Alpha (Alpha, 2018), de Albert Hughes

  24 Mayo 2020

Película del subgénero prehistórico bonita, pero poco creíble

alpha-0Que nadie se confunda, esta película de corte pretendidamente antropológico, nada tiene que ver con obras tan importantes como el film canadiense de Jean-Jacques Annaud En busca del fuego (La guerre du feu, 1981). Aquella sí era una obra cuya temática y personajes reflejaban, según los estudios actuales, cómo pudieron ser nuestros antepasados y los intercambios culturales que tenían entre las distintas tribus y culturas a todo nivel, a la vez que estaba más dirigida a un público adulto y con cierto sentido trascendente. Ésta es más enfocada a la platea juvenil.

Alpha, cuya misión principal es asombrar con sus imágenes al espectador, es una cinta menor del género cine sobre la prehistoria, que refiere el origen de la amistad entre el hombre y los cánidos, en este caso referido a los lobos. En ese sentido, podría yo calificarla de bonita, pero en nada supera el umbral del buen cine.

Cuenta una aventura que pretende ser épica, en una trama supervivencial que se sitúa 20.000 años atrás, en una época de glaciaciones, cuando una tribu parte a cazar y el hijo del jefe cae por un barranco y es dado muerto. Pero el joven, tras despertar en mal estado, aprende a sobrevivir frente a las inclemencias, y se subraya el acompañamiento por vez primera para la especie humana de una loba que ha sido malherida y abandonada por la manada.

Con el tiempo y para regocijo del espectador, ambos aprenderán a confiar el uno en el otro y convertirse en aliados hasta conseguir el joven y la loba llegar a casa hambrientos y exhaustos en pleno y duro invierno.

La película, que es la primera dirigida en solitario por Albert Hughes, es claramente una obra que apuesta más por la imagen que por el texto. Además, los diálogos originales son en idioma incomprensible y ancestral indoamericano, lo cual es mucho, comercialmente hablando, para ser película hollywoodiense. Magníficos paisajes rodados en California, Islandia y, principalmente, en Canadá: Hughes sabe hacer de la naturaleza el tercer personaje principal de la película.

El guion de Dan Wiedenhaupt (adaptación de una historia de Hughes) narra al principio los rituales de caza de una tribu con jefe e hijo incluidos, y en segundo término sin apenas texto, la historia del joven junto a una loba, en aras a sobrevivir en situaciones adversas. En realidad, es una especie de cuento de la transición a la madurez narrado con evidente voluntad clasicista.

Es adecuada la música de Joseph S. DeBeasi y Michael Stearns. La fotografía de Martin Gschlacht es excelente y, como apunta Rubén Romero: «destacan sus recursos inmersivos: drones a cascaporro, mucha cámara subjetiva (POV) e imágenes de síntesis como para alicatar todo Atapuerca».

Es gracioso, pero está bien dicho. El dron y toda la nueva tecnología está dando mucho juego: helo aquí; pero este exceso de imágenes virtuales hace que se vea con escepticismo el drama humano de la historia.

Además, lo que le falta al film es cualquier atisbo de rigor antropológico e histórico, y juega en su contra cierto empeño en darle, curiosamente, apariencia cientificista, lo cual resulta estúpido, pues es evidente en docenas de detalles, desde los antropomórficos (en nada se parece la fisonomía de aquellos hombres primitivos a los del film), pasando por el lenguaje, que incluso expresa sentimientos o tiene alocuciones morales impensables para la época de que se habla (enseñanzas pseudofilosóficas y ecologistas), continuando por la relación del joven con la loba que es sencillamente propia de una producción Disney.

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Menos mal que no son estos los aspectos principales en esta obra (si bien la lastran), sino que su objetivo, según lo veo, es sencillamente epatar al espectador con sus imágenes para que disfrute de la gran pantalla.

En cuanto al reparto, en mi opinión es mediocre, a pesar, hay que admitirlo, de la probidad con que Kodi Smit-McPhee consigue mantenerse en plano durante más de hora y media de película, aunque a mí me transmite poco su trabajo; pero ello logra conferir fuerza al relato.

El resto de actores secundarios son de medianía y además no resultan creíbles por sus pinturas, atuendos, hay sujetos aniñados, alguno con sobrepeso, en fin, que no hay huella de hambre, calamidad o la exposición al extremo clima glacial del film. Hablamos de actores y actrices como Jóhannes Hauruk Jóhannesson, Leonor Varela, Natassia Malthe o Mercedes de la Zerda.

Para acabar diré que la película tiene unas bellas panorámicas y paisajes, y una sorpresa al final vinculada al tan extendido concepto de «macho alfa». Pero en su conjunto, y vista con la máxima objetividad, no deja de ser una historia convencional y poco creíble filmada con brillantez.

A cada paso asoma cierta ingenuidad que la hace recomendable sobre todo para almas candorosas amantes de la aventura y el entretenimiento sin más. Película familiar mainstream.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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