Ejército de los muertos, de Zack Snyder (0)

  01 Junio 2021

¡Viva Las Vegas!

ejercito-de-los-muertos-0En apenas unas semanas han llegado a las plataformas digitales las dos últimas apuestas de Zack Snyder, definitivamente instalado en el universo de los «grandes» mediante un cine lleno de efectos, alargado innecesariamente y con prácticamente todas las tareas a cargo del propio «autor» (argumento, guion, fotografía, producción, dirección).

Ambos títulos son demostraciones de un creador sin medida, amante del exceso y de la moviola, que juega a ser el artista total, pero olvida la importancia del guion y del montaje, dejando que uno y otro campen a sus anchas: si hubiera contratado un guionista, sus films tendrían tramas claras y desarrollos fluidos; un montador permitiría podar sus larguísimos tiempos muertos, sus diálogos pretenciosos y unas batallas excesivamente ralentizadas en el montaje final.

La liga de la justicia, de Zack Snyder es una revisión de su (pen)último film, que ya señala lo que nos espera desde el mismo título y su duración (cuatro horas) y Ejército de los muertos es una revisión de su primer film (Amanecer de los muertos, que era a su vez un remake de Zombi, de George Romero; que a su vez era una continuación de La noche de los muertos vivientes, primer film del propio Romero).

Ejército de los muertos pretende algo parecido a lo que hizo Romero hace casi 50 años: revisar sus orígenes para demostrar lo que ha mejorado como director, introduciendo una serie de novedades en el universo de los muertos vivientes que, se supone, harán avanzar el género…

En realidad, estamos ante una grosera acumulación de tópicos y giros de guion gratuitos, que tanto apelan a los tradicionales zombis como innovaciones poco digeribles, como hablar de amor y sexo entre ellos, por no citar que una de los protagonistas hasta tiene un hijo zombi: el milagro de la vida y del rigor mortis.

El nuevo niño mimado

Su debut con Amanecer de los muertos (2004), aportó notables diferencias respecto al universo zombi tradicional, cuyas señas de identidad había creado George A. Romero en 1968 con La noche de los muertos vivientes. De hecho, la película de Snyder era una nueva versión de Zombi (1978), el retorno de Romero al universo de los muertos vivientes, en una coproducción con Italia donde aparecen, entre otros, los nombres del productor Dario Argento y el especialista en efectos de maquillaje Tom Savini y, sobre todo, expone una lúcida idea: unos grandes almacenes como símbolo de nuestro modo de vida son el refugio para la población sana… hasta que son invadidos por los zombis. Zombi proponía una metáfora sencilla, pero eficaz.

Un debut con zombis veloces, nada de torpes marionetas, lo que los hacía más temibles, menos previsibles. Mortíferos. Sigue siendo una gran película de terror y, probablemente, para estos cronistas, la mejor película de Zack Snyder hasta el momento.

Su segundo film marcó definitivamente su destino: 300 (2007) era una epopeya histórica donde la cámara lenta, la exhibición de músculo, las peleas alargadas y el retoque digital de todos los planos señalaban la línea que seguiría Snyder al trabajar en el universo de DC Comics (que, lógicamente, buscaba un estandarte para hacer frente al imparable éxito de Marvel en sus adaptaciones cinematográficas de la mano de Stan Lee).

Su tercer título, Watchmen (2009) supone su aceptación total de los modos y los límites del cómic llevado al cine. De hecho, es su tarjeta de visita para ser reclutado como jefe de los proyectos cinematográficos del Universo DC Comics extendido. Es una de sus películas más personales, donde su estilo queda definitivamente marcado: problemas de guion, esteticismo recurrente, grandes efectos digitales, uso de la cámara lenta y pasión por el retoque digital de cada imagen.

Pero, antes de ser absorbido por DC, tuvo tiempo de dirigir una simpática historia de animación, Ga’Hoole: La leyenda de los guardianes (2010), y un relato para adultos en el que mostraba generosamente a sus protagonistas femeninas y su dominio de la cámara, el montaje y los efectos especiales, Sucker Punch (2011) o las chicas del chroma key.

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Con la nueva versión de Superman, titulada El hombre de acero (2013), Snyder ya demostraba que con DC Comics no aspiraba a continuar la línea de sus antecesores y creía más en el autor por encima de los personajes —algo que le había enseñado Christopher Nolan con su trilogía sobre Batman, El caballero oscuro—.

La apuesta por una estética distinta, con unos personajes más oscuros e intelectualizados —al igual que el cine de Nolan—, cuenta con sus defensores y sus detractores… aunque unos y otros acaben admitiendo que las premisas de esos productos son una cosa y el resultado final otra, en el que, lógicamente, el espectáculo digital acaba arrasando con los personajes y sus problemas.

Desde entonces ha sido productor de distintos episodios del Universo DC Comics en cine (Escuadrón suicida, Wonder Woman, Aquaman) al tiempo que ha dirigido algunos títulos clave: Batman vs Superman: El origen de la Justicia (2016), Liga de la justicia (2017) y La liga de la justicia, de Zack Snyder (2021).

Como es bien sabido, Snyder tuvo que abandonar el rodaje del film en 2017 por un problema familiar grave, quedando el film Liga de la justicia en manos de Joss Whedon (un experto en el género de superhéroes, como había demostrado en Los vengadores, precisamente el estandarte de la competencia, Marvel).

Snyder quedó tan insatisfecho con el resultado final que recuperó su guion, añadió escenas nuevas, cambió el formato, remontó todo el material y en 2021 ha presentado «su versión»… que estos cronistas aún no han logrado ver entera: cuatro horas son muchas.

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Problemas del film

Los títulos de crédito son claves para la historia. Este autor de largas duraciones tiene el don de dejarse toda su capacidad sintética en los títulos de crédito, convirtiéndolos en lo mejor de la (de)función. No es la primera vez que le pasa. Y a partir de ahí, cuesta abajo y sin frenos.

En ese prólogo (en el que escapa el Mal y se instala en Las Vegas) y en esos créditos (en los que Las Vegas se convierte en el Universo del Mal, con toda la ironía que puede conllevar asociar el Mal al paraíso del juego, el sexo y las bodas exprés) Snyder ofrece lo mejor de sí mismo y lo más original del film.

En ese planteamiento, el ejército podría ser para Snyder un espejo en el que ver la sociedad americana, bajo la dictadura del dólar y las balas, en las que lo único que importa es el dinero, cómo conseguirlo y sus consecuencias. O la sociedad mundial, porque la misma trama también la hemos visto en Península —otra que tal—, donde también se justificaba la entrada en una zona llena de caminantes por la caza de un botín.

Pero no hay capas, todo es banal y superficial: se reúne a una banda por encargo, como si fuera Ocean’s eleven, y se entra en la ciudad sin ley para reventar la caja fuerte y las cabezas que sean necesarias en este Amanecer de los muertos en el centro comercial de la ludopatía.

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Hasta el minuto 50 del film, nuestro grupo salvaje no entra en Las Vegas inundada de zombis. En el minuto 67 se produce el primer banquete de zombis (subrayado por transcurrir la escena en un banquete, donde los zombis están «dormidos»). Y de ahí hasta el final, mucho ruido y pocas nueces.

¡Cuánto hijo de puta y qué pocas balas! Bueno, pues hay más munición que cerebro en todo lo acaecido. Uno de los mandamientos no escritos del género es que el que venga aporte algo nuevo: y recuerden que Snyder los hizo correr en su debut. Aquí la novedad es que los presenta dormidos, sin mayor justificación; ah, sí, el ruido los despierta: ¿no hacen ruido los voluntarios del exterior? ¿Ni los vehículos y helicópteros que pasean alrededor? ¿Por qué entonces siguen dormidos?

No esperen una innovación tipo Fido (Andrew Currie, 2017), con zombis domésticos para ocupar el sector servicios; o la serie In the flesh (Dominic Mitchell, 2013-2014), con la rehabilitación del zombi, su reinserción social y todos los problemas que ello conlleva. En esta ocasión el bueno de Zack mejora a los zombis en combate: han digievolucionado y los hace superguerreros a golpe de cascos y casquetes.

Bien es sabido por todos que, en una hipotética explosión nuclear, las cucarachas serían las únicas supervivientes. Ahí está su inspiración, en un anuncio clásico de Cucal: el nuevo no-vivo nace, crece, se reproduce, muere, se reproduce, muerde, se pone un casco, muerde, y si vas bien de puntería, muere y desaparece. Cuando has llegado a ese punto, tú lo quieres es que te coma el tigre.

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Porque sí, entre los zombis evolucionados también hay un tigre, o medio, capaz de matar y comer humanos. Aunque es selectivo… cosas del guion.

Pero nada comparado con ese maravilloso casco metálico que se pone el líder de los zombis para que no le vuelen el cerebro. A partir de que se lo coloca, todas, todas las balas dan el casco. Ni una en el pie, el estómago, el hombro o la boca del líder zombi. Nivel de puntería: soldado imperial.

Y hablando de innovaciones, ese líder está emparejado con la lideresa zombi. Y, atentos, ella está embarazada. Sí, como lo leéis. La muerte del bebé zombi (técnicamente, un aborto) y de su madre (no muerta) provoca la ira de líder de los zombis que, montado en un caballo (no sabemos si zombi o no) se lanza a dirigir el ataque contra los humanos en un paisaje devastado… Exacto, igualito que César en El amanecer del planeta de los simios (Matt Reeves, 2014).

Como último apunte sobre el guion, un detalle acerca de la presencia de una joven voluntaria que se dedica a salvar humanos que merodean por Las Vegas, antes de que se lance la bomba al día siguiente. Es la hija del cabecilla del grupo salvaje. Así, porque lo dice el guionista. Pacifista, concienciada y torpe. Pero capaz ella sola de adentrarse en mitad de la guarida zombi, descubrir donde se ocultan las dos rehenes (¿zombis que hacen rehenes?) y salvarlas. Empoderamiento puro y duro. Con un par.

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Comparado con un Don Nadie

Tomando ejemplos de la cartelera actual, hay un título que puede servir perfectamente para valorar las limitaciones del último film de Zack Snyder: Nadie (Ilya Naishuller, 2021).

Nadie y Ejército de los muertos tienen algunos puntos en común. Pero la comparación entre ambos da una buena idea de la distancia que hay entre un don Nadie (el desconocido Ilya Naishuller) y alguien que se cree un absoluto genio en todo lo que hace (Zack Snyder).

Ambas comparten un inicio muy brillante: Naishuller usa un montaje inteligente, vibrante, jugando con la repetición de las rutinas diarias del protagonista, algo que analiza extraordinariamente Marcial Moreno en un artículo de esta revista. Por su parte, Snyder cuenta una gran historia durante el prólogo y los créditos: cómo escapa del ejército el paciente cero en un torpe accidente en Las Vegas y cómo la ciudad se convierte en el último reducto zombi, rodeado de contenedores para evitar que escapen.

Ahí acaban las similitudes.

A partir de ahí, Nadie apuesta por el humor, la ironía, las escasas explicaciones y una trama concisa y controlada: un antiguo matón del FBI (o cualquier otra agencia) regresa a su trabajo tras años escondido bajo la fachada de un contable; como los rusos la emprenden con él, él acaba con todos los rusos. Fin.

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Por su parte, Ejército de los muertos usa el humor, pero con escasa gracia, abusa de las explicaciones, se regodea en los asesinatos y matanzas, no acaba de tener clara qué historia quiere contar (porque las subtramas abundan), tiene además tendencia al esteticismo gratuito (exceso de planos con contraluces o con el sol en el encuadre), busca un final feliz a toda costa (y en contra de la lógica narrativa), se regodea en el mensaje final conciliador entre padre e hija (olvidando la credibilidad de lo que muestra) y se alarga en todo, con ese problema heredado de Tarantino y, sobre todo, de Peter Jackson, que algunos han bautizado con elefantiasis: más grande, más espectacular, más largo… y más tedioso.

La coreografía de las peleas es otro punto que las distingue: pasado el primer arreón de acción pura y dura en el autobús, Naishuller apuesta por la música irónica, por la exageración (ese disparo que acaba con tres enemigos alineados a la vez: la bala atraviesa las tres cabezas), todo subrayado por canciones que aportan ironía, contraste, reducen la carga de violencia y genera un aire de danza en todo el conjunto: alguna escena de La naranja mecánica (Kubrick, 1971) quizá haya podido servir de inspiración.

Por su parte, Snyder se regodea en la sangre, en el ejercicio de virtuosismo con la cámara, sin avanzar en la narración: una y otra vez asistimos a matanzas de zombis que podrían ser menos previsibles, menos rutinarias y, sobre todo, menos largas.

Y llegamos al final, ese momento clave en el que algunos films acaban por destrozar todo lo que habían construido a lo largo del metraje.

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Nadie acaba con un breve epílogo en el que el protagonista y su mujer buscan una nueva casa, lejos de su anterior residencia; la vendedora que les atiende recibe una llamada; sorprendida, le pasa el teléfono a nuestro experto liquidador: «Es para usted». Ni una palabra escuchamos, pero sabemos que, esté donde esté, su compañía (el FBI o cualquier otra) le ha encontrado. Su esposa, conocedora de lo que les espera, sólo pregunta a la vendedora: «¿Tiene un buen sótano?», en alusión al asalto a su anterior hogar, donde los niños y ella resistieron escondidos en un sótano blindado.

Corto. Eficaz. Irónico. Abierto a una continuación.

El final de Ejército de los muertos estira una vez más el chicle: hay una bomba atómica, pero quedan supervivientes gracias a un helicóptero que se pasea por allí; todo ello seguido por un interminable diálogo entre padre e hija para forzar una reconciliación entre ambos, aunque ya sabemos cómo va a acabar puesto que las heridas acabarán convirtiendo en zombi a uno de ellos. La historia se repite. Y el otro personaje aprende.

Un final forzado que busca la lágrima fácil. Retrasa lo inevitable mucho más tiempo de lo aconsejable… y todo ello protagonizado por supervivientes de una bomba atómica lanzada sobre Las Vegas gracias a que se han escondido en una cámara acorazada (¿en serio?) o han huido unos metros con un helicóptero.

¡Sería una gran comedia, pero se toma en serio!

Epitafio

La avaricia rompe el saco. Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas. Y si piensa que esta crítica está llena de tópicos, no se moleste en ver la peli de Snyder, mucho mejor el futbolista que el genio del entretenimiento.

Escriben Israel Pérez y Mr. Kaplan 

Más información sobre Zack Snyder:
La liga de la justicia, de Zack Snyder 

  

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