El sol del membrillo (1992), de Víctor Erice

  16 Agosto 2020

Maravillosa, inquietante y pura

el-sol-del-membrillo-0Vi El sol del membrillo el día de su estreno en Granada, en 1992, Palacio de Congresos recién inaugurado; un pase especial para los alumnos y el profesorado de la Facultad de Bellas Artes. Me invitó un profesor amigo de esta Facultad encargado de la materia Pintura, el Dr. Cabrera (la película es, entre otras, una excelente aproximación al fenómeno concreto de la pintura).

El documental, por calificarlo de algún modo en este punto, expone con la nitidez y la densidad de atmósfera propias de Vermeer, a un Antonio López intentando aprehender con su pincel los cambios y entresijos de un membrillero que tenía en el jardín de su casa durante horas, días, meses; incluso llegó a cuadricular el árbol con cuerdas para mejor capturar sus formas y los haces de luz que sobre él incidían en el otoño y otras estaciones.

Y todo captado por la savia mano de Víctor Erice que quiere hacer cine documental pero que le sale cine-cine, cine de verdad, cine sobre la existencia y nuestro papel en el mundo, y lo poco que sabemos y podemos captar de ese universo cotidiano que sale a nuestro encuentro a cada instante. Aprehender.

Un guion genialmente lineal del propio Erice, fotografía inconmensurable de Javier Aguirresarobe y Ángel Luis Fernández, y una sugerente música de Pascal Gaigne. Todo lo cual da como resultado una obra de arte de gran nivel.

Habían asistido al estreno, en aquella primavera de 1992 en el flamante Palacio de Congresos de Granada, muchos alumnos de Bellas Artes; y no miento si digo que al menos el setenta por ciento, más de la mitad de los concurrentes, se salieron de la sala antes de acabar la cinta, para mi absoluto asombro. Alumnos de Bellas Artes que paradójicamente no toleraron el dúo compuesto por un pintor de primera línea como Antonio López y un director de la talla de Víctor Erice.

Porque en esta mezcla de genios, El sol del membrillo bordea la experiencia superior del artista, y nos señala cuán difícil es aprehender la cambiante realidad, en este caso reflejada en un árbol, a través de la pintura, pero también en general. La tentativa de captar la exactitud de lo mutante, una tentativa que posee una gran dificultad y se revela, según las circunstancias, casi una imposibilidad. Es un desvarío, un sueño magistralmente descrito en los 139 superlativos minutos.

Para mí es una gran suerte poder explicar un poco la enorme experiencia que supuso y el impacto que sobre mí tuvo esta sin par cinta de Erice. Se trata de cine puro, puro arte, sin contaminación, sin falsedad, para saborearlo lentamente. Por eso los impacientes y los amantes del ruido en general —y en el cine en particular— no soportan esta película, no la toleran.

No es, pues, un cine de mayorías. Y qué. Es un producto Erice, como El espíritu de la colmena, en 1973; como El Sur, en 1983; como tantas otras obras grandes de nuestra cinematografía que la mayoría olvida y no tiene en cuenta, pero que ancla sus raíces de excelencia en nuestra historia cinematográfica para siempre.

el-sol-del-membrillo-1

Soy consciente que, en esta película, los territorios en los que se adentra Erice, atentan visiblemente contra el cine de diversión o entretenimiento. A cambio, quienes aprecien esta obra en toda su extensión, en absoluto se levantarán de la butaca bajo ningún concepto.

Esto es Vermeer van Delft —como decía antes—, esto es Bergman, esto es el límpido cielo, el ambiente que flota y puede palparse, la ingente tarea de captar la realidad, de investigar el movimiento continuo a que se ve sometida, la colosal labor de vivir con, desde y por la «curiosidad», lo que una famosa «psi» de apellido Klein llamó «pulsión epistemofílica», curiosidad, instinto de conocimiento.

Como escribió Martínez: «López pinta, dibuja, se pelea contra la forma de un árbol. Erice se coloca detrás y aguarda. Una obra tan sincera como sencilla que sitúa al cine en los terrenos sólo recorridos por algunos maestros». Es así, pura imagen, obra maestra, cine de altura para quien lo sepa apreciar.

En cierta ocasión tuve que disertar sobre las razones y el sentido de las modificaciones que, en nosotros, las personas, se producen en el transcurrir de la existencia. Un tema arduo. Tratado por filósofos, artistas y científicos, nos encontramos, a poco que profundicemos en ello, con múltiples puntos oscuros, lugares mal conocidos, ámbitos enigmáticos y aspectos resistentes al conocimiento. Recovecos tan complejos como el mismo espíritu humano.

el-sol-del-membrillo-3

Y entonces recordé, en este tipo de reflexiones que hacía, este bello film de Víctor Erice, en el que el pintor Antonio López claudica en su afán quimérico de plasmar en el lienzo los cambios que se van produciendo en un membrillo que tiene en el patio de su casa, en Madrid, con el avanzar de las estaciones. Si un genio plástico se declara impotente para aprehender las transformaciones que acontecen en un árbol, al fin vegetal físico, ¿cómo va un científico a desvelar con la certeza que querría la esencia de las modificaciones que la vida y el tiempo van desencadenando en esferas complejas del comportamiento: emociones, inteligencia o el progreso de los vínculos con los otros? En eso me esforzaba yo en aquel entonces, en exponer una panorámica de lo que se sabe al respecto, así como mis propias resoluciones, con éxito limitado. Es muy difícil estudiar y captar los cambios.

Entonces la pregunta es: ¿Cómo podemos desvelar con la certeza que querríamos la esencia de las transformaciones que la vida y el tiempo van desencadenando en nosotros, en nuestra vida, en la Historia que nos toca vivir, en la sociedad que nos circunda, en nuestras formas de comunicarnos, en nuestras actitudes y no digamos en las más ocultas sombras que se esconden en lo recóndito de nuestro ser y que también progresan?

En este film no se dan respuestas ciertas, pues mucho me temo que no las hay.

Pero el cine en esta obra queda despojado de accesorios, de decorados, de artilugios, queda desnudo, como pretendía Juan Ramón Jiménez para la poesía, como expresa en los versos que abajo transcribo, al fin estamos ante un poema fílmico, ahora tan de moda. Cine, poesía y pintura se dan la mano en esta cinta. Vean la película los espíritus sensibles e interesados, y disfruten de este film desnudo e insondable.

el-sol-del-membrillo-4

Vino, primero, pura,
vestida de inocencia.
Y la amé como un niño.

Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes.
Y la fui odiando, sin saberlo.

Llegó a ser una reina,
fastuosa de tesoros…
¡Qué iracundia de yel y sin sentido!

…Mas se fue desnudando.
Y yo le sonreía.

Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.

Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda…
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!

Escribe Enrique Fernández