El colapso (serie TV, 2019)

  31 Julio 2020

El futuro ya está aquí

el-colapso-0-filminEn las últimas décadas se ha acrecentado la corriente de opinión encabezada por los movimientos ecologistas, cuyo origen se remonta a los años 70 del pasado siglo, sobre el carácter finito de la sobreexplotación de los recursos de nuestro mundo y las consecuencias sociales y económicas que puede tener no cuidar nuestro entorno. Esta aseveración está en la génesis de la serie francesa, producida por Canal +, El colapso (L’enfondament, 2019).

El cine lleva tiempo exponiendo los peligros de la degradación del medio ambiente, fundamentalmente a través de dos géneros: el thriller basado en la denuncia de actuaciones contaminantes y la rapiña económica de los grandes trust, y el género de terror o ciencia ficción en el que se muestra como sería el mundo tras una catástrofe medioambiental; la ficción se completa con el género documental (científico, sociológico, económico, etc.).

Este sería el marco referencial en el que se movería El colapso, una serie concebida el año 2019. Sin embargo, la situación de pandemia provocada por la crisis de la Covid-19 ha trastocado la visión que podamos tener al exhibirse en España en julio de 2020 a través de la plataforma Filmin. Lo que hace unos meses suponía situar al espectador ante una obra de ciencia ficción, tras la pandemia ya no se antoja tan irreal. Términos como colapso económico, crisis global, limitación de suministros o muerte de ancianos comienzan a ser familiares y la visión de un supermercado sin suministros, aunque sea por unos días, ya no parece tan lejana.

La serie es obra de Les Parasites, un grupo de jóvenes realizadores franceses asociados a la EICAR (École Internationale de Création Audiovisuelle et de Réalisation de Paris) y que desde el año 2013, a través de su canal de YouTube, muestran en una serie de cortos con una visión incisiva e irónica. La ficción televisiva El colapso supone su acceso a un modo de producción más profesional aunque el carácter de sus primeras obras no se ha perdido en el traspaso a la televisión. Jérémy Bernard, Guillaume Desjardins y Bastien Ughetto forman el núcleo de este colectivo y dirigen los episodios de la serie.

Esta miniserie nos sitúa ante una situación trágica. El primer mundo —el relato se desarrolla en Francia— se encuentra sumido en una crisis ecológica, económica y política, con un desabastecimiento de los servicios básicos (alimentación, combustible, electricidad, etc.). Las estructuras del estado no han resistido y se plantea una lucha por la supervivencia. No hay demasiada información sobre lo acontecido, pero todos entendemos el origen de la situación basada en el agotamiento de los recursos naturales del planeta.

El colapso de toda la sociedad es abordado a través de 8 episodios, de entre 18 y 22 minutos, sin una relación aparente uno con otro —aunque algún personaje aparece en dos episodios—. Este planteamiento independiente de cada capítulo aporta una visión fragmentada de la realidad muy anclada a la vida cotidiana incidiendo el relato en situaciones que se desarrollan en un supermercado, una gasolinera, un pequeño aeródromo, una especie de aldea alejada del entorno urbano, una central térmica, una residencia de ancianos, una isla refugio y un plató de televisión.

Salvo el episodio final, los protagonistas de todas las historias son personas anónimas, perteneciente a toda la pirámide social, que se enfrentan a la tragedia entre el desconcierto y la necesidad básica de supervivencia. Un supermercado en el que se empieza a notar la falta de productos, una aldea que se mantiene gracias a una economía de kilómetro cero con una organización comunal o un personaje rico que utiliza su seguro para huir a una isla refugio.

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El hundimiento del sistema favorece la aparición de todo tipo de reacciones en los personajes. Desde las más positivas —como la solidaridad por los demás, la ayuda entre los grupos, el sacrificio por el prójimo—, hasta la usura por explotar los últimos recursos y la rapiña egoísta para sobrevivir en un caos social y económico.

En este sentido, la serie no aporta novedades respecto a esquemas ya empleados en diferentes películas y series catastróficas que describen las consecuencias de un mundo civilizado que sucumbe ante su propia gestión caótica e irrespetuosa con el planeta. La escasa duración de cada episodio, que impide desarrollar los personajes, hace que estos tengan que ser definidos de una manera esquemática. Los robos en el supermercado o en la gasolinera, la huida mediante un avión o un barco, o el equipo que lucha contra el calentamiento de la central nuclear para evitar que estalle son situaciones muy utilizadas en esta clase de relatos.

Si desde la escritura textual El colapso no se diferencia en exceso de otras producciones, la singularidad de la serie viene planteada de su elección formal: cada episodio está rodado en un único plano secuencia que pretende tensionar al espectador uniéndolo a las dificultades de los diferentes personajes.

De esta forma, cada episodio se convierte en un tour de force para adaptarse al uso de este recurso narrativo que tiene como finalidad mantener la tensión del episodio acompañando a los personajes de primera mano. Por ello, la cámara adquiere un protagonismo esencial a la vez que introduce el juego con el tiempo, pues en la mayoría de los episodios (el aeródromo, la aldea, la central térmica, la isla) la lucha contra el reloj supone un paso más en esa angustia que los creadores pretenden transmitir al espectador.

Como ocurre con este tipo de elecciones radicales —y tenemos ejemplos en la historia del cine que van desde La soga de Hitchcock hasta 1917, el filme bélico dirigido por Sam Mendes—, hay que sopesar si el efecto buscado no termina limitando la propia narración. En este sentido, el director de Vértigo ya constató nada más realizar su experimento que renunciar a las posibilidades del montaje tradicional era un grave error.

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Los directores franceses sortean de forma correcta las limitaciones espaciales y temporales en los diferentes episodios, pero en muchos momentos el plano secuencia se antoja forzado, introduciendo movimientos de cámara excesivamente llamativos para encontrar soluciones que el montaje ordinario permitiría alcanzar fácilmente, fragmentando las escenas.

Precisamente la fragmentación de las historias a la que hemos hecho mención con anterioridad permite amplificar el alcance del mensaje pues a lo largo de todos los episodios desfila un amplio abanico de personas: jóvenes y mayores, familias, personajes solitarios, ricos y pobres en cualquier tipo de entorno, urbano o rural.

La serie no juzga a los personajes, pero muestra las consecuencias que se derivan de la inacción ante la carrera absurda por acabar con los recursos del planeta. La visión es dura pues el fin del mundo pone de relieve una sociedad egoísta e insolidaria donde, a pesar del inminente desastre, el hombre continúa intentando mantener absurdamente su estatus aunque sea sabedor de que todo se acaba.

El último episodio resume la advertencia para ese primer mundo que se sorprende de que estas cosas pesen en su entorno —y lo hemos podido constatar en la pandemia en la que todavía nos encontramos inmersos—, un aviso para esa sociedad civilizada que conoce cómo en otras partes la gente muere o carece de los servicios mínimos, pero que considera que este hecho no es su problema quizá por esa lejanía que esta serie nos acerca ahora.

Un interesante trabajo que, si bien no aporta grandes novedades, su estructura y realización le aportan un ritmo que termina enganchando al espectador.

Escribe Luis Tormo | Fotos: Filmin 

 

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