Antebellum (3)

  18 Octubre 2020

Vencer a Shyamalan en su casa

antebellum-0En la última década, la blaxploitation que triunfaba en los años 70 ha dado paso a un nuevo cine «de negros» que apuesta por mensajes más contundentes: antirracismo, antisistema, antiglobalización… Un cine de género —fantástico, sobre todo— que aspira a una reivindicación maliciosa e inteligente y que está logrando notables éxitos de taquilla y de crítica.

Con su Oscar al mejor guión original, Déjame salir —del hasta entonces humorista Jordan Peele— abrió una grieta en el cine de terror convencional, por la que se están colando siniestros éxitos de este nuevo «cine negro». Como Nosotros, del mismo equipo de producción.

Ya no hablamos del protagonismo de intérpretes afroamericanos —en realidad son norteamericanos de nacimiento, pero de color, algo que no está bien visto reseñar—, sino de contenidos que intentan denunciar el racismo latente en Estados Unidos.

Probablemente buena culpa de ello la tienen los Oscar, que olvidaron en una edición nominar a algún negro, con perdón. El revuelo armado hizo reflexionar a la comunidad blanca (¿aquí también es preciso pedir perdón?).

El resultado: aluvión de títulos y, sobre todo, nominaciones para técnicos e intérpretes de color de piel similar a Mandela.

El movimiento sigue su curso, aunque, como ya sabréis, no es la moda. Ahora se lleva el #MeToo, que reclama más protagonismo para las mujeres… por lo que los negros, con perdón, han vuelto a la cola.

Y no olvidéis que el último Oscar fue para Parásitos, con perdón, porque es una buena película de Bong Joon-ho… pero ¿tanto como para llevarse el Oscar a la mejor película y otro Oscar a la mejor película extranjera? (que ya no se llama así, por razones inexplicables de «lo políticamente correcto»).  Venga ya.

Por cierto, ¿debemos hablar de cine amarillo si proviene de Asia?

Sí, el cine oriental coproduce con las grandes Majors de Hollywood. Y, por tanto, también reclaman su particular #MeToo. Así que, de momento… negros a la cola, mujeres delante y amarillos (con perdón) los primeros de la fila.

Podríamos seguir con esta interminable lista de «presiones» sobre el cine que se hace hoy en día. Y demostrar que no es oro todo lo que reluce en los Oscar. Ni en taquilla.

Pero no merece la pena… sería una tarea de chinos (con perdón).

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¿El boque versión 2020?

En Antebellum (2020), escrita y dirigida por Gerard Bush y Christopher Renz, conviven dos épocas, dos tramas, dos películas, dos directores… Y todo funciona.

Para dejarlo claro desde el principio: estamos ante el más feroz ataque al racismo que se ha visto en nuestras pantallas en mucho tiempo.

Y todo sin caer en el panfleto, sin demagogia, a través de una trama que sorprende al inicio y que plantea un giro brutal en su parte final.

Tranquilos: no vamos a desvelar el giro final en este artículo… y si alguien intenta contároslo, directamente borra su número de tus contactos.

En este film es fundamental no desvelar nada del giro final de su trama… o sus tramas, para ser precisos.

Un giro que recuerda a Shyamalan, de hecho, El bosque (The Village, 2004) está en el punto de mira de Antebellum. Al menos en su planteamiento inicial.

Pero lo supera, porque no es ese giro poco creíble que el director se empeña en justificar como sea, en eso Shyamalan era un experto. Tras la sorpresa inicial de El sexto sentido, otros films suyos acababan cogidos por los pelos: The Village entre ellos.

No. Aquí el descubrimiento final refuerza el mensaje antirracista.

El giro amplía el sentido a todo lo que hemos visto.

Pero todo lo que habíamos visto hasta ese momento, era por sí mismo atractivo y convincente.

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¿Raíces versión 2020?

Antebellum comienza con un largo plano secuencia inicial que muestra lo que hay delante (una mansión en Louisiana) y lo que hay detrás (casquería).

Un plano secuencia, de unos ocho minutos, tan admirable técnicamente como significativo narrativamente: asistimos al mundo de las apariencias y a lo que realmente hay detrás.

Ese prólogo nos permite comprobar que en siglo XIX la esclavitud existía como forma de vida en el sur de los Estados Unidos. Y que escapar a esa esclavitud era imposible… salvo si estás muerto.

Un gran comienzo, aunque previamente hay una cita que no hay que olvidar. Está atribuida a William Faulkner y dice: «El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado».

Dediquemos un momento a reflexionar sobre lo que quiere decir Faulkner (aunque él no lo dijera)…

Y seguimos.

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Toda la primera parte de Antebellum es casi un episodio más de la serie Raíces, aquella que en los años 70 causaba estragos: sufrimiento de esclavos negros por todas partes (bueno, por todas las tierras sureñas norteamericanas, se entiende), sangre, sudor, lágrimas y sexo, mucho sexo.

Las plantaciones de algodón, requisadas por el ejército confederado y la eliminación de los derechos de los esclavos negros son el tema central de este drama sin pelos en la lengua.

Pero la presencia de una embarazada, algunas miradas, la exigencia de silencio a todos los personajes y, sobre todo, la atmósfera que recorre las imágenes son extrañas.

Intuimos que hay algo que no vemos. Y es algo aterrador.

Más aterrador que ese horno donde encierran a los esclavos. Incluso los queman. Un apunte que lo emparenta con el Holocausto nazi… aunque éste se forjara en el siglo XX.

Y, mediado el metraje, pasamos al presente.

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Un presente idílico: con una familia feliz, todos negros (con perdón), donde los miembros del clan comparten las responsabilidades del hogar y la mujer es además una eminencia en la lucha por la igualdad.

Una mujer, Verónica, que vende con éxito su libro sobre el fin de la desigualdad, que hace yoga, que te recibe con ese postmoderno «Namasté».

No entendemos este salto de casi dos siglos. Salvo por la similitud física de las dos actrices protagonistas: la esclava del siglo XIX y la triunfadora del XXI.

(Entre paréntesis: de hecho, están interpretadas por la misma actriz: una excelente Janelle Monáe.)

También en este universo idílico aparece lo extraño. Una niña blanca le advierte a Verónica que se está buscando un problema por «hablar». El contraste con el «silencio» obligado en el pasado está servido. Pero sigue habiendo algo extraño…

Y volvemos al pasado.

En la plantación de algodón del XIX hay más movimiento del que podemos desvelar. Baste con decir que «lo extraño» comienza a adueñarse de la pantalla. Elementos que no deberían estar ahí. Problemas con personajes que nos resultan demasiado familiares…

Lógicamente, en esa plantación sureña está a punto de producirse una revolución. Y saltará todo por los aires.

O quizá no.

Quizá Faulkner tenía razón y el pasado «nunca muere».

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¿Parque jurásico versión 2020?

Vista en su conjunto. Repasada una vez sabemos dónde está el giro sorpresa, Antebellum gana a Shyamalan en su casa, no hay duda.

Pero también es un film que lucha contra el racismo de una forma más eficaz que cualquier panfleto.

Un film que muestra la América profunda, esa que tanto quiere Donald Trump, con sus fobias y cómo éstas pueden quedar integradas en su vida cotidiana.

El final, demoledor y resuelto con una brevedad y concisión admirables: sin discursos explicativos, sin exceso de carga emotiva, directo, sobrecogedor, indignante…

Hoy, cuando creemos que el pasado es algo lejano, aquí tenemos una nueva entrega de Parque jurásico. Simbólica, eso sí. Y sin pagar derechos de autor.

Pero con unos dinosaurios más aterradores que los creados por Steven Spielberg y Michael Crichton. Aquí no hay efectos especiales.

Una joya brillante… como el azabache (con perdón).

Escribe Mr. Kaplan  

 

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