Anatomía de un asesinato (Anatomy of a murder, 1959), de Otto Preminger

  06 Julio 2020

Un drama judicial sólido

anatomia-de-un-asesinato-0En Anatomía de un asesinato, Frederick Manion (Ben Gazzara), teniente del ejército, asesina fríamente al presunto violador de su mujer Laura (Lee Remick). Tras su detención, se celebra el juicio, siendo su abogado defensor un ex fiscal llamado Paul Biegler (James Stewart). Durante el juicio se pondrán de manifiesto todas las pasiones, filias y fobias posibles: celos, rabia, venganza, engaño, etc.

Esta película es uno de los dramas judiciales más famosos de la historia del cine. Un excelente film dirigido por Otto Preminger, con un gran guion de Wendell Mayes, basado en la novela homónima de Robert Traver; gran música del mítico Duke Ellington, con composiciones de jazz con las que ese año se llevaría el premio Grammy; y maravillosa fotografía en blanco y negro de Sam Leavitt, que llena de una luminosidad muy adecuada la sala de juicios.

En cuanto a los actores, interpretaciones de lujo donde destacan un James Stewart genial y con gran vis dramática en su papel de abogado descarado, algo irrespetuoso en la sala del tribunal, pero siempre seguro de sí mismo.

Ben Gazzara, un militar de cuidado, estupendo y que brilla con luz propia; Lee Remick, bellísima y magnífica en una interpretación con muchos ángulos; Arthur O’Connell, grandioso, o George C. Scott, perfecto y creíble.

Junto a ellos otros veteranos actores y actrices como Eve Arden, Kathryn Grant, Joseph N. Welch o el propio Duke Ellington; todos ellos interpretan una historia trepidante y creíble de principio a fin.

Es una película clásica, con una fotografía en blanco y negro de los cincuenta; un cine que a mí particularmente me gusta mucho, pero que mucho. Además, el guion y la trama tiene las implícitas referencias sexuales de esa época en la que lo explícito no existía: dobles sentidos y amenazadoras miradas en una atmósfera de jazz, tabaco y güisqui.

Una violencia que flota, que se contiene apenas, como el sexo, también implícito pero acotado por una presa de contención, pasiones humanas en sazón y James Stewart en medio de esa bomba de relojería con su flema característica.

Un rompecabezas de engaños y dobleces difíciles de descifrar. Una película para pasar dos horas perdido en el borrascoso mundo de la ley y el orden, como cuando Stewart y su ayudante buscan algún indicio de jurisprudencia entre libros, estanterías y polvo.

Yo, que me encantan las películas de juicios, disfruté mucho con este film. Los 160 minutos de metraje ofrecen una larga y cuidada introducción de los principales protagonistas, lo cual envuelve en una tensión in crescendo al proceso judicial, que incluye, claro, comme il faut, testigos, interrogatorios y un combate dialéctico feroz y sin tregua entre la defensa, la acusación y el juez. Sazonada la cosa, para aliviar un poco, con sabias y acertadas dosis de humor.

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Es una película en firme, sólida, sin resquicios, que se ve de principio a fin sin aliento, una maravilla de diálogos, un juicio lleno de emoción y tensión dramática, con gran calado en el sentido de muchos diálogos, miradas torvas, un puzle de infarto, anatomía fílmica perfecta de un crimen evidente y confuso a la vez.

Justamente la incertidumbre sobre la culpabilidad acompaña todo el film y en realidad no termina de desaparecer. Justamente ese es el hechizo que utiliza Preminger para que nos levantemos ni un minuto del asiento y tenernos encandilados. Y ese embrujo es muy efectivo pues, a decir verdad, a pesar de la larga duración de la película, uno se queda con ganas de más.

En resolución: si no la has visto y te gusta el buen cine —y más concretamente las pelis de juicios— no te la pierdas. ¡Ah! Y a ver si los guionistas actuales aprenden de los maestros de antaño, tipo Wendell Mayes, a quien el Círculo de Críticos de Nueva York premió en aquel 1959 como mejor guion del año. Y es que sin guion no hay película. Un buen guion es básico y garantiza, siempre que el director se esmere, un buen film. Tal el caso de esta cinta.

Escribe Enrique Fernández Lópiz 

 

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