpos o los mata, sino que también mata el alma, ataca mortalmente la parte moral del individuo y mata psicológicamente, demencia a las personas, acaba con sus sueños o esperanzas, los quema por dentro como una mala quimioterapia por la que siempre pasan los mismos: los más desgraciados.

En esta película, los desgraciados son tres amigos, obreros, trabajadores humildes y rudos de una fábrica de fundición de acero en Pennsylvania, que tienen la afición de la caza (de ahí el título El cazador, que no hay que confundir, pues nada tiene que ver, con la película Dersu Uzala, El cazador, de Kurosawa).

Pues bien, estos jóvenes deciden pasar juntos sus últimas horas antes de partir a la guerra de Vietnam a la que van como voluntarios; y lo que ocurre es que se fueron de una forma y volvieron de otra, o sea, la trama de este film es como esas investigaciones pre-test/post-test que hacen los científicos de la conducta. Cómo se fueron y cómo volvieron: el conflicto bélico, las aberraciones de la guerra, la muerte o la sangre salpicando en el campo de batalla cambiará a todos la vida para siempre.

En el metraje hay momentos inolvidables, como el juego de pool en el bar mientras los amigos entonan el bello tema de Frankie Valli Can’t take my eyes off you; las jornadas de cacería en los bellos bosques norteamericanos; la boda por el rito ruso ortodoxo y la fiesta de la boda; y cómo todo ello contrasta con la estancia en Vietnam, en la que se alcanza un punto álgido tanto de ansiedad como de crueldad y salvajismo, incluyendo la insensibilidad de quienes jugaban y apostaban al perverso y atroz «juego» conocido como «ruleta rusa».

Se trata de un film excelentemente dirigido por Michael Cimino, una dirección con pulso, brío y densidad que dibuja una historia asfixiante; un guion magnífico de Deric Washburn, basado en historia de Deric Washburne y Michael Cimino. La música de Stanley Myers es muy buena y arropa la tragedia con una partitura original que incorpora cortes tan emotivos como Sarabande (solo de guitarra), y es igualmente de alta talla la fotografía de Vilmos Zsigmond que ennegrece un tanto, en el mejor sentido dramático del término, la propia tragedia que viven los protagonistas.

En cuanto al reparto no puede ser más acertado. Robert De Niro borda el papel de amigo franco que no duda en poner su vida y hacienda en riesgo por salvar a sus colegas. Las interpretaciones de Christopher Walken (gran interpretación premiada con un Oscar), John Savage (que realiza otra actuación enorme y conmovedora), John Cazale y Chuck Aspegren no le van a la zaga: sus roles supertrágicos son totalmente creíbles y suscitan una gran angustia en el espectador. Podemos ver en cuanto a actrices a una bellísima y joven Meryl Streep, quien también hace su aportación de amante esposa que acompaña en todo momento a su marido.

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Algún crítico, como Boyero, dice que más que una película sobre guerra es una película sobre la amistad: «Sobre cómo la vida puede joder las cosas más hermosas que hemos tenido, la imposibilidad de recobrar el esplendor en la hierba. También es un canto a la supervivencia. A mí me sigue haciendo llorar». Y es que esta película es frenética, apabullante, aguda, feroz, enternecedora y emocional al máximo.

Y sí, realmente la película es como esos versos que leyó Natalie Wood en Esplendor en la hierba de Elia Kazan de 1961, poema que da título a la película, versos de Woodsworth que dicen: «Aunque ya nada pueda devolvernos la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, porque la belleza subsiste en el recuerdo».

Solo que aquí es poca la belleza que subsiste en el recuerdo de los protagonistas, porque la guerra ha provocado en esos tres muchachos, bien la muerte física (dan realmente escalofríos las escenas, como decía antes, del juego de la ruleta rusa), bien la amputación de las piernas, bien una especie de electroshock que ha borrado de sus mentes y de sus corazones esos días en los que bebían, bailaban, cazaban, reían. Pues tras la experiencia en Vietnam, ya todo es páramo, viven —los que viven— pero están muertos, y a veces lloran sin que sepan muy bien por qué lloran.

Lo he dicho muchas veces y lo repito ahora al hilo de este film: ¡no más guerras!

Escribe Enrique Fernández

 

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