Fortunata y Jacinta (serie TV, 1980), de Mario Camus

  29 Abril 2020

Universo galdosiano

fortunata-y-jacinta-000«Con tantos personajes creados para siempre por su genio generoso…».

Luis Cernuda, Díptico español. II. Bien está que fuera tu tierra.

En plena Transición democrática, en 1976, se gestó el proyecto de realizar una serie televisiva de la magna obra de Benito Pérez Galdós Fortunata y Jacinta (1887). Llamaba la atención que, en una época de cambios para España, de acceso a la modernidad, a Europa, se quisiera volver la vista a una novela plenamente decimonónica, epicentro de la narrativa galdosiana.

Pero Galdós, como Cervantes, es un escritor de una modernidad enorme, intemporal. Sus narraciones escapan a la determinación histórica, porque profundizan en los vericuetos del corazón humano. Y el deseo que nos mueve, la melancolía por los sueños incumplidos, la angustia por el paso del tiempo son sentimientos de todas las generaciones habidas y por haber.

Al director cántabro Mario Camus (1935) siempre le ha interesado el realismo artístico, tanto en novela como en cine. Fervoroso lector desde muy joven, Camus disfrutó en los años 50 con los trabajos de Ana María Matute, Delibes, Cela, Aldecoa, Fernández Santos. Y en la pantalla, creció con las películas de Jean Renoir, Luigi Comencini, Dino Risi…

Para la época de la Transición, Camus ya había demostrado con anterioridad su talento en la adaptación cinematográfica de originales narrativos. Sobre todo, en los filmes sobre las obras de su gran amigo Ignacio Aldecoa. Así, rodó con bastante acierto Young Sánchez (1964), Con el viento solano (1967) y Los pájaros de Baden-Baden (1975).

Llevar la obra maestra de Galdós a la pequeña pantalla constituía un auténtico reto. A su vez, ofrecía numerosas posibilidades discursivas en personajes, tramas, espacios, vestuarios, conflictos. Todo un cosmos literario del que Camus pretendía captar su esencia y transformarlo en imágenes.

Pasarían tres años hasta que en la primavera de 1979 empezara a rodar la serie de televisión Fortunata y Jacinta. Dentro de la fidelidad a la insigne novela, un Quijote del siglo XIX, Mario Camus añadió algunas señas de identidad de su cine: el clasicismo y la emoción.

La confluencia de dos mundos: la burguesía y el pueblo

La disposición antitética de la narración galdosiana vertebró la serie de TVE de Camus.

Por un lado, el mundo de Jacinta, que es el mundo de la burguesía madrileña de la segunda mitad del siglo XIX. Una atmósfera de elegancia y refinamiento, que se concreta en una de las protagonistas. Maribel Martín da vida a Jacinta en una excelente interpretación, porque al igual que el personaje galdosiano, Jacinta no se queda en la belleza física, sino que también alberga y transmite dulzura, educación, saber estar. Sueña con ser madre y el tormento de su vida consiste en no poder serlo. Sin embargo, no se resigna, y a su modo es una luchadora que persigue su anhelo.

Maribel Martín se metería en Los santos inocentes (1984) en la piel de Miriam, la hija de la marquesa. Cual pasara con Jacinta, Miriam escapa al esquematismo de su clase social, la aristocracia, y quiere conocer los tesoros de la naturaleza y el mundo rural a través de Azarías. La elección del vestuario para Jacinta resulta muy adecuada: los tonos blanquecinos y azulados de sus preciosos vestidos reflejan la bondad intrínseca del personaje y su juventud.

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Como espacio burgués, sobresale el salón amplio y pulcro de la casa de los Santa Cruz, los padres de Juanito (fijémonos en el simbolismo del nombre, en su tradición literaria, desde Tirso a Zorrilla), que sí es el prototipo del joven burgués del diecinueve: vividor, ocioso, egoísta. Lo interpreta con corrección, no exenta de los matices cínicos del personaje, François Eric Gendron, un actor galo.

La serie de TVE era una coproducción hispano francesa y de ahí la presencia de este intérprete que, además de la caricatura galdosiana, se ve ensombrecido por la fuerza dramática y el encanto de las protagonistas femeninas de la propuesta de Camus. La burguesía madrileña ya pasaba hacia 1870 sus vacaciones en el Cantábrico. Qué fenomenal homenaje rinde Camus a Luchino Visconti y Muerte en Venencia (1971) en la secuencia de la playa.

El mundo de las clases populares de Madrid, del pueblo madrileño, gira en torno a Fortunata. Ana Belén brinda una de las mejores interpretaciones de su carrera, quizá la más recordada, recogiendo toda la humanidad de esta gran criatura galdosiana (al nivel de Bovary, Karenina, Ana Ozores).

El magistral pasaje de Galdós, cuando se ven por vez primera Juanito y Fortunata en el entresuelo del piso de Estupiñá, es trasladado brillantemente por Camus a la esfera audiovisual. Y así, en el mantón de Fortunata, en los tonos rojizos y pardos de su ropa, irradia la pasión, la sensualidad del personaje. En el hecho de comer un huevo crudo se comunica de manera simbólica su raigambre humilde y su fertilidad.

Los lugares del pueblo son testigos de la vida de Fortunata: las tabernas o los hogares de José y Segunda Izquierdo. Camus plasma el entusiasmo y el desenfado de los trabajadores. Trascendentales los recuerdos de Juanito en su viaje de bodas con Jacinta, memorias que tiene, a modo de flashback, de su incursión con Fortunata en el universo popular de Madrid: los abundantes vasos de vino, los bailes, la algarabía.

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Camus elabora unos magníficos encadenados de las calles de Madrid, que sirven de puente entre las escenas interiores (sobre todo, las focalizadas en Fortunata). Los espacios populares: la Plaza Mayor, la Cava Baja, la calle Toledo, la plaza de Pontejos. Y en esos encadenados, el variado mundo laboral de la época: las castañeras, los ebanistas, los cesteros, los fruteros, todos laborando al aire libre. Y también, las improvisadas hogueras, las partidas de cartas, los niños jugando con los adoquines.

Si la narrativa de Galdós es tan vitalista se debe a que recogía la vida, en todas sus vertientes, en sus novelas. La serie de Camus se hace eco de este impulso humanista y lo manifiesta en imágenes plagadas de autenticidad. La estética de los desfavorecidos de la sociedad posee en la serie, como también en Los santos inocentes (1984) y La forja de un rebelde (1990), la huella de Bernardo Bertolucci y la portentosa Novecento (1976). Este filme italiano asimismo influye en la distribución antitética de la serie televisiva.

Otro punto fundamental de la novela galdosiana y que Camus acierta a sintetizar en su labor cinematográfica es el progresivo acercamiento entre Jacinta y Fortunata, entre Fortunata y Jacinta. Pertenecientes a clases sociales distintas, pero unidas en su condición de mujeres, de mujeres buenas, de mujeres que quieren ser libres y coger las riendas de su vida, de mujeres que han sido manipuladas por un hombre, Juanito, al que Galdós y Camus condenan al final de la novela y la serie de TVE a la irrelevancia.

Antes de que Lorca pusiera a las mujeres en los papeles protagonistas de sus dramas teatrales, Galdós, novelista de la modernidad, ya había situado en la hegemonía narrativa a dos mujeres diferentes en origen, situación y personalidad, pero a las que la vida, la gran maestra, fue uniendo.

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La maestría cinematográfica en los secundarios

Mario Camus ha comentado en alguna ocasión lo que dijo John Ford sobre los actores: la labor más relevante de un director es saber elegirlos. Que cada intérprete sea el idóneo para el papel que va a desempeñar. Y una vez elegidos, confiar en ellos, en sus capacidades dramáticas. El actor o la actriz, si tienen talento, sabrán sacar todos los matices de los personajes, incluso añadir aspectos nuevos.

En el reparto de Fortunata y Jacinta se hallan varios de los gigantes interpretativos del cine y el teatro españoles de los 50, los 60 y los 70. Ver Fortunata y Jacinta es ver la calidad y la magia de numerosos intérpretes que alumbraron bastantes trabajos teatrales y cinematográficos durante décadas.

De los jóvenes (nos referimos a la edad en el tiempo de rodaje, 1979, y emisión, 1980), sobresalen Mario Pardo como Maximiliano Rubín, que compone una interpretación altísima, imperecedera. De toda la galería de personajes galdosianos, Maxi es posiblemente el más difícil de llevar a la pequeña pantalla, por el carácter complejo y la variabilidad de emociones que expresa. Personaje de estirpe cervantina, quijotesca (como tantos otros en Galdós), oscila de la lucidez a la locura, de la templanza a la desesperación, del idealismo al pragmatismo. Pardo nos deleita con su labor actoral.

Hay una magnífica secuencia, en la terraza de su hogar, donde Maxi enseña a leer a Fortunata y se queda embelesado por cómo la muchacha va leyendo un periódico de la época. La modernidad de Galdós, que consideraba esencial que los más pobres de la sociedad española adquirieran cultura para que esta sociedad fuese justa y democrática. Conecto esta secuencia con una memorable de Los santos inocentes (1984), en la que Paco, el Bajo, y su hija, Nieves, hablan sobre las letras del abecedario.

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Charo López nos regala una interpretación repleta de energía de Mauricia, la Dura. De extracción popular, como Fortunata, afirma su esencia humilde, rebelde y espontánea. Digamos que es una Fortunata sin ningún contacto con la burguesía, como sí lo ha tenido su amiga. Por eso, su carácter más combativo, sus reacciones más impulsivas. En los momentos de locura se vincula al personaje de Maxi.

Mario Camus, respetando la enorme conflictividad del texto galdosiano, rueda algunas secuencias cómicas, humorísticas, como cuando una traviesa Mauricia suelta un ratoncillo en Las Micaelas, provocando el pánico entre las religiosas. Otra secuencia graciosa viene con Papitos, que le tira un cubo de agua a Maxi en la puerta de la casa de doña Lupe. Después de ser Mauricia, Charo López protagonizaría otra serie televisiva memorable a principios de los 80: Los gozos y las sombras (1982), de Rafael Moreno Alba, sobre la novela de Torrente Ballester. Aquí compartiría protagonismo con otro puntal de la cinematografía y la dramaturgia hispanas: Eusebio Poncela.

En la conexión entre la burguesía, que representa Jacinta, y el pueblo, encarnado en Fortunata, hay algunos personajes bisagra de ambos mundos como Guillermina y Plácido Estupiñá. Ambos interpretados de forma notable por dos veteranos actores de gran recorrido: Berta Riaza y Manuel Alexandre.

Guillermina representa la moral conservadora, la intransigencia religiosa, el respeto a la tradición. En su caracterización, aprecio similitudes con el cuadro de Velázquez, La venerable madre Jerónima de la Fuente (1620), ubicado en el Museo del Prado.

Estupiñá, antiguo amigo de los Santa Cruz, transmisor de noticias y cotilleos, se mueve con ingenio entre todas las capas del Madrid de la segunda mitad del siglo XIX. No es casual que en la novela y la serie de TVE sea el último personaje que conecta a Fortunata y a Jacinta.

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Otros dos ilustres veteranos proporcionan dos magistrales interpretaciones: María Luisa Ponte, como Doña Lupe, la de los pavos, y Fernando Fernán Gómez, como Evaristo Feijoo.

Doña Lupe, tía y protectora de Maxi, está obsesionada con la contabilidad, el dinero, como ocurre con otros personajes galdosianos (Torquemada sería el ejemplo más representativo). Su léxico es eminentemente popular. A Galdós, al igual que Cervantes y Delibes, le encantaban los términos coloquiales, que hacen más auténticos a los personajes de origen humilde.

Feijoo, el antiguo coronel, vive un romance tardío con Fortunata y luego se convierte en un padre para ella. De hecho, podemos considerar a Feijoo como un desdoblamiento del propio Galdós. El autor dentro de la obra, herencia de Cervantes, la modernidad en la novela. En su interpretación del veterano militar, Fernán Gómez anticipa la que casi veinte años más tarde realizará del conde de Albrit en El abuelo (1998), de Garci, sobre otra narración galdosiana.

Y más y más personajes, cada uno con sus luces y sus sombras, creados por la mano maestra de Galdós e interpretados por históricos del cine y el teatro hispanos: Doña Bárbara (Mary Carrillo, la marquesa en Los santos inocentes), José Izquierdo (Francisco Rabal, posteriormente el inmenso Azarías); Nicolás Rubín (Francisco Algora), José Ido del Sagrario (Luis Ciges), Segismundo Ballester (Manuel Zarzo, el doctor en Los santos inocentes), Manuel Moreno Isla (Julio Núñez), Segunda Izquierdo (Tote García Ortega)…

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Los espacios madrileños

La misma polifonía de personajes la encontramos en los lugares donde se desarrolla la acción: todo un retablo del Madrid del XIX: tabernas, cafés, casas, farmacias, instituciones, tiendas, etc.

En los cafés tienen lugar tertulias donde participa Juanito con sus amigos, como Villalonga. En los cafés, también encontraremos a Maxi conversando con sus hermanos. El café como centro de reunión del siglo XIX, cuya trascendencia para la vida social de los madrileños se prolongará hasta los años 70 del siglo XX. En La colmena (1982), que se ambienta en la posguerra, Camus hará del Café Gijón el espacio hegemónico del relato fílmico, lugar donde confluye la galería de personajes de la novela de Cela.

Por su parte, las tabernas poseen el sabor popular de la época. Son los espacios donde se mueven José Izquierdo y Mauricia la Dura, y, con frecuencia, Fortunata. Las tabernas de Lavapiés serán otro espacio relevante en La forja de un rebelde (1990), donde Arturo tomará chatos de vino con su amigo Angelillo. De esta forma, los cafés se vinculan a la burguesía y a las profesiones liberales, mientras que las tabernas hacen lo propio con el pueblo, los humildes de la sociedad.

Las Micaelas, una institución religiosa de la época para mujeres con problemas, representa para Fortunata y Mauricia un espacio carcelario que coarta su esencia libre. La sociedad decimonónica, por cerrazón mental, no toleraba el adulterio, y hacía de las mujeres, no de los hombres, el blanco de sus iras. Personajes como Guillermina o doña Lupe censuran a Fortunata por mantener una relación sentimental con un hombre casado. En el fondo, todo el sistema moral de la segunda mitad del siglo XIX, sustentado por una iglesia reaccionaria, impide cualquier movimiento libre si procede de la mujer.

Galdós, en otro alarde de modernidad, apuesta por los sentimientos, no por los dogmas religiosos. Se ve bien en la secuencia con Mauricia, medio moribunda (presagio de la propia muerte de la protagonista popular), cuando le dice a Fortunata: «Niña, no te arrepientas nunca de querer a quien te salga de entre ti. Eso no es pecado». Fortunata querrá a Juanito durante toda la obra y la serie de TVE. Sólo se desengañará al final. El hijo que tendrá será la afirmación no sólo de su autonomía, también la de Jacinta. El simbólico cierre de la puerta de Jacinta a Juanito significa que la mujer burguesa verdaderamente se independiza de un marido que, además de jugar con ella, ha jugado con Fortunata.

La farmacia de Segismundo Ballester o la tienda de telas de Aurora constituyen otros espacios destacados de la serie. En la primera, trabajará Maxi. En la segunda, se producirá la brutal pelea entre Fortunata y Aurora, rodada con cámara al hombro para otorgar mayor intensidad. Mario Camus, en Fortunata y Jacinta, logra un equilibrio entre escenas interiores y exteriores, pues las calles de Madrid se erigen en otros espacios destacados del filme. Un Madrid decimonónico donde había vida en cada rincón. Un Madrid de coches de caballos y mercados al aire libre, con puestos de fruta, carne, verdura. Y hombres con capas, patillas y botas. Y mujeres con mantón y pañuelos.

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Una bellísima partitura

En los títulos de crédito de la serie, vemos una fotografía en blanco y negro de Galdós. El novelista, ya veterano, en torno a 1890-1895, sentado con las piernas cruzadas, sostiene entre sus manos un gato (estos animales le encantaban a Galdós, que incluso tituló una de sus novelas Miau, en 1888, título también de resonancias cervantinas; recordemos que a los madrileños se los ha llamado tradicionalmente «gatos»). La fotografía galdosiana y la información artística y técnica de la serie. Y de fondo, una hermosa música pianística de Antón García Abril.

Se trata de una de una partitura muy bella que acompañará numerosos momentos de la propuesta cinematográfica, enfatizando toda la carga sentimental de la novela, que es mucha. Habrá fragmentos musicales que reflejen la tensión dramática, como en el altercado entre Fortunata y Mauricia. O pasajes de organillo, a menudo en las secuencias en las vías públicas madrileñas, potenciando la dimensión popular del Madrid del XIX. No obstante, los compases al piano, propios de los momentos románticos de Fortunata y Juan, o de las secuencias plagadas de emotividad con Mauricia, Maxi o Feijoo, se han convertido en parte nuclear de esta serie de TVE.

Antón García Abril había sido el autor de la excelente banda sonora de El hombre y la tierra (1974-1980), de Félix Rodríguez de la Fuente, en la que el sabio naturalista dio a conocer a los españoles las maravillas del medio ambiente.

En 1984, García Abril vuelve a colaborar con Camus en Los santos inocentes, sobre la novela de Delibes, componiendo una magnífica música que profundizaba en la conflictividad dramática de la película, sonidos muy alejados del romanticismo de la serie en torno a la obra maestra de Galdós. La narración delibesiana, publicada en 1981, llevaba la siguiente dedicatoria: «A la memoria de mi amigo Félix Rodríguez de la Fuente». El naturalista había fallecido en 1980. Conexiones de vida y literatura.

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De la página a la pantalla: la estructuración en capítulos

Camus, guionista asimismo de la serie, supo leer muy bien a Galdós. Y para llevar una novela de más de mil páginas a la pequeña pantalla, tenía que efectuar una buena labor de selección. Intentó recalcar los aspectos sentimentales, en detrimento de los sociopolíticos o históricos, tan copiosos en la obra galdosiana. No importaba tanto lo que ocurría con Isabel II, Cánovas o Sagasta, con monarquías y repúblicas, sino todo el caudal emotivo que irradiaban los personajes de la serie, fundamentalmente Jacinta y Fortunata. El director cántabro distribuyó la serie en diez capítulos (cada capítulo duraba un poco menos de una hora, entre cincuenta y cincuenta y cinco minutos).

 En los tres primeros, se presentaba al triángulo protagónico y amoroso: Fortunata, Jacinta y Juanito. El capítulo cuarto se centraba en Maxi. El capítulo quinto se desarrollaba en Las Micaelas, con un nuevo personaje: Mauricia. El sexto, el retorno del romance entre Juanito y Fortunata. En el séptimo aparece Evaristo Feijoo. En el octavo, vuelta de Fortunata a la casa de doña Lupe y Maxi, y muerte de Mauricia. En el noveno y el décimo, tiene lugar el desenlace de la serie.

La obra fílmica de Camus, cual pasara con la novela de Galdós, parte de la trama de los tres personajes principales, el tronco del árbol narrativo, para extenderse en otras historias, que serían las ramas donde viven personajes secundarios, pero de gran calado: Maxi, Mauricia, Feijoo. 

La literatura realista en el cine de Mario Camus

Fortunata y Jacinta (1980) abrió un período esplendoroso del cine de Mario Camus. Tras la serie, rodaría La colmena (1982) y Los santos inocentes (1984), adaptaciones espléndidas de las novelas de Cela y Delibes.

Vi Los santos inocentes a finales de los 90, siendo un adolescente, gracias a mi hermano Jorge, gran lector de Delibes, y a quien la película de Camus le fascinaba. Desde entonces, la he visto en numerosas ocasiones, con la misma emoción, incluso más, que en el primer visionado. La considero, junto a El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice, y La buena estrella (1997), de Ricardo Franco, la obra cumbre del cine español.

Mario Camus continuó interesado en el realismo literario: La casa de Bernarda Alba (1987), sobre la tragedia lorquiana, y La ciudad de los prodigios (1999), a partir de la novela de Eduardo Mendoza, no fueron adaptaciones tan logradas como los trabajos cinematográficos basados en la narrativa de Aldecoa, Galdós, Cela o Delibes. En 2007, rodó su último filme hasta la fecha, El prado de las estrellas, que pasa por ser una de las mejores películas de lo que llevamos de siglo XXI, una joya del cine hispano, rebosante de ternura y sabiduría vital y artística.

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Otros datos sobre la serie televisiva

El rodaje de Fortunata y Jacinta empezó a mediados de mayo de 1979 y duró siete meses. Contó con 3.500 auxiliares y un presupuesto de 160 millones de pesetas, que posibilitó la construcción de 20.000 metros cuadrados de escenarios en Prado del Rey. Se emitió por primera vez TVE en mayo de 1980, entre el 7 y el 22 de ese mes. La serie, una coproducción de TVE con la francesa Telefrance y la suiza Telvetia, se vio en otros 28 países. TVE la ha repuesto en 1983, 2011, 2017, y está volviendo a emitir la serie en esta primavera de confinamiento.

Diez años más tarde, Camus rodaría otra gran serie para TVE: La forja de un rebelde (1990), sobre la trilogía narrativa de Arturo Barea, un republicano socialista exiliado en Inglaterra después de la Guerra Civil. Muchos de los espacios de Fortunata y Jacinta se repitieron en La forja de un rebelde, pues ambas acciones narrativas se llevaban a cabo en Madrid. Se mantuvo la preocupación por los más desfavorecidos de la sociedad. Sin embargo, el pacto entre burguesía y pueblo, Jacinta y Fortunata, que había soñado Galdós para un futuro democrático de España, se truncó con el conflicto bélico (1936-1939) y la posterior dictadura franquista.

La pervivencia de Galdós en textos e imágenes

La magia del cine, la genialidad de Mario Camus. provocó que asociáramos desde la serie a los personajes galdosianos con los actores y actrices que los encarnaron. Y al leer o releer Fortunata y Jacinta se nos aparecen las imágenes de los intérpretes. Así ocurre con Maribel Martín y Jacinta, Ana Belén y Fortunata, Mario Pardo y Maxi, María Luisa Ponte y doña Lupe, Charo López y Mauricia, o Fernán Gómez y Evaristo Feijoo.

2020 es año galdosiano. Se cumple el primer centenario de su muerte. En estos primeros meses de año, se han escrito bastantes textos sobre el novelista. Almudena Grandes, Muñoz Molina o Vargas Llosa han destacado sus méritos. Cercas, por su parte, se ha mostrado muy crítico con la narrativa de Galdós. Cualquier artista, en cualquier ámbito cultural, está sujeto a múltiples interpretaciones. Y eso es positivo, la pluralidad valorativa.

Yo admiro la obra de Galdós, que me ha acompañado desde que con quince años leyese Misericordia (1897). Cual Cervantes o Machado o Delibes o Vallejo, su lectura nos conmueve y nos enseña. Cernuda, uno de los máximos defensores de Galdós, dijo en su exilio mexicano, en 1954, que Cervantes y Galdós «son nuestros únicos escritores, sin aludir ahora a los poetas, que conocieron lo que es la generosidad y fueron capaces de comprender y aceptar una actitud humana o un punto de vista contrarios a los suyos».

Seguiremos leyendo a Galdós y volviendo a ver la extraordinaria serie televisiva de Camus que, en la Transición democrática, puso en valor todo el humanismo y emotividad de Fortunata y Jacinta, un Quijote decimonónico que, al igual que la novela de Cervantes, ha traspasado las fronteras del tiempo para iluminarnos hoy en día con su modernidad.

Escribe Javier Herreros Martínez


Recursos digitales

Web oficial de Fortunata y Jacinta 
Artículo de José Manuel Pérez Ornia en El País (1980) 
Entrevista de José Ruiz a Mario Camus en el programa De película

Bibliografía consultada
Cernuda, Luis: Poesía y literatura I y II, Barcelona, Seix Barral, 1971.
Cernuda, Luis: Antología, ed. José María Capote Benot, Madrid, Cátedra, 2001.
Pérez Galdós, Benito: Fortunata y Jacinta, vol.I y II, ed. Francisco Caudet, Madrid, Cátedra, 2009, 10ª edición.

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