Una razón brillante (Le brio, 2017), de Yvan Attal

  20 Mayo 2020

Comedia francesa que aborda el racismo y la incorrección

un-razon-brillante-0Comedia francesa de denuncia social, elementos de sarcasmo y humor con un guión ágil que hace que se vea bien y un buen reparto que sostiene la cinta con brío (que es el título original del film: Le brio). Sin ser la quintaesencia, se puede decir que es una comedia dramática que, por sus golpes, sus giros y la incorrección del personaje principal, resulta graciosa en ocasiones y lacrimosa en otras.

En la historia, una muchacha árabe del extrarradio parisino, Neïla Salah (Carmélia Jordana), ansía ser abogada, para lo cual se matricula en la Facultad de Derecho más prestigiosa de París. Pero hete aquí que el primer día de clase llega tarde a un aula con cientos de estudiantes y, al frente, un conocido y conflictivo profesor, el señor Pierre Mazard (Daniel Auteil), que utiliza su capacidad de sarcasmo humillante con la pobre chica mientras el auditorio abuchea por lo bajo la actuación del intolerable Monsieur Mazard.

Este incidente, unido a una ya conocida trayectoria del tal profesor, obliga intervenir al rector de la Universidad quien, antes de abrirle expediente, le invita a redimir su culpa ayudando a Neïla a preparar una importante prueba a nivel nacional sobre debates entre jóvenes aspirantes de abogacía.

Durante tres meses el profesor Mazard se empleará a fondo en preparar a la estudiante en un tono cínico y de gran exigencia. Poco a poco, entre ambos se va tejiendo una complicidad que hará que vayan superando sus prejuicios y desavenencias.

Al inicio de la película aparecen tres imágenes de archivo. La primera son unas palabras del conocido novelista Romain Gary, donde afirma que Francia es un bello país porque en él se toleran controversias de todo tipo sobre obras literarias como la suya (bien polémico fue Gary, sus pseudónimos y sus premios literarios en su momento).

También en el comienzo vemos una reflexión elegíaca de Claude-Levi Strauss, una frescura de Serge Gainsburg y la definición de Jacques Brel de la estupidez, como un estado de anuencia de aquellos que ya no tienen curiosidad por nada. Estos fragmentos tienen la intención de brindar una idea de que la cultura francesa es un lugar donde la discrepancia y el desacuerdo son elementos que pueden ser sometidos a la prueba de la razón y a la argumentación, hilo nodular del film.

El director de origen judío Yvan Attal logra una película que entretiene pues, aunque «no es la comedia francesa al uso para quien va a la sala de cine como quien va al salón de té» (Costa), su trama de superación de la protagonista, la actitud enervante del profesor Mazard, la crítica al racismo —muy típica en la obra attaliana— unido a un final emotivo con alma, encanto y ternura, hizo que la película tuviera una gran acogida entre el público.

No hay que olvidar el excelente guión de Attal y Noé Debré, entre otros, con los personajes muy bien escritos y una buena calidad narrativa. Así y todo, el film tiene ciertas pretensiones que no llegan a cumplirse, entre otras por lo previsible del argumento. Acompaña una bonita música de Michael Brook y buena fotografía de Rémy Chevrin.

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En el reparto, Daniel Auteil vuelve a demostrar lo gran actor que es en un papel de personaje racista, cascarrabias, insolente, pero de buen corazón, cuyos registros sabe transmitir formidablemente al espectador.

Carmélia Jordana se entrega con magisterio juvenil a una interpretación muy buena, con fuerza y que resulta muy convincente (premiada en los Cesar). Yasin Houicha pasa el corte como novio argelino de la chica.

Y acompañando, a veces con interesantes imágenes de archivo: Jacques Brel, Romain Gary, Claude Lévi-Strauss, François Mitterrand o Serge Gainsbourg; y junto a estos personajes actores y actrices como Yvonne Gradelet, Nozha Khoudra, Jean-Baptieste Lafarge, Louise Loeb, Yves Mourousi y Nicolas Vaude.

Es una película sobre la enseñanza universitaria o, podemos decir, una película como tantas y algunas buenas, sobre profesores. Lo que ocurre es que esta cinta conjuga esa «emoción e inteligencia, que la que la eleva […] por encima de otras películas del género […] sus personajes principales están pulcramente escritos, son complejos e inteligentes, como solo podrían serlo en un país que le dedica a la educación tantas películas al año» (Bermejo).

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Un film formalmente impecable al que se le ve la influencia de modelos cinematográficos como la screwball comedy hollywoodiense, en que dos protagonistas muy diferentes entre sí, hombre y mujer, se soportan y odian, pasando por situaciones disparatadas para llegar a un desenlace feliz; encuentro de sexos, vaya.

También hay influencias del mito de Pigmalión, como el archiconocido musical My Fair Lady, dirigido por George Cukor en 1964, entre otros. Como escribe Fausto Fernández, esta cinta hace «de la dialéctica y la oratoria su instrumento de batalla ética y sociopolítica […] y se sustenta en ese inverso pigmalionismo de su pareja estelar. Va limando su fiereza políticamente incorrecta inicial para abrazar un consenso amable que contente a todos».

En conclusión, film de profesor-alumna adentrándose en el arte de convencer, donde lo de menos es tener razón o estar convencido de lo que se expone o pretende, cuanto el hecho de que la gente, el jurado o quien sea, se crea las argumentaciones que se exponen. Para eso, claro, hay que saber utilizar la razón, conocer óptimamente el arte de la oratoria, manejar de manera eficiente la potencia del vocabulario y no olvidar la elegancia de la propia imagen.

Premios y nominaciones en 2017: Premios César: Mejor actriz revelación (Camélia Jordana). Merecido.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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