Tully (Tully, 2018), de Jason Reitman

  31 Mayo 2020

Fábula demoledora sobre la maternidad

tully-0Película extraña y con recovecos estrambóticos en una historia que gira sobre una mujer a punto de parir su tercer hijo, Marlo (Theron), una mujer desbaratada físicamente y mentalmente por la responsabilidad de su multimaternidad, por el abatimiento que le provocan responsabilidades múltiples que incluyen un hijo discapacitado que roza el autismo, un infinito cansancio y la tristeza que se cierne sobre ella en una depresión postparto.

Marlon piensa el giro que en todo sentido ha experimentado su vida entre un antes y un después de ser madre. Ama a su gris esposo Drew (Livingston), un hombre bueno que la ama y que tiene que viajar constantemente por asuntos de trabajo.

En una reunión con su generoso y bien posicionado hermano (Duplass), éste le ofrece obsequiarle con una niñera que la ayude por la noche. Lo que parece una extravagancia acaba siendo una revelación sin par cuando aparece Tully (Davis), una niñera joven, mona, animosa e increíble, una figura élfica, un ser luminoso que además de ocuparse del bebé limpia la casa y hasta hace ricas magdalenas sin alterar los ritmos familiares; esta niñera viene a ser la alegoría de esa mujer que las madres pierden temporalmente de vista cuando se convierten en mamás.

En este punto comienzan a ocurrir acontecimientos extraordinarios y optimistas, tanto para la exhausta madre, como para el espectador que presencia el relato desde la butaca. Entre ambas mujeres se forja una relación única que deviene enigma.

El director Jason Reitman y la guionista Diablo Cody apuestan (de nuevo), por construir la semblanza poliédrica de un personaje femenino muy particular que lucha contra todo y contra todos, a la par que echa sobre sus hombros una carga de enormes dimensiones como madre responsable y abnegada.

No sabría decir si estamos ante una comedia incisiva y con mordiente o un melodrama con tintes sociales y reivindicativos que destila feminismo y crucifica a un marido mediocre y torpe que por las noches sólo hace que jugar a la videoconsola. De lo que no cabe duda es que la narración da un vuelco definitivo en el tercer tiempo del film que yo no voy a desvelar, pero que a muchos deja pensando o como mínimo sorprendidos.

Me ha parecido bonita la música de Rob Simonsen y muy apropiada la fotografía de Eric Steelberg.

Pero la que sin duda mantiene en gran medida el film es una Charlize Theron inconmensurable que ha tenido que mutar su físico bonito a uno deslucido y ajado, y añadir veinte kilos a su insigne cuerpo más maquillaje y vestuario, para parecer una especie de foca con el rostro deformado. Pero nada de eso quita para que la Theron sea esa actriz genial que fascina y aporta absoluta credibilidad a su personaje, que comunica con su mirada, con sus gestos sobrios y matizados, con su voz.

Acompañándola, una Mackenzie Davis convincente, capaz de dar la réplica a la Theron. Mark Duplass bien como el hermano ricachón y bueno. Ron Livingston, correcto como marido pánfilo y lerdo. Y acompañando mejor que bien: Emily Haine, correcta, Elaine Tan, Maddie Dixon-Poirier y Lia Frankland, como digo, todos en buen nivel.

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En esta cinta, Cody y Reitman se han inclinado por colocarnos delante de la pantalla a una madre con tres hijos, una esposa modélica y un alma sufriente tras su tercer parto. Esta no es una historia idílica de nenitos rubios correteando por un hermoso jardín de blanca verja donde la familia ríe alegre y feliz como en los cuentos. Esta no es una familia de cuento, es más bien de anti-cuento.

El film da un repaso despiadado a esos momentos penosos que la maternidad tiene, en diversas secuencias muy crudas: llantos nocturnos, sacaleches para guardar, teta que va y viene, pizza congelada para todos en la cena, y el pobre y obtuso padre jugando a la Play en la cama. Como escribe Andrea Bermejo: «Pocas veces ha retratado el cine con tan poca diplomacia el día a día de una madre con su recién nacido».

Y es que, entre otras, Marlo, que hace lo imposible por ser la mejor madre y la esposa dulce y abnegada, se ha olvidado de sí misma. Esa es la cuestión. Un mensaje que puede no resultar trascendente ni grato para algún espectador o crítico que, empero, era preciso evidenciar e incluso denunciar. Y a fe que el canadiense Jason Reitman y la norteamericana Brook Busey-Hunt, más conocida por el seudónimo Diablo Cody, lo consiguen, incluida su carga de misterio.

En resumen, una fábula terrible y demoledora sobre la maternidad desde una perspectiva hiperrealista y nada delicada, que aborda asuntos que en muchos casos se silencian (la depresión, la pérdida de identidad como mujer, la añoranza de lo que fue, etc.). La narración es sutil e inteligente y hace una declarada denuncia a eso que solemos denominar «guardar las apariencias».

Un film que pone en evidencia que en tantas ocasiones, la maternidad, la familia y todo eso, es en una ensoñación, el espejismo de que todo está de maravilla, cuando la realidad demuestra que es frecuentemente un gran engaño.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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