Recordando a Narciso Ibáñez Serrador

  07 Abril 2020

La residencia y El asfalto

chicho-1Casi todas las personas que hoy tienen de cuarenta para arriba conocen sobradamente a Narciso Ibáñez Serrador, un creador importante que dirigió cine, fue realizador de televisión, director teatral, actor y guionista.

Chicho Ibáñez falleció el pasado 4 de julio de 2019 a los 84 años de edad, habiendo dejado una obra artística importante en su haber. Su punto fuerte fueron las series y el cine fantástico y de terror, con capítulos para TVE como las Historias para no dormir que, la verdad, daban mucho miedo. Dominaba el suspense y tuvo la capacidad de trascender y convertirse en un icono popular.

Ibáñez fue un igualmente un cineasta que ha influido de manera muy importante en directores como Álex de la Iglesia, Alejandro Amenábar, Juan Antonio Bayona o Jaume Balagueró; probablemente ellos le reconocieron cuando hace unos meses, en este 2019, le fue otorgado el Goya de Honor de la Academia.

Tiene también otras distinciones como el Feroz de Honor otorgado en 2017 y el Premio Nacional de Televisión concedido por el Ministerio de Cultura en 2010. Sus últimos años han estado marcados por diferentes problemas de salud y un accidente doméstico que lo postró en una silla de ruedas.

Adiós a Chicho Ibáñez

En estas líneas le digo un «adiós» de admiración y respeto a alguien que fue esencial en la educación de varias generaciones de espectadores, con ese concurso ya arquetípico que fue el Un, dos, tres…

Chico, apenas cumplidos los 20 años, ya escribía sus propias obras teatrales y dirigía adaptaciones de Tennessee Williams; también incursionó en la radio como guionista o en la televisión argentina con espacios como Obras maestras del terror, donde versionaba relatos de Edgar Allan Poe.

Fue a principios de los años sesenta cuando estrenó en nuestro país Aprobado en inocencia, de Luis Peñafiel (seudónimo de Chicho Ibáñez) en Estudio 1, un programa de TV dedicado al teatro; en 1963 comenzó a trabajar en Televisión Española adaptando a los clásicos de la literatura para Estudio 3.

Pero los relatos con más impacto en la audiencia fueron los de terror y ficción. En 1965 tuvo su primer gran éxito con Historias para no dormir, relatos propios y adaptaciones que él mismo presentaba con un fino sentido del humor. También fue reconocido en el Festival de Televisión de Montecarlo en dos ocasiones, por el episodio El asfalto (que ahora comentaré) y por Historia de la frivolidad, escrito junto a Jaime de Armiñán, parodiando la censura en España.

Su primera película fue La residencia (que también comentaremos) estrenada en 1969, film de terror gótico y suspense.

En 1972 llegó el conocido concurso a que antes aludía, Un, dos, tres…, un concurso polifacético, incluso cultural, que se vendió en muchos países europeos.

En 1976 rodó su última película como director: ¿Quién puede matar a un niño?, basada en una novela de título homónimo de Juan José Plans y que es considerada hoy una obra de culto.

En este sencillo pero sentido homenaje a un hombre importante del cine y el espectáculo, reconocido admirador de Alfred Hitchcock, quiero comentar dos de sus filmaciones. La selección de su nutrida producción la he realizado tomando dos de las obras suyas que más me impresionaron en su momento.

Por un lado, un largometraje que en sus días fue rupturista, atrevido, y de un terror fino… fino, filipino: La residencia (1969), en el cual hay imágenes y mensajes que nadie sabe cómo colaron en aquella época de rígida censura. Y el corto para TVE El asfalto (1966), una invectiva a la sociedad deshumanizada que niega la ayuda y la compasión a quien la pide a gritos.

La residencia (1969)

chicho-la-residencia-2Se sitúa la historia en la Provenza francesa a finales del siglo XIX. A la residencia destinada a señoritas de dudosa procedencia llega la tímida Teresa (Cristina Galbó). La señora Fourneur es la directora del centro, quien recibe al caballero que trae a Cristina y la acomoda en la institución.

La tal directora utiliza métodos muy severos con las internas y se sabe que tres alumnas se han fugado del centro y no se ha vuelto a saber de ellas. Pronto Teresa vivirá las estrictas normas en carne propia.

Una de las jóvenes internas, de nombre Irene (Mary Maude), aprovechando que goza de la predilección de la directora, chantajea a Teresa y la tortura moralmente por mero placer y diversión. De hecho hace igual con el resto de chicas desde una posición de superioridad y poder que le confiere su vínculo con la directora.

En el mismo edificio también vive Luis, un adolescente sobreprotegido por su madre, la directora. Aunque su madre le tiene terminantemente prohibido relacionarse con las jóvenes, éste las espía continuamente e incluso entabla amistad con Teresa. En un momento dado, Teresa, asustada, se fuga, desapareciendo sin dejar señales de vida. La vigilante asegura que no ha salido por la puerta. La desaparición de Teresa empieza a provocar sospechas en la directora.

En esta obra, Chicho Ibáñez aborda con su habitual magisterio una cinta de pavor que, desde mi modo de ver, sigue conservando muchos elementos de interés y su visionado continúa teñido de una atmósfera asfixiante. Fue el mismo Ibáñez, en compañía de Luis Verner Peñafiel y Juan Tébar, junto a la inspiración de su admirado Edgar Allan Poe, quienes escribieron el guion. El libreto está basado en una historia del escritor, cineasta y guionista Tebar, una narración con un fondo turbador, una original historia con un final espeluznante.

La música de Waldo de los Ríos es una banda sonora prominente y efectiva que acompaña bien la historia; y tiene una gran fotografía medio oscura, de Manuel Berenguer, que sabe situar el foco en los lugares adecuados para provocar una turbación gélida. Impecable acabado técnico y vestuario. Magníficos exteriores y escenarios grabados en el palacio de Sobrellano, en Comillas (Cantabria).

El reparto se encontraba bajo la sabia batuta de su director Ibáñez. Con actrices y actores de valía, como la multitalentosa y excelente actriz alemana Lili Palmer (tenía en su haber la Gran Cruz al Mérito de la República Federal Alemana), que hace un encomiable trabajo en esta obra como Madame Fourneau, que dirige con mano de hierro la residencia de señoritas; especie de viuda negra en el centro de su tela de araña.

La madrileña Cristina Galbó está muy bien en el papel de la interna Teresa; John Moulder-Brown, actor británico, cumple en el rol del hijo retraído y enigmático; la también británica Mary Maude está muy correcta como interna cruel y dominante; y acompañan Cándida Losada, Maribel Martín o Pauline Challoner entre otras, todas con buen nivel.

La trama se desenvuelve en el universo cerrado de la residencia, lugar con muchas prohibiciones, incluyendo la represión sexual. Este encuadre de la historia va generando relaciones mórbidas entre los personajes, lo cual nunca se aclara. Se exhibe un erotismo descafeinado con lesbianismo soterrado, voyeurismo, acciones sadomasoquistas, incesto y otras inclinaciones inconfesables, buscando el lado perverso de los caracteres que maneja. Ibáñez Serrador, al meramente sugerir estas manifestaciones, deja que sea el espectador quien las interprete o las deduzca.

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Lo que sucede es que, más que lo sanguinolento, lo que asusta verdaderamente en la película es la imagen tan trastornada que crea el director de las relaciones humanas intramuros. No hay ni una pizca de humanidad y todo parece regido por sombrías reglas que siguen a una naturaleza bárbara y cruel.

Los irrespirables 98 minutos de metraje son un enjambre de chicas, la madame despótica y su siniestro hijo. Una élite de alumnas que actúan a modo de vigilantes del resto, una alumna jefe y maligna, un entramado de corrupción, personajes varones que son meros peones, y de telón de fondo, un inquietante joven que será quien precipite la trama hacia un final sorprendente y espeluznante.

Chicho consigue crear un film interesante por la atmósfera de esclavitud y dominio desarrollada con equilibrio, detalles y elegancia. Estupendo montaje y una narración plagada de sugerencias que no evita la muestra directa de escenas teñidas de rojo con slow motion incluido, o ralentización artificial de algunas acciones truculentas para aumentar su impacto visual.

La película es sin duda un emocionante viaje al horror. A través del opresivo clima de barrocos pasillos al modo de Poe, un horror gótico mezclado con lo que será el mejor cine giallo (mezcla thriller y cine de terror), Ibáñez nos pasea sutilmente por crímenes rodados de forma hiriente, con recursos de cámara extraños (que incluye un plano pausado en plena decapitación), pero que crean un impacto excepcional, con un cambio de ritmo tan brusco y antinatural, que sin quererlo y quizá de forma medio torpe, medio azarosa, consiguió algunas de las escenas más memorables del cine español de terror.

Como dato curioso, en esta película se rodó el primer crimen evidente, filmado a cámara lenta, en la historia del cine español. Y además fue la primera película española rodada en inglés. Nunca olvidaré esa película ni aquella noche cerrada de primavera. Hace unos meses volví a verla. Y a pesar de que hay aspectos técnicos y de guion que el tiempo no ha perdonado, me siguió pareciendo un film muy apropiado para quien guste del terror en el cine. Película española injustamente olvidada e infravalorada.

Hace muchos años salía yo de ver en su estreno esta película, fui solo y era apenas un adolescente, pero alguien me había aconsejado el filme. Era quizá la primera película de estas características que yo veía; una película densa, claustrofóbica, morbosa e incluso atrevida (eran las primeras escenas de chicas casi desnudas en los baños, lo cual espiaba el hijo de la directora). En fin, que la cosa tenía su miga. Nunca he sido de tener miedo en las películas, pero cuando vi por primera vez La residencia confieso que el suspense y la certeza de que algo terrible iba a ocurrir, me produjo cierta congoja.

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El asfalto (1966)

Esta fue una de las entregas de los celebérrimos capítulos para TVE titulados genéricamente Historias para no dormir. Un capítulo sensacional dirigido por Ibáñez Serrador, terror y absurdo al servicio de la crítica social.

Un personaje interpretado por su padre Narciso Ibáñez Menta de manera excelente. Un hombre con la pierna escayolada que queda prisionero de un asfalto del que ya no podrá salir en los 34 minutos de duración del corto. En el transcurso del mismo, el terror se mezcla con el surrealismo y el absurdo más absoluto. La narración parece que mezcla partes de Poe, Luís Buñuel y Franz Kafka.

Este capítulo fue el primer corto premiado internacionalmente para TVE, concretamente en el Festival de Televisión de Montecarlo, con la Ninfa de Oro al mejor guion en 1967. Llama la atención el tema: un hombre aprisionado en un medio viscoso de asfalto, y cómo nadie le hace ni caso, incluso le recriminan. Hace recordar La cabina de Mercero, y al igual que aquella, tiene una importante carga de sátira ácida sobre el ser humano.

Los sencillos decorados fueron obra del genial humorista gráfico Antonio Mingote y la música penetrante, de Waldo de los Ríos. Este genial corto de TVE es la perfecta metáfora de un hombre, de todos los hombres, que precisando ayuda, cariño y afecto, no lo consigue.

Por ello, este capítulo de Chicho es atemporal en su crítica a la sociedad, causticidad y reproche para la indiferencia humana hacia el dolor y el sufrimiento de los demás.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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