Luis García Berlanga: Una fascinación indescifrable

  12 Junio 2021

Un estilo propio

berlanga-0«Una geografía de ilusiones se desparrama en
su rostro pesimista. Y le pierde la ternura».
(Manuel Hidalgo y Juan Hernández Les)

Estos días se cumple el centenario del nacimiento de un cineasta único: Luis García Berlanga (1921-2010). Berlanga puede gustar más o menos, puede generar atracción o rechazo, nos podemos considerar berlanguianos o no, pero nunca dejará indiferente a nadie que se acerque a sus películas.

Una película de Berlanga es como una canción de los Stones, una pintura de Van Gogh o un poema de Cernuda. Son expresiones artísticas especiales y características de sus creadores. Como todos los grandes directores de cine —y poetas, pintores y músicos—, Berlanga posee un estilo propio.

Lo tuvo siempre, en todas las épocas, desde ¡Bienvenido, Mister Marshall! (1952) a Todos a la cárcel (1993). Veías un plano secuencia larguísimo, con intérpretes saliendo y entrando a toda velocidad, con un ritmo vibrante, con un humor inteligente, no zafio, y ya sabías que era de Berlanga. El arranque de La vaquilla (1985), el recorrido por la trinchera republicana, con las múltiples voces, los ruidos, los soldados jugando a las cartas, unos mirando al horizonte, al ejército fascista, otros adormilados, cada individuo con su idiosincrasia, refleja, como tantos momentos en su filmografía, lo que esta siempre tuvo: vida.

En los filmes de Berlanga late la cotidianeidad en todas sus vertientes: la risa y el llanto, los sueños y las tristezas, el deseo, la fiesta, la melancolía, todo lo que forma parte de la existencia. En este sentido, Berlanga ha sido el más felliniano de los cineastas españoles. En los últimos años, he percibido muchos puntos en común entre Fellini y Berlanga. Los principales: el humanismo y la diversión.

Películas con un enfoque humanista, donde el ser humano y todo lo que le mueve y alienta, con sus éxitos y fracasos, constituía la piedra angular de los largometrajes. Berlanga y Fellini hicieron un cine donde la belleza se mezclaba con los sentimientos, con seres reales, de carne y hueso. Su cine no era moralista, no pretendían mejorar el mundo, ni transformarlo. No era marxista: estaba alejado de Visconti o Bertolucci o Bardem —con Bardem, Berlanga colaboraría a finales de los 40 y principios de los 50—. En Fellini y Berlanga se buscaba más la comprensión, la ternura, que el juicio o la crítica.

Y, gracias a Berlanga, hemos pasado tardes inolvidables frente al televisor o la pantalla de la sala de cine. Con Berlanga nos reímos, provoca carcajadas. Su humor bebe de Jardiel o Mihura, de todo el espíritu de la revista La codorniz, y conecta asimismo con el de Gila. Cassen con su motocarro. Isbert en la terraza del ayuntamiento. Aquel policía carcelero de Calabuch (1956) que dejaba salir al preso. Esos milicianos que abren el encierro, corriendo despavoridos delante de la vaquilla que no han sido capaces de matar en el corral, y que acaban bañándose en el río, desnudos, con sus supuestos enemigos. ¡Cuántas secuencias imperecederas que nos hicieron sonreír!

Frente a la profundidad de Buñuel o Bergman, el cine berlanguiano entronca mejor con el de Wilder o Ford. Las películas de Berlanga son cantos a la vida. Y cantos entusiastas. Consciente de nuestra finitud temporal, de la fugacidad de nuestro paso por el mundo, Berlanga decidió apostar por la risa.

berlanga-5

Berlanga fue también un artista rebelde, que no se plegó a ningún interés monetario o político, sino a la fuente creativa de su propio corazón. Por eso sus filmes son todos parecidos y distintos. A través del humor y la ironía, sutilmente, puso de manifiesto las miserias de la dictadura franquista, los tejemanejes de la Transición o las corruptelas de los socialistas. El impulso artístico de Berlanga tenía una base esencialmente anarquista. Su visión de la humanidad, también.

Desconfiaba de la política, de los partidos, de las ideologías como muebles llenos de ideas que únicamente separan a los seres humanos. Quería reflejar el comportamiento de los individuos sin ningún tipo de prejuicios o ataduras. La vida está por encima de cualquier doctrina.  Levantó una de las más bellas utopías ácratas con Calabuch (1956), la película que más estimo de toda su trayectoria, donde la bondad y la generosidad brillan con una luz preciosa. A mí el Berlanga que más me gustó, y me gusta, es el de esa primera etapa, el de los 50: además de Calabuch, rodó otras dos obras maestras: ¡Bienvenido, Mister Marshall! (1952) y Los jueves, milagro (1957). Nunca fue tan brillante ni tan rompedor ni tan mágico como en sus primeras creaciones.

A menudo, la crítica ha situado a Plácido (1961) y El verdugo (1963) como sus dos películas cumbre. Reconociendo su excelencia y valorando la relevancia de Azcona en los guiones, sigo apreciando más el primer período berlanguiano. Me ocurre algo similar con la primera parte del Quijote o los primeros álbumes de Queen. En proyectos artísticos amplios, suelo preferir los comienzos: quizá debido a su mayor capacidad de sorpresa, de sugerencia, a su reluciente energía. Con Azcona, los largometrajes de Berlanga se hicieron más sólidos, y a su vez más ácidos y mordaces, y adquirieron una cohesión mayor. Azcona, que según Fernán Gómez fue de los mejores guionistas europeos, lo que corroboro, reforzó todas las secuencias corales y las situaciones rocambolescas que ya habían tenido fuerza en los inicios fílmicos de Berlanga.

Con Berlanga trabajaron los más talentosos intérpretes españoles: López Vázquez, Isbert, Elvira Quintillá, Cassen, Saza, Amparo Soler Leal, Agustín González, Fernando Rey, Fernán Gómez, María Luisa Ponte, José Sacristán, Landa, Ciges y tantos y tantos otros. Ellos brillaron gracias al cineasta valenciano, y Berlanga brilló gracias a ellos. Pese a su proyección internacional, el cine de Berlanga es fundamentalmente español, como la literatura galdosiana.

berlanga-2

Procesiones, festejos taurinos, misas, fuegos artificiales, paellas… y berlanguianos son, desde que los filmara, pueblos de España como Guadalix de la Sierra, Peñíscola o Sos del Rey Católico. Como hiciera Fellini en sus filmes o Galdós en sus noveles, en las películas de Berlanga aparecen juntos, con un enfoque fraternal, humanísimo, presos y carceleros, republicanos y fascistas, curas, toreros, maestras, marqueses, empresarios, científicos… toda una galería humana.

Sin su cine no se entiende las posteriores sendas tomadas por el cine hispánico, desde un José Luis Cuerda a un Álex de la Iglesia.

He intentado apuntar algunas de las claves que, a mi modo de ver, sobresalen en la filmografía berlanguiana. Quizá solo sean vanos intentos para aclarar un sentimiento que nos rodea a muchos que admiramos a Berlanga desde nuestra juventud: nos gusta su cine, nos hace reír, nos conmueve. Hemos crecido viendo sus obras.

Berlanga nació el 12 de junio de 1921, en Valencia. En cualquier época, cualquier coyuntura, sus filmes siempre generarán una sonrisa, como la luminosa sonrisa de Manuel Alexandre al ver en el cielo nocturno, estrellado, aquella mágica palabra dibujada por los cohetes: Calabuch.

Gracias, Luis, por esa fascinación austrohúngara tan indescifrable. Gracias por tus películas, Berlanga.

«Hay personas que dicen "esto parece de Berlanga",
ante un suceso grotesco, ante una situación disparatada.
Eso quiere decir algo, ¿no?».
(Luis García Berlanga)

Escribe Javier Herreros Martínez

Bibliografía

Hidalgo, Manuel, y Hernández Les, Juan: El último austrohúngaro. Conversaciones con Berlanga, Madrid, Alianza, 2020, edición ampliada. La 1ª edición data de 1981.

Hermoso, Borja: «Un viaje por la España de Berlanga», El País Semanal, 9-5-2021.

berlanga-1


Más artículos...