Visconti en el Doré

  03 Abril 2020

Los besos de Valli y Granger que derrotaron al olvido

«Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo»senso-0

Vicente Aleixandre

Pocos son los recuerdos que mi corazón alberga de una de las obras cinematográficas más importantes de mi vida. Escasas memorias que permanecen en mí, intactas al trascurso existencial. Sería hacia el año 2002 o 2003. Yo era un estudiante de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. A nosotros nos encantaba el cine, y cada vez que un profesor de la facultad faltaba o teníamos algún hueco libre, mis amigos y yo íbamos a la videoteca y veíamos una película. Y así empezamos a conocer los filmes de John Ford, Billy Wilder, Víctor Erice, Bernardo Bertolucci, Carlos Saura, Alfred Hitchcock, François Truffaut, Howard Hawks...

Por entonces, escuché que en el centro de la ciudad había un cine donde también proyectaban largometrajes clásicos. Se trataba del Doré, sede de la Filmoteca Española. Aunque yo era un joven ingenuo, que un día confundió la plaza de Lavapiés y la de Antón Martín, supe llegar al Doré, porque mi tía Modesta vivía y vive en un lugar próximo: la calle Ave María, una calle con esencia literaria, pues allí vivieron la Fortunata galdosiana y el gran escritor Arturo Barea. Desde hace unos años, también reside en esa vía mi amigo y compañero de instituto Iván, profesor de Historia, con el que aprendo mucho en cada conversación.

El Doré, ubicado en la calle Santa Isabel 3, proyectaba cada tarde tres o cuatro películas. De procedencia variada: españolas, europeas, asiáticas, americanas. Tenía dos salas: una grande, con un extenso patio de butacas y una planta superior (la denominada sala 1), y otra reducida, aunque muy acogedora (la sala 2). Si la película no era en castellano, siempre se subtitulaba. Yo ya estaba acostumbrado a leer en subtítulos, porque a mi hermano Jorge siempre le gustaba ver los filmes así. Desde finales de los 90, Jorge y yo acudíamos los jueves a la Filmoteca de Coslada, y allí los largometrajes que no fueran españoles se subtitulaban.

La película que tanto me impresionó en el Doré, y de la que mantengo solo unos pocos recuerdos, pero imborrables, debió proyectarse alguna de las primeras veces que yo visitaba este mágico espacio cultural. Me parece que la pusieron en el cierre de la jornada fílmica, a las 21.30 o las 22.00 (cuando la sesión empezaba por la noche, me quedaba a dormir después en la casa de mi tía). Acudí solo. En aquel tiempo, las entradas tenían un carácter libre (en la actualidad, ya son numeradas) y te podías sentar en cualquier butaca que estuviese vacía. Adquirí la costumbre de sentarme en la quinta o sexta fila, a la izquierda. Fueron dos horas que asentaron en mí el amor por el cine, y la convicción de la grandeza artística y vital de este arte.

El director de la película era el italiano Luchino Visconti, al que yo apenas conocía, pero que debía ser muy relevante, ya que escuchaba su nombre a menudo en las clases de la universidad, y había numerosas películas suyas en la videoteca de Ciencias de la Información. Quizá ya hubiera visto Muerte en Venecia (1971).

El título de la película que proyectaban aquella noche en el Doré aunaba brevedad, sonoridad, lirismo. Un título inolvidable: Senso (1954). Recuerdo que, en los 120 minutos de duración, permanecí deslumbrado, con los ojos bien abiertos. Un auténtico espectáculo de sonidos, colores, diálogos, miradas, besos, palacios, óperas, vestuarios, decorados. Senso, de Luchino Visconti. Recuerdo la belleza de la actriz: Alida Valli. Nunca vi a una intérprete tan hermosa. Más incluso que Ingrid Bergman en Casablanca (1942), que era la película más querida por mi hermano Jorge y por mí.

senso-1

La belleza de Valli no era tan impactante como la de otras actrices italianas como Sofía Loren, Claudia Cardinale o Silvana Mangano. Era una belleza profunda, honda. Recuerdo los besos apasionados (¿qué besos hay más emotivos en la historia del cine que los besos de Senso?) con el militar austriaco, interpretado por Farley Granger. Se querían. Y qué manera de mirarse. Expresaban su amor en cada momento.

El ejército austriaco ocupaba Venecia, pero la condesa Livia Serpieri y el oficial Franz Mahler afirmaban su pasión amorosa, sus ganas de vivir, de aprovechar las rosas de la juventud. Recuerdo que se buscaban en pasillos, en salones, en diversos enclaves de la romántica ciudad, como años más tarde se buscarían Cardinale y Delon en El gatopardo (1963). Y recuerdo que cada plano era un prodigio de luces, cromatismo, música. El cine como expresión artística total. Senso era ópera, pintura, novela (estaba basada en la novela corta de Camillo Boito), poesía. Cine en esplendor. Y no recuerdo más.

El Doré se convirtió en mi lugar predilecto para ver películas. Con amigos o solo. Ir al Doré no supone únicamente la asistencia a un largometraje. Decir Doré es decir café antes de la proyección en sus mesas blancas, antiguas, de una cafetería en la que la gente lee, toma notas, escribe, conversa, reflexiona. Es decir, después del visionado, unas cervecitas en los bares de Antón Martín. Si estoy con amigos, comentamos los aspectos que más nos han llamado la atención del filme visto. Si me encuentro solo, hago breves anotaciones en la agenda o escribo en la entrada del diario.

Antes del Doré, suelo pasar por la calle Atocha 55, y me quedo mirando la puerta y la placa conmemorativa en homenaje a los abogados que en enero de 1977 fueron asesinados por defender la democracia y a los trabajadores. Y luego, ya en la plaza de Antón Martín, voy a la escultura El abrazo (¡cuánta solidaridad en ella!), de Juan Genovés, en la que en ocasiones hay rosas rojas, y leo el verso de Éluard: «Si el eco de su voz se debilita, pereceremos».

Decir Doré es la espera ante las taquillas, comprar las entradas, coger el cuadernillo con la programación de ese mes. Y leerlo con la emoción de nuestra juventud. ¿Qué ciclos pondrán? ¿Qué películas? ¿Qué directores? ¿A qué hora? ¿Qué día? ¿En qué sesión? En el Doré hay cine todos los días, menos los lunes. Cuando pasemos esta época tan complicada en la que nos encontramos, si hay suerte y la salud lo permite, quiero ir al Doré en su reapertura al público, ya sea en mayo, en junio, en julio, en agosto o en septiembre. Volveremos al Doré y eso será una afirmación de vida, porque el arte, la cultura es vida.

senso-5

En el Doré, he visto películas de Pier Paolo Pasolini, Jean Renoir, Sergio Leone, Jirí Menzel, Pilar Miró, Akira Kurosawa, Federico Fellini, Manoel de Oliveira, Agnès Varda, Luis Buñuel, Stanley Kubrick, Ermanno Olmi, Yorgos Lanthimos, y tantos y tantos otros creadores. Junto a la videoteca de la facultad y el cine Estudio del Círculo de Bellas Artes, el Doré ha sido y es mi principal puerta de entrada al universo fílmico.

Cuando vi Senso, aquella lejana noche de 2002 o 2003, no conocía casi nada de Luchino Visconti, ni del cine en general. Hoy sé un poco más, no mucho, porque en cine, como en poesía, como en música, como en cualquier expresión cultural, como en la vida, siempre estamos aprendiendo. Decía Cesare Pavese que no podemos perder la capacidad de deslumbramiento ante todo. La vida es un continuo descubrir.

Ahora, conozco gran parte de la filmografía de Luchino Visconti. Lo admiro. He visto varias veces algunas de sus películas, como Noches blancas (1957), Rocco y sus hermanos (1960), El gatopardo (1963), La caída de los dioses (1969), Muerte en Venecia (1971) o Ludwig (1973). Son piezas maravillosas de un gigante de la cultura europea del siglo XX, creador interdisciplinar como Ingmar Bergman, sobresaliendo asimismo en teatro y ópera. El cine de Leone, Pasolini, Bertolucci o Kusturica posee un aliento viscontiano. Considero que La terra trema (1948) es la película más conmovedora de Visconti y una de las obras artísticas más sublimes que se hayan creado.

Senso (1954) sólo la he visto una vez. Fue en el Doré. Tenía dieciocho o diecinueve años. Cuando vuelva a verla de nuevo, quizá contemple planos encadenados, o primeros planos, o planos generales, o aprecie la profundidad de campo, o las escenas colectivas, o los picados, o los zooms: eso será lo que puedan ver mis ojos. Pero mi corazón verá con los ojos del recuerdo, reviviendo aquella sesión del Doré en mi juventud, y los besos de Valli y Granger que derrotaron al olvido.

Escribe Javier Herreros Martínez

senso-3