Celebrando el 10º aniversario de Encadenados

  24 Marzo 2009

Ayer, hoy y siempre
Escribe Mister Arkadin
Fotos y notas en off Mister Kaplan

Puntual, en la fuente de la Plaza de la Virgen de la ciudad de Valencia, que vomita agua por cada una de los cántaros de sus mujeres acequia, está Adolfo esperando la llegada de los primeros redactores que acuden a la celebración del décimo aniversario de la revista.

Son pocos, bien es verdad, los que a tan madrugadoras horas de la mañana están dispuestos a recorrer los caminos de la Valencia cultural y lúdica: Daniela, Sabín, Marisa, el señor Kaplan y quien esto relata son los que miran la ciudad y algunos de sus edificios de una forma distinta.

Podría ser un nuevo miembro de la redacción, pero no: es duro como una piedra, pero está en la Lonja...

La losa conmemorativa de la ciudad edificada por los romanos, situada en el centro de la plaza, es el inicio de un itinerario en el que la mirada aprehende gárgolas festivas, henchidas de placer, junto a perforadores de rocas en su eterna erección: están situados en la Catedral, en San Juan del Hospital o en la alucinada Lonja, donde las lúbricas figuras gatean también por escaleras y ventanas.

De paso, echamos una mirada al bonito edificio renacentista del Mercado Central, repleto de conversaciones entrecruzadas con los distintos olores y vistosos colores. Todo ello nos fue engatusando el apetito de una buena comida.

Definitivamente, la Lonja de Valencia esconde algunas 'amistades peligrosas'

Paseo por la ciudad

Los disparos constantes del insidioso Mr. Kaplan, armado con cámara que seguramente ni siquiera ha pagado de su bolsillo, deseoso de dar testimonio de lubricidades y excesos de la carne, nos conducen a las viejas calles de la vetusta Valencia con sus casas alineadas, de acuerdo a su construcción, sobre la vieja muralla árabe.

Transcurrir por calles y plazas medievales en los que resuenan los ecos de los dos Papas Borgia (retores y arzobispos de la ciudad) al tiempo que, como martillo de herejes y descreídos, nos llegan a trompicones martilleantes las incendiarias proclamas de San Vicente Ferrer.

La ciudad huele a pólvora y es que toda ella (y sus alrededores) se dispone a cumplir el rito primaveral del cambio de estación. Las fiestas paganas han sido recicladas por el santoral, por el hisopo bendito de los que se consideran henchidos de poderes supremos. Huele a pólvora y resuena toda la ciudad, en ruidos en los que se entremezclan petardos, tracas y castillos disueltos en el aire como falsas ilusiones, esas mismas a las que tan dadas es esta caprichosa ciudad.

Adolfo entre Daniela y Marisa... luego dirá que él no recuerda nada de nada y que, como mucho, será cosa del Alzheimer

Se nos ha conducido también por sendas de guerras civiles pasadas, en las que parece querer enterrarse la memoria de ayer, aunque aún sobre la pared de la fachada del ayuntamiento queden las marcas testimoniales de la metralla de los aviones que apostaban por la incultura y el imposible Imperio.

También andamos por caminos donde aparecen fantasías como de cuento oriental labradas en los bellos edificios modernistas.

Una imagen de la Lonja que aparece poco en las guías turísticas: el auténtico 'Penetreitor'

"¿Cómo no se publicitan para el turismo estos itinerarios por casas modernistas? Seguro que en Barcelona u otras ciudades habría en estos lugares infinidad turistas, y no sólo japoneses, fotografiando los edificios", pregunta una de los visitantes. "Al igual que lo hacen en el bonito mercado que habéis visto, pero parece que aquí, en esta ciudad, sólo interesa el delirio de los grandes celebraciones o los edificios que parecen caerse unos encima de otros, feroces cantos a la impotencia que son los que se arremolinan en la Ciudad de las Artes y las Ciencias, salvando, claro, el Oceanográfico", responde el dire, que está en todo.

Dejamos atrás la pétrea fortaleza de las Torres de Serrano, donde en el pasado se amontonaron parte de los cuadros salvados del Madrid cruelmente bombardeado por las tropas insurrectas en la (in)civil guerra.

Según nos acercamos a casa de Adolfo vemos al fondo, en la puerta de la casa, a tres de las personas que desde Madrid han acudido a los actos centrales del día. Se trata de Milagros, Gabriel y Carlos.

Daniela, Sabín, Adolfo y las Torres de Serranos al fondo

Hacia el restaurante

Es una simple parada técnica, la que recabamos en casa de Adolfo, como punto de partida de unos cuantos, para el restaurante donde nos esperan el resto de los integrantes de la revista. Se nos unen ahora Elvira y Adol.

En el camino, falleros pedigüeños ofrecen banderolas a cambio de una pequeña (o gran) dádiva a los "habitantes" de los coches parados en los semáforos. No parecen encontrar demasiada respuesta por parte de los conductores y de los acompañantes. Optan, en su mayor parte, por mirar hacia otro lado. 

El teléfono de Adolfo relama la atención de manera apremiante y continuada. "Es Patricio, que nos desea un buen día. Lastima que no haya podido venir". "Mario que definitivamente no puede venir". "Es Gloria, que se encuentra enferma. Que nos acordemos de ella". "Sí, claro, y también de Lucia, allá en su querido Londres. Por cierto como le gustaría respirar este soleado día". "Tampoco nos olvidamos luego de María y José, de Málaga; ni de Juan de Pablos, de Sevilla; ni de Víctor, de Madrid. Tampoco de los recién incorporados, Ramón de aquí mismo, o Fernando de Barcelona".

La comida: un lugar para leer, llorar, escuchar, dormir, roncar... y también comer (pero con prisas, que venían las fallas)

Cuando llegamos al restaurante aún falta bastante gente. "¿Cómo es posible? Dijimos que a las dos en punto. Y habrá que salir de aquí escopetados, antes de que toda la playa restalle y tiemble con el terremoto de la mascletá napolitana". "No será para tanto". "No sabéis lo que es una buena mascletà, esa en la que el ruido puede tener una cadencia, un tintineo con sabor a música".

Llamamos por teléfono a los que faltan. "¿Sabrán llegar hasta aquí?". Adolfo se refiere sobre todo a los que faltan por llegar de fuera. Es el caso de Eva y Pepe. Hablan por teléfono. Se han despistado en la entrada de la ciudad y todo está convertido en un caos. Deciden aparcar el coche donde puedan y coger el metro que intercambiarán con el tranvía. Tienen suerte, una hora después colisionan un tranvía y un bus y la circulación queda interrumpida.

Los rezagados van llegando. "Oigan, no podemos retrasarnos mucho que para esta tarde tenemos una merienda contratada con la falla", reclaman los del restaurante. La falla o los falleros son como la palabra mágica del cuento de Ali Baba: abre cualquier montaña... al menos en estos días de hogueras y monigotes encendidos.

Antes de dormir al personal con sus memorias, el dire reparte catálogos de los Tirant a los asistentes... por si desean leer algo durante el (breve) discurso

La comida

Aquí, juntos en el restaurante, contentos, estamos un gran número de redactores y redactoras de Encadenados. También se ha unido al acto algún buen amigo. Están, además de los citados anteriormente, Arantxa, Rosa, Pilar, Azahara, Julia, Luis, José Luis, Ángel, Marcial, Israel, Daniel, Juan Ramón, César, Juan, Txema, Juanfra y, cómo no, Paco, nuestro informático. Unas treinta personas sentadas a lo largo y ancho de una mesa.

Sabín nos inunda con regalos. Que si el carnet de redactor, que si un DVD con fotos de la exposición y otro con vídeos de la historia de Encadenados. Adolfo va a tomar la palabra. Antes nos hace entrega del catálogo de los premios Tirant, mientras, capaz de hacer dos o mil cosas a la vez, nos enseña el premio que entregaron a la revista en la sesión de inauguración, junto a la información que ha salido estos días en la prensa sobre nosotros.

La imaginación de nuestro director parece querer recoger aquel acto (para él fallido) de hace tres años, donde le fue entregado (también en los Premis Tirant) un premio especial por la labor que había desarrollado en la enseñanza del audiovisual valenciano a lo largo de los años. Recuerda lo mal que vivió aquel día, lo que le indignó ver a los amigos que llegaron de Madrid a aquel homenaje que detestaba. Hasta Patino estuvo allí, junto a Losada y Hernández Marcos, recordando las diferentes labores que había desarrollado en diferentes épocas aquí y allá, en Valencia, Madrid o Salamanca.

Mientras Adolfo habla sin parar, alguno aprovecha para vaciar los platos de aperitivos (Por educación, no diremos quien, aunque la experiencia siempre es un grado)

Dolorido, sin creer encontrar un rumbo, en aquellos momentos que ahora recuerda, Adolfo estaba sumido en una fuerte depresión. Renegó del premio, de todo. En una ocasión nos contó que, al día siguiente, al levantarse guardó todo el material recibido (las fotos, el premio, los libros con los escritos de los amigos) en un altillo del armario, allí donde no se pudiera llegar... Y allí estuvo todo hasta año y medio después, cuando pareció encontrarse a sí mismo.

La depresión le llevó a ver el fantasma del olvido y del desahucio: se consideraba un trasto inservible entregado al fuego, que ni siquiera parecía purificador.

Debía pensar ahora en "su" revista, "nuestra" revista digital Encadenados, iniciada en el año 1998 como una apuesta ante lo desconocido, en un momento en el que la navegación por la red no era masiva. Un hecho que ha convertido a nuestra revista en una de las primeras (o supervivientes) de aquellos heroicos años.

Al dire se le escapa alguna lagrimita recordando que 'cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor'

Las palabras

Algo de eso nos cuenta ahora en su intensa perorata. Nos habla del año y medio en que la revista estuvo parada. Dice que no hay derecho que lo estuviera porque él no es más que otro del grupo, ni siquiera deber ser el dinamizador de nada. Se extiende sobre uno de los temas que más le preocupan: la encrucijada en la que se encuentra la crítica cinematográfica. No entiende por qué cualquiera se considera capaz de escribir sobre cine, de sentar cátedra en la materia si eso es algo que no ocurre en ningún otro medio artístico.

Nos lee dos ejemplos delirantes de críticas. Uno, de un periódico de gran tirada, como demostración de que hay reseñas prefabricadas en las que se puede tranquilamente cambiar un título por otro. Da lo mismo, lo que se dice, todo es válido siempre para cualquier película.

Afortuadamente, un brindis a tiempo evita que el boss siga gimoteando en pleno restaurante

La otra crítica que nos lee procede de una revista especializada. Ejemplo rabioso de un escrito valorativo, justiciero y subjetivo sin atisbo alguno de análisis de lo visto en el filme. Tan sólo inapropiados ladridos sobre sus imágenes.

Termina pidiéndonos un trabajo responsable para la revista, que es de todos, y por ello, la totalidad somos responsables de la misma. De su futuro que para nada tiene que ver con el suyo personal. Se pone excesivamente sensible cuando nos alienta a celebrar los próximos diez años, los de plata o los de oro. Su gran deseo, concluye, es que la revista continúe en el mañana o en el pasado mañana, cuando él ya no pueda llevarla o decidamos sustituirle. Lo contrario sería su gran fracaso...

Por un momento, el espía plantea sustituirle ya mismo, o no se callará nunca. Afortunadamente, los aplausos iniciados por el sector ultra (algunos de los veteranos del fondo sur, con Isra y Sabín a la cabeza) ponen fin al discurso y permiten a los camareros servir la desnutrida mesa llena de comensales hambrientos.

La foto no-oficial del encuentro: atención a las manos y la cara del boss (indudablemente, las penas con bourbon son menos)

Sigue la fiesta

Aplausos, abrazos, comida, bebida, charla. Diez años nos contemplaban a muchos, varios más a otros, si nos vamos a la pre-historia de Encadenados, cuando empezó a editarse en papel allá por los años ochenta en el cine-club de la Universidad Laboral de Cheste.

Varias de las personas que nos encontramos en la comida era la primera vez que nos veíamos. No nos conocíamos personalmente. Es lo bueno y lo malo que tiene esto de escribir en la Red. Las comunicaciones son a distancia. Está bien que así sea, pero también es bueno verse de vez en cuando, darse cuenta que existe una unión en forma, en trabajo o en ideales entre todos los que trabajamos en un proyecto en común.

Encadenados es así mucho más que una revista de cine. Hay una idea conjunta en el hacer, existe una línea que nos une. La revista no es un simple cajón de sastre donde escriben personas de opiniones contrarias o contrariadas. Hay muchas cosas que nos unen a todos. La revista mantiene una línea editorial lógica, una sana apuesta (con los toques gamberros del abecedario de turno, muy dado a una crítica incorrección) por la libertad y por la consecución de un mundo más justo, solidario, mejor.

Todos los asistentes expresan haberse encontrado muy a gusto en la comida, en el antes y en el después. Se apuesta por reunirnos más o menudo, por poder contar con la presencia de los ausentes, por reunir a toda la gran familia encadenada al cine y a la vida. El deseo de seguir trabajando con entusiasmo en la revista.

La foto oficial del décimo aniversario, atención a las manos del boss agarrando el Premio Tirant como si Eva quisiera quitárselo (Eva es la que se hace la sueca)

La foto

Salvamos la merendola de los falleros y escapamos a tiempo de alejarnos de la playa antes que de norte a sur se incendie al compás de los ruidos napolitanos. Riadas de gente, como si de Hay que matar a B, se tratase, van ahora en sentido contrario al que nosotros tomamos.

¿Cómo tanta gente andando hacia la playa? El misterio, ya resuelto más arriba, nos es aclarado en la prensa del día siguiente: el tranvía permane varado durante varias horas, mucho más arriba, debido a un accidente.

Ahora todos estamos en el Club Diario Levante. Nos espera una guapa fotógrafa para hacernos decenas de fotos, de las cuales una será la elegida para dar testimonio del acto en el periódico Levante del día siguiente. Se nos coloca dispersos para la (múltiple) instantánea. La máquina clickea de forma ordenada por la fotógrafa, que se encuentra subida en una escalera. Adolfo se empeña en que, arropado por el grupo, esté el premio, el zootropo típico de los Tirant que (en la foto) aparece en su mano.

Al igual que Kaplan, Smithee o Sandman, el Gurú también existe: sólo hay que invitarle a comer y aparece puntualmente

De visita a la exposición

Después de la foto se procede a hacer un recorrido por la exposición de la revista, que con motivo de nuestro décimo aniversario, había estado primero en la localidad de Puçol (donde se encuentra la sede de la Asociación Cultural Encadenados) y luego en Valencia, donde se inauguró el mismo día en que se inició el festival de los premios Tirant y que, ahora, dice su adiós en la clausura de dicho certamen.

Allí, en los diferentes paneles, se podía seguir la pre-historia (en papel) de Encadenados y las diferentes edades de su historia (las diferentes etapas por las que ha pasado en estos diez años) hasta llegar al momento actual, donde se ha llegado a convertirla en diaria. También se auguraban las inmediatas innovaciones como, por ejemplo, el cambio de portada.

La exposición nos muestra ejemplos críticos de cada uno de los redactores y redactoras, así como los diferentes eventos (festivales, congresos, seminarios...) y actividades (rodajes de películas...) en los que algunos de los miembros de la revista han intervenido.

Un abecedario orlado, refiriendo cada letra a uno de los amigos que acudieron a la llamada de la revista con sus artículos (se pueden leer completos en el Rashomon número 59, titulado Sospechosos habituales) cerraba la exposición. Ahora bien, en este recorrido por el abecedario, el visitante podía encontrarse con algún sorprendente e insospechado articulista.

La foto oficial del décimo aniversario, atención a las manos del boss agarrando el Premio Tirant como si Eva quisiera quitárselo (Eva es la que se hace la sueca)

La despedida

Siguen las risas, los comentarios, las charlas. Nos vamos conociendo un poco más. Después, nuestra presencia en la clausura de los premios Tirant. El encuentro, las conversaciones, las enhorabuenas con y por los amigos que nos reconocen y acuden a al clausura del festival. En el salón de actos del Club Diario Levante tiene lugar la entrega de premios; fuera, en el hall, va diciendo adiós nuestra querida exposición.

Ya sólo queda nuestra despedida. Esa noche, muchos de nosotros, emocionados, tardamos en conciliar el sueño. Ha sido un baño de amistad. Seguro que Adolfo, junto a Elvira, su mujer y sus hijos, Adolfo, Alejandro, Natalia (falta Elena, la mujer de su hijo Adolfo, que tuvo que quedarse en Madrid cuidando de su hija pequeña, la preciosa Andrea, y que también llenó una de las etapas de la revista, la penúltima, diseñada por Elena) se ha sentido muy dichoso, orgulloso de todo y de todos.

No sólo es Adolfo el que se siente feliz y orgulloso. Lo somos todos en un día repleto de amistad y de cariño.

Como piden muchos de los asistentes: que se repita.

Enhorabuena a todos y todas. 

Llega la hora de la despedida y el boss... en fin, ciertas edades es lo que tienen: la memora, el Alzheimer, la lágrima fácil..