El retrato (3)

  09 Octubre 2021

Surrealidad morbosa

el-retrato0El pasado mes de junio se estrenaba en el cine Artistic Metropol de Madrid, con aforo limitado, El retrato (2021) último cortometraje de la directora sevillana Diana Caro, protagonizado por Cristóbal Araque y Tania Watson.

El evento era la culminación de un rodaje en tiempos adversos y el punto de partida de una singladura por distintos festivales internacionales, que este mes recala en el Festival de Cine Fantástico de Sitges donde podrá verse dentro de la sección Brigadoon el 15 de octubre, en una sesión dedicada a este formato (¡Una de cortos!) junto a El sol ya no calienta, 93 y Follower, que contará con la presencia de los directores.

No es la primera vez que la directora, guionista y actriz Diana Caro visita Sitges, donde también presentó tres de sus cortos anteriores: El cuervo, de Edgar Allan Poe, en 2017, una adaptación del conocido poema del escritor estadounidense; La casa gris, en 2018, sobre una familia que oculta un secreto; y Tauro, en 2019, basado en el mito del Minotauro y el laberinto. 

El retrato es una historia romántico-macabra, al más puro estilo decimonónico. Cuenta la historia de un pintor atormentado, de finales del siglo XIX, que, encerrado en su estudio durante una noche, con el cadáver de su amada, se enfrenta al reto creativo de capturar en el lienzo la belleza aún intacta de su musa y amante.   

El guion es original de la propia directora, que confesó en la presentación haber encontrado la inspiración en la obra teatral Rojo, del dramaturgo y guionista John Logan, que narra cómo el pintor Mark Rothko se enfrenta a un prestigioso encargo en el principio de la decadencia de su estilo. 

Sin parecidos argumentales razonables, arte, frustración y muerte emparentan ambas obras, en el espíritu herido de Caro, con el dolor por la pérdida de la inspiración, de un ser querido… o del propio sentido de la vida. 

La película no pierde el enfoque teatral que caracteriza a la autora y que el texto y la puesta en escena delatan. Sin embargo, el tratamiento visual es puramente cinematográfico. La planificación, la iluminación, los encuadres y el montaje sumergen al espectador en la paranoia del protagonista, un pintor mediocre que pretende sublimar en un cuadro el sentido de la existencia.

El cortometraje está ambientado íntegramente en un recinto claustrofóbico y mórbido: el estudio del artista. Un espacio cerrado y opresor, subterráneo y oscuro como una cripta, que es una metáfora de su especial bajada a los infiernos.

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La localización elegida ha sido el estudio de Fabiola L. Sorolla, bisnieta del famoso pintor impresionista, cuya asesoría artística en la película ha sido destacada por la directora. Allí se creó un decorado barroco, abigarrado y muy simbólico (donde no falta su vanitas), que la fotografía e iluminación de Antonio Sanz Jiménez se ha encargado de intensificar con «inquietantes claroscuros» que son un reflejo de la ambivalencia creativa y emocional del artista y del reto que él mismo se impone.

Un juego de contrastes, rodado con luz de velas, que, enfatizado por la banda sonora de Antonio J. Asiáin y el dinámico montaje de Sergio Salas, coadyuva a crear esa atmósfera oleosa y onírica que transpira sudor, sexo y trementina.

El mito de la locura del artista, el tormento interior que produce el bloqueo creativo, la falta de inspiración o la constancia de la propia mediocridad… son hándicaps a los que se enfrentan los creadores, a menudo, y de los que este infeliz personaje hace acopio.    

Aunque el verdadero protagonista del corto es el retrato, la esencia misma del espíritu de su creador, su criatura. Sobre él proyecta la autora sus reflexiones sobre el arte y la vida, la confusión entre objeto y sujeto, el cuadro como suplantación, como imagen del alma del retratado, como último reducto de la belleza, del amor eterno atrapado en el tiempo para siempre, incorruptible… en un texto denso y complejo que cuestiona, interroga, divaga…

La muerte, el amor, el arte, la locura, el tiempo, la belleza… son algunos de los temas que recorre este intenso cortometraje, en dieciocho minutos de éxtasis y tormento, en los que realidad y deseo se mezclan con morbosa crueldad. El anhelo existencial de vencer a la muerte, de sublimarla a través del arte y el crudo despertar a una verdad que la trasciende, sin compasión, quedan expuestos trágicamente en el hermoso plano final, un picado cenital muy estético, con una cuidada composición al más puro estilo del romanticismo pictórico.

Escribe Leo Guzmán

  

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