Dios mío, ¿pero qué nos has hecho? (2)

  16 Noviembre 2022

Espero se quede en trilogía

dios-mio-pero-que-0Tercera parte de la trilogía francesa del director y guionista Philippe de Chauveron —recuerdo: Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? (2014) y Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho ahora? (2019)— y, claro, las terceras partes suele decirse que son peores que las anteriores. Lo cual se acentúa si, como es sabido, ni la original y ni la de en medio fueron portentos de comedia.

Claude Verneuil, un notario conservador gaullista, y su esposa Marie, son burgueses, y católicos a la vieja usanza. Viven en Chinon (Francia) y padres de cuatro hijas: Isabelle, Odile, Ségolène y Laure. Se han casado con descendientes de inmigrantes en Francia de diferentes orígenes étnicos y religiones diferentes. Isabelle, abogada, está casada con Rachid Ben Assem, musulmán y también abogado. Odile, dentista, con David Benichou, un empresario judío sefardí desempleado. Ségolène, artista plástica, está casada con Chao Ling, un bancario chino y budista. Y Laura, casada con un hombre negro.

De otro lado, en su debut literario, Monsieur Verneuil no ha tenido éxito, y para aparentar tener buenas ventas, se va comprando cajas enteras de su propio libro. En tanto, prepara su segunda obra, protagonizada por su admirado general De Gaulle. Y ocurre que cada vez aguanta menos a sus multiétnicos yernos que viven al lado de él, y procura evitar encontrárselos por la calle.

El motivo de la trama que desencadena la historia es la proximidad del cuarenta aniversario de bodas del matrimonio Verneuil: sus bodas de rubí. Sus cuatro hijas han decidido organizar una fiesta sorpresa en la casa familiar e invitar a los padres de los maridos a la celebración. El matrimonio tendrá que acoger a los consuegros en su casa, una estancia familiar en la que no faltan los acontecimientos.

Mientras, Ségolène, una de las hijas, inaugura una exposición con sus horribles cuadros de cerdos descuartizados como si fuera el reportaje de una «matanza». Acude al evento un coleccionista alemán que parece interesado en sus pinturas… y en ella. Ségolene ansía vender su obra al coleccionista teutón mientras su padre espera con muchas ganas que su hija deje a su marido oriental y le dé por fin un yerno blanco. La cosa discurrirá por derroteros imprevisibles.

En esta entrega la carga de chistes más bien malos, de nuevo aborda los estereotipos raciales, asuntos y prejuicios morales, manidos roles matrimoniales, suegros de una pesadez extrema y otros por el estilo. Cinta que incide en los consabidos males del francés de clase media-alta, católico, ranciamente degaullista y provinciano. Gente de mirada chata, barriendo siempre para adentro, y muy preocupada y dubitativa sobre si votar a Macron o a la ultraderecha de Lepen.

Está también la afición de estas clases pseudointelectuales a autoeditarse libros que a nadie interesan, y por supuesto a disparar con pólvora de rey contra sus cuatro yernos poliétnicos: árabe, judío, chino y negro.

Es la tercera fase de esta trilogía de Paul de Chauveron (guion cortito, tirando a burdo y de escasa gracia, de Guy Laurent y el propio Chauveron). El pretexto argumental para esta entrega es la celebración de las bodas de rubí del matrimonio protagonista con los consuegros en una misma unidad temporoespacial, de nuevo pretende mostrar que la xenofobia, el racismo y los choques culturales no son meramente cosa gabacha, sino patrimonio del mundo.

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Tenemos gracietas diversas como que Jesús fue africano, que los chinos son todos iguales o un judío y un árabe que reeditan el conflicto palestino-israelí en el jardín contiguo de sus casas. Estas observaciones son bastante chuscas, pero si te hacen gracia, tal vez puedas encontrar el punto de interés del filme, sobre todo si imaginamos que estos cuentos, más que ofender o disgustar, lo que pretenden es hacer un dudoso discurso de tolerancia e integración.

Pero recuerdo aquí que Freud escribió en 1905 Los chistes y su relación con lo inconsciente, sobre el psicoanálisis de los chistes y el humor; Freud afirma que «nuestro disfrute de la broma» indica lo que se reprime en conversaciones más serias y argumenta que el éxito del chiste depende de una suerte de «economía psíquica», por la cual el chiste permite superar las inhibiciones y lo oculto en la intención del chistoso.

Según lo dicho, si analizamos el contenido latente de este humor de Chauveron, lo que se oculta en estas burlas que se presumen cándidas y amables en aras al entendimiento entre los seres humanos, si leemos el trasfondo de este humor, hay mucha mala uva o, como escribe Sánchez: «lo que queda es la fotografía social de la ignominia».

Esta nueva entrega se salva más o menos por la profesionalidad del equipo técnico y el encanto de los protagonistas. Puede resultar para algunos incluso entretenida. No obstante, parece asomar el final de la familia Verneuil y no estaría mal dejar la saga en una trilogía, un formato al gusto de hoy.

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En el reparto Christian Clavier como Claudie Verneuil, con un catálogo de gestos y de braceo un tanto exagerados, y su personaje políticamente incorrecto; Chantal Lauby muy propia como señora Verneuil; bien las hermanas encarnadas por Fréderique Bel, Julia Piaton, Élodie Fontan y Émile Caen.

A las que se unen sus maridos Fréderic du Chau, Medi Sadou, Ary Abittan y Noom Diawara. Sin olvidar a suegrísimos como Pascal Nzonzi o Salimata Kamate. El resto del reparto muy acertado.

Lo mejorcito del filme

Algunas de las ideas que se proponen funcionan razonablemente bien. Ejemplos son los enfrentamientos entre parejas, donde la señora suele poner orden y el punto final a la discusión; la afición de la madre china por el vino tinto y los embutidos; el germano joven experto en arte y enamorado de la señora de la casa (insólito caso de gerontofilia en su versión matronolagnia: atracción sexual hacia mujeres ancianas por parte de hombres o mujeres mucho más jóvenes); o el piloto de globo aerostático, un sujeto manco que lo hace todo con la única mano, los pies y la boca.

Destacaría también para positivo el trabajo del actor Abbes Zahmani, el padre tunecino rockero, que protagoniza una escena enternecedora y musical, con una bonita canción, al final del metraje.

También, Chauveron da un protagonismo especial a la matriarca y su hija pintora, artista tan entusiasta como imposible. A ambas les brinda ocasión de lucimiento con subtramas inesperadas.

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Igualmente, la peli explora oportunidades humorísticas con las escenas de los consuegros internacionales del clan, siendo que el choque entre culturas adquiere una nueva dimensión cómica cuando lo protagonizan personas mayores; hay gags bien llevados cercanos al slapstick, uno de ellos aprovechando un cándido y romántico paseo en globo a cargo del exmilitar mutilado; y no falta el guiño de reivindicación femenina a cargo de las cinco suegras cuando se van de marcha nocturna.

Y algo que me ha parecido igualmente aceptable es la crítica a eso que en Gerontología se conoce como «viejismo», o sea las actitudes y comportamientos negativos hacia la gente de edad avanzada, lo cual vemos en las escenas en que los porteros de una discoteca impiden el paso a los protagonistas mayores, como si los añosos no tuvieran derecho a bailar o a divertirse, como si molestaran en un contexto juvenil; aunque las señoras logran entrar finalmente…

Tiene una música agradable de Matthieu Gonet y una excelente fotografía de Christian Abomnes que ilumina las praderas francesas desde el globo aerostático con gran fortuna.

Y para finalizar, la búsqueda de la paz mundial con todos… menos con los alemanes, única nacionalidad a la que la bonhomía ecuménica de sus creadores es incapaz de aportar una nota positiva.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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