Las apariencias, de Marc Fitoussi (1)

  24 Julio 2021

El aburrimiento, el aburrimiento

las-apariencias-0Burgueses en la Viena actual, franceses de nacimiento, pero afincados en la tierra de la Gran Cultura. Cenas, fiestas, colegio privado, conciertos… en fin, una vida dura, acorde con su holgada posición económica.

Pero su posición moral no está a la misma altura.

Él, director de orquesta; ella, directora de una biblioteca pública; sus amigos, burgueses dados al cotilleo; y como elementos distorsionadores, un joven vividor, pobre, naturalmente, que intenta ligar con una mujer mayor. Y una profesora joven, lejos del nivel burgués, naturalmente, que también intenta ligar con un hombre mayor.

Nadie puede creerse la presunta historia de amor entre el joven y la esposa del director de orquesta: ni es creíble la noche loca de la señora directora de la biblioteca, ni mucho menos el enamoramiento del joven. Está en el guion, pero no está en el film que hemos visto. No vemos elementos, momentos, que hagan creíble esa relación.

Por si el espectador tiene dudas, los personajes lo cuentan una y otra vez: «Sí, estoy enamorado de ti». «No, no es posible, yo no te quiero, entre nosotros no pasó nada»… y diálogos de ese nivel.

Menos sentido tiene la presunta trama que involucra al joven como un habitual del acoso a mujeres. Se nos dice en otra escena. Pero no tiene justificación alguna que lo avale. Y ahí acaba esa subtrama.

¿Era necesario sacar a relucir esa explicación que en el film no se ve por ninguna parte? Bueno, coloca la foto de la chica en la pared y quita otras fotos… el resto ya lo explican en un diálogo de esos del tipo: llega un personaje, te lanza a ti —espectador— y a otro personaje toda la explicación, y se va, sin más.

Y aún menos lógica, la actitud consentidora de la esposa, capaz de cualquier cosa con tal de mantener a su marido: comulgar con ruedas de molino sería una expresión apropiada en este país; allí, en Austria, se traduce como aceptar los cuernos, pelear por tu marido, hacer todo lo que haga falta —legal o ilegal— y seguir pareciendo una mosquita muerta.

Lo de «colarse» en el correo electrónico de una rival —amante del marido, para entendernos— es algo fácil de explicar: casualmente la mosquita muerta ve, a distancia, cómo la rival escribe su correo y parte su clave secreta.

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A eso se llama tener vista de águila… lástima que no le dé para ver cómo es realmente su marido y lo que le espera junto al prestigioso director de orquesta.

Que el guion necesita del correo electrónico para manipular la situación es algo que tenemos claro. Cómo lo consigue uno de los personajes… dejémoslo ahí (aunque, detalle interesante, por una vez no nos lo «cuenta de viva voz» otro personaje: el descubrimiento de la clave nos lo subraya, demasiado, un cambio de luces continuo en una noche… sí, al menos es una idea visual, algo es algo).

Añadamos que el otro personaje que desentona con el inmaculado mundo burgués es una joven profesora, lo que no tendría mayor problema si el director no se empeñara en contarnos —así, a pelo, en una escena bochornosa— que ella estuvo acusada de provocar la muerte de un niño… lo cual no le ha impedido impartir clases en el mismísimo Lyceo Francés de Viena. ¡Qué poco exigentes son en algunos colegios con el nivel de sus profesores y con la imagen que dan del centro!

Aparecen más padres —burgueses, naturalmente— del colegio privado donde van sus hijos y se entremezclen los problemas de la educación (es un decir) con los cuernos de algún padre con alguna profesora (así, por las bravas) y todo se resuelve con una reunión no solo ridícula, sino absolutamente increíble de cara a los padres…

Pues eso, el guion plantea temas y los resuelve con una celeridad de vértigo. Sin plantearse si esas escenas tienen relación con el resto de la trama. Y si no la tienen, pues aparece alguien, nos da la explicación verbal y se marcha.

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Una telenovela contada al espectador

En algún lugar he leído que este tipo de construcción de escenas son propias «del culebrón sudamericano»… aunque vista la programación de Antena 3, seguramente el «culebrón turco» no le va a la zaga en cuanto a verborrea explicativa.

Aunque si este cronista ha de elegir una escena que explique el nivel cinematográfico de Las apariencias, esa es sin duda el descubrimiento del amante joven que tiene la mujer madura. En su «noche loca» (de lo más casta, oigan) se dan un beso en la puerta de un pub, en plena noche. Atentos. En un momento dado, para que el marido descubra esa teórica historia de amor, su «amiguita» le enseña una foto que le ha mandado una amiga; la foto está hecha dentro de un pub, en plena celebración; pero al verla (ojito) la amiguita descubre que, al fondo, a través del cristal del pub, se ve a dos personas besándose; hace zoom (factor 5.000 por lo menos) y llega a un primer plano de la mujer madura besando al jovencito.

Sí, habéis leído bien: una foto de un grupo de fiesta en el interior acaba en un primer plano de los amantes, vistos a través del cristal de la puerta allá al fondo, en el exterior y de noche. A su lado, la ampliación de las fotos de Blade Runner es un juego de niños.

Falta hablar de los dos policías que aparecen para investigar el asesinato que se produce en ese entorno burgués y de alta cultura… Mortadelo y Filemón, a su lado, dos tipos serios.

Si logran averiguar algo es únicamente porque el guionista así lo decide y aparece algún personaje —que pasaba por allí— para explicarnos a nosotros, espectadores, las claves de ese descubrimiento.

¿No se cansa el guionista de decirnos las claves de viva voz, por si somos tontos… o por si no hay manera de justificarlo?

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En medio de ese maremágnum de situaciones imposibles, personajes que no se enteran y que solo viven su intrascendente vida entre cenas, fiestas y compras, parece haber una parodia de la vida burguesa actual, o quizá es una irónica crítica —tan fina que este cronista no alcanza a ver su acusado sentido del humor—.

Decir que la película es fría no hace justicia al espectáculo que vemos. Ni amor, ni humor, ni acción, ni emoción. Todo aséptico. Como la vida de estos burgueses de medio pelo.

Ya se sabe que de buenas intenciones está el cielo lleno. Pero también de films mediocres, hoy olvidados, que partían de una buena idea.

Aquí, intuimos, hay un intento de criticar el mundo de las apariencias —sí, el título ya apunta maneras—. También hay un intento de sugerir que en ese mundillo los amigos no son tales, sino que simplemente guardan las apariencias… así que no te fíes de ellos.

Por si el mensaje no queda claro, un bochornoso epílogo, situado meses después de la muerte e investigación policial —porque si no lo explican, no se entendería nada— nos muestra cómo las amistades de la protagonista le dan la espalda (literalmente, oigan) para dejar claro que ya no pertenece a su círculo.

Sí. Es otra escena absolutamente vergonzosa e innecesaria. De una simpleza que invita al espectador a abandonar la sala.

¿De verdad era necesario acudir al trabajo, meses después, para ver cómo las compañeras de trabajo le dan la espalda? ¿Qué fue de la capacidad de sugerencia del cine?

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De Antonioni a Chabrol

A la mente del cronista acuden aquellos aburridos films de Michelangelo Antonioni que dormían al respetable en sus butacas para introducirlo en el aburrimiento de las clases burguesas italianas. O los hirientes cuentos morales de Claude Chabrol, vestidos de investigación policial, para ofrecer algo de luz en el lado oscuro de la burguesía francesa.

Pero el director ni es Antonioni ni maneja el relato como Chabrol. Refleja el tempo cinematográfico con lentitud, aburriendo al respetable con las aburridas historias de burgueses aburridos en Viena, una de las capitales de la cultura europea. Con un ritmo a lo Antonioni, pero sin su capacidad de trascender.

Y de la investigación policíaca por la muerte de un personaje —filmada con tanta torpeza que no nos acabamos de creer que eso sea un asesinato—, nada de dobles lecturas, nada de los burgueses acabaron con el pobre diablo enamoradizo.

Los personajes no dan para tantos símbolos. Los simbolismos ya nos los explican los extras que pasan por delante de la cámara para lanzar su explicación y nunca más volvemos a verlos.

Eso sí que es lo que históricamente se llamaba «un personaje con frase».

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Pese a los presuntos tejemanejes, apenas hay dobleces en los protagonistas. Son todos planos, de principio a fin. Y, como ejemplo, la cara del director de orquesta durante todo el film: con la misma expresividad que el busto que entregan en la gala de los premios Goya.

Pero, por si alguien tiene dudas del mensaje, el propio director se ocupa de aclararlo al final, cuando un personaje —tranquilos, no diremos quien—  se dirige a otro, poco antes de abandonar la vida en común, con estas palabras: «Es que contigo me aburro».

Justamente lo que nos pasa a nosotros con la película. ¡Qué aburrida es!

Un film perfecto para demostrar que una cosa es la idea inicial y otra el resultado final.

Escribe Mr. Kaplan | Fotos Adso Films

  

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