Perdición (Double indemnity, 1944), de Billy Wilder

  11 Abril 2020

Obra maestra de cine negro de todos los tiempos

perdicion-0La acción tiene lugar en Los Angeles, entre finales de mayo y el 16 de julio de 1938. En un flashback pertinente y acertado, ya el protagonista cuenta la última verdad del film, lo que sumerge en la amargura al resto del relato.

Walter Neff (Fred MacMurray), vendedor de seguros de treinta y cinco años, soltero, reservado y de carácter débil, va a visitar al Sr. Dietrichson para renovar la póliza del seguro de sus coches. Pero hete aquí que conoce a su esposa, Phyllis Nirdlinger (Barbara Stanwyck), una mujer sensual, seductora y atractiva que despierta en él gran interés. Al hilo de este suceso, ella trata de cautivarlo y hacerlo cómplice de un descabellado plan con un probable final terrible.

Él se niega inicialmente, pero no tarda en caer en los brazos de la bella señora y ofrecerse él mismo a planear la estrategia a seguir. Para ello urde un plan con el que llevar a fin el propósito de ella que él acaba haciendo suyo: asesinar al marido para cobrar una cuantiosa cantidad de dinero por una póliza de accidentes. Si el accidente se produce en un tren, reportará el doble de la indemnización prescrita. Pero todo se complica cuando entra en acción Barton Keyes (Edward G. Robinson), investigador de la empresa de seguros.

Billy Wilder crea una de las obras culminantes del género negro con un gran ritmo narrativo. Esta película es una clase magistral de cómo utilizar dos recursos cinematográficos interesantes (si se usan bien, como es el caso): el flashback y la voz en off, para construir un thriller en toda regla.

Con el flashback, articula la historia contándonos el final en el minuto cinco; y con la voz en off introduce al espectador en los razonamientos, emociones y deliberaciones más recónditas del protagonista. Y sirven para encuadrar el primer y tremendo encuentro de Phillys y Walter, un encuentro lleno de erotismo.

Tiene además escenas memorables, como la de las piernas de la Stanwyck bajando por las escaleras con una pulsera en el tobillo de la protagonista como metáfora de la unión inseparable, de estar atrapados por la larga sombra del destino, que, como ellos dicen, les puede conducir a la horca.

También destacar la intervención de Barton, el incansable y sagaz pequeño hombre, que se muestra infalible en su investigación, con escenas memorables. Y qué decir del truco del chasquido de las cerillas. O el secretismo a la hora de verse ambos personajes; y Walter inundado por los sentimientos de culpa. La cosa no tiene desperdicio por ningún lado.

El guión es de Raymond Chandler y Billy Wilder, adaptación de la novela Three of Kind (1935), de James M. Cain, basada en hechos reales. Diálogos a quemarropa, no sé si más de Wilder o de Chandler. Con un ritmo y agudeza indescriptibles. Wilder se había quedado prendado de la novela de Cain y junto al mítico escritor de novela negra Chandler (El sueño eterno) escribió el libreto del film. Cuentan que no fue un camino de rosas la relación entre ambos, se llevaron mal, pero ese trabajo de conjunto concluyó en uno de los mejores guiones de la historia del cine.

La música de Miklós Rózsa aporta intensidad, estridencias y disonancias sumamente adecuadas. La fotografía en blanco y negro de John F. Seitz marcó una época y un género, inspirada en el expresionismo alemán (Lang y otros), luces y sombras creando ambientes oscuros y tenebrosos de gran fuerza; la luz entrando a través de las persianas, reflejándose a modo de barrotes de celda sobre el salón de la casa de los Dietrichson y sobre los protagonistas.

En el reparto tenemos a un Fred McMurray genial y elegante incluso con los pantalones hasta el cuello, magnífico en su rol de vendedor de seguros que se deja arrastrar al abismo. A Barbara Stanwick, con una interpretación extraordinaria, en uno de sus mejores papeles que marcaría para siempre con su actuación lo que debe ser una perfecta femme fatale.

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Edward G. Robinson, uno de los mejores actores del cine clásico americano, que aquí lo borda como enanito de lógica implacable. A destacar la intervención del español, afincado en Hollywood, Fortunio Bonanova, en el papel de Sam Garlopis. Les secundan con impeccable profesionalidad Tom Powers, Porter Hall, Jean Heather, Byron Barr, Richard Gaines, John Philliber, Bess Flower y Miriam Franklin.

Esta película, tal vez por contar una historia muy arriesgada, macabra y rompedora para la época, y contraria a la moral puritana por demasiado truculenta y atrevida, no mereció el reconocimiento que merecía, y sólo obtuvo en 1944 algunas nominaciones: 7 nominaciones al Oscar, incluyendo película, director, actriz (Stanwyck) y guión (pero ningún Oscar: inaudito; triunfó la ramplona historia llamada Siguiendo mi camino, sobre un cura bonachón). Círculo de críticos de Nueva York: 2 Nominaciones.

La película tiene un ritmo palpitante y una gran tensión visual; Wilder sabe trascender las convenciones del género, retratando un relato de pasión y muerte con su singular estilo. A nadie se le escapa que esta es de esas películas que crean afición. Y no me refiero a nuestros abuelos, que la vieron en su estreno, sino a quien la vea en la actualidad, pues es mi parecer que no ha perdido un ápice de vigencia.

Esta obra cumbre del cine negro, con una pérfida Stanwyck seduciendo al cínico McMurray; con una sexualidad «apuntada», no explícita, pero que hace temblar la pantalla; personajes al borde del precipicio; un meticuloso plan de conspiración que acabará por explotarles en las manos a los protagonistas; el incombustible detective; y presidiendo la historia la degradación moral y la pulsión autodestructiva de ambos. Absorbente y tórrida historia.

Un film inolvidable para ser visionado con devoción y respeto, a ser posible en versión original subtitulada. Una obra absorbente y trágica que sabe combinar inmoralidad y fogosidad. Barbara Stanwyck como una de las mujeres fatales más fascinantes de la historia del cine y un derroche del maestro austríaco Wilder, que sentó precedentes de peso en los códigos visuales del género; arquetipo de cine negro, que sitúa en la secuencia final una sobrecogedora confesión de amor entre dos hombres.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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