El sentido de un final (The sense of an ending, 2017), de Ritesh Batra

  04 Mayo 2020

Revisión de vida en la edad avanzada

el-sentido-de-un-final-0Esta película es, como señala Javier Ocaña, «para público maduro». Y es así porque no se puede entender bien el núcleo de la película, que es la reconstrucción de la historia personal, si no se han vivido ya algunos años.

En el caso de esta cinta, esta reconstrucción de vida viene de la mano de un hombre mayor, y habla de cómo nuestra coraza defensiva (de la que tan acertadamente escribiera el gran psicoanalista Wilhelm Reich), puede llevarnos a distorsionar la tal «revisión» y, lo peor, a no querer comprenderla para evitar culpas y remordimientos, con autoengaños, las más de las veces inconscientes y pueriles.

Algunas personas añosas no reflexionan mucho sobre cómo ha sido su existencia, moviéndose entre ideas tópicas y lugares comunes, recuerdos contados mil veces que ya se han hecho «verdad», pero que muchas veces no responden a la realidad, si es que hay una única realidad. Pero esta es otra cuestión.

En la película, Tony Webster (Jim Broadbent) es un hombre jubilado a la vez que divorciado que hace una vida rutinaria y solitaria. Por una carta certificada, un buen día cae en la cuenta de que la madre de Veronica (Freya Mavor), su novia de la universidad, le ha dejado en su testamento un diario que guardaba su mejor amigo, quien salió con Verónica después de él, pues Tony fue el primer novio de Verónica.

Aquel desengaño de los años sesenta impulsó a Tony en su momento a escribir una maligna carta a ambos novios. La cosa está en que para recuperar el diario en manos de una Verónica (Charlotte Rampling) ya anciana y con buenas dosis de misterio, Tony se ve obligado a investigar en su pasado y recordar momentos delicados de sus antiguas amistades y relaciones colegiales y universitarias, y a recrear mentalmente sentimientos que creía ya en el baúl de los recuerdos.

Pero la sorpresa acecha y en ese afán indagador, descubre facetas de su vida que hasta entonces desconocía.

Tiene la película un guión de Nick Payne que resulta de la adaptación de la novela de Julian Barnes da título al film, The Sense of an Ending (Premio Booker, 2011), que proporciona al escritor del libreto una oportunidad que no desaprovecha para reflexionar sobre la pérdida, la memoria y la pesadumbre vital.

Como escribiera el propio Barnes: «Vivimos en el tiempo, pero nunca he creído comprenderlo muy bien». Pues bien, con esta novela y este libreto, el director indio nacido en Bombay, Ritesh Batra, ha filmado esta excelente película que tiene el pulso y el espíritu del propio Barnes, pero traducido en imágenes, cuya base son la añoranza, la tristeza, la introversión y la proeza de trasladar a imágenes, intimidades que resultan más sencillas de describir en palabras que con metáforas.

Batra, con elegancia y sobriedad, sabe imprimir un ritmo pausado, pero dinámico, a tan complejos asuntos, con flashbacks muy esclarecedores y originales. El tempo, como digo, y las imágenes de la película resultan un cóctel de exquisito saber hacer calmo y sugerente. Saber rodear a los personajes envolviéndolos en una sutil atmósfera que también requiere de manera importante de los silencios. Sí, frente a películas en las que no se para de hablar, Batra nos sumerge en un cosmos que, aunque dramático, es narrado con serenidad.

La banda sonora de Max Richter es muy emotiva y hermosa, arropando perfectamente la trama con una cuidada selección de canciones, con las preciosas y adecuadísimas There was a time, de Donovan, y Time has told me, de Nick Drake, piezas icónicas y banderas del estilo de la época sesentera.

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Hermosa fotografía de Christopher Ross y una cuidada puesta en escena, ambientación, vestuario y todo lo que rodea a las dos épocas en las que se desenvuelve la trama: la contemporánea y la de los años 60; a través de momentos de la vida diferentes: la jubilación y la juventud.

El relato viene a presentar un triángulo amoroso que deviene trágico con el transcurrir del tiempo, poniendo sobre el tapete la memoria, el amor, la soledad, las nuevas modalidades familiares… todos ellos temas importantes de esta conmovedora película llevada a buen término de manera inteligente y discreta.

En el reparto, el oscarizado Jim Broabdent está archigenial, interpretando sabiamente el rol de hombre mayor con fracasos a sus espaldas, y lo hace de una manera muy convincente. Charlotte Rampling es la antigua novia convertida en una mujer de edad avanzada que sabe encuadrar perfectamente su papel de mujer que ha tenido una vida desdichada.

Harriet Walter hace un gran trabajo como ex mujer del protagonista y Michelle Dockery está igualmente bien como la hija madre-soltera. Y acompañando, como suele ocurrir en el cine británico, actores de primera fila, como Emily Mortimer, Billy Howle, Joe Alwyn, Freya Mavor, Matthew Goode, Edward Holcroft y James Wilby.

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Es una película introspectiva en cierto modo, sobre cómo, a tenor de circunstancias imprevistas, un hombre ya metido en años, se ve forzado a reflexionar sobre las relaciones personales, la soledad y la mentira; o sea, esa realidad imaginaria que necesitamos en ocasiones crearnos para hacer frente a heridas y decisiones aciagas.

Si lo consigue o no es parte del enigma del film que no quiero desvelar en toda su amplitud, una incógnita que tendrá que aclarar el espectador tras el visionado, algo por cierto muy recomendable. Por lo tanto, es ardua la tarea de quien asiste a esta película, porque cada detalle que aparece cumple la función de darle un sentido al final, lo cual puede devenir autorreferente.

La película alude a ese momento de la vida en el que todos nos hacemos preguntas sobre nuestra historia, aconteceres para los no hay un único responsable y donde tampoco hay una única causa. Como dice un personaje de la película en su etapa universitaria: «Camus dijo que el suicidio era la única cuestión realmente filosófica».

La cinta es una manera de pensar esas consecuencias perniciosas que no queremos admitir que tuvieron sus consecuencias. Nuestros comportamientos pretéritos que se actualizan en realidades que ya creíamos olvidadas pero que en ocasiones reaparecen.

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Para mí, la película es una apología para trabajar esa memoria remota que en Gerontología se denomina «reminiscencia», esa capacidad para recordar, contar y revivir sucesos antiguos, algo propio de los adultos mayores. Este proceso tiene consecuencias muy positivas para la salud psicofísica de quien acomete esta especie de terapia.

Sobre cómo hacer una revisión de nuestra vida, de pensar en nuestro recorrido por este mundo cuando ya los años avanzan y la memoria flaquea o se ha acomodado a recordar acontecimientos que sólo son fruto de nuestros propios e inadvertidos intereses, de nuestras oportunas mentiras ya cristalizadas.

Eso lo explicó muy bien el psicoanálisis, que ya advirtió del peligro del autoengaño y la necesidad de objetivar nuestra íntima realidad psíquica: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres», Juan 8:32. Frase evangélica que propugna la estrecha relación entre la verdad y la libertad. Al ser el hombre inexorablemente moral por el carácter libre de su persona, la verdad es un requisito imprescindible para que la actuación humana se vea libre de lastres.

Pero eso sí, la película, aconsejada para gente formada, tiene su difícil digestión. No es para todos los públicos. De hecho, cuando fui a verla no había apenas nadie en la sala. Lamentable, desde mi modo de ver, que dice de cierta cultura cinematográfica, y es lamentable, pues se trata de una obra con enjundia y de calidad. «Esta es mi historia», como el protagonista dice en la postrimería del film.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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