Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954), de Akira Kurosawa

  17 Julio 2020

Grandiosa obra de Kurosawa

siete-samurais-0La película Los siete samuráis se sitúa en el Japón del Siglo XVI, en una pobre aldea de campesinos agricultores que es sistemáticamente agredida y saqueada por una banda de cuarenta ladrones bien armados y pertrechados, frente a los cuales los aldeanos no tienen ninguna probabilidad de defensa.

Por consejo del anciano del pueblo y ante la inminencia de otro ataque, un comité de la gente del pueblo se decide a contratar a un grupo de samuráis para hacer frente a los forajidos. De esta guisa marchan a la ciudad, aun sabiendo que la única retribución que podrán ofrecer a los aguerridos samuráis es comida y techo.

A pesar de lo exiguo del salario, varios samuráis se van incorporando, uno a uno, al singular grupo que se dirigirá finalmente a la aldea donde comienzan toda una labor de preparación del pueblo junto con ellos, para luchar en la decisiva batalla contra los salteadores. En el film, la violencia es la protagonista obligada de la escalada hacia la venganza y la muerte donde siete samuráis acuden a un pueblo arrasado por saqueadores e imponen, por la fuerza, una sangrienta paz.

Estamos en plena época feudal del Japón y la obra retrata muy bien el estilo de vida y las circunstancias en esa época. De hecho, los siete protagonistas son representativos del gran número de samuráis sin empleo (ronin) que vagabundeaban por el país, después de haberse acabado el periodo de las grandes guerras.

La épica que tiene impresa toda la película es, sin duda, su gran fuerte, pero distinguiendo siempre a los diferentes personajes y, por lo común, en orden a su jerarquía.

Cada samurái tiene sus rincones oscuros, sus cualidades, sus puntos de interés. Sabemos de su pasado, de su presente y de su proyección de futuro con apenas breves pero sustanciosos diálogos. No son personajes estereotipados ni planos, todo lo contrario, individuos con su propio drama, con una vida singular, sus preocupaciones y que se conducen por su código bushido, marcado por el honor, el valor y el respeto.

Tampoco olvida Kurosawa a los campesinos, a los cuales analiza personalmente y como grupo. Y al final, unas escenas de guerra que parecen rodadas por el mismo Ford, escenas reales, nada de alardes ni malabarismos, samuráis espada en mano o campesinos con cañas convertidas en lanzas frente a un tropel de despiadados malhechores. Impresionantes escenas con mucho caballo, y ya sabemos cuán difícil es rodar escenas con tanto caballo, aunque en eso Kurosawa es un maestro (p.e. Ran, 1985).

Dirigida con una maestría única por Akira Kurosawa, esta obra es considerada la mejor película japonesa de todos los tiempos, un hito de la cinematografía mundial y una de las películas más influyentes de la historia del cine. Por lo tanto, cuanto diga de la dirección de Kurosawa es sobrante ante el apabullante número de críticas elogiosas, que sólo se pueden captar en su amplitud viendo la película, saboreando los 205 minutos que dura el film, y cómo te das cuenta que esas casi tres horas y media se han pasado en un suspiro de estética, drama y el bien hacer de un Kurosawa único.

Una dirección, eso sí lo diré, sencilla, pura y sin efectismos. El guion es igualmente excelente, obra del propio Kurosawa junto a Shinobu Hashimoto e Hideo Oguni. La música, parca y acorde con las escenas de honor y guerra, obra de Fumio Hayasaka, resulta escalofriante, y maravillosos los contraluces y el seguimiento de los personajes por una impresionante fotografía en blanco y negro de Asakazu Nakai, que resalta todos y cada uno de los miles de detalles con los que Kurosawa construye su monumental epopeya bélica. Gran puesta en escena, montaje, vestuario y maquillaje entre otras cualidades más del film.

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El reparto es de absoluto lujo, aunque en occidente desconozcamos a los actores japoneses en gran medida. Kurosawa quiso tener para esta cinta a uno de sus actores fetiche, el gran Toshirô Mifune. Mas no le va a la zaga un reparto de estrellas de primer orden como Takashi Shimura (grande también), Yoshio Inaba, Seiji Miyaguchi, Minoru Chiaki, Daisuke Katô, Ko Kimura, Kamatari Fujiwara, Keiko Tsushima, Yoshio Tsuchiya y Kokuten Kôdô. Todo un alarde de interpretaciones en perfecta conjunción y un auténtico valor del film.

Los galardones no hicieron justicia a esta obra sublime y sin par. Pero claro, era cine japonés y de los años cincuenta; o sea, Japón había perdido recientemente una guerra y, además, oriente estaba distante de occidente. Y es que, aunque me repita, este film es verdaderamente monumental, una de las cimas del maestro Kurosawa, con una indescriptible belleza plástica y una potencia narrativa difíciles de imitar.

Hay quien dice que Kurosawa, al abordar Los siete samuráis, realizó el primer homenaje al western que ha dado el cine, bajo una perspectiva personal y desde una cultura diametralmente opuesta a la estadounidense. De hecho, la sobriedad y el extremo realismo de las secuencias de acción, provocado por el estatismo de la cámara y la utilización de un ágil montaje, casan con el cine de John Ford y con las posibilidades representativas propias del género western.

De hecho, el argumento de esta película generó otros westerns, entre otros Los siete magníficos, de John Sturges (1960), con un reparto de lujo con actores como Yul Brynner, Steve McQueen, Charles Bronson, Eli Wallach, James Coburn, etc.

Desde luego, si Kurosawa sólo hubiera realizado este film ya habría cumplido, pero sabemos que hizo mucho más. Esta obra maestra es un compendio y una digresión también del arte de su responsable, que merece figurar con toda justicia en el Olimpo del cine. Es un film donde se puede respirar la tragedia diminuta, terrible y cotidiana que acecha a cada ser humano, desde los campesinos hasta los guerreros samuráis. Nunca da la impresión de que la mayoría de los personajes que luchan sean figurantes, pues Kurosawa hace que todos los personajes tengan su propia alma.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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