Greenland: El último refugio (2)

  12 Octubre 2020

Tras los pasos de Roland Emmerich

greenland-0En este inicio del otoño sin monstruosos estrenos dirigidos a arrasar en taquilla —recordamos que James Bond y otras sagas han aplazado su cita hasta 2021—, casi cualquier título que se sale de la normalidad resulta de agradecer. Y esta producción de Gerard Butler no es exactamente original, aunque tampoco convencional.

Se queda a mitad de camino, en todos los sentidos.

Greenland juega con dos tramas en paralelo: por un lado, la Tierra corre peligro, porque un asteroide se dirige a chocar con nosotros y es muy probable que acabe con casi toda la vida humana conocida; por otro, una familia en crisis, con separación de padres por medio, lucha mantener una unidad que puede permitirles salvarse todos juntos del desastre.

Nada nuevo hasta aquí. Cierto.

Ambas tramas paralelas son de sobra conocidas, sobre todo en un cine de ciencia ficción con conciencia ecologista o política. Veamos algunos ejemplos.

El mundo se acaba

El fin de la Tierra por un choque de colosos ya fue tratado por la gran ciencia ficción de serie B en los años 50.

Al margen de distintas invasiones marcianas, era el eje central de Cuando los mundos chocan (1951), de Rudolph Maté. Vista hoy, un título bastante primitivo, pero simpático y, como la mayoría de los títulos de la época, se vislumbra un intento de discurso político acerca del enemigo, «el de fuera», que entronca con la Caza de Brujas del senador McCarthy.

En la época de oro del cine de desastres (El coloso en llamas, Terremoto…) también el meteorito dispuesto a acabar con los humanos tuvo su película.

Se trata de Meteoro (1979), de Ronald Neame (experto en la materia tras dirigir La aventura del Poseidón), donde Sean Connery renegaba de James Bond para ponerse en la piel de un científico norteamericano que ayudaba —y se ligaba— a una traductora rusa (Natalie Wood, nada menos) para que Estados Unidos y Rusia trabajaran juntos en la eliminación del dichoso meteorito que se acercaba a la Tierra.

Sí, eran tiempos previos a la caída del muro de Berlín.

Y lo de colaborar era, eso, ciencia ficción.

En 1998, dos títulos coincidieron en las pantallas con versiones más o menos distintas del choque de un meteorito (o asteroide, ahora no recuerdo) en la Tierra: Deep Impact (de Mimi Leder) y Armageddon (de Michael Bay).

Pese a que la primera apostaba por la vena intimista y los conflictos personales frente al desastre, y la segunda era un ejemplo perfecto de blockbuster (ya saben, cine veraniego con muchos efectos especiales y poco guión), en el fondo no eran tan distintas y ambas basaban su eficacia en las técnicas digitales, cierto «buenismo» por parte de los protagonistas, alguna lágrima por sacrificios necesarios y un reparto que parecía la ONU (ya saben, tiempos en que lo políticamente correcto ya asomaba la nariz en las pantallas).

Y en el siglo XXI ha habido incluso visiones intimistas del tema, como esa Melancolía (2011), de Lars Von Trier, o dos aportaciones del cine español: Tres días (2008), de Javier Gutiérrez, y un título de episodios poco conocido, con cinco directores, entre ellos Javier Fesser, titulado significativamente Al final todos mueren (2013)… del cual no vamos a hacer ningún otro spoiler.

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Deep Impact 2020

La versión de Gerard Butler bebe sobre todo del film de Mimi Leder: vecinos del mundo que se lanzan a las carreteras buscando no se sabe qué, algo de saqueo en las ciudades, impactos selectivos aquí y allá, alguna lágrima y si quieren saber el final… vayan a verla.

La película es una apuesta personal del productor-protagonista, que ha contado para la ocasión con el director Ric Roman Waugh, con quien ya trabajó en Objetivo: Washington DC, tercer episodio de la saga iniciada con Objetivo: La Casa Blanca y continuada con Objetivo: Londres. Puro cine de músculo al estilo de los 80. Sin mayores ambiciones.

Del director también conocíamos El mensajero, con Dwayne Johnson, que no era una más de musculitos, sino que jugaba cierta la baza de una cierta denuncia con un «papá Coraje» que… bueno, tampoco era para tanto.

En Greenland conviven dos películas: la intimista y la comercial. Eso ya lo sabemos.

Pero lo elegante de la función es el código que utiliza Roman Waugh. Digno de mención.

Cámara a mano, pegada al protagonista (Butler), sin profundidad de campo, con desenfoques puntuales durante toda la parte intimista, que se desarrolla sobre todo en la primera media hora: conflictos con su trabajo, con su familia, con sus amigos cuando recibe el aviso del Gobierno…

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Una filmación arriesgada que contrasta visualmente con los momentos en que van apareciendo (oportunamente, deberíamos decir) los fragmentos del asteroide aquí y allá.

En esos momentos típicos de cine comercial abundan los planos generales, con trípode. Todo muy nítido y enfocado.

El mensaje no puede ser más claro: estamos en la peli de catástrofes y, por tanto, deben lucir los efectos digitales. Que cuestan una pasta, señores.

Curiosamente tanto la doble trama como la forma de filmarlas toma ideas de dos títulos sobradamente conocidos: El día de mañana y 2012, ambas dirigidas por Roland Emmerich, un alemán afincado en Hollywood que, éste sí, es muy dado a los mensajes políticos encubiertos (o directamente soltados a bocajarro, oigan).

Ejemplos de cómo se las gasta Emmerich para enarbolar la bandera americana (aunque la ONU colabore en el reparto de sus desastres, por aquello de lo políticamente correcto) son Independence Day, Godzilla, El patriota, Asalto al poder y las dos citadas, El día de mañana y 2012.

Sin duda, Emmerich es más americano que la Coca Cola y que cualquier nativo de Iowa.

El conflicto familiar (con el padre separado, momentáneamente, de la madre y el hijo), que ha servido de base para la primera parte del film, propicia un viaje juntos, para buscar la salida y es en ese viaje cuando la película tiene realmente problemas… sobre todo de guión.

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Otro 2012 en 2020

Tomando como base algunas ideas de Emmerich en 2012, en especial la existencia de bases especiales de los distintos gobiernos mundiales para salvar a los elegidos, Greenland es en su segunda mitad un viaje a una de esas bases.

Primero, por la vía rápida. A Butler —que para eso es el prota y el productor— le ha tocado la lotería y es uno de los elegidos para acudir a un refugio junto con su familia.

Sin más explicaciones. Con dos cojones.

Pero como llegar y besar el santo no tiene gracia, la familia se va disgregando por distintos motivos, entre ellos el secuestro de uno de los componentes o las medicinas que hay que recoger o cualquier otro motivo escasamente justificable.

Así que separados y cada uno por su lado… si no hay familia unida, ¿habrá final feliz?

Vaya pregunta. Claro.

Eso se resuelve en dos líneas de guión.

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Ese afán de buscar una solución, un final feliz, castiga duramente la credibilidad del guión: personajes que se separan y, deus ex machina, vuelven a juntarse; imposibilidad de disfrutar del honor que le han concedido (viajar en aviones oficiales); malos que no lo son tanto; oficiales de cualquier tipo con buen corazón… el catálogo que ofrece el guión es para echarse a temblar.

Pero… ¿llegarán a la Tierra prometida?

Esa Tierra Verde, ese último refugio del título español (por si no estaba claro), lógicamente es Groenlandia… el último reducto de la Tierra.

Pero el mensaje no es ecologista (ahí le gana la partida El día de mañana), ni siquiera se plantea censurar la actitud del Gobierno, un terreno en el que le gana la partida 2012 (aquí apenas unas manifestaciones a la puerta de unos aeropuertos o puntos de recogida de los Elegidos), ni siquiera hay malvados que intenten aprovecharse de los demás (algún plano general de masas desbocadas, pero porque no saben, pobrecitos)…

¿Entonces no hay mensaje político? Pues más allá del sorteo fantasma, poca cosa.

Casi todo se subordina a la Familia. Ya se sabe: la familia unida jamás será vencida.

Y a ello sacrifica la película el papel de la amenaza exterior, cuyo simbolismo deja pronto de ser interesante y pasa a ser anecdótico.

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Por si fuera poco, al final cae en la tentación de mostrar imágenes tópicas de los efectos del asteroide: ¿o no es un tópico ver una imagen de la torre Eiffel medio derruida? (uy, perdón, casi se nos escapa el verdadero final).

En ese duelo entre intimidad y espectáculo, Butler prima la trama familiar… aunque acaba echando mano del espectáculo puro y duro para intentar funcionar en taquilla.

Aunque tampoco es que haya arrasado.

Luce en pantalla Gerard Butler en un papel hecho a su medida. Luce menos el resto de su familia (por algo es el productor). Pero se echa a faltar un mayor rigor, más pasión en esa carrera y, sobre todo, una mayor credibilidad en el sistema propuesto para salvar a los elegidos… en ese sentido, le vuelve a ganar la partida 2012.

En fin, la sombra de Emmerich es alargada…

Escribe Mr. Kaplan  


Más información sobre Gerard Butler y Ric Roman Waugh:
Objetivo: La Casa Blanca 
Objetivo: Washington DC 
El mensajero 

 

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