Lost in translation (2003), de Sofia Coppola

  11 Agosto 2020

La imagen de lo impalpable, lo impronunciable, lo inasible

lost-in-translation-0Un actor norteamericano decadente y en horas bajas, Bob Harris (Bill Murray), llega a Tokyo para hacer un anuncio de whisky japonés. El personaje atraviesa claramente un mal momento y no para de beber en toda la película, a la vez que no duerme.

En el mismo Hotel donde se aloja, conoce a una joven casada con un fotógrafo, Charlotte (Scarlett Johansson). Ella se aburre mortalmente mientras su marido trabaja. En una ciudad de mucho ruido y agitación (imágenes, sonidos, voces, autos, etc.), Bob y Charlotte comparten sus vidas vacías y sin sentido, y de esta forma se van haciendo amigos y saliendo de lugar en lugar, de fiesta en fiesta. Pero a la vez, empiezan a preguntarse internamente si esa amistad podría llegar a más.

Esta película siempre que la veo me parece idílica, me parece muy poética y nostálgica. Una película sin sobresaltos, sin sexo ni disparos, un film intimista con la excelencia de la directora Sofía Coppola siguiendo un guion muy original y arriesgado de su misma firma (que le valió un Oscar en 2003).

Se trata de una película sencilla y a la vez profunda, muy humana, muy sensible, deliciosa donde las haya, una cinta que vivifica, que brilla, cargada de sarcasmo y de ternura. No es un film al uso, de hecho, la Coppola bien se puede preciar de ser una directora diferente, original y muy atenta al verso de sus fotogramas.

Hay que decir en este punto que Lost in translation ha obtenido varios premios a la  película y a la dirección: Cesar Mejor Película Extranjera, 2004; Globo de Oro 2003 mejor comedia; 3 premios BAFTA: Mejor actor (Murray), actriz (Johansson) y montaje en 2003; Premio Especial National Board of Review a Sofia Coppola. Es decir, que no estamos hablando de cualquier cosa.

Pero hay mucho más, aunque he de resumir: la fotografía de Lance Acord es hermosa, e igual la música de Brian Reitzell y Kevin Shields. Pero si algo destaco de esta obra son, además de la dirección y el guion, sus interpretaciones. 

Bill Murray está inconmensurable, tanto que parece que sólo pusiera su cara y sus gestos, pues es como si no interpretara; con este trabajo que Murray hace «fácil», nunca estuvo mejor, por más que es un gran actor siempre. Y ni que decir tiene la Johansson, que está deliciosa, suave, brillante: no va más.

Al principio, la película parece que va a resultar aburrida, pero no tarda mucho antes de que se te disparen los fusibles de la sensibilidad, y entonces te vas dando cuenta de que la historia te lleva por derroteros muy profundos. Dos personajes fuera de sus países, de su cultura, de sus vidas y que, no sé si por ello o a pesar de ello, establecen un lenguaje propio, una sintonía sin exabruptos aparentes, pero muy intensa.

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Frescura, es lo que caracteriza esta cinta, aire renovado que brota en cada escena.

Creo que todos, con algo de suerte, hemos vivido un roce, una caricia, una sonrisa furtiva (como la que le lanza en el film Scarlett Johansson a Murray en un pub), alguien que te espera en silencio, una lucecita a lo lejos de un paisaje oscuro. Pues bien, creo que Coppola sabe llevar a la imagen lo impalpable, lo impronunciable, lo inasible. No olvido que el protagonista es un hombre mayor y ella una jovencita y cómo, a pesar de todo, hay sintonía, hay química.

Me parece que uno puede agotar los calificativos con este film sencillo como una palabra y complejo a la vez, serio e irónico. Pero el caso es que más que seguir hablando o escribiendo, a quien no la haya visto, se la recomiendo encarecidamente; es de esas películas que te hacen remontar el corazón como el águila y te animan a vivir la vida de otra manera.

Y al final, esa extraña, pero previsible despedida, un adiós de los más intensos que he visto en el cine, una despedida temblorosa como una hoja al viento, miradas sin consuelo y la imagen de un auto que se aleja de la vida mientras suena el Just Like Honey, de The Jesus and Mary Chain.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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