La parada de los monstruos (Freaks, 1932), de Tod Browning

  13 Abril 2020

Auténtica joya del cine injustamente olvidada durante décadas

freaks-0La parada de los monstruos (Freaks), nos cuenta la vida en un circo con un abundante grupo de seres deformes, tullidos y personas con amputaciones que sirven de espectáculo grotesco.

En este grupo, un hombre con enanismo, de nombre Hans (Harry Earles), hereda una imponente fortuna. Como consecuencia, Cleopatra (Olga Baclanova), hermosa figura del trapecio, hace lo imposible por seducir al enano, casarse con él y hacerse con su riqueza. Pero es un objetivo delicado que precisa de toda una estrategia, cuyo buen fin requiere de la colaboración de Hércules (Henry Victor), a la sazón el forzudo del circo, para que la ayude a envenenar al enano tras el desposorio.

Una vez descubiertas las intenciones de la trapecista, y desenmascarado el humillante engaño amoroso que concierne a Hans, la venganza de todos los freaks se pondrá en marcha y acabará en tragedia.

El director Browning, ya en 1931 una celebridad con su película Drácula, decide volver a la Metro-Golwing-Mayer para realizar otra película. Fue a instancias de su amigo el enano alemán Harry Earles, quien le sugirió la idea de adaptar el cuento de Tod Robbins Espuelas (Spurs, 1932), relato que gira alrededor de la venganza de un artista de circo enano hacia la trapecista que intentó seducirlo para engañarlo y quedarse con su dinero.

Browning aceptó y sería justamente Earles quien habría de protagonizar el papel principal, y también su hermana Daisy Earles. Browning consideró que debía ampliar el número de personajes con deformidades físicas, que en el caso que nos trae eran deformidades reales, e irían desfilando de escena en escena siendo ellos el auténtico centro de la historia, sencillamente mostrando su manera cotidiana de vivir.

Al ser reales las deformidades y enfermedades (como enanismo acondroplásico, mujer barbuda, síndrome de Virchow–Seckel o microcefalia, entre otros), no fue preciso el uso de efectos especiales o maquillajes, salvo en una breve escena al final de la película. La película está rodada en una medida importante en tono documental, que se ve acentuado sobre todo en las secuencias que muestran tareas diarias de los freaks.

Es interesante que sepamos que el director británico Tod Browning huyó siendo adolescente de su casa familiar para unirse a una feria donde se exhibían estos fenómenos humanos (freaks) o monstruos (monstruo entendido como cosa extraordinaria en cualquier línea), aquejados de diferentes malformaciones o rasgos físicos impactantes, y fue a partir de esa experiencia con este tipo de seres como logró crear uno de los melodramas más turbadores de la filmografía universal.

Una película impactante, de esas que no se olvidan, de las que se quedan pegadas a la retina y al frontal por su crudeza y, a la vez, por servir a modo de análisis del espíritu humano, del terror, de la maldad y también de la capacidad de hermandad que los tullidos y deformes tienen entre ellos cuando son agredidos o burlados por un mundo exterior que sólo busca en sus pobres cuerpos el lucro y la rentabilidad.

Por todo esto, es una película que no se olvida fácilmente: su gusto por lo tenebroso, su sentido del miedo filmado y, cómo no, por las atracciones secundarias del circo en que se desarrolla. Es sin más, «una macabra obra maestra que todavía impacta» (Bradshaw), un film para volver a visionar, pues de él siempre se aprende algo nuevo.

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La película, que se inicia a modo de cuento cruel, va derivando hasta hundir sus raíces en el espanto. Lo genial de Browning es que, llevado por los cánones del clasicismo del terror, pudo subvertir este conservador paradigma cinematográfico para brindarnos una obra asombrosamente moderna aun hoy, a pesar de que por ella han pasado más de ochenta años.

El terror de esta cinta nace de un hecho excepcional con personajes extraños que deviene desatinado en la habitual normalidad. Este es un canon básico en las películas de terror, pero en el caso de esta cinta, aunque el precepto es seguido al pie de la letra, contiene un elemento insólito: en la historia no son los freaks (raros), lo anormal, sino justamente lo contrario, ellos son la «normalidad».

La hermosura de Cleopatra y la fuerza de Hércules forman parte de lo anormal, dentro de la troupe de freaks, lo que conforma «el más furibundo alegato a favor de la diferencia de la historia del cine» (Palomo). O, como escribe Reboiras, es una película «valiente hasta la náusea»; y sin duda, un clásico monstruoso en el cual los monstruos seres solidarios y defensores de sus valores, son el contrapunto a los terribles seres guapos de la historia.

Además, si el corazón de la película es de terror, de un «otro» aniquilador, ese otro será difícil de ver con más simpatía burlona, vitalidad y también miedo que en esta película. Pues el terror no nace en este cuento de lo raro sino de lo normal, e incluso de lo bonito.

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Browning pone de manifiesto que la monstruosidad no está en el aspecto exterior de las personas, sino en su mundo interior, de forma que el genuino monstruo es aquel capaz de no reparar en medios para conseguir sus propios intereses, sin importar el daño o el dolor que causa a los demás. Además, Browning tampoco cae en la condescendencia fácil de convertir a los freaks en víctimas inocentes, ni en mostrarlos como monstruos, sino como lo que son, simplemente humanos.

El excelente guion, escrito por Willis Goldbeck, Leon Gordon y Al Boasberg, adaptación del relato de Tod Robbins, nos cuenta una historia en dos capítulos, por hablar de algún modo. El primero de ellos se significa por su crueldad, pues muestra cómo los pobres tullidos y deformes son humillados por los personajes bellos. El segundo apartado, que es el verdaderamente terrorífico, nos muestra la violencia de los monstruos hacia la belleza.

Pero hay una diferencia, mientras en la parte primera lo monstruoso se postra ante lo bello, lo cual implica las vejaciones de la trapecista y el forzudo y su plan para apropiarse de la riqueza del enano; en el segundo acto lo monstruoso es sin más una reacción contra la malignidad cruel de lo bello, que los ha relegado y excluido. La consecuencia es que los freaks se vengan en un acto de hermandad y solidaridad; o sea, el sentimiento de pertenecer a una comunidad minimiza el sufrimiento por la naturaleza deforme de estas personas, que se unen mutuamente cuando uno de ellos sufre una agresión.

Pensemos también que Browning presenta la fealdad como una especie de paraíso (por ejemplo, la secuencia en que los freaks juegan en el bosque); por contra, la belleza de Cleopatra y Hércules es presentada teñida de avaricia y tendencia a la vejación de los freaks.

Pero lo realmente genial es cómo presenta el terror, que no tiene su origen en los monstruos. El espíritu innovador de Browning plantea que el terror está en relación con la óptica o visión que se adopte, pues, aunque parezca que la normalidad de Cleopatra asciende en su vistoso trapecio, sin embargo, el suelo pertenece a los freaks, y esa mirada desde abajo controla el escenario del film sobre todo tras el banquete de bodas, que hará de la existencia de Cleopatra y Hércules un tormento en toda regla. Esta es la razón por la que «Freaks es una película extraña, fascinante, de una poética insólita. Una obra maestra excepcional e irrepetible» (Strhoeimniano).

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Excelente y apropiada la música del gran Richard Wagner que da un tono enérgico y potente a la historia. Muy buena la fotografía en blanco y negro de Merrit B. Gerstad.

El reparto es excelente en todos los participantes, unos por profesionalidad y otros por su naturalidad. Así: Harry Earles y Daisy Earles (los enanos protagonistas, ambos hermanos), Wallace Ford (idóneo para el rol del payaso Phroso, muy americano y sarcástico), Leila Hyams (muy bien como la bonita amaestradora de animales), Olga Baclanova (la hermosa trapecista, actriz de teatro moscovita y proveniente del cine mudo: excelente), Henry Victor (gran trabajo como Hércules, actor alemán proveniente del teatro), Francis O’Connor (efectiva como mujer sin brazos) y Martha Morris (también mujer sin miembros superiores), Peter Robinson (el esqueleto viviente), Jenny Lee y Elvira Snow (llamativas y adaptadas como microcefálicos o cabezas de alfiler), igual Schlitze (Simon Metz), el más afable de los tres micro y que cautivó a más gente en rodaje y en la pantalla con su sentido irónico del humor, Prince Randian (hombre sin brazos ni piernas o torso viviente y de larga trayectoria circense, con su escena en la que enciende un cigarrillo con la boca), Daysy y Violet Hilton (son las alegres hermanas siamesas bailarinas y amenas), Johnny Eck (hombre sin la mitad inferior del cuerpo, de gran inteligencia actoral y fuerte personalidad, «el asombroso medio chico», que lo pasó muy bien en el rodaje), Angelo Rositto (el pequeño Angelito que también cobró notoriedad en el cine y fue uno de los enanos más famosos de la época), Koo Koo (o la chica pájaro con afección ósea y problemas visuales), Elizabeth Green (como la «mujer cigüeña» que sin ser un monstruo tenía un aspecto extraño), Josephine Joseph (hermafrodita en toda regla con traje mitad femenino mitad masculino), Olga Roderick (la mujer barbuda, muy crítica con el film), Roscoe Ates, Rose Dione...

La versión del relato Espuelas trasciende la original relación entre Hans y Cleopatra para centrarse en ambiente que compone todos los personajes del film. Por lo tanto, la anécdota del enano burlado se mezcla con la singular vida de sus compañeros de circo, para finalmente ser la vida interior de los personajes y sus relaciones con los demás el auténtico argumento de la esta cinta.

Digamos que lo que lo que Browning alzaprima es la figura del grupo de malformados como un fenómeno psicológico y social dentro del circo que sustancia en trasfondo importante de la película. Como se deja claro al inicio, ese grupo tiene un código según el cual el daño a uno de los miembros es el daño a todos los demás. Así, cuando se sucede la boda de Cleopatra y Hans, ésta es aceptada en el grupo freak, se convierte en uno de los suyos. Pero cuando se desvela el engaño hacia su compañero, la venganza del grupo se dispara y es esta parte la que justifica la calificación de esta película como obra de terror.

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La película resultó desastrosa comercialmente y fue el comienzo del declive de Tod Browning (injusticias vieres), por su audacia y cinismo, pues su película horrorizó literalmente, tanto al público como a los directivos de la Metro-Goldwyn-Mayer. Todos, salvo el productor Irving Thalberg, que la defendió con pasión hasta el final.

Hubo airadas reacciones de los espectadores, incluso desmayos y gritos, y creo que se puede afirmar que aquella sociedad de 1932 no estaba preparada para valorar esta controvertida película. La Metro redujo su duración en casi media hora (quedó en 64’) y añadieron un principio y un final felices. Pero finalmente las copias fueron retiradas y prohibidas en Inglaterra las reposiciones. Y desde luego algo se puede afirmar, bonita o fea, sorprendente o desagradable, sugerente u horrible, lo que es bien cierto es que ya nunca ha salido nada igual de unos estudios cinematográficos.

No sería hasta treinta años más tarde, años sesenta, cuando se redescubre la obra de Browning gracias a que se proyecta su película Freaks en el Festival de Cinema de Venecia. Ello hace redescubrir esta genial obra a una generación de espectadores y crítica ya en un contexto más transgresor y contracultural, ya preparada para entenderla y admirarla. En 1994 fue considerada «cultural, histórica y estéticamente significativa» por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, siendo elegida para su preservación en el National Film Registry.

Y acabo con una curiosidad, pues hoy es muy común la utilización de la palabra freaky, que castellanizada es friqui. El tema es que fue que una de las consecuencias de esta película fue la aparición del término inglés freak queriendo significar alguien anormal, extraño o marginal. Luego, el término acabó adaptándose al español para denominar de manera genérica, primero personas o comportamientos poco usuales con un sesgo transgresor de las normas; y en segundo término, transcurridos los años, se emplea para designar como friqui a personas muy interesadas y con un desmedido gusto por una afición o hobby que acaban convirtiendo como un estilo de vida. Ya veis cuanto recorrido tiene esta película.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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