No matarás (1)

  07 Abril 2021

¡Jo, qué noche!

no-mataras-0Mario Casas vuelve a arriesgar con un film difícil, alejado del glamour y del humor, en el que vive una peripecia nocturna con aires de tragedia que se acerca quizá en exceso a aquel viacrucis de Scorsese que era ¡Jo, qué noche!, aunque sin olvidar algún elemento de Al límite. Incómoda y voluntariamente feísta, aunque con algunos agujeros de guion que acaban por estropear gran parte del desafío.

David Victori ya había rodado en su primer largo un viaje al misterio (El pacto, 2018), con Belén Rueda en otro papel arriesgado. Actualmente ese trabajo muy elaborado de puesta en escena —que parece una de sus señas de identidad— también puede apreciarse en la serie de Netflix Sky rojo (2021). Entre medias se sitúa No matarás (2020), estrenado en plena pandemia en cines españoles, con desigual recepción.

Tras un breve inicio en que conocemos a un personaje normal y algo torpe, Daniel (Casas), con novia bien situada en una empresa, comienza el viaje. Y nosotros con él.

Un simple gesto generoso, pagar la comida a la joven Mila (Milena Smit), que no tiene dinero porque la han dejado colgada con la cena, desemboca en un viaje al infierno. Todo en una noche.

Pronto su «normalidad» cede paso a la curiosidad y Daniel se siente atraído por el mundo de la noche: tatuajes, luces psicodélicas, promesa de sexo… Todo ello acompañado de una obsesiva banda sonora, que contribuye a agobiar aún más al espectador.

La cámara siempre acompaña al protagonista: sin trípode ni estabilidad, siempre a mano, ruda, sin sutilezas, lo importante es no separarse de él en ningún momento.

El director se propone que nos sumerjamos con el personaje en su particular descenso a los infiernos que, en el fondo, acaba teniendo un cierto tono moralista: algo así como «si no hubieras cedido a la promesa de aventura y sexo no te habría pasado esto».

La omnipresencia de Mario Casas perseguido por la cámara da pie a algún plano secuencia angustioso, como la huida del apartamento donde se ha producido una doble muerte, mezcla de asesinato y suicidio. Sin duda, la mejor escena del film: un gran trabajo a nivel de idea y de cámara, lo que unido a su manejo del plano secuencia y del suspense, acercan el film a otro pequeño clásico del cine de terror español: Rec, de Jaume Balagueró y Paco Plaza.

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Aunque en esa notable escena ya se evidencia el gran problema de la película: el guion.

Porque es difícilmente creíble que nuestro protagonista pueda salir de un bloque de apartamentos andando, al menos tal como se nos cuenta: se esconde en un ascensor y nadie lo utiliza para subir a un piso elevado —y eso que por ahí delante pasan policías y vecinos—, encuentra oportunamente las puertas abiertas para acceder al garaje de la finca… y así sucesivamente.

Un desafío al espectador

Incluso, en su afán de subrayar la culpa que persigue al protagonista —¿os habíamos hablado ya de Scorsese?— aparece el policía, con ese aspecto de proyección de su conciencia que recuerda, incluso en la planificación, al policía de Psicosis: aquel que parece recordarle a Marion que el robo no conduce a ninguna parte y que, suponemos, le ayuda a decidir devolver dinero robado a su jefe (en Psicosis), aunque aquí la «voz de la conciencia» tampoco tiene efecto, porque Daniel ya ha sucumbido a la espiral de sucesos cada vez más difíciles de controlar.

Cómo «esquiva» a la policía en última instancia es ya la demostración definitiva de que la tesis es más importante que la credibilidad y que David Victori está dispuesto a aceptar cualquier solución, por ilógica que sea, con tal de morir con sus dos grandes apuestas: la cámara a mano que acompaña al protagonista siempre y ese largo primer plano final, una mirada interrogativa al espectador que se convierte en un desafío: ¿y tú qué harías?

Sin embargo, incluso al final, continúan los problemas de credibilidad del guion.

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Es difícil aceptar esa —por lo demás brillante— mirada inquisidora final, sobre todo si tenemos en cuenta que, para llegar a ese punto, Daniel ha tenido que entrar en un hospital, atravesar varias salas —sin que nadie se dé cuenta de la existencia del protagonista— y llegar a la UCI para el cara a cara con el que se cierra No matarás.

Abandonada la credibilidad, la lógica narrativa, la realidad de los personajes, solo queda sumergirnos en la arriesgada propuesta visual de Victori y disfrutar de ella.

Pero la continua cámara a mano acaba agotándonos. Sus movimientos, carreras y giros —alguna escena literalmente filmada boca abajo: una ilustración clara de cómo está la vida del protagonista— acaban poniendo nervioso al más paciente.

Y seguramente ese es el objetivo del director.

Al igual que ya sucedía en un film como Irreversible (de Gaspar Noé), Victori quiere que acompañemos en su descenso a los infiernos al protagonista, que vivamos su experiencia. Y esta no es agradable.

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También el espectador se encuentra incómodo en esa noche plagada de lugares a los que se puede acceder con una llave escondida en un desagüe —¿en serio?—, con esos personajes que acuden a un garito nocturno a medianoche —¿por algún motivo?—, con esas peleas contra uno o varios enemigos a los que logra vencer —¿el endeble jovencito transformado en matón?— o, en fin, con el regreso a distintos lugares sin más lógica que borrar unas pruebas de un asesinato —aunque todos sabemos que eso va a empeorar la situación—.

Convertida en algo así como un tiovivo donde el espectador va subido en todo momento, junto a Mario Casas, hay que valorar el riesgo de una estrella del cine patrio para afrontar productos distintos, a contracorriente, y poner en valor la no menos arriesgada puesta en escena de Victori.

Aunque, al final, uno y otra —el actor y la puesta en escena— no den más de sí pasada la primera hora de metraje, por lo que ha de ser el guion el que resuelva —a base de lagunas difícilmente aceptables— este viacrucis inspirado en Scorsese que, como el cine de don Martin, también lanza un discurso moral al espectador, incluso ya desde su título: No matarás.

No es un plato para gourmets exquisitos.

Y, al final, tampoco deja un buen sabor de boca a los cinéfilos de pro.

La (atractiva) propuesta inicial y el (impostado) resultado final son cosas muy distintas. El resultado no está a la altura del enunciado. Lástima.

Escribe Mr. Kaplan  

  

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