Adiós a las armas (A farewell to arms, 1932), de Frank Borzage

  10 Mayo 2020

Cuando la guerra no puede con el amor

adios-a-las-armas-0La historia se desarrolla durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), y fue la primera adaptación de la novela homónima de Ernest Hemingway. La segunda adaptación al cine la dirigió Charles Vidor en 1957, con Rock Hudson como protagonista junto a Jennifer Jones. Por cierto, a la Warner Brothers le costó ochenta mil dólares quedarse con los derechos de la novela.

Los acontecimientos se suceden antes de que los Estados Unidos se decidan a entrar en la guerra de 1917. Frederick, a la sazón un periodista norteamericano, decide alistarse como voluntario en el Cuerpo de Ambulancias italiano en grado de teniente, para poder hacer un seguimiento próximo a los sucesos bélicos. Pero hete aquí que cae herido y lo ingresan en un hospital. En su estancia en el Centro hospitalario, Frederick se enamora perdidamente de una enfermera británica (Helen Hayes). A partir de aquí los acontecimientos derivan en una espiral romántica y dramática con consecuencias nada positivas para la pareja.

Frank Borzage, el director de esta cinta, fue un veterano cineasta que incursionó en diferentes facetas del cine: actor, guionista, etc. Sus comienzos fueron en el cine mudo (sesenta obras mudas tiene en su haber) y tras dirigir western, Borzage fue forjando su estilo. Siguió una línea que significó profesionalmente una transfiguración desde el melodrama tradicional a filmes que hacían una exaltación de la locura de amor próxima al surrealismo. Consiguió un Oscar en 1928 como director (el primero en esta modalidad), y a partir de aquí se convertiría, como en el caso de esta película, en un consumado especialista del drama romántico.

El guion de Benjamin Glazer y Oliver H. P. Garrett, es adaptación de la novela de Ernest Hemingway A farewell to arms, publicada en 1929, cuyo título está tomado de un verso del poeta del siglo XIX George Peele. Es un guion muy bien elaborado y merecedor de aplauso, a pesar de la edad que tiene la película. El libreto lleva muy bien la historia, dotándola de un enorme dramatismo. Un guión convincente, con el conflicto sustancia que deriva de anhelar cultivar y salvar el romance dentro de un encuadre hostil.

Buena la música de Ralph Rainger y una gran fotografía en blanco y negro de Charles Lang, merecedora del Oscar de ese año; además, pensemos que esta película se destaca por ciertas características técnicas y planos complicados, lo cual era difícil de hacer con los pesados equipos de aquellos entonces, con los que se rodaron secuencias largas con cambios de plano en movimiento bastante llamativos.

En cuanto al reparto, la actriz angloamericana Helen Hayes, una de las principales estrellas del teatro y el cine de su época e incluso de siempre jamás, hace un espléndido papel con una capacidad para el lirismo, la pasión y la tragedia encomiables.

A su lado tenemos a Gary Cooper, todo un icono, con poco más de treinta años, llenando pantalla y haciendo de contraparte de manera espléndida, aunque con cierta rigidez y falta de sangre y brío. Resalta también Adolphe Menjou, el simpático Rinaldi, amigo del protagonista y actor de reparto que intervino años después en el alegato antibelicista de Stanley Kubrick Senderos de gloria, 1957.

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Acompañan en esta película actores y actrices de enorme talla, como Mary Philips, Jack LaRue, Blanche Friderici, Mary Forbes y Gilbert Emery.

Un valor de este film es el que aporta Hemingway con su novela, pues el escritor supo poner negro sobre blanco una parte real de su vida como conductor de ambulancias en la primera Gran Guerra, con una carga emocional de primer orden en la que la tragedia está servida casi desde el primer renglón.

En otro orden de cosas, quiero dejar claro que hacer comentarios o exponer la crítica de una película que se estrenó en 1932 requiere de un esfuerzo de imaginación y sapiencia para colocarse en un momento histórico de la cinematografía muy diferente al actual, e incluso al de cincuenta años atrás.

La época en que se rodó este film, fue el momento de transición del cine mudo al sonoro. La industria del cine tenía unos códigos muy definidos e incluso rígidos, lo cual no es una mala opinión, es sencillamente que era así. Por ello, esta película puede resultar a la vez que entrañable, algo tosca, dado los limitados medios de los que disponía aquel cine que aún gateaba.

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No obstante, nadie negará que la obra está cargada de emociones y sentimientos como la mejor superproducción actual. Esta es una de las grandezas de esta cinta, que sustenta, inspirada por Hemingway, una historia de amor en tiempos de guerra de la mejor forma posible; hablamos además de un pasaje autobiográfico del mismo Hemingway.

Por eso, lo que la película transmite esencialmente, con lo cual se gana al espectador, como me ha ganado a mí cuando la vi en TV no hace mucho, es saber transmitir ese fuerte atractivo que comparten los dos protagonistas y las grandes dificultades con las que viven su apasionado amor. Este extremo no es sólo romántico, sino que además tiene un evidente mensaje antibelicista, en aquellos primeros años del pasado siglo que estuvieron marcados por la violencia y la convulsión en Europa.

La película aporta meritoriamente una visión de una guerra despiadada donde nadie mereció morir por unos ideales siempre manipulados, que jamás deberían hacer sombra a la unión entre los hombres. Se dice, y suele ser verdad, que las guerras lo primero que matan es el amor: en esta historia y en este film, la guerra no lo consigue.

Pues eso, ante nosotros tenemos un respetable clásico que obsequia al espectador con un relato de amor en toda regla, a la antigua usanza, pero de manera franca y meridiana, sin ambages, con mucho de efusión y arrebato, con una fuerte carga trágica al final de la cinta, y mucho sentimiento y hondura.

Entre premios y nominaciones en 1933 obtuvo: 2 Oscar: Mejor fotografía y sonido. 4 nominaciones. National Board of Review (NBR): Top 10 películas del año.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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