Un océano entre nosotros (The Mercy, 2017), de James Marsh

  04 Julio 2020

Historia de un personaje ambicioso y cretino, contada deficientemente

un-oceano-entre-nosotros-0Esta cinta es un biopic mentecato, desde mi modo de ver, sobre un veterano de la II Guerra Mundial, piloto de la Real Fuerza Aérea Británica, Donald Crowhurst, que es un navegante de fin de semana para darse un paseíto junto a su esposa e hijos. O sea, cero experiencia en navegación de altura y menos de nivel deportivo.

Pues bien, este sujeto, decide participar en la Golden Globe Race de 1968, una competición importante que consiste en navegar alrededor del mundo sin opción a paradas. Esto significa meses en solitario surcando los mares. La cosa es que decide emprender tal hazaña con la intención de sanear las arcas familiares que andan escasas.

Una empresa que inspira los sentimientos de extrañeza y piedad, sentimientos que además están en la base de esta odisea. Para colmo, Crowhurst pretende hacer su proeza en un trimarán de diseño propio, algo insólito dada su inexperiencia y su mal tino en ciento y un detalles de la planificación del viaje; y la cosa va cada día peor.

Tanto que para no hacer el ridículo va mintiendo a los organizadores del evento y a su propia familia, contando por radio que su posición es la más ventajosa de todos los participantes, cuando en realidad apenas se deja arrastrar por los vientos y las mareas a dónde lo quieran llevar.

James Marsh, reconocido director —La teoría del todo (2014)—, nos ofrece un film sobre una gesta que desde mi modo de ver roza lo grotesco, una historia para colmo real. Narra la mayor de las estulticias: cómo un aficionado se atreve hasta el exceso con ansia de éxito, gloria y dinero, y con la más loca confianza en sí mismo y en sus posibilidades, a acometer algo que evidentemente está fuera de sus competencias, lo que bien pronto el sujeto será motivo de mofa. Mientras, su esposa e hijos lo esperan llenos de angustia justificada. Extrañeza y la piedad son los sentimientos que inspiran su odisea, y la cosa concluye rozando la sandez de una trama tan increíble como veraz.

Es una cinta medianita cuya responsabilidad es de las productoras Blueprint Pictures y BBC Films, que acogieron un proyecto sin sustancia; sin olvidar el compromiso del director Marsh, y el insulso guion de Scott Z. Burns, que no se sabe bien en qué piensa para acometer historia tan insustancial como boba, pues el triunfo y el optimismo vital no existen en el film, ni siquiera en el supuestamente avezado Crowhurst.

Además, sobre lo que ocurre en la mente del protagonista en los agónicos días que le toca vivir, cuando ha de competir con sus propios demonios interiores, no está nada bien explicado; ocurre lo contrario en la sufrida espera de su mujer, esperanzada pero a la vez consciente del drama fatal que deberá afrontar casi con toda seguridad.

A falta de algo mejor, la película acaba desarrollando lo más interesante; como apunta Ocaña el filme refiere «el precio a pagar por el anhelo; la imposible salida ante la impostura, la mentira pública, y sus consecuencias interiores y exteriores; la reflexión sobre los medios de comunicación, y, sobre todo, la denuncia de la masa codiciosa de carne informativa de espectacular carga emocional, pese a quien pese».

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El resumen es que, si bien la cinta comienza bien, con el ambicioso inventor interpretado por Colin Firth resuelto a jugarse su vida y el futuro de su familia en una especie de lotería flotante, el naufragio narrativo se desata, apenas el inconsciente y temerario marino se hace a la mar en un barco de su autoría y empieza a luchar con sus propios rayos, truenos y centellas.

Película, eso sí, de corte academicista en su puesta en escena y excelente fotografía de Eric Gautier, acompañada de una suave música de Jóhann Jóhannsson que se agradece.

El reparto salva del desastre esta película, con un Colin Firth envuelto en cierto nimbo de romanticismo melancólico y decimonónico, junto a una excelente Rachel Weisz, cuya actuación es medida y brillante.

Acompaña un elenco excelente con David Thewlis (muy bien como director del diario), Jonathan Bailey, Adrian Schiller, Tim Downie, Laurence Spellman, Finn Elliot o Oliver Maltman, entre otros.

Este drama de antihéroe resulta un biopic poco inspirado, con un tono plano que convierte la película en un dramón con muchas preguntas sin responder, una cinta anodina y sin rastro de enjundia. Lejos de ofrecer claridad moral, Marsh ofrece un insondable océano de incertidumbre.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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