'Mans quietes!' de Albena Teatre

  26 Abril 2009

Clase magistral
Escribe Sabín

Mans quietes!Es difícil encontrar en estos tiempos de televisión y cine con estrenos-relámpago un espectáculo que concilie al espectador con el teatro, con el disfrute en la sala, que lo aleje de los problemas cotidianos mediante la risa, pero que le permita reflejarse en la trama, en los personajes, y le obligue a reflexionar sobre el mundo que nos rodea. Todo esto lo consigue la última obra de teatro dirigida por Carles Alberola sobre un texto de Piti Español, Mans quietes!

Apenas con tres bolos en provincias, su llegada a Valencia ciudad, a mediados del próximo mes de mayo, puede significar el retorno por la puerta grande de Albena Teatre a los grandes espectáculos, a los llenos diarios, a la gira por toda España, algo que no se daba desde los tiempos de Besos y Spot, aunque en esta carencia no tuviera nada que ver la calidad de los espectáculos (las brillantes Perfect, Artefactes, 13, Gosses, El museu del temps), sino la orientación de la compañía, más centrada en los últimos tres años en producir series para Televisión Valenciana (Autoindefinits, Maniàtics, Per nadal terrons o Socarrats, esta última actualmente en antena con un episodio diario de lunes a viernes).

Carles Alberola

Un condenado a muerte se ha fugado

Decía Carles Alberola en una charla informal que "la televisión es industria y el teatro artesanía; por eso volver a la escena, al contacto directo con el escenario es algo muy placentero cuando se logra la comunión total entre el texto, los intérpretes y la respuesta cómplice del público".

Pero esa comunión ha estado aparcada durante casi tres años, los que Alberola lleva sin dirigir teatro, pero enfrascado en la escritura de guiones, la supervisión de textos, la producción, la dirección, el montaje e incluso la interpretación de cientos de capítulos de las distintas series que Albena Teatre y Conta Conta Produccions vienen realizando ininterrumpidamente para Canal 9 (Televisión Valenciana).

No es lo mismo el trabajo para televisión, con unos plazos raquíticos y unos esquemas estrictos, donde lo importante es ajustarse a una duración y a un presupuesto, que el trabajo artesanal en una sala oscura, donde cinco intérpretes, un director y algunos técnicos prueban, discuten, vuelven a probar, corrigen, ajustan, discuten otra vez, reelaboran y, finalmente, apuestan por una línea de trabajo para cada personaje, para cada escena, para cada diálogo, para cada gesto...

Ha tenido que escaparse tres meses de sus semanas de siete días dedicados a producir televisión para poder crear una nueva obra. La fuga le ha sentado bien, los resultados demuestran que no es lo mismo la industria que la artesanía. Un cambio de aires que se nota en todo el equipo, un equipo donde los técnicos son los fijos de Albena (Marcos Orbegozo, Ximo Olcina, Montse Amenós, Laura Useleti) y los intérpretes ya han compartido batallas anteriores con Carles Alberola y Toni Benavent.

Lástima que la dicha no sea completa y el grueso del equipo vuelva a estar enfrascado nuevamente en la producción masiva de horas de televisión, de gags con cámara estática y risas enlatadas. Es indudable que así se llega a un público masivo, que la televisión proporciona muchas satisfacciones (notoriedad, prestigio, dinero, audiencia, posibilidad de crear empleo en la profesión), pero a cambio actúa como un auténtico vampiro que atrapa a sus víctimas y difícilmente las suelta... salvo cuando están completamente exprimidas.

Carles Alberola y Toni Benavent

Lección de escritura

Era necesario el despegue televisivo, pero con plazos tan cortos hacía falta un texto ya elaborado para permitir a Alberola y Benavent afrontar un nuevo proyecto teatral, fiel a su política de una obra nueva cada año, algo que vienen cumpliendo desde 1994, con Currículum (que fue el origen de Albena) hasta su obra número 15 en 15 años de carrera, El museu del temps.

Hacía falta un texto para la obra nº 16, la que corresponde a 2009, y llegó de la mano de Piti Español, guionista habitual de algunas películas de Eduard Cortés y profesor de guión en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. No un texto cualquiera (que difícilmente habría llamado la atención de un tándem tan exigente como el que forman Alberola y Benavent), sino una exquisita pieza de orfebrería donde todos los engranajes están perfectamente ensamblados, donde cada elemento tiene su razón de ser, donde todo el material disponible en el único escenario (un aula) tiene su utilidad... y donde la risa es el principal aliado durante más de un ahora.

Mans quietes! surgió como propuesta para que la estudiara Alberola hace un par de años. Entonces Albena estaba prácticamente iniciándose en el mundo de la televisión y hubo que aparcarla. Ahora llega como una bocanada de aire fresco precisamente para escapar de la actividad agobiante en televisión.

Pero no nos engañemos, es un producto que precisamente no tendría cabida en televisión: en esta clase se pasa revista a lo políticamente correcto en cualquier ámbito (desde el uso correcto del vocabulario en valenciano a las orientaciones sexuales de los protagonistas), se ataca las convenciones de una sociedad basada en las apariencias que esconde deseos mucho más oscuros, de posturas impostadas, de bonitas palabras que disimulan turbios deseos, de mujeres que quieren comportarse como hombres, de hombres que anhelan acostarse con mujeres, de pobres desgraciados que lo único que quieren es sobrevivir, aunque sea a costa de ser humillado hasta extremos difícilmente imaginables.

Un único escenario, pero con entradas y salidas más que justificadas, por una puerta que parece importada de cualquier película de Lubitsch. Un único acto, pero con cambios de protagonistas, de roles y de situaciones. Y la risa como única acompañante.

Aunque una risa distinta según las situaciones: en ocasiones, uno ríe a mandíbula abierta, pero en otras la risa ya es algo más tensa; la carcajada es algo espontáneo, pero luego viene la reflexión, de forma casi inmediata, una reflexión que nos lleva a identificarnos con alguno de los protagonistas... y entonces la carcajada es menos sonora, es una risa con un regusto amargo.

Nadie escapa a este proceso de identificación con alguno de los personajes o con cualquiera de las situaciones. Todo es cotidiano: la corrección lingüística, las palabras escogidas para no molestar, los gestos cuidados para no ofender, lo políticamente correcto por bandera... Cotidiano y familiar, por lo que no nos cuesta identificarnos con situaciones de las que nos reímos por lo ridículas que resultan, pero nos estamos riendo de nosotros mismos. Es una risa sana, pero que invita a la reflexión. Lo que no siempre nos gusta.

Hasta ahí llega el modélico texto de Piti Español, convenientemente revisado por el propio autor tras horas de ensayos y ajustes con un reparto modélico, en el que todos están perfectos (Imma Sancho como la directora algo acomplejada por su exceso de peso; Verónica Andrés como esa madre progre y concienciada, aunque sólo en apariencia; Inés Díaz como la mamá que busca su segunda juventud ahora que se ha separado de su marido y ha encontrado un ligue fácil; y Juanfran Aznar como el servicial trabajador que también guarda sus secretos).

Todos están perfectos pero uno sobresale por derecho propio: Sergio Caballero compone un perdedor envidiable, capaz de bajarse los pantalones y sufrir todo tipo de atropellos con tal de sacar adelante una triste venta con la que sobrevivir. Inseguro, inmaduro, cornudo, apaleado, maniatado, torturado, insultado... y finalmente héroe. Bueno, en esta obra no hay héroes, todos son personajes grises. Pero al menos él puede acabar la función cumpliendo los dos objetivos básicos de su vida: firmar un contrato que le salve momentáneamente su puesto de trabajo y disfrutar del hermoso culo de una directora que, según sus propias palabras, "tiene un buen polvo".

Mans quietes!

Lección de puesta en escena

Ante un texto impecable, en el que todo tiene una lógica aplastante, por más que a priori nos resulte difícilmente creíble, la puesta en escena no debe consistir en ahogar las palabras, esconder a los actores o multiplicar los efectos innecesarios.

Hay que ser un director experto para descubrir y aceptar que en muchas ocasiones menos es más. En definitiva, que la puesta en escena ha de ser tan limpia y transparente que apenas se note. Sólo un delicado cambio de luz para subrayar el dramatismo de un momento. Nada más. Y nada menos.

Porque lo importante son el texto y los actores. Y el tempo. Controlar las entradas y salidas de personajes, el crescendo humorístico que se produce en la obra hasta cinco minutos antes del final, cuando todo parece acabar, relajarse, pero un nuevo giro a la trama (perfectamente lógico y atado) reconduce la situación a terrenos hasta entonces insospechados.

Eso es lo que han hecho Alberola y sus intérpretes: ajustarlo todo y dejar que la sesión fluya con naturalidad, casi como si no hubiera trabajo detrás y los personajes se limitaran a recitar un texto.

Pero está el trabajo de vestuario (esas inolvidables zapatillas de Caballero, que delatan la mediocridad de su ser humano), el portentoso diseño de decorados, con un aula funcional pero visualmente poderosa (donde hasta un cutter nos es presentado con antelación para que luego no nos extrañe el uso que se le da), ese pequeño matiz de la iluminación (que convierte un aula en una sala de interrogatorios). Todo, todo encaja a la perfección.

En esta clase se enseñan muchas cosas. Pero para el público hay una fundamental: nosotros también estamos reflejados en los cinco personajes, mejor dicho, en los seis, porque ése que nunca aparece en escena también es perfectamente retratado (el presidente del AMPA, guapo, simpático, eterno ganador, con aspiraciones políticas, ligón... chulo, tramposo en el juego y maltratador de niños).

Saquen dos horas de su ajetreada existencia y vuelvan al cole. Hay un aula vacía en la que tienen una reunión para hablar de su hijo, o quizá de ustedes mismos. No falten a la cita.

En esta clase aprenderán muchas cosas. Es una clase magistral.

Verónica Andrés, Imma Sancho, Juanfran Aznar, Sergio Caballero e Inés Díaz