Cry Macho (1) / (3)

  18 Octubre 2021

 

En la revista Encadenados no solemos publicar dos críticas de un estreno. Pero la última película de Clint Eastwood ha dividido a la redacción: a unos no gusta nada y a otros les parece un buen film. Por ello, hemos decidido publicar dos críticas juntas, cada representa una de esas posiciones: Marcial Moreno en contra y Enrique Fernández a favor del film.


 Cry Macho (1)

¿Qué necesidad había?

cry-macho-0Clint Eastwood ha vuelto a cambiar de registro, y estamos tentados de decir qu,e por última vez, pues la biología siempre acaba pasando al cobro sus facturas, aunque se demore tanto como en este caso. Que a los noventa y un años vuelva a ponerse delante y detrás de la cámara es en sí mismo un acontecimiento. Otra cosa son los resultados.

Parece que, tras renunciar al arquetipo que había construido a lo largo de casi toda su carrera, el vaquero (con pistolas o sin ellas) que va desgranando el tiempo que le toca vivir, había descubierto un filón que le estaba dando unos resultados más que interesantes, esa elegía a los héroes anónimos de su país, héroes a su pesar, quienes basan su heroicidad en el cumplimiento del deber, en la persistencia en hacer las cosas bien sin esperar a cambio otra recompensa que la íntima satisfacción. La argamasa sobre la que se ha ido construyendo la cara más mítica del gigante americano.

Y ahora nos encontramos de nuevo con el vaquero, crepuscular a la fuerza, dispuesto a contarnos por enésima vez la historia tantas veces repetida. Tal decisión no prejuzga nada, pero los resultados no están a la altura ni de su prestigio ni de las mejores obras que el género nos ha brindado.

Empecemos por lo obvio. Un vaquero de noventa y un años no es un vaquero envejecido, es un anciano que a duras penas se mantiene en pie. Podemos añadir todos los tópicos que se quieran (la mecedora, aquí hamaca, el crepúsculo…) pero ya desde el primer plano comprendemos que Eastwood ya no está para esos desafíos; no nos lo creemos. Y a partir de ahí todo viene rodado, hacia abajo. Las costuras de la película van a resultar demasiado evidentes.

Al resto de personajes nos referiremos más tarde. Por ahora hay que reparar en que la mera idea es de una endeblez escandalosa. Encomendarle a un provecto nonagenario el encargo que no pudieron completar otros enviados (eso lo sabremos más tarde) suena a broma. (Da igual. Allá que se va la antigua estrella del rodeo).

Antes nos lo ha definido con dos brochazos: pastillas, alcohol, caballos de segunda, trofeos y fotos de tiempos mejores… No falta ni un tópico. Bueno, sí, uno, pero no tardará en aparecer… Un pasado. En este caso una mujer y una hija muertos en un accidente de tráfico y… nada más. Ahí acaba la referencia.

Desde ahí una road movie al uso. Dos individuos distantes (edad, nacionalidad, intereses) enfrentados incluso en un primer momento, que acabarán encontrándose a medida que el camino les vaya presentando sus dificultades. Nada nuevo para el género ni para la propia película, ya que desde el primer momento ha quedado meridianamente claro lo que va a ocurrir, desarrollándose con la rutina más cansina.

Para que aquello coja un poco de consistencia se recurre a elementos ajenos a la propia trama, o añadidos desde fuera sin que vengan exigidos por la lógica narrativa. Es el caso ya señalado de la extinta familia de Mike (Eastwood), referencia que debería otorgarle un aire trágico pero que apenas lo roza, o las reflexiones existenciales del niño aficionado a las peleas de gallos, asaltado por una profunda autoconciencia por momentos (fugaces). No es que no pueda ocurrir, pero cierta sorpresa sí que causa, y tampoco se ve muy bien hacia dónde conduce, porque el personaje no resulta muy enriquecido con ello. O los malos tratos sufridos por el niño, con esa madre tan desequilibrada. No cabía esperar menos.

Hay más elementos que rozan el bochorno, como la vena educativa del vaquero cuando no permite que se le sirva alcohol a Rafo (impagable la actitud, compungida y a la espera, del camarero), o, si no, los niños sordomudos: ¿Sordomudos? ¿Por qué? ¿Para acentuar la incomunicación que ya estaba más que recalcada con la diversidad de lenguas? En fin…

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En toda road movie el camino ha de ir presentando dificultades, y aquí las hay, pero se resuelven de un plumazo. Que hace falta un coche, pues se coge uno, que parece que estaba allí esperándolos con las llaves puestas, y ya está. No hay que preocuparse de que lo busquen ni de que lo tengan identificado, no va a ocurrir nada. Otro tanto cabría decir de los controles policiales, que se salvan con una facilidad pasmosa, incluso cuando llegan a ser detenidos. Los federales, por su parte, son de una candidez enternecedora: Basta con girar el cartel que pende de la puerta indicando que está cerrado para alejarlos.

Pero aún con todo, la palma se la lleva el malo que los persigue. Su torpeza no desmerecería a la de los que conocimos en aquellas películas del cine mudo en las que acababan llevándose todos los golpes. Cuando parece que los tiene atrapados, nuestros héroes dan media vuelta tranquilamente y se van por otro camino (tal vez porque Eastwood ya no está para escorzos o carreras), y si no, se recurre a paisanos que le darán su merecido, como si de un ejército de zombis en marcha se tratara. O en último extremo, en fin, se puede apelar al gallo, que ataca y vence, cual perro de presa, a quienes pretenden hacer daño a su dueño. Sí, un gallo defensor.

Por si no fueran suficientes tópicos debemos asistir, entre asombrados y avergonzados, a la súbita fortaleza del cowboy para domar al caballo salvaje, y también a la facilidad con la que aprende a montar su pupilo el caballo recién domado. Todo es posible en el lejano oeste.

E historias de amor adolescente (otro injerto a mayor gloria no se sabe de qué) y madura. Bueno, no, mediana edad con muy maduro. En otro tiempo la buena planta de Eastwood habría hecho que lo creyéramos, pero a estas alturas… no.

La elección y construcción de los personajes contribuye al desastroso resultado final. Al margen de Eastwood, a quien le apetecía, parece ser, una nueva incursión en su leyenda, el papel del niño se le confiere a un actor sin ningún encanto. Tiene que transitar de la maldad a la inocencia, de la rudeza al cariño, y es incapaz de dar unidad a tales exigencias, amén de que en ningún momento percibimos química alguna entre los compañeros de viaje, más allá de las frases que los guionistas les obligan a pronunciar.

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La dueña del bar, por su parte, carga como puede con el enamoramiento geriátrico que se le pide, y sus nietas (padres muertos, más dramas), a pesar de su vida complicada, tienen a flor de piel la bondad que se espera de ellas.

Con todo quien más destaca es el padre de Rafael. Pasa de ser el malvado empresario que se quita de encima al viejo vaquero, sin ahorrarse ciertas dosis de crueldad, al amigo que le salvó la vida cuando lo necesitó, al mafioso que sólo quiere a su hijo para utilizarlo como moneda de cambio en sus intereses económicos, a, por fin, el amoroso padre que lo acoge. Una cosa detrás de otra sin molestarse en dar explicación alguna. ¿Nos gustan los personajes contradictorios? Pues a ver quién supera a éste.

La misma desidia en la construcción de la trama se puede observar en la manera de filmar. No es clasicismo, es amaneramiento, es caer en la rutina a la espera de que por sí sola salve el producto.

La escena en la que la turba popular acorrala al perseguidor es lamentable, y de la facilidad con la que una y otra vez escapan ya hemos hablado. Pero es que encima hay que soportar caritas compungidas, musiquitas empalagosas y diversos rayos de sol colándose por oportunas grietas: atardeceres, crepúsculos… el final de la vida… Qué menos. Y por supuesto el mensaje: ser macho no compensa (en realidad parece un intento de hacer de la necesidad virtud, porque bien que los salva el gallo macho cuando hace falta).

Todo parece una parodia, si no fuera porque también parece, a la vista de la película, que todo se toma muy en serio. Nos empeñamos en salvar el prestigio del cine de Eastwood, en reconocer los instantes mágicos que nos ha legado, pero aquí no hay manera. Mejor reconocerlo y asumirlo que insistir en defender lo indefendible.

Escribe Marcial Moreno

  

Cry macho (3)

Todo un ejemplo de buen envejecer

cry-macho-0aQuiero empezar subrayando que la canción de apertura es un aspecto importante de la película, ya que resalta y presagia muchos de los puntos principales de la trama. De título Find A New Home (Encontrar un nuevo hogar), de Will Banister, tiene una melodía nostálgica acompañada de guitarra acústica y voces graves, típicas del género clásico Country / Western. La letra se centra en un personaje que ha cometido muchos errores en el pasado y se encuentra solo. Evoca una triste sensación de nostalgia, pero cada verso concluye con la línea esperanzadora: «Nunca es tarde para encontrar un nuevo hogar»:

Estamos en el año 1978, en Texas, cuando Mike Milo, una vieja gloria del rodeo estadounidense, criador de caballos retirado y alcohólico (Clint Eastwood), acepta, a modo de devolución de un favor hacia su antiguo jefe Howard Polk (Dwight Yoacam), traer a su conflictivo hijo pequeño Rafo (Eduardo Minett) desde México, de vuelta a casa, en Texas, para alejarlo de su madre, Leta (Fernanda Urrejola), una mujer de conducta irregular y drogadicta; aunque luego veremos que hay por parte del padre otros intereses económicos.

Ambos, el vaquero y el jovencito acaban encontrándose, no sin enredos y problemas, envueltos en una inesperada aventura que no olvida el amor con la mujer mexicana Marta (Natalia Traven), que incluye a sus nietas y un apacible hogar para el guerrero cansado.

Este título tuvo varios intentos de rodarse, pero ninguno fructificó. Finalmente, el antiguo guion que ya existía, retocado y cambiados muchos diálogos, ha visto la luz. Eastwood dijo que la película trataba sobre: «un hombre que ha pasado por algunos momentos difíciles en su vida y luego, inesperadamente, otro desafío se pone en primer plano. Normalmente nunca lo haría, pero es un hombre de palabra. Él sigue adelante y empieza su vida de nuevo». La campaña de marketing de la película comenzó el 5 de agosto de 2021, cuando se lanzaron algunas imágenes, el póster de estreno en cines y un tráiler.

Película, en fin, un tanto minimalista y abiertamente naíf, que responde a la deliberada mirada ilusoria y enaltecida de la frontera como lugar sosegado y de gloria, donde no se escuchan disparos, donde cabe esperar una dosis apreciable de humanidad, de principios y de generosidad. El filme es el anhelo y también el sueño de un nonagenario que busca el cielo en la Tierra; también la redención, lo cual no es nuevo en la filmografía de Clint.

Una historia humana

Mike y Rafo son los dos personajes principales, cada cual con sus desgarros. Mike perdió a su mujer e hijo en un accidente de tráfico y se vino abajo, dándose a la bebida y los tóxicos hasta tocar fondo. Rafo es un niño olvidado de su madre y golpeado en su propia casa, que se busca y se las arregla en la vida a su manera: robando, peleas de gallos, etc.

Personajes rotos en una road movie con moraleja, una historia en la que «Eastwood juega a desvelar esta vertiente tierna de sus personajes fuertes a partir de un patrón dramático recurrente en muchos de sus filmes: el desarrollo de una inesperada relación paterno-filial entre su personaje y otro con el que no guarda vínculos de sangre» (Iglesias). De hecho, Mike ejerce de figura protectora del muchacho perdido y abandonado por su padre e ignorado por su madre; a su lado, el joven empezará a encontrar su lugar en el mundo.

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Mike Milo apenas tiene pasado —solo una foto antigua, el recuerdo de un duelo—, como si Eastwood quisiera filmarse como un cuerpo a punto de extinguirse, pero conjugado en presente. «Un espectro que sestea en una película con microconflictos que se resuelven, a menudo repentinamente, al borde de la (auto) parodia, con un laconismo pragmático» (Sánchez). Desafiando siempre la lógica del relato, simplificándola al máximo, porque lo que le importa e interesa a nuestro director a estas alturas es sencillamente, como decía al principio, encontrar un paraíso posible.

En su viaje, Mike se interioriza de la cultura mexicana y le explica al joven la interpretación errática de los valores que vivió en su época joven, reelaborando su cosmovisión y cuestionando su propia educación. Esta conversación es la visión de un anciano sobre la vida, sus opiniones y sus juicios sobre asuntos diversos y complejos. Por ejemplo, sobre el ser macho (como el gallo del joven) de lo cual afirma: «eso de ser macho está sobrevalorado; todos se hacen los machos para demostrar que los tienen bien puestos, al final, para nada».

O cuando se refiere al conocimiento de las verdades y, refiriéndose a su juventud, dice: «como todo en la vida, te crees que tienes todas las respuestas y cuando eres mayor te das cuenta que no tienes ninguna». O la sentencia inapelable de que: «todos tenemos que tomar decisiones en la vida», para indicarle al joven que él habrá de tomar las suyas.

Reparto

Sobresale un Eastwood icono ya de la pantalla, sobrio, de mirada aguda y llamando y llenando pantalla. El muchacho Minett, aunque algún crítico no lo valora bien, yo lo veo magnífico y expresivo; un muchacho que viene de trabajar en series mexicanas de televisión y acierta a interpretar verazmente el rol de adolescente agraviado y lastimado en su propia casa, que aprende a estar y a querer a su protector Mike. La Traven es la musa descubierta por Clint que está muy acertada como madre coraje y a la vez mujer hermosa, a pesar de su edad, con la que el protagonista encontrará amor y consuelo.

Dwight Yoacam (cantante también) en su breve participación actoral está más que correcto. Fernanda Urreola hace un buen trabajo como Leta, la madre errática y poco recomendable para el hijo.Y acompañan actores y actrices eficientes y profesionales como Sebestien Soliz, Horacio García Rojas, Daniel V. Graulau, Ana Rey, Britnee Ratledge, Paul Lincoln Alayo, Alexandra Ruddy, Amber Lynn Ashley, Joe Scoggin, Elida Munoz, Abiah Martinez y Ramona Thorton.

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Dirección, guion y aspectos técnicos

Magnífica la dirección Clint Eastwood que tiene un buen libreto de N. Richard Nash y Nick Schenk, adaptación de la novela homónima de Richard Nash, de finales de los 70, época en la que está ambientada la película que es un antiguo proyecto que Eastwood tenía pendiente de décadas atrás.

De nuevo un viaje a la frontera con México (recordamos Mula, 2018), en que acierta a ofrecer una mirada exótica del vecino del sur con narcos, prostitutas, policías corruptos, comida picante y mujeres coraje.

Gran puesta en escena, buena la música de Mark Mancina y una estupenda fotografía de Ben Davis con exteriores rodados en Albuquerque, Nuevo México, el Condado de Socorro y la filmación que tuvo lugar en Belén, con el restaurante Montaño's, convertido en un café para el rodaje.

El equipo creativo incluye al director de fotografía nominado al BAFTA Ben Davis (Tres anuncios en las afueras, 2017); el diseñador de producción Ron Reiss (Mula, 2018); el montador ganador del Oscar Joel Cox (Sin perdón, 1992), que ha realizado la mayoría de las películas de Eastwood; el montador David Cox (Juego de ladrones: El atraco perfecto, 2018); Albert S. Ruddy, Tim Moore y Jessica Meier son los productores de la película, con David M. Bernstein como productor ejecutivo.

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Anécdotas contadas por Eduardo Minett

Eduardo Minett, el joven actor que encarna a Rafo, el adolescente de quince años mexicano que pasó más de dos meses de rodaje a la sombra de Clint en el desierto, sentado en una cafetería de Ciudad de México donde nació, se acuerda de las películas de duro de Eastwood (Harry el sucio, 1971) y sobre la película y su compañero senior cuenta detalles y anécdotas frescas y sabrosas como: «Toda la vida le hemos visto como ese tipo duro y mal encarado, pero él no es el típico macho. En esta película ha demostrado que lo importante es el amor y tener un alma fuerte, pero no físicamente sino para no conformarse, levantarse al caer, pero siempre respetando a los demás y siendo educado».

También cuenta que, al hacer de niño con una vida difícil a quien pegaban en casa, «el guion ponía que no tenía que llorar y él me repitió muchas veces que tenía que tener lágrimas en los ojos, pero que no salieran. Porque los machos no lloran».

Igualmente, hablando Eduardo del Eastwood productor y director que trabaja con su equipo de confianza (productora Malpaso, filial de Warner) declara: «Todo el mundo se conocía y él delegaba mucho. Daba un par de instrucciones como director, pero dejaba mucha libertad».

Efectivamente, Clint aprendió de sus maestros Siegel o Leone a filmar rápido y confiar en la espontaneidad de la primera toma. «Apenas ensayábamos y muchas veces me cambiaba el pie de entrada que ponía el guion», recuerda Minett. «Al principio me sacó de honda y fue difícil. Pero creo que hace que las interpretaciones se vean más naturales».

Escribo esto para que entendamos mejor sobre el rodaje, en las palabras naturales del jovencito Eduardo.

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Cuando la parca asoma

En cierto modo, se puede ver que esta cinta está realizada por un hombre que roza la otra orilla. Me recuerda a Lucky, 2017: donde Harry Dean Stanton (que encarna al protagonista) por un desvanecimiento fortuito, de pronto olisquea su muerte a los 101 años y habla del inminente final; lo cual ocurre antes que Stanton pueda visionar el estreno.

En este filme, Eastwood tampoco es ajeno a esta gran verdad, que es el morir, por eso busca un lugar apacible junto a la hermosa mexicana abuela en un pueblo perdido, y tras cumplir su misión retorna a ese acogedor y afable hogar, donde sin duda podrá descansar en paz en todo sentido.

De otro lado, la cosa se resume en la sentencia «ser macho está sobrevalorado», lo cual pone en el primer plano un cuerpo vencido, una voz quebrada y un rostro cuarteado por las arrugas y las marcas del tiempo. Creo que podemos ver en esta cinta al ectoplasma de Eastwood —lo digo en el mejor sentido—, paseando como por encima de las cosas y en pos del amor. Pero eso sí, «un fantasma que se niega a serlo antes de dejar su herencia atada y bien atada» (Sánchez),

Puede verse también en Cry macho que Clint sigue persiguiendo a los malos, que conduce a toda vela, suelta algún puñetazo, monta incluso un caballo salvaje y duerme al raso con la ropa puesta. Parece que Clint se esté interpretando a sí mismo de nuevo como un inadaptado buscando con ímpetu su redención. Pero aquí, el cowboy tiene ya 91 años y es una persona sabia. Lo cual no quita para que acaricie la mano de Marta (Traven), una señora mexicana con la que baila el bolero Sabor a mí, de Eydie Gormé y Los Panchos; e incluso le duele el estómago por el picante, a la vez que demuestra su amor a los animales (cura los animales de la gente del pueblo) y permite ser cuidado por niños y mujeres.

Aunque también se puede extraer el mensaje de que el filme es un gran ejemplo del saber envejecer dentro y fuera de la ficción, como un «junco que se dobla, pero siempre sigue el pie» (como dice la canción del Dúo Dinámico). Clint se mantiene imponente a ambos lados de la cámara en este título tan sorprendente como aclaratorio y a la vez enigmático.

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Contexto y reflexiones

La cinta se mueve entre tamales, animales que hay que curar, caballos salvajes que hay que domar, nietos que no lo son, pero da igual, mujeres duras, maduras y generosas, villanos de poca monta, boleros acaramelados y un gallo peleón y salvaguarda a última hora llamado Macho. Todo para pensar que Eastwood necesita mostrar ese espacio o paraíso en cual le gustaría morir, ese meandro de paz donde nada ocurre porque ya ha pasado todo.

Película preciosa, incluso optimista, sin disparos y apenas un golpe, «obra de un cineasta mayor que incluso en sus trabajos aparentemente menores rebosa clasicismo y sabiduría» (Fernández), película que llega a emocionar —para quien lo sepa ver—, con la tragedia de meramente vivir, amor por los paisajes, los personajes y respeto por la vejez o las manos de una niña sordomuda y pobre sobre la arrugada mano de un viejo.

El filme hace una reescritura del imaginario clásico americano para integrar en él culturas denostadas y que padecen el rechazo racista de muchos norteamericanos (gringos). La mayor parte del relato se desarrolla en México y describe el proceso de confraternización del anciano Mike con esta realidad y este entorno, en el que se siente cálidamente recibido. Hay, eso sí, cierta mirada ligada al tópico de la cultura mexicana, lo cual podría justificarse porque esta obra, que es un western, se inscribe una tradición del «western de frontera». Lo cierto es que el protagonista encuentra fuera de su país un sentido de comunidad y de familia que creía haber perdido para siempre.

Dicen los más allegados que en el rodaje Clint experimentaba un gran placer cada día de trabajo, lo cual es encomiable y habla del placer de la creación; incluso de cierto «impulso vital» del personaje. Pero, por otro lado, y no es contradictorio con lo anterior, él declaró durante el rodaje (creo que habla del tono crepuscular del filme): «Yo voy a morir en un set de grabación».

Sostengo la idea de que la película huele a testamento, a carta de despedida o cuasi adiós, ojalá que no; suena a epílogo sensible y frágil de un tipo duro, un machote de muchos westerns o policías vengadores. Pero Macho es igualmente el nombre del gallo de pelea en la película y una evidente alegoría que recorre la historia, pues el gallo era el único amigo de Rafo, el niño maltratado y solitario, cuya salvación es la postrera buena acción de Mike.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  


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