La clase de piano (2)

  18 Junio 2020

Amable cuento con Rachmaninoff presente

la-clase-de-piano-0Quiero comenzar esta crítica diciendo que la película es un cuento, una fábula a mayor gloria del dicho clásico «No hay gloria sin sacrificio».

La historia de Mathieu Malinski, un joven de clase baja que encierra en lo más profundo de su ser el espíritu de la música, algo que le fue transmitido por un anciano profesor cuando era un niño. El muchacho mantiene este arte del teclado en su estricta privacidad, en parte por pudor y en parte por ser contrario a su estatus. Con una familia sin recursos y unas compañías desaconsejables, Mathieu se ha convertido en un pequeño delincuente que a veces toca el piano en el metro.

Un profesor, director del Conservatorio Nacional Superior de Música de París, que lo escucha casualmente queda prendado del chico. Las circunstancias quieren que el joven acabe en ese Conservatorio, apadrinado por el director del mismo, Pierre Geitner. Pierre ve en Mathieu a un gran pianista en potencia y lo inscribe en el concurso nacional de piano.

Mathieu entra en un nuevo mundo cuyas reglas desconoce y comienza sus clases con la severa Contesa, quien le inculca las bondades de la disciplina y el trabajo duro. Paralelamente conocerá a Anna, mujer negra violonchelista de la que se enamorará.

Dirección correcta de Ludovic Bernard, quien, con un guion aceptable del propio Bernard junto a Johanne Bernard, logra una película que en su forma y en su fondo es un auténtico y entrañable cuento moderno en el que todas las piezas acaban encajando más bien que mal, para concluir en una historia con mucha música, algo de drama, pizca de amor y un final intenso y emocionante que concluye felizmente.

Es una película para gustar al gran público, pero que puede recordar otras historias y fábulas ya conocidas; nada nuevo, pues. El film es para el espectador que busca un estado de confort psicológico y anímico, lo cual incluye cierto grado de firmeza espiritual y una dimensión de superación personal.

Una película que se atiene a lo más convencional en el plano ético y que tiñe el corazón de un optimismo vital, de forma que nada turbe, nada espante ni moleste, que no haga pensar demasiado, excitarse menos y dudar casi nada. Y así, pasito a pasito, con los potentes acordes de Serguéi J. Rachmaninoff, el metraje camina directo al final más ufano posible ¿No es esto felicidad? 

El reparto hace trabajos aceptables, algunos más que otros. Jules Benchetrit encarna de manera convincente al joven rebelde y prodigioso pianista salido de los suburbios parisinos. Estupendo el actor galo Lambert Wilson como director del conservatorio. Espléndida Kristin Scott Thomas que, empero, está algo disminuida con relación a otros trabajos suyos. Bonita y resultona Karidja Touré, la novia negra del chico. Y un reparto correcto con André Marcon, Michel Jonasz, Elsa Lepoivre, Vanessa David, Samen Télesphore Teunou o Xavier Guelfi.

Es una película de medianía rodada con impecable corrección. Tiene diálogos interesantes, amables, blancos e incluso tópicos, y referencias a la naturaleza de la música plan levitación, como que tocar un concierto de Rachmaninoff tuviera que ser elevarse sobre la vida y flotar en el gaseoso mundo de las notas.

Tiene de bueno la película que se ahorra la carga propia del melodrama, lo cual la hace más creíble, aunque la trayectoria del joven músico ande a caballo entre lo extraordinario y lo sorprendente.

Pero el agradable tenor del film hace que el espectador condescienda y acepte la historia con su carga aleccionadora, a pesar de su evidente falta de realidad.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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