Días de vino y rosas (Days of wine and roses, 1962), de Blake Edwards

  12 Mayo 2020

El monstruo de la botella

dias-de-vino-y-rosas-0Película dirigida por un Blake Edwards que sabe extraer a Lemmon y a Remick dos enormes interpretaciones, actuaciones ebrias de puro genio. Un Edwards genial capaz de realizar una obra cumbre que ya ha pasado a la posteridad del cine.

Es una historia que va de la alegría y el frenesí, al pozo oscuro con que el alcohol atrapa a tanta gente, un pozo llamado infierno, un camino que a veces no tiene punto de retorno. Y ello vertebrado por un genial guión de J. P. Miller que sabe llevar en el núcleo de la trama, una angustia que se apodera del espectador durante los 117 minutos que dura la película. Magnífica fotografía en blanco y negro de Philip H. Lathrop y la sobresaliente y conmovedora banda sonora de Henry Mancini.

Las interpretaciones son un punto y aparte. Por caballerosidad, pero también por mi admiración hacia esta actriz que nos dejó prematuramente, creo que es de justicia calificar de sobresaliente para arriba el papel de Kirsten como beoda impenitente, interpretado por la maravillosa, bella y con una vis dramática única, Lee Remick. Remick sabe hacer de su interpretación un llanto, un «quejío», un grito a la impotencia de no poder abandonar la ginebra que la mata; está magnífica, pura emoción.

De Jack Lemmon apenas hay nada que añadir: actor privilegiado que sabe la expresión que necesita en cada momento, para comunicar alegría, tristeza, dolor, zozobra. Ha sido y es un grande, uno de los actores principales del Hollywood de siempre, que hace aquí uno de los grandes papeles dramáticos de su vida. Lemmon borda el papel de Joe y lo traslada a modo de canto a la esperanza de que es posible, que se puede dejar de beber, una enfermedad que afecta a millones de personas en el mundo.

Y están igualmente geniales en el film Charles Bickford, Jack Klugman, Alan Hewit, Tom Palmer, Jack Albertson o Debbie Megowan.

Joe Clay (Lemmon) es un ejecutivo y relaciones públicas de una empresa importante de San Francisco. En el transcurso de una fiesta conoce a la bella joven Kirsten Arnesen (Remick), secretaria de un directivo de la casa, hija de una familia de origen noruego educada en el rigorismo luterano.

Al principio Kirsten se anda con cuidado con Joe, pues bebe demasiado y no parece de fiar. Pero poco a poco, Joe logra conquistarla con su simpatía y buen humor, al punto que contraen matrimonio; más adelante tendrán una hija, fruto de su unión. Joe aprovechó el gusto de su mujer por el chocolate cuando eran aún novios, para introducirla en el mundo de la bebida con licores de chocolate o similares.

En un punto de la historia, ambos están de pleno enganchados con la bebida, un matrimonio empapado de alcohol, en el borde del abismo, presas de la señora botella, ama y señora de sus deseos. La trama seguirá por derroteros insospechados pues al final será él, el gran bebedor, quien logre salir de agujero negro de la botella, mientras que ella queda atrapada definitivamente. Esta situación trágica es un desgarrador puñetazo en la cara del espectador.

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Para empezar, creo que Días de vino y rosas es una película que debería ver mucha gente, pues son también muchos los que abusan de le bebida diariamente, e incluso muchos los que en algún momento de sus vidas han abusado del alcohol. Tal vez sin llegar al extremo del film, pero esta obra es el paradigma de ese gran monstruo vivo y poderoso que es la botella para el bebedor y en el peor de los casos para el alcohólico, pues son dos cosas diferentes.

Digo esto porque una cosa es el bebedor que de tanto beber se torna adicto, y lo distingo de quienes no pueden probar una gota porque hay una predisposición constitucional que les impele a seguir bebiendo desaforadamente hasta caer al suelo. Estos últimos son los verdaderos alcohólicos. El alcoholismo es una enfermedad seria que hasta ahora sólo los grupos de alcohólicos anónimos han sabido abordar con auténtica humanidad y efectividad.

Como digo, el alcohol es un monstruo para mucha gente. Pero mientras los monstruos de ficción pueden llegar a ser hasta simpáticos, la botella es como un engendro invisible y presente en el imaginario colectivo en forma de padre, madre, amigo, hermano, vecino y tanta gente que echan por tierra su vida, su familia, su trabajo y su fortuna por engullir alcohol sin coto.

Un bebedor que vio este film hace la siguiente reflexión: «Cierto día contemplé un reflejo en la ventana y pude observar unos ojos dependientes de un último trago, una barba sin arreglar y una mueca desesperada. Al principio no me reconocí, me dio igual, y a mi paladar sediento también».

O como decía un genial y atormentado Francis Scott Fitzgerald: «Cuando bebo veo cosas» (sin duda en alusión al delirium tremens del alcohólico). O el gran escritor Truman Capote declaró, incluyéndose él: «Todos los escritores, grandes o pequeños, son bebedores compulsivos, porque empiezan sus días totalmente en blanco, sin nada».

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Antes y después de esta película, otras han tocado el tema del alcohol. Por ejemplo, brillante, trágico y angustioso es el genial film Días sin huella, 1945, de Billy Wilder nada menos; y más recientemente una peli más mediocre, pero igualmente asfixiante fue Leaving Las Vegas, 1995, donde Nicolas Cage bebe hasta el espasmo.

Pero para mí, la que mejor ha tocado el tema es ésta de Edwards, toda una apoteosis de emoción e inquietud. De cómo el alcohol proporciona unos instantes de aparente felicidad (días de rosas) y un largo desierto de páramo y desdicha (días de vino)

La película es buena de principio a fin. Hay escenas memorables, como cuando Jack Lemmon busca la botella en el invernadero, una escena gloriosa y conmovedora. Y hay otra cuando Kirsten, ebria en un motel de cuarta, le suplica a su esposo que había ya dejado la bebida que tome unos tragos con ella, que no la deje sola. Al principio él se niega pues sabe bien que empezar de nuevo será su perdición; y tiene una hija a su cargo. Pero su esposa se lo suplica. Él, ya en la puerta, se compadece por amor y bebe una copa con ella, la besa… y borrachera. Esta escena es también de alto voltaje.

Dos personas engullidas una y otra vez por un monstruo implacable, insaciable y tormentoso que sale por el gollete de una botella de licor blanco y espiritoso que conduce a la muerte. Él bajo la lluvia destrozando macetas mientras ella grita enloquecida. Ella, tan hermosa como frágil, agarrada a su botellón de ginebra.

Esta es una película de las grandes, un cine aleccionador, conmovedor, que lo tiene todo, que tiene a Lemmon, a Reemick, que guarda en el trasfondo a un fantasma endiablado siempre al acecho de la debilidad; un líquido adictivo y viscoso que apresa a sus víctimas.

Uno de los dramas más certeros sobre el alcoholismo, con la atractiva y agónica Lee Remick; una intensa cinta que traslada al espectador la angustia de los protagonistas. Billete sin retorno a los infiernos y un tinte sombrío en todo el metraje que produce fascinación a la vez que evita hacer juicios apresurados.

Cine con mayúsculas, tanto que, como dijo alguien, no es pecado adorarlo.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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