El fantasma y la señora Muir y Contracorriente

  27 Marzo 2011

La invención de la felicidad  

fantasma_sra_muir-00¿Recuerdan a la bella viuda Lucy Muir? Aquella Gene Tierney recatada, de gestos mesurados, pelo recogido, vestidos largos y bien atados al cuello que escondían, tanto como sugerían, algo que sólo se podía  apreciar en su mirada felina. Lucy Muir es aquella joven viuda emprendedora que decide rehacer su vida mudándose con su hija a una casa frente al mar.

Y es en esa casa, construida a partir de un poema de Keats, donde se desata la lírica de la película. En ella conoce al Capitán Gregg, el personaje que encarna Rex Harrison. Un galán particular, sensible y descortés, tosco y delicado, un hombre de una elegante rudeza que protege y enamora a la señora Muir, no sin antes enamorarse él de ella.

Desde su primer encuentro, sin embargo, dejan claras sus diferencias que, en principio, harían impensable una relación. Pero estamos hablando de cine y literatura, de una ficción envolvente… por eso Lucy Muir puede comenzar una extraña relación con el fantasma del Capitán que sigue aferrado a la magia del mar y que todavía vaga por esa casa que un día, no se sabe cuándo,  construyó. Él la dejará vivir allí, compartirán incluso habitación, con la condición de que la señora mantenga un antiguo retrato suyo colgado en la habitación. El retrato del apuesto Capitán, que tanto gusta a la sirvienta, y tan poco a su suegra y cuñada, será el implícito desencadenante del conflicto.

El fantasma y la señora Muir puede leerse como la historia de una mujer viuda de un hombre simple, al que no quiso realmente, que se enamora de un fantasma que solo ella puede ver. Un personaje que la protege, le aconseja y consigue sacarla de la ruina relatándole noche tras noche su biografía, una historia que se convertirá en un exitoso libro.

Allí, en aquella casa frente al mar, ella lleva una vida retirada y satisfactoria hasta que los placeres terrenales la atraen hacia la realidad: conoce a un descarado escritor (George Sanders) que la seduce irremediablemente. Lucy desatiende al Capitán y él desaparece de su vida. El fantasma se convierte entonces en un recuerdo, tan lejano que, incluso cuando la mujer descubre que su nuevo amante la engañaba y se queda sola, el Capitán ya no retorna. “¡Puedo verte!”, le dijo la señora Muir al Capitán en su primer encuentro, casi sin sentirse asustada. “Lo que ve es una ilusión. No pueden verme a no ser que yo lo decida”, le responde el capitán. ¿Pero quién decidió realmente separarse? ¿Él, porque no soportaba la idea de que ella malgastase su vida en compañía de un fantasma? ¿O ella, que se lanza en brazos de un hombre de carne y hueso y lo va olvidando, lentamente?

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Llegados a este punto, habría que pensar en una lectura más profunda y más cercana, quizá, a la retórica de Joseph L. Mankiewicz y a la obra de Josephine Leslie en que está basada la película. Aquí es donde realmente entra el espacio poético, sugerido a través de ese guiño a la Oda al ruiseñor de Keats. Una poética nutrida de un lugar familiarmente paradisíaco, de un acompasado  vaivén de ensueño y realidad y de una inconsciente autoficcionalidad que impregna todas y cada una de las acciones de la película.

La historia está tan focalizada en Lucy Muir que, al final, al espectador le asalta la duda de si su relación con el Capitán existió de veras, si estamos ante una propuesta fantástica o si nada ocurrió, si toda esa vida había sido un sueño… Lucy Muir es víctima de su propia ficción, mucho antes incluso de haber conocido al fantasma. Es la mujercita fantasiosa que se casó con su marido porque éste, en un acto de valentía, se atrevió a besarla un día en el huerto, y ella, ilusa, ponderó aquel momento creyéndose la protagonista de una novela rosa donde los protagonistas se besan a escondidas y se juran amor eterno.

La realidad (y luego ella lo admitirá delante del Capitán como un indicio del peso de la autoficción en la película), fue que se entregó a un hombre bueno, pero llano, al que nunca amó. Lo mismo le ocurre, dos años después, con ese fantoche escritor que la engatusa, le roba un pañuelo en la estación de tren, le promete la luna y la besa en un huerto al anochecer. Ella cae rendida a sus pies y, de nuevo, se construye su propia historia de amor, perfecta, limpia, que se desarrolla poco a poco, como las historias de damas y galanes, siguiendo el canon que desembocará en boda. Pero esto se trunca porque la realidad es la realidad y los caballeros andantes resultan, a veces, embusteros.

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También enraizó una ficción con el Capitán Gregg, pero esta fue de otra índole. Sola, en una casa preciosa, Lucy Muir inventó una vida nueva, excitante, sugestiva, mítica… que no necesitaba más que esas cuatro paredes líricas, un paisaje marino y un retrato de un apuesto Capitán. Inventó una vida junto a un hombre aventurero, con un aire salvaje, pero, al mismo tiempo, afable, que la comprendía y la entretenía. Un hombre que la llamaba Lucía y la trataba como una amazona de aquéllas que conoció en algún rincón perdido del océano. Un hombre que la rescató del tedio y la soledad. Un hombre que la amaba y al que ella amaba… pero, al fin y al cabo, un hombre que es un fantasma al que no puede besar. “¿Qué va a ser de nosotros?”, le pregunta una noche al Capitán.

Un impulso creado por el miedo a la soledad, a quedarse viuda y sola toda la vida, la conduce, quedamente, a salir de esa vida inventada y perfecta y a adornar otra junto a un hombre infiel que la besa, la acaricia, le promete un futuro. Y una noche, la última noche en que Lucy da fin a esa vida inventada junto al marino a través del olvido, él se acerca a ella mientras duerme y, como si de su conciencia se tratase, le susurra: “Te atontas cuando un hombre te ofrece la luna y él se lleva cuanto tú le des. Has escogido la vida y así debe ser. Pase lo que pase”.

contracorriente-02En este sentido nos sorprende Contracorriente, la última película del peruano Javier Fuentes-León que estuvo nominada a los pasados premios Goya en la categoría de mejor película extranjera de habla hispana.

Cuenta la historia de Miguel (Cristian Mercado) un pescador de un pueblecito costero al norte de Perú al que todo el mundo estima. Está casado con Mariela (Tatiana Astiengo) y esperan su primer un hijo. Sin embargo, Miguel, en medio de aquel pueblecito anclado en la tradición, en costumbres castizas, de mentalidad todavía cerrada, mantiene una relación secreta con Santiago (Manolo Cardona), un artista de clase social más elevada que se mudó a este pueblo en busca de tranquilidad e inspiración. Sin embargo, Santiago es rechazado por los pueblerinos, no sólo porque proviene de la capital, sino por su confusa orientación sexual, porque no es creyente y no está integrado en las tradiciones del pueblo. A pesar del riesgo que corren, siguen viéndose a escondidas por bellos parajes desiertos, frente al mar. Sin embargo, el hecho de que Miguel vaya a tener un hijo supone un futuro con su mujer donde Santiago no tiene cabida.

Una tarde, Santiago muere accidentalmente ahogado. Es a partir de este momento cuando la película da un vuelco inesperado, cuando el cine se deshace en literatura, en la literatura más típicamente latinoamericana. Lo imaginario se combina íntimamente con la vida cotidiana, pero al contrario de novelas o cuentos de García Márquez, no se funde en la cotidianeidad de una colectividad, como aquel ángel que cayó en el patio de una casa y al que todo el pueblo visitaba en Un señor muy viejo con alas enormes. No, en esta película lo imaginario se combina en la vida cotidiana de un solo personaje: Miguel. El fantasma de Santiago perpetuará su existencia junto a Miguel, pero esta vez sin citas secretas, ni huidas… porque, como el caso de Lucy Muir, tan solo Miguel podrá verlo.

Así, la lógica se invierte porque se da un hecho aparentemente inexplicable. Pero este hecho no es puntual, sino que se reitera hasta el punto en que Santiago acompaña a Miguel allá a donde va, traspasando, incluso, el umbral de lo privado: entra en su casa, donde está su mujer, adora a su hijo recién nacido, ama lo que Miguel ama. Viven la vida que siempre habían soñado en que el tabú no existe, libres, alcanzan la felicidad. Tan habitual es la presencia de Santiago, que el hecho fantástico invade la realidad de Miguel y la imaginación se convierte en un factor importante para la percepción de la realidad del pueblo.

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Al igual que Lucy Muir, Miguel acepta el hecho fantástico, el convivir con un fantasma, es decir, se banaliza lo sobrenatural y se impone la presencia del mito dentro de la cotidianeidad. ¿Por qué? Porque les ofrece una felicidad que la realidad es incapaz de ofrecerles. Pero, al contrario que en El fantasma y la señora Muir en donde la presencia del fantasma se sugiere como un sueño, una larga ensoñación de vida, en Contracorriente la tradición latina es más fuerte que esa explicación. Santiago sigue entre los vivos porque su cuerpo no ha sido encontrado y pide a Miguel, para que su alma pueda descansar en paz, que lo encuentre y lo entierre de acuerdo a las tradiciones del pueblo.

No obstante, con el transcurso del tiempo, lo que había sido una vida ideal en la que ambos podían estar juntos sin preocupaciones, acaba en una situación crítica en que se descubre la homosexualidad de Miguel por unos cuadros de Santiago en el que él es el modelo. Miguel sufre un violento rechazo en el pueblo y Santiago se convierte en un alma sumida en la tristeza. Por lo tanto, Miguel, que hacía tiempo que había encontrado el cuerpo de Santiago pero que alargaba el momento de darle sepultura para no desligarse de esa vida ideal, reacciona, deshecha el hecho sobrenatural enterrando a Santiago y se atiene a la inmediata realidad que es su familia.

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El argumento mismo de la película es cómplice, ayuda a creer la autoficción de Miguel en esa vida ideal junto a Santiago explicando que su fantasma existe porque no se ha seguido el rito de sepultura, pero no olvidemos que Miguel es Lucy Muir. Lo es porque también inventa la felicidad creyéndose dentro de una ficción ideal, que abandonará por el reclamo de la realidad.

Nos queda, pues, la sensación de que los placeres espirituales, esos fantasmas que viven junto a los personajes, se imponen porque los placeres terrenales son insatisfactorios, difíciles e incluso terribles. Pero conformarse con esa dulce ficción tiene unos límites, vivir con un fantasma no suple caricias, ni besos y conduce hacia la absoluta soledad.

Y no es casualidad que estos fantasmas se inventen junto al mar, siempre embaucador… “El Capitán tal vez no existió” —le dice después de muchos años Lucy Muir a su hija—, “lo inventamos tú y yo… y esta casa y el mar y las gaviotas… Es un buen recuerdo aunque solo fuera un sueño”. 

Escribe Yasmina Yousfi

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