Eyes wide shut (1999), de Stanley Kubrick

  07 Septiembre 2020

Inquietante, de denuncia y preciosista

eyes-wide-shut-0Fue la última película que dirigió el gran Stanley Kubrick, una película un tanto misteriosa que capta la atención desde el principio, con una trama inquietante y a la vez de crítica que, desde mi modo de ver, no deja títere con cabeza, si bien no se arriesga hasta el final.

En la historia, William Harford (Tom Cruise) es un reconocido médico de Nueva York que vive una vida burguesa, de clase alta, con una bella esposa (Nicole Kidman) y una hija de cinco años. Harford hace el trabajo que le gusta y por el que siente auténtica vocación.

La película comienza cuando el matrimonio se está preparando para asistir a una suntuosa fiesta de navidad en la mansión de Victor Ziegler. Ziegler es paciente de William y un hombre rico. Es una fiesta de alto nivel donde ya se refleja el talante de los personajes del film en general y los de Harford y esposa en particular.

El doctor se encuentra casualmente en la fiesta con Nick Nightingale, un pianista que fue compañero de él en la Facultad de medicina, pero que había abandonado la carrera para dedicarse a la música. Mientras habla con él, su bonita mujer bebe copa tras copa sin coto, para caer finalmente en los brazos de un Don Juan búlgaro de nombre Sandor Szavost: bailan, y a toda costa el buen señor pretende seducirla, aunque finalmente sin éxito. Pero no porque la Kidman no hiciera sus rituales seductores.

En cuanto al doctor, debe asistir de urgencia a la amante joven del anfitrión y aparentemente capo, cuya joven pareja se ha metido un cóctel de drogas en el cuerpo y ha quedado medio muerta. Harford soluciona el problema. A partir de aquí, y ya de vuelta en casa, su bonita esposa hace un gran porro de marihuana que se fuman entre ambos, acabando la cosa en una discusión bizantina de celos a lo largo de la cual ella le confiesa una infidelidad antigua con un marinero y de cómo estuvo a punto de dejarlo por aquel desconocido.

Bien, hasta este punto el dibujo de una pareja acomodada, señor que trabaja sin parar, señora bonita que no hace nada salvo cuidarse a sí misma. Una mujer que desde el principio es retratada magistralmente como una auténtica histérica, inestable emocionalmente, seductora con los hombres, pero sin capacidad amatoria, ni siquiera con su marido a quien acaricia mientras se mira al espejo, mujer de montar el numerito y ser centro de reunión, poco afectiva con su hija y aficionada a la bebida y a los porros ¡un regalito!

Durante esta discusión, el doctor Harford es requerido por teléfono por haber fallecido un antiguo paciente suyo. Llega a la casa y se ve en él un hombre maduro que afronta la muerte de su paciente con entereza, incluso en un chocante episodio rechaza los amores de la hija del finado.

La imagen de su esposa traicionándolo no le abandona y al salir de la casa camina por la noche neoyorquina donde primero se cruza con unos gamberros que le insultan, siendo luego atraído por una prostituta, cuya labor se ve interrumpida por una llamada telefónica de la esposa y, finalmente, al salir a la calle de nuevo, se tropieza fortuitamente con el local donde toca el piano su amigo Nick Nightingale. Este encuentro desencadena lo que será el eje de la película.

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Resulta ser que el tal pianista toca en unas misteriosas y orgiásticas fiestas para las que se precisa una contraseña de entrada. Tras rogarle, el pianista le dice a su amigo médico donde se desarrollará la fiesta ese día y le sirve en bandeja la contraseña de acceso, con lo cual el Dr. Harford tras buscarse un disfraz en una singular casa de disfraces, accede a dicha fiesta.

Se trata de una celebración orgiástica y cuasi negra, que deja alucinado a nuestro protagonista por lo que allí ocurre. En ella, su amigo pianista toca con los ojos vendados, rodeado de un gran desenfreno con mujeres bellísimas. Aunque en un principio logra pasar sin ser reconocido, Harford termina siendo atrapado, y desvelada su identidad.

Tras pasar por el trance de saberse descubierto y casi violentado, y salvado in extremis por una misteriosa mujer que se ofrece por él ¡en sacrificio!, el jefe encapuchado le advierte que, si llega a contar algo de lo que ha visto esa noche, su esposa, hija y él mismo terminarían pagando las consecuencias.

¿Por qué «Ojos bien cerrados»? El nombre hace alusión al hecho de tener los ojos cerrados a una realidad innegable… la existencia de las sociedades secretas y sus macabros rituales. Y es que esta genial producción gira en torno a las sociedades secretas (masones, illuminati y otros más conocidos: empresarios, banqueros, políticos, etc.) y quienes pertenecen a ellas. Sociedades que no parece que sean pocas.

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Yo creo que, con esta película, Kubrick nos pone en evidencia que la moral es para las clases populares, para el pueblo llano. «Esta gente (de los rituales) no es gente ordinaria, si te digo los nombres, no dormirías», le dice Ziegler a Harford.

Además, creo que Stanley Kubrick dulcificó todo bastante y disimuló otro tanto, pues esas orgías son seguro en muchas ocasiones con menores, actos pedófilos ¡y puede que cosas peores que no quiero ni pensar! en los que participan los capitostes del mundo que votamos como grandes ingenuos cada cuatro años y vemos luego en la TV dando discursos grandilocuentes en foros internacionales, la ONU, la OTAN y donde se encarte.

Es una película para vergüenza de esos pervertidos y de todos nosotros que los tenemos en un pedestal, y que insinúa la enorme corrupción moral de toda una élite que dirige los designios del mundo.

Como film, tiene sus puntos álgidos, sobre todo al principio, que luego ralentiza el ritmo y quedamos en una especie de limbo que, empero, es un limbo preciosista y hermoso que en ningún momento se hace tedioso ni se puede calificar de mal producto.

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Es, como dijo el gran crítico Fernández Santos, una película «Inteligente y contradictoria. Salta de un largo arranque de gran e inquietante vuelo, un despliegue de cine preciso y vigoroso, a una hora de globo cinematográfico endeble e impreciso, en el que la brillantez recubre la oquedad». No se puede decir mejor.

Verdaderamente es, como dice Boyero, «fascinante, misteriosa, dura, agresiva, perturbadora, memorable. Cine insólito, magníficamente escrito, desasosegante, sensual, audaz, más que bueno». Es una cinta verdaderamente genial.

Conclusión, el pobre Kubrick que falleció al poco, se lució de nuevo en la dirección de este inquietante film, fruto de su madurez otoñal, de su cima cinematográfica, de gran complejidad, obra de recapitulación.

Gran guion del propio Stanley Kubrick y Frederic Raphael, basado en la novela de Arthur Schnitzler. La música muy bien elegida, como es característico en Kubrick, y gran fotografía de Larry Smith. Y nada que decir del reparto, pues los actores están muy bien todos, empezando por Tom Cruise y Nicole Kidman, y no le van a la zaga Sydney Pollack, Marie Richardson, Leelee Sobieski y el resto del elenco.

Si no la ha visto se la aconsejo, merece la pena, como todo lo de Kubrick.

Escribe Enrique Fernández Lópiz 

 

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