Spirit – Indomable, de Elaine Bogan y Ennio Torresan (1)

  16 Julio 2021

Todos los caballos bellos

spirit-indomable-0No todo puede ser High Quality en Dreamworks. La cantidad de estrenos que en los últimos meses lleva Disney —su gran rival—, hace que, para seguirle el ritmo, entre las películas de relumbrón la filial de NBC Universal nos intente colar saldos como el que nos ocupa.

Spirit es un reboot —es decir, una nueva versión— de la película clásica homónima del año 2002, y, a la vez, de la serie de animación que desde 2017 emite Netflix. Si tenemos que comparar, desde luego esta nueva entrega tiene bastante más que ver con los estándares de calidad de la serie de televisión, que con las grandes epopeyas de los caballos cimarrones de antaño.

La factura técnica —bastante estandarizada, casi industrial, diría yo— y la tibieza de un guión absolutamente rutinario, transmiten la sensación de que nos encontramos ante lo que podría ser el episodio piloto de la serie, antes que una película argumentalmente independiente.

Spirit no quiere renunciar a la belleza, y pretende suscitarla en los amplios paisajes de dulces atardeceres de Miradero, un pueblo ficticio que muy probablemente se halle en el interior sur de California; sin embargo, es tan irreal y esquemático el dibujo, tan sosa la paleta, que apenas consigue transmitirse algo más que un leve encanto visual.

Todos sabemos que un buen dibujo no es suficiente, y que los momentos dramáticos calibran el puro fulgor estético, pero es que en Spirit no hay ni lo uno ni lo otro: todo es demasiado superficial, demasiado breve. Uno diría que se trata de una película de caballos salvajes en exceso domesticada.

La historia, clásica, habla de una pérdida que propicia un reencuentro, de la protagonista consigo misma y con otros, del descubrimiento de la amistad y la aventura. Pero de nuevo todo suena rutinario, demasiado visto. Apenas hay conflicto, drama, retortijón emotivo.

Una escena de despedida apenas propicia alivio, y eso es justo lo contrario de lo que debería propiciar: señala que no se ha construido bien la relación entre ciertos personajes, o que esta no ha llegado a conmovernos lo más mínimo.

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No todo ha de ser látigo y espuela, claro. Quizá debamos tener en cuenta que es una película infantil, que quiere celebrar la amistad y el descubrimiento, y que para ello no hacen falta grandes alardes dramáticos. Pero uno no deja de pensar en Luca y entonces se da cuenta de que se puede hacer todo mucho mejor.

Spirit tiene buenos detalles en el proceso de adaptación que tiene la protagonista en su relación con el mustang que da nombre al filme. Esa aproximación-alejamiento en la que ambos se relacionan como en un baile es un interesante —y anecdótico— hallazgo que no puede salvar otros estereotipos, pero que al menos añade una nota poética en una película que abusa de la dulzura como recurso dramático. Baste decir que en cierto momento las aventureras se ponen a tostar malvaviscos en una fogata, para que tengamos una idea de hasta qué punto se ha edulcorado la fiereza de las noches al raso.

Un entretenimiento menor, en fin, falto de la épica de los grandes espacios abiertos y de la conquista de la naturaleza salvaje, que puede gustar a los muy pequeños, pero que ni siquiera encandila ya a los mayores de diez años.

Créanme. Mi hijo es el termómetro, y apenas pasó de cero grados en la cálida noche del cine de verano.   

Escribe Ángel Vallejo

  

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