Tori y Lokita (2)

  15 Noviembre 2022

Pasión y muerte de Lokita

tori-y-lokita-0Ante cada nueva entrega en la filmografía de los hermanos Dardenne, los comentaristas se afanan en señalar la coherencia de su propuesta. Como quijotes inasequibles al desaliento, su cine es una constante reivindicación de aquellos a quienes la opulenta sociedad occidental ha expulsado hacia sus inhóspitos márgenes, sin por ello perder la oportunidad de utilizarlos en su provecho.

Una y otra vez lanzan llamadas de alerta que quieren poner ante los ojos de los acomodados espectadores las miserias que los rodean, traer a la luz lo que de otra forma permanecería oculto. Su labor es casi un apostolado. No importa el tiempo transcurrido, no importan los cambios que la sociedad en la que viven haya podido experimentar: los hermanos belgas siempre encuentran una causa por la que seguir luchando, una injusticia que denunciar, un bofetón más al confiado espectador.

Los protagonistas pueden ir cambiando, porque la realidad es mutable, pero la estructura permanece incólume. Son un faro que ilumina muchas miserias, porque siempre hay y habrá miserias que iluminar.

Su cine pretende ser realista, dado que es de la realidad de lo que hablan. Es más, su fuerza descansa en la correspondencia con lo real. Renunciando a ella se convertiría en un artefacto superfluo. La forma más adecuada sería, sin duda, la del documental, la cámara muda mostrando los hechos, sin más. Y aunque no es ese el género por el que optan, las hechuras del relato sí que se aproximan a él.

Los personajes casi siempre en primer plano, prácticamente perseguidos, para que nada escape a la mirada, la ausencia casi total de artificios, la línea recta hacia el corazón de la trama, sin digresiones, sin adornos que desvíen la atención. Hay que dotar de la máxima credibilidad a lo que se muestra. Y no sólo eso, hay que causar una incomodidad que provoque una toma de conciencia y que, por qué no, conduzca a la acción.

Pero no es un documental la opción elegida (y no vale la pena entrar ahora en las dosis de verdad que tal género puede contener), sino una ficción que recrea lo real, inspirada, sí, en la realidad (en lo que los directores han seleccionado de esa realidad), pero reelaborada y presentada de tal forma que el mensaje sea claro y el efecto contundente. Su cine tiene una misión, y ellos se aprestan a cumplirla sin mayor miramiento.

Cuestionar los resultados no es sencillo, ya que en sus obras se produce un sutil desplazamiento desde la forma del discurso a su contenido, de tal manera que este último atrapa al discrepante, le exige un consentimiento que no es fácil negarle: ¿Cómo no mostrar solidaridad con los protagonistas de sus películas? ¿Cómo poner en duda lo oportuno, hasta urgente, de su exposición?

El cine de los Dardenne persigue la complicidad emocional del espectador. De hecho, cuando se repasan las críticas que sus películas suscitan, la apelación a las emociones que provocan es constante. Y ya se sabe que cuando las emociones hacen su aparición, la razón es expulsada del escenario. El análisis es sojuzgado y la crítica se torna sospechosa. El cine social y comprometido parte siempre con ventaja, y la crítica no complaciente es una tarea de riesgo.

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Tori y Lokita es la última página (por ahora) de este libro de agravios que los directores belgas llevan escribiendo desde sus inicios en el oficio. En este caso la mirada se dirige a dos inmigrantes africanos (una adolescente y un niño) perdidos en la jungla belga.

Desde el primer momento el planteamiento es diáfano: Lokita intenta como puede responder a las preguntas que un funcionario de inmigración le hace para saber si merece la concesión de los papeles de residencia. El plano es estático sobre el rostro de la joven, sin el contraplano de quienes preguntan, y de ese modo se subraya la soledad de la chica, el acoso del que es objeto, perseguida por todos, incluso por aquellos que deberían protegerla. Las lágrimas que siguen a la escena confirman la sensación de desamparo.

La película elabora alrededor de la muchacha y su falso hermano Tori un inventario de penurias, lucha y persecución. Sólo entre ellos cabe la confianza, la solidaridad y hasta la risa. El resto es un mundo hostil frente al cual la supervivencia se trabaja segundo a segundo, dentro o fuera de los márgenes de la ley.

El relato se constituye así en el repaso a una inocencia acorralada. A excepción de los jóvenes, solo la directora del centro de menores que acoge al niño merece una frase de aprobación. Y ese es uno de los problemas, la falta de claroscuros. El bien y el mal están perfectamente definidos y nunca son cuestionados.

En este auto de fe al sistema opresor nadie queda sin juzgar. Comenzando por el cocinero que les proporciona droga para el menudeo: actividad ilícita, sí, pero necesaria para sobrevivir. El contraste entre las grandes cantidades de dinero que reciben de los clientes y la miseria que a ellos les corresponde, los coloca, si es que aún hiciera falta, en el lugar de las víctimas. Añadido eso a la solicitud de los restos de comida del restaurante al final del día.

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En algún momento la solidaridad de clase y la lucha consecuente fue una promesa de liberación. Ya no. Las mafias de la inmigración, africanos como ellos, el penúltimo escalón social, son tan opresores como los blancos, como el sistema que no atiende a sus razones, como los propios inmigrantes incapaces de prestarse ayuda entre sí (a la hora de suplir al menor Tori para enviar dinero), y hasta la familia de Lokita, que reclama su parte sin reparar en las dificultades de la muchacha.

Sin embargo, los protagonistas están adornados por una mezcla de bondad e inocencia que los hace inmunes a la crítica. Los actos ilícitos que puedan cometer, como el robo de la droga, si ilícito puede considerarse, están justificados por la necesidad, y su entrada en el mundo delictivo es de una candidez y de una generosidad apabullantes.

Ni la explotación sexual reiterada a la que Lokita es sometida, ni los golpes que recibe, ni la sospecha ante las autoridades que el color de su piel lleva consigo, consiguen doblegar sus sentimientos más nobles, sus aspiraciones más modestas. Lokita insiste una y otra vez en la necesidad de que Tori no abandone la escuela, en la creencia de que la educación podrá salvarlo. Ella misma posee un objetivo en su vida, realizar un curso para trabajar en el servicio doméstico, es decir, para escalar hasta el escalón más bajo de una sociedad de la que ahora está excluida.

Entre afirmaciones de «no nos quieren», recordatorios de una infancia no menos terrible que el presente (el padre borracho, el niño brujo) y testimonios, de pasada, del duro trayecto hasta llegar a Bélgica (el desembarco en Italia, del que apenas les ha quedado la canción que los une y que también explotan por los karaokes), Lokita va a alcanzar la última estación de su Vía crucis.

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El valor simbólico de su reclusión en esa especie de sótano en el que queda al cuidado de las plantas de cáñamo es más que evidente. Desprovista de sus escasas pertenencias, con condiciones de vida insalubres, aislada del mundo, privada incluso de la posibilidad de pedir (no puede decir «quiero»), golpeada y humillada sexualmente, a lo que reacciona sintiéndose sucia, es decir, cargando ella misma con la culpa, Lokita resulta atrapada en una cárcel dentro de la cárcel en la que ya vivía.

Su degradación es la manifestación explícita, la concentración en unos pocos metros cuadrados y en un tiempo limitado, de lo que es su vida. Lokita desaparece y solo Tori percibe su ausencia, sólo él la busca, y sólo él, sorprende con qué facilidad, la encuentra. Y el cariño y la canción compartida, y todo eso…

La muerte es el desenlace necesario. Los Dardenne no sólo exponen la crueldad con la que se van encontrando, sino que no suelen dejar ningún margen a la esperanza, como si esta esperanza resultara acomodaticia, como si desactivara la crítica pacientemente trabajada.

El discurso final en el tanatorio, con toda su pomposidad, resume lo peor del cine de los hermanos belgas, y es una muestra palmaria de desprecio hacia el espectador. Más aún, un ejemplo incontestable de la desconfianza en el poder de las imágenes. Si tras todo lo expuesto es necesaria una explicación sobre los responsables de la tragedia, ¿qué queda de cinematográfico?

Y sí, es posible que seamos culpables de lo ocurrido a estos ficticios inmigrantes, pero también, ellos y nosotros, nos merecemos un cine mejor.

Escribe Marcial Moreno  

  

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