‘El intercambio’ desde la perspectiva de género

  16 Enero 2009

Una mujer contra un mundo de hombres
Escribe Eva Mas

el_intercambio-00.jpgClint Eastwood es de los pocos directores estadounidenses (si no el único) que ha optado por convertir a las mujeres en protagonistas heroicas de algunas de sus últimas películas. La Maggie (Hilary Swank) de Million Dollar Baby (2004) o, ahora, la señorita Christine Collins (Angelina Jolie) en El intercambio (Changeling, 2008) asumen el coraje y la actitud combativa, que tanto caracterizó los referentes masculinos que el propio Eastwood interpretó a lo largo de su carrera.

Sin embargo, esta lucha protagonizada por féminas es particularmente significativa en el caso de Christine. Al contrario que la púgil Maggie, Christine no pelea sólo por conseguir un reto personal (lograr que la policía haga su trabajo y encuentre a su hijo), sino que se enfrenta a la autoridad institucionalizada en la ciudad. Su desplante, al no querer acatar el orden (impuesto por coacción por la policía), supone un ejemplo paradigmático en la lucha de una mujer contra un mundo dirigido por hombres.

Si bien, en El intercambio se elude hacer explícito cualquier atisbo de vindicación feminista, su puesta en escena permite hacer un análisis desde la perspectiva de género. Desde las premisas básicas del planteamiento feminista, diferenciando el discurso naturalista del cultural; hasta las estrategias de desacreditación, pasando, por supuesto, por la justificación de la autoridad. Son puntos que, a partir de la película, desgranamos a continuación.

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1. Cuestión de género
 
La historiadora Joan Scott fue quien, a principios de los años 80, expuso con mayor claridad la teoría del género como elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en la diferencia. Frente a los discursos biologicistas, que se fundamentaban en la naturaleza diferenciada (complexión física, sexual-reproductiva, cerebral, etc.) como resultado de la evolución “normal” de las especies, esta nueva concepción conllevó asumir el género como una categoría relacional. Es decir, afirmar que las diferencias entre hombres y mujeres se deben a construcciones sociales y, por lo tanto, que no es algo “natural”.

Esta nueva categoría, el género (que no el sexo), abrió un nuevo camino para conferir significados a las relaciones de poder. Al entender el género como una relación construida y, por ello, no inherente a la condición humana, entonces se podría deconstruir dando lugar a una cultura no jerarquizada.

Una segunda consecuencia de la asunción de esta categoría relacional fue que, desde el punto de vista del activismo, no era necesario implicar a los hombres. Bastaba con que se empezaran a producir cambios en una parte de la relación para que ésta empiece a cambiar. Es decir, las modificaciones en los comportamientos de las mujeres, por sí mismos, producen cambios en las relaciones establecidas.

Por ello, una propuesta como El intercambio, en la que Eastwood delega todo el protagonismo en una mujer tenaz que (al margen de la cuestionable delgadez de Jolie) mantiene los pies en la tierra, puede considerarse un interesante giro a los modelos de féminas decorativas e hipersensuales que, últimamente, acostumbra a recrear Hollywood y del que se retroalimenta buena parte de la producción televisiva.

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2. «La Nueva Mujer Moderna»

La caracterización de Christine coincide con el modelo de «la Nueva Mujer Moderna» del que habla la historiadora Mary Nash. Este nuevo modelo sustituyó el arquetipo de domesticidad y entrega a la maternidad y la familia que supone el «Ángel del Hogar» ―extendido a finales del siglo XIX―.

el_intercambio-05.jpgSegún éste, el concepto proyectado de mujer era el de una figura abnegada y sumisa, cuya realización personal derivaba de su función social como esposa y madre (un patrón muy coincidente con el que defiende la iglesia católica para sus feligresas). Por contra, «la Nueva Mujer Moderna» se adaptaba a los cambios en las estructuras económicas, sociales y demográficas provocados por los procesos de modernización.

“La nueva configuración del prototipo de mujer moderna, –afirma Nash–, se fundamentó no sólo en el campo de la educación y la cultura, sino también en el ámbito laboral y profesional. Desde esta perspectiva se entendía que la mujer tenía derecho a un trabajo remunerado digno y a una rigurosa formación profesional para capacitarla en el desempeño de las nuevas carreras profesionales femeninas”. Como es el caso de Christine en El intercambio. Encargada en la compañía de teléfonos (sector de servicios, ámbito desarrollado predominantemente por mujeres), Christine ejerce con eficiencia su labor como mujer trabajadora y, además, es capaz de compaginarlo perfectamente con su papel como madre.

Mujer independiente, Christine obtiene el sueldo suficiente para vivir con cierta holgura trabajando. Más aún, su actitud en el trabajo, su responsabilidad (en oposición al marido desaparecido) y su capacidad para resolver los problemas la hacen ascender de puesto. Y, a pesar de ser madre soltera, en ningún momento se induce a pensar que su incorporación al mercado laboral se deba a su condición de única cabeza de familia. Por tanto, es una mujer que ha dejado atrás el modelo de esposa enclaustrada en la actividad del hogar.

Al salir de casa, esta «Nueva Mujer Moderna» se abre a un mundo de posibilidades. Las que le brinda tener un salario que ella misma gestiona, interrelacionarse con otras personas, o cuidar su autoestima ejerciendo competentemente un trabajo que sus compañeros y superiores le reconocen. Incluso el hecho de trabajar, de tener una actividad remunerada fuera del ámbito doméstico, le supone tener “lícito derecho” a disfrutar del descanso en su tiempo libre (aunque, su persistencia en la búsqueda de su hijo, lleve a Christine a no tomarse ni un respiro).

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3. La autoridad la detentan los hombres

La concepción del mundo se ha construido, tradicionalmente, a partir de la oposición dicotómica de conceptos. Público y privado, activo y pasivo, productivo y reproductivo, implican una separación de espacios y, además, conllevan asociados el desarrollo de papeles, conductas y expectativas diferenciadas.

Esta dicotomía, en lo que respecta a El intercambio, se aprecia en la disociación de los roles de género. Por una parte, el hombre dedicado a la política y, por tanto, adquiriendo un papel dominante (es quien tiene en sus manos la ley), mientras que la mujer se centra en lo doméstico y/o (en el caso de Christine) en el ámbito de los servicios. Así, aunque se hayan logrado avances en materia laboral, la protagonista de Eastwood, fiel al periodo en que se inscribe el filme, sigue quedando subordinada al dictamen de quien detenta el poder.

el_intercambio-06.jpgEsta disgregación de espacios implica que Christine, por más que quiera plantar cara al inspector de policía que impone la ley en la ciudad, necesitará de la ayuda de otros hombres para poder salir victoriosa. En concreto, el predicador y un abogado, ambos de reconocido prestigio en la comunidad. Estos dos hombres, ejemplificación de los poderes del estado, serán los que unan sus fuerzas para poner en cuestión el ejercicio autoritario de la policía.

Christine no es más que la excusa o leitmotiv que lleva a la reestructuración del orden entre las tres formas de poder estipuladas por Montesquieu. Por un lado, el reverendo, intermediario divino, pregona a través del micro el comportamiento ético a la vez que censura lo incorrecto. Él es quien detenta la autoridad legislativa en una población, como es la estadounidense (aunque, paradójicamente, el país se haya construido sobre la premisa de la libertad individual), profundamente influenciada por los dictámenes religiosos.

Apoyando la causa del reverendo, el abogado es quien, de forma gratuita pero no desinteresada, activa la maquinaria judicial. En su mano está la capacidad para sancionar a quien, desde hace años, impone su propio orden en la ciudad y, de paso, reclamar que la justicia vuelva a cobrar protagonismo.

Por último, el poder ejecutivo de las fuerzas del estado, representado por el extenso organigrama policial (curiosamente, y a diferencia de Europa, éste es el principal ámbito de acción de la política estadounidense), es el que se toma la libertad de aplicar la ley según sus propios intereses.

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4. Niñas perpetuas, brujas y locas

Diversas argumentaciones se han utilizado sistemáticamente para evitar que las mujeres participaran activamente en los asuntos públicos y, como consecuencia, que se les restrinja el acceso al poder.

En primer lugar, retomando la noción clave de género (hombre/mujer), frente al sexo (masculino/femenino), podremos constatar cómo se ha llevado a cabo un proceso de socialización diferenciado. Afirma la teórica Amelia Valcárcel que, bajo construcciones totales de “lo humano”, se enmascara esta relación del género con el poder cuando, en realidad, aquello que es considerado “lo propio de la especie se masculiniza, mientras que lo femenino siempre se construye” (pág. 50). El hombre, como especie diferenciada del resto de animales, tiene como característica excepcional la racionalidad. En cambio, la mujer queda excluida de esta noción general de lo que correspondería a “lo humano” al menospreciársele su capacidad intelectiva.

el_intercambio-10.jpgCon este método enmascarado de inclusión y exclusión, se asume con naturalidad que la racionalidad abstracta es un atributo del hombre, mientras que la mujer es caracterizada por su inmadurez. De ahí que el rol social en que es educada la mujer esté determinado por la infantilización y/o lo sentimental, como se aprecia en el ejemplo paradigmático de la obra de Rousseau distinguiendo la formación que deben recibir niños (“Emilios”) y niñas (“Sofías”).

Constreñida por estas características, la mujer es concebida como un sujeto dependiente que, al igual que Christine, necesita de la ayuda de los hombres para poder comprender el mundo que le rodea. “La virtud es viril, como la razón abstracta, y es la sensibilidad quien debe ser domeñada”, asegura A. Cortina (pág. 293), como se aprecia en las éticas deontológicas que han predominado en el pensamiento europeo (Kant, Nietzsche, Habermas, Kohlberg, etc.).

Esta subordinación de la mujer a la racionalización del hombre está presente en El intercambio cuando, por ejemplo, el jefe de policía se esfuerza por convencer a Christine de que entre en razón explicándole que, el niño recién descendido del tren y del que ella reniega, lo asuma como propio porque su percepción “emocionalmente alterada” no le permite reconocerlo como tal. Asimismo, el reverendo es quien se esmera en explicarle el imbricado de despotismo en que ha degenerado la policía y, además, advertirle del peligro que supone contrariarles. Con todo, para ellos Christine está cegada por su “amor de madre” y se obstina en exigir que se continúen investigando la desaparición de su hijo. Persistencia que obligará al jefe de policía a adoptar medidas coercitivas: ingresarla en un psiquiátrico.

Para aquellas mujeres que no sean “domeñadas”, siempre que supongan un peligro para el estatus de poder que detentan los hombres, fácilmente serán tildadas de «brujas» o «locas». Estos son calificativos utilizados con asiduidad para desacreditar a aquellas mujeres que, como es el caso de Christine, sus palabras y/o acciones, suponen un peligro para el ejercicio incuestionable de la autoridad masculina al contradecir o cuestionar su discurso dominante. Durante el oscurantismo medieval rápidamente se ponía fin a las mujeres que osaban introducirse en temas científicos: el crimen era hacer brujería, y la hoguera solventaba cualquier cuestionamiento del orden jerárquico-feudal.

El estudio de la cosmología o la naturaleza no podía echar por tierra años de ejercicio despótico del poder divino que habían heredado los señores (y, en la parte que les pertoca, la cúpula eclesiástica de cada feudo). Tras la revolución copernicana, Kepler y las “herejías” cosmológicas de Galileo, se allanó el camino para el avance del conocimiento científico. El exceso de saber ya no podía ser un argumento para condenar a las brujas, que atemorizaban a causa del poder que tenían al demostrar controlar la naturaleza con sus brebajes. La solución para desautorizar los juicios de las mujeres pasó, pues, a apuntar a su excesiva sensibilidad, a cual dificultaría su capacidad discursiva. Es decir, su raciocinio estaría alterado a causa de sus altibajos afectivos. O, en resumidas cuentas, se califica a la mujer de “loca” para dejar de prestar atención a sus argumentaciones. No importa lo que diga porque la loca está afectada por desajustes emocionales.

De aquí que, en El intercambio, cuanto más intente Christine dialogar racionalmente con la policía o los doctores, más loca se la considerará. Como le hace saber Carol (Amy Ryan), una interna rebelde con las metodologías del centro, ni Christine ni ninguna otra mujer ingresada en el psiquiátrico recobrará su vida en libertad hasta que, admitiendo su “descarriamiento”, no se ajusten al patrón de comportamiento sumiso que les impone quien tiene la llave para autorizar su salida del centro, el psiquiatra cómplice de la policía.

Desde hace siglos los cuentos han sido el vehículo idóneo que ha educado socialmente a los niños proponiendo modelos que, al identificarse con ellos, sirvan de aprendizaje para el comportamiento una vez sean adultos. Brujas malísimas y feas, se oponen a las princesitas bellas, delicadas y tiernas que esperan ser rescatadas (y mantenidas) por el príncipe azul.

Y el avance tecnológico, en muchos casos, no ha hecho más que digitalizar los estereotipos inculcados de generación en generación. Son argumentaciones que aluden a la naturaleza, la tradición e, incluso, a cualquier divinidad para justificarse, pero que no hacen más que perpetuar sistemas sociales discriminatorios. Se pueden hacer filigranas discursivas de todo tipo o apelar a autores de renombre, pero no se puede negar la obviedad de que la organización social es un constructo conceptual.

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Referencias

A. Cortina, De lo femenino y lo masculino. Notas para una filosofía de la ilustración, en Mujeres y hombres en la formación del pensamiento occidental. Universidad Autónoma de Madrid, Madrid, Vol. I.

Mary Nash, De “Ángel del Hogar” a “Madre Militante” y “Heroína de la Retaguardia”: Imágenes de mujeres y la redefinición de las relaciones sociales de género, en Rita Radl Philipp y Mª Carme García Negro (coord.), A muller e a súa imaxe, Cursos e Congresos da Universidade de Santiago de Compostela, 1993.

Joan Scott, El género: una categoría útil para el análisis histórico, en James S. Amelangm, Mary J. Nash (Eds.) Historia y género: Las mujeres en la Europa Moderna y Contemporánea, Universidad de Valencia, 1990 (p. 23-58).

Amelia Valcárcel, Feminismo y poder político, en Cándida Martínez López (coord.), Feminismo, ciencia y transformación social, Universidad de Granada, 1995 (p. 47-56).

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