La liga de la justicia, de Zack Snyder (1)

  03 Abril 2021

Era casi imposible mejorarla

liga-justicia-0El subtítulo de esta crónica tiene una referencia dual: por un lado, señala la dificultad de hacer buenos los mimbres que Zack Snyder heredó de Josh Whedon —o quizá, que Whedon heredó de Snyder, remozados por segunda vez en esta última versión del desastre—, y que más valdría haber condenado al olvido definitivamente para construir un guion consistente.

Por el otro, quiere señalarse que la crítica que hizo nuestro compañero Ferrán Ramírez contenía ya todo lo que se podía decir de la película, antes y ahora. En casi nada mejora esta versión a la anterior porque ambas son desarrollos rutinarios, planos, infantiles y lo que es peor... reiterativos y, por tanto, aburridos. Este es el peor pecado que puede cometer una película de superhéroes, sobre todo si,  para colmo de males, dura cuatro horas.

Esta nueva versión aparece hinchada, trufada de esteroides, rebozada en mal CGI, ahíta de poses y posturitas de los personajes con la barbilla levantada, los hombros hacia atrás y el pecho hacia delante, oscurecida, saturada de una slow motion innecesaria y cansina, y un recurrente acompañamiento musical propio para cada personaje —como si fuera un coro griego— que, al no pasar desapercibido por lo insistente, resulta postizo y casi chistoso. Snyder ha padecido siempre de elefantiasis estética, pero en esta película se ha superado.

El director de 300 ha añadido una gran cantidad de metraje, sobre todo con intención de mejorar el arco dramático de algunos personajes, como es el caso de Cyborg, que en la anterior entrega era un personaje completamente anodino. El resultado es más que discutible, porque no puedo encontrar casi nada en estos añadidos que resulte en una mejora sustancial —y no superficial— del contexto de cada uno de los héroes.

Nada hay en la historia de ausencia paterna de Cyborg que no hayamos visto en cientos de filmes de sobremesa. Nada verdaderamente ocurrente en el comic relief que representa Flashotro protagonista con padre ausente, por motivos distintos, pero no menos tópicos—, del que incluso se han permitido eliminar una de las escenas que más me gustaba en la versión anterior, el famoso certamen con Superman, con lo que nos quedamos sin saber el desenlace.

Tampoco hay apenas sustancia en la impostada melancolía de Bruce Wayne, protagonista que ni siquiera resulta brillante en su versión enmascarada. Y digo brillante por lo inteligente: aunque se suponga que Wayne es un tipo con un cociente intelectual que rompe las estadísticas y destaca en su planificación estratégica y su habilidad detectivesca, aquí se comporta muchas veces como alguien espeso y poco espabilado.

Abundan las escenas ridículas en lo argumental: Wayne intentando arreglar una supernave que sus ingenieros son incapaces de hacer volar, con la ayuda de una sola llave inglesa. También, en determinado momento, decide comprar un banco entero para evitar un desahucio, cuando le bastaba con adquirir la casa. Como para darle un aspecto humano, Cyborg decide manipular un cajero automático para ayudar a una madre en apuros. A Flash no se le ocurre otra cosa que conseguir un puñado de mal remunerados trabajos basura para poder pagarse una súper guarida, cuando le bastaría convertirse en el más eficiente gestor de mensajería internacional y hacerse de oro. Pero lo peor es que los poderes y apariciones de los superhéroes son usados como Deus ex-machina más allá de lo necesario.

Lamentablemente, también tenemos graves reparos que poner en lo estético: una serie de pescadoras cantoras islandesas despidiendo a Aquaman, que en determinado momento se harta de whisky antes de sumergirse en el agua... ¡y tira la botella al mar! Algunas escenas de Flash están tan mal coreografiadas que Ezra Miller tiene que agitar sus brazos para simular una cámara lenta que, por una vez, tenía razón de ser en pantalla. El exceso de pirotecnia, el oscurecimiento deliberado al que Snyder ha sometido toda la película y lo poco cuidado del CGI, hacen difícil saber qué está pasando en pantalla en casi todas las escenas de lucha.

En este sentido, uno tiene la sensación que se ha fiado todo a la espectacularidad —incluida esa extraña querencia por el formato 4:3, cuando la película se iba a ver en casa, y no en formato IMAX— y se ha olvidado absolutamente todo lo que tenía que ver con el diseño argumental. El problema sobreviene cuando ni siquiera esa parte del filme cumple con lo que se esperaba de ella, y nos encontramos con una historia lineal, epidérmica y un aspecto visual sobrecargado, mareante.

Un plato de difícil digestión.

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¿Pero tiene algo bueno está versión?

Si hay algo que pueda reconocerse como virtud a la Liga de la justicia, de Zack Snyder es que esté dividida en capítulos, para poder tragársela en píldoras de una hora.

En un sentido creativo, es cierto que la historia del revivido Superman es casi  lo único que tiene un valor añadido en la modificación del corte original. Quizá sea porque Henry Cavill es un hombre de acero creíble, que llena la pantalla con su presencia, y que ahora no aparece retocado digitalmente para borrarle el bigote —aunque en la eliminación de la escena más cantarina se ha perdido un interesante diálogo con Batman— además de llevar un traje negro del cual, por cierto, no se da la justificación necesaria: dado que Kal-El obtiene su energía del sol, el color negro le ayuda a recuperar antes sus menguadas fuerzas.

La historia de su muerte y resurrección es más o menos digna. Las escenas con Lois —una muy desaprovechada Amy Adams, la mejor actriz del reparto—, son muy emotivas, del mismo modo que lo es el reencuentro con su madre, una Martha Kent perfectamente encarnada por Diane Lane.

Y en lo que respecta a la escena añadida, más esbozada que resuelta, y vinculada argumentalmente al videojuego Injustice... hay que reconocer el atrevimiento que supone desafiar todos los cánones y ver a Superman de villano.

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Uno de los elementos comunes a la resurrección del hombre de acero y su transformación en némesis de la Liga, es el temor que este despierta entre sus integrantes. Un temor justificado, dada su casi total invencibilidad y su fuerza insuperable, de la que no sin razones advertía Luthor en cada una de sus diatribas contra el semidiós kriptoniano.

Lamentablemente, es también muestra de lo artificioso de la construcción de los personajes en esta saga cinematográfica -algo que no sucede en los cómics-, dado que estos pasan de lo sublime a lo abyecto sin solución de continuidad a lo largo de tramas muy superficiales.

Al fin y al cabo, esto no representa más que el síntoma de un carácter infantil: esta versión de los héroes parece inspirada en niños caprichosos que no pueden controlar sus impulsos emocionales y se dejan llevar por la ira o la desesperación, como si la inmadurez estuviera vinculada de un modo irrenunciable al poder absoluto.

Ya lo decía Wonder Woman en una escena eliminada que aparecía en la anterior versión de Whedon, refiriéndose a Superman y Cyborg: «Niños. Trabajo con niños».

La serie The Boys ha tratado este mismo tema con más seriedad. El problema de La liga de la Justicia es que ni siquiera ha parecido reparar en esta contradicción esencial —y potencialmente fructífera— de su propio argumento.

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Con todo, la escena apocalíptica final es lo más interesante del filme. Juega con diversos sobreentendidos, recupera a un sugerente Joker y también está estéticamente lograda: de hecho, su culminación elude mostrar el rostro de la amenaza, simplemente sugiriendo su llegada, creando una atmósfera de terror sostenido que se quiebra perfectamente en un cambio de escena.

Si es cierto que esta es una secuencia original de Snyder, hay que reconocer que resulta muy distinta a todo lo que habíamos visto a lo largo de cuatro horas.

¿Será cierto entonces que el autor de 300 tuvo poco que ver en el desarrollo de todo lo anterior?

Quizá nunca lo sepamos. Lo cierto es que La liga de la Justicia merece pasar al olvido en cualquiera de sus versiones. Los héroes de DC siempre han merecido algo mejor. De momento, es evidente que Marvel los barre en todos los sentidos.  

Escribe Ángel Vallejo


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