Ámsterdam (1)

  11 Noviembre 2022

Película profusa, confusa, excesiva

amsterdam-00Epopeya con visos claramente románticos, donde tres amigos se ven metidos, como quien no quiere la cosa, en una de las tramas secretas supuestamente más impactantes de la historia de los Estados Unidos, lo cual que dicen basado en hechos donde se mezcla la realidad y la ficción.

Empieza bien la cosa, blandiendo la premisa del falso culpable en la que puede intuirse la turbulenta biografía reciente de su director. Posteriormente pasa a una fase donde destaca una especie de delirio que hace pensar en la idea de que para que el filme funcione será necesario que el politoxicómano doctor Burt Berenson (Christian Bale), se pase de rosca con los estupefacientes, el alcohol y demás sustancias químicas sobrevenidas. Todo lo cual como que da para que la cinta salte de género de forma inopinada, pasando de historia de detectives típicamente británica, a la política ficción, la comedia screwball o el gore.

Parte de esta historia es real… En los inicios está el anuncio entre bromista y cebolleta que dice: «Basado en una historia real, ¡en su mayoría!>; o «Lo que sigue es todo exacto, ¡un poco!»; o «Gran parte de esto realmente sucedió».

Su director pretende hacer creer que su filme es una especie de historieta del mal conocido Golpe de la Casa Blanca, en el cual una camarilla de ricos empresarios estadounidenses conspiró para derrocar al presidente Franklin Delano Roosevelt, con la esperanza de engañar a un general de alta graduación retirado llamado Smedley Butler, para que dirigiera su organización de veteranos fascistas. Línea argumental llevada a cabo de manera que resulta algo pesada, con otras historias paralelas, entre otras un triángulo amistoso-amoroso.

Hay en el relato una especie de complot para que el fascismo triunfe y tome el control de Estados Unidos, lo cual ocurre allá por los años 30. Tiene un asombroso y costoso diseño de producción que nos lleva a las sangrientas trincheras de la Primera Guerra Mundial o al apasionante Ámsterdam de los años 20, a los ambientes más cutres y también a los salones burgueses de Nueva York durante la Gran Depresión. Y desde luego hay un cuidado y genial trabajo de una cámara siempre brillante y atenta, del mexicano Emmanuel Lubezki.

Reparto de lujo capitaneado por Christian Bale, Margot Robbie y John David Washington, secundados por actores de la talla de Robert De Niro, Anya Taylor-Joy, Rami Malek, Mike Meyers, Chris Rock, Michael Shannon, a quienes acompañan también Alessandro Nivola, Andrea Riseborough, Chris Rock, Matthias Schoenaerts, Taylor Swift, Timothy Olyphant, Zoe Saldana, Beth Grant, Colleen Camp, Ed Begley Jr. y Christopher Gehrman.

«Un insistente batido de grandes actores sin que apenas tenga alguno de ellos un personaje que defender: están ahí para ser vistos» (Oti). Pues sí, esta es la cosa, que parecen figurantes de lujo muchos de ellos.

El asunto es así: Bale interpreta a Burt Berenson, un caricaturesco y singular médico experimental, excombatiente, que ayuda a los veteranos que fueron heridos o desfigurados en la Primera Guerra Mundial, muchos de los cuales hombres sufren fuertes dolores, y a los cuales administra analgésicos potentes como la morfina. El mismo Berenson volvió de Francia tuerto y con un ojo de cristal que a cada tanto, a lo largo del filme, se le cae al suelo.

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John David Washington es Harold Woodman, viejo amigo de armas de Berenson y ahora exitoso abogado. Y Margot Robbie es Valeria Voze, una valiente enfermera que a ambos salvó la vida en un hospital de campaña tras ser alcanzados por la metralla de una bomba, y además es una artista surrealista y extravagante.

En un flashback extendido vemos las sólidas bases de la amistad para toda la vida de este trío que es feliz en un tiempo de postguerra y charlestón en Ámsterdam, justo al final de la contienda. Aunque la verdad, todos estos pasajes carecen de un adecuado guion que los sustente y escasean de chispa o pasión auténtica y genuina, o sea, resultan algo artificial.

En esta cinta, la batuta y el libreto de David O. Russell hace malabares e incluso acierta en contadas ocasiones a coordinar los movimientos de una trama hiperbólica, confiado a los intérpretes, y una reconstrucción en plan retro de la época.

Todo ello con las oscilaciones y los vaivenes de una historia que interesa por momentos, otras veces perturba y desconcierta, también aburre, y que adquiere una insólita velocidad en la parte final.

En general, mi parecer es que se trata de una película en la que Russell no alcanza a equilibrar todos los llamativos elementos que intenta mezclar en la obra, como tampoco coordina bien ciertos personajes y situaciones que quedan, así, como deslavazadas del conjunto.

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Tiene la obra uno de los mejores elencos de la historia del cine actual y un director que conoce el negocio por dentro. A lo que podemos unir la fotografía de lujo de Lubezki, como antes apuntaba, y una curiosa música de Daniel Pemberton.

Robbie y la dirección artística de Judy Decker son pilares y rayos de luz para esta peli, que podría ser vista como esperpento, sin que sepa a ciencia cierta si de manera premeditada o es tal vez algo accidental. Al tuerto doctor Burt y al propio espectador, como escribe Romero: «se le salen los ojos de las cuencas viendo el resultado final».

Película que intenta ser thriller de conspiraciones, a la vez drama romántico, también comedia negra, un poco de policial y una pizca de screwball comedy, todo ello envuelto en una especie de hiperestilización muy elaborada (a lo Wes Anderson), pero las partes no maridan bien en el conjunto. Obra que pretende encerrar elementos más complejos de lo que realmente es, pues no hay tal fondo profundo ni nada que se parezca.

Estos personajes hacen un viaje para limpiar sus nombres, apareciendo unos excéntricos secundarios: dos agentes secretos (Meyers y Shannon), más interesados por la ornitología que por el juego político de los tiempos; una pareja de ricos burgueses (Malek y Taylor-Joy), unos policías un poco paletos (Schoenaerts y Nivola) y un General insobornable (De Niro).

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Pero, a decir verdad, la cinta deviene caótica, cursi en ocasiones, fallida, al punto, quién sabe, de que podría considerarse en un futuro peli de culto, pues luego las cosas pueden llegar a extremos poco lúcidos e inesperados.

El tiempo que dura, que es bastante (132 minutos), se hace pesado por unos diálogos poco iluminados y ciertos adornos de estilo que no aportan nada significativo al filme, como la voz en off de Bale. Por no hablar de un final feliz que puede llegar a sonrojar.

Desde luego, no se puede decir que Russell tenga falta de ambición, más bien, en un exceso de avidez, llega a asfixiar su propia película, que presenta un producto muy embarullado, con objetivos poco claros y situaciones pseudocomplejas que van a gran velocidad; actuaciones llevadas a un límite poco comprensible, un encadenamiento de escenas e incluso de episodios que resultan al espectador farragosos, tortuosos, difíciles de seguir, y un estilo que, en general, no casa bien con el anhelo de entretener, en el mejor sentido del término.

En Russell siempre son más grandes las aspiraciones de su hipertrofiado narcisismo, que los resultados que ofrece en sus películas. Incluso podría decirse que este fenómeno es producto de una falta de principio de realidad o, quién sabe, del efecto de alguna copa de más, de algún tóxico, o de cierta patología tipo «trastorno límite de la personalidad» o, sencillamente, borderline.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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