El cuarto pasajero (3)

  05 Noviembre 2022

Parece sueño y es comedia romántica frenética

el-cuarto-pasajero-0Hay películas que parecen sacadas de un sueño, o mejor, de un mal sueño o de un sueño turbulento. Imágenes, escenas, elementos diversos, personajes variados y bizarros, una trama inverosímil, amores, broncas, persecuciones, anhelos, seres que mutan y escenarios inconcebibles.

Y esa sensación de que lo que se está viendo es fruto de una alucinación cuyas partes del relato parecen traídas de lo más remoto e inverosímil, de una experiencia alucinatoria, pues no otra cosa son las imágenes y vivencias del soñar, y esta es mi asociación principal sobre este filme.

En el soñar, el soñante ve, oye o palpa cosas con gran sentido de realidad, y con las mismas trazas, un excelente, inusitado y excesivo —como es su estilo habitual— Álex de la Iglesia, nos cuenta una historia que gusta, por un lado, aterroriza por otro, inquieta, enamora, mantiene la atención durante todo el metraje y a la vez divierte, pues también en los sueños se ríe a veces con ganas sin que luego recordemos o comprendamos muy bien la causa de tanta gracia.

Filme que parece fruto de una ensoñación donde los elementos van y vienen con fluidez, los personajes se entremezclan cuando menos se piensa y finalmente, como en un «antes de despertar», el amor asoma de manera definitiva.

Compartir coche

Compartir coche es una artificialidad que se desarrolla en un espacio vital e íntimo que se ve comprometido durante un tiempo con gente desconocida. En este caso cuatro personas enlatadas en algo más de dos metros cuadrados se ven obligadas a mantener una posición corporal que impide mirarse a los ojos, casi forzados a conversar, y sin unas normas de convivencia determinadas.

Y en estos casos se dan también las particularidades de cada cual: cómo huelen, si transpiran, si es pijo o facha, simpático o intratable, cordial o frío, etc. El coche compartido, como apunta Medina, «es una anomalía del capitalismo colaborativo».

La trama

En la peli aparece inicialmente un personaje a la expectativa de un encuentro, Julián (Alberto San Juan), un hombre maduro, divorciado y con problemas económicos. Julián comparte su automóvil con gente desconocida por medio de una aplicación de móvil, pero especialmente comparte su coche con la bonita Lorena (Blanca Suárez), una joven que viaja a menudo de Bilbao a Madrid, ida y vuelta, con él.

Hace largo tiempo, meses, que Lorena tiene una plaza fija en su coche y también en su corazón. De hecho, Julián quiere aprovechar el viaje para poner las cartas boca arriba con ella, declararse y probar si su amor puede tener esperanza y visos del éxito, con una joven a la que lleva veinte años («que veinte años no es nada»).

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Pero hete aquí que cuando escoge a sus otros ocupantes para compartir viaje, incluye inopinadamente a un inquietante pasajero (Ernesto Alterio), que provocará un radical cambio en el rumbo de los acontecimientos y provocará episodios insólitos, extravagantes e incluso violentos. El otro es un joven atractivo (Rubén Cortada) que se ha colado en el lote por hacerse pasar por un familiar suyo que parecía menos agraciado, pues él resulta ser un buen mozo, lo cual suscita los celos de Julián.

En suma: cuatro individuos muy diferentes, todos juntos en el flamante coche de Julián, con el propósito de compartir los gastos de la gasolina, plan Bla bla car, de Bilbao a Madrid pasando por Álava y más sitios: San Juan, como alto ejecutivo que pone el coche y su porte de hombre formal (y enamorado); Rubén Cortada como guapetón ducho en artes marciales y macrobiótico; una Blanca Suárez sonriente, reluciente y encantadora; y lo mejor/peor (según se mire), un Alterio que redefine, transgrede, desborda y se salta los límites de ser un Alterio.

Podría decirse que es la historia de un coche compartido que hace aflorar aspectos poco saludables de los viajeros: la ira reprimida de un «pringado» pegado a una chica guapa que no cree tener ninguna posibilidad de ligársela, pero que está acechando por si cae algo, o sea, un pagafantas; la egolatría y la sinvergonzonería de un buscavidas; la cobardía hipócrita de un guaperas; y la chica que incluso se puede salvar como la heroína de una comedia romántica y salvaje.

Sobrevolando, una serie de personajes que en nada ayudan, más bien resultan peligrosos y mal encarados, como los guardias civiles de tráfico o los dueños del hotel donde paran unos minutos.

Conforme avanza la road movie, el relato se va abriendo al exterior e incorporando a estos personajes estrafalarios —genial Carlos Areces en su personaje reservado e impasible— y situaciones rocambolescas que concluye en una huida enredada y angustiosa de cuanto se ha sembrado en el libreto y que se resuelve en un sarcasmo sideral.

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Sobre la película

Es un filme que se desplaza dejándose llevar sin falsos decoros. Cada cual, dentro de sus desdichas, sus vacilaciones y sus secretos más profundos. Los cuatro personajes hacen lo posible por huir, no sólo del propio coche que los transporta, sino también de sí mismos.

Es además una obra veloz y ligera en todo sentido. Al muy poco, ya conocemos casi todos los detalles esenciales de los cuatro ocupantes del coche e incluso sus intenciones.

Pero hay una extraña y pegajosa fuerza (onírica de nuevo) que les va devolviendo una y otra vez al punto de partida. O sea, no pueden salir del coche por la misma razón que tampoco pueden dejar de ser quienes desearían ser o desearían no ser. Una posición donde de seguro muchos espectadores se encuentran y que por eso mismo nos hace estar pegados a la butaca.

Es una cinta que me ha recordado a Jo, qué noche (1985), de Scorsese: una historia también loca, que avanza en ascenso continúo, en zozobra constante. En la peli actual, hay secuencias que son tan disparatadas y están tan bien escritas en el libreto de Jorge Guerricaechevarría y De la Iglesia, que no es raro que queramos despertar y sentir alivio y otras sensaciones dulces, o sea, salir del relato y de sus derivaciones de pesadilla.

También recuerda a Con quién viajas (2021), de Martín Cuervo, donde el delirio y la paranoia se disparan dentro también de un coche.

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A la vez, es un ascenso hacia el vacío que deviene en el anverso de una inopinada comedia romántica y hasta en una feliz reelaboración del cuento de Cortázar La autopista del sur, llevado al cine por Luigi Comencini en su obra El gran atasco (1979), solo que aquí, en vez de ser la autovía Roma-Nápoles, el monumental atasco es para entrar a Madrid. Una especie de broma como cine de autor, en una película saturada de accidentes, gritos, giros sorpresa, acelerones y derrapes.

Y justamente en este embotellamiento que no acaba y que podría evocar la imagen del detenimiento y el parón para siempre, es donde la película se expande, crece, se reproduce e incluso, a un tris de morir, resucita.

En la parte tercera de la cinta, sobre todo, el filme está cargado de un humor ocurrente y creativo que provoca carcajadas por momentos y risas muy a menudo. Abandona De la Iglesia el deseo de parecer inteligente, para arrojarse al fangal de la locura total.

En este punto la comedia pasa de metafísica a sencillamente física. Por ejemplo, hay una escena en la que Alterio, durante el atasco, se mete de polizón en un coche ajeno, donde obviamente no conoce a nadie, pero se hace con las riendas de la situación, se hace simpático a los viajeros, y al poco todos hablan entre ellos, ríen, se besan y acaban cortando jamón de una manera tan natural y familiar, tan rara como memorable. Y las vértebras pueden doler de la risa.

De nuevo, llega el final y todo explota en progresión felizmente geométrica.

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Reparto

El reparto es sensacional, con un muy acertado y eficiente San Juan como enamorado que no se rinde bajo ningún concepto, con altos y bajos en su ánimo, pero firme en su amor como un noray de amarre inconmovible; Blanca Suárez está además de muy linda, sensacional como muchacha rozando la treintena y decididamente enamorada, pero en silencio.

Alterio se sale en un papel que es motor principal en la cinta, el típico cara dura elevado a la enésima potencia, con inauditas dotes de persuasión y manipulación por sus rasgos psicopáticos, un memorable trabajo como jeta de presumida alta alcurnia, sujeto desquiciante, que acaba resultando entrañable por la habilidad de salirse con la suya (tenemos el ejemplo en un San Juan, cuya resignación frente al indomable Alterio es núcleo principal del humor del filme).

Rubén Cortada, muy bien como joven apuesto y ducho en taekwondo. Y actores de reparto inmensos, afines al equipo de De la Iglesia, necesarios para que el ritmo no decaiga, como Carlos Areces, Jaime Ordóñez, Carolo Ruiz, María Jesús Hoyos, Josep Maria Riera o Enrique Villén.

Las películas de Álex de la Iglesia siempre tienen gran carga de humor negro e incluso terrorífico. Pero creo que ganan a todo nivel cuando va más allá de esta oscura visión para mirar hacia la comedia humana; entonces saca su lado más divertido, como en este caso.

En esta cinta hay cierto costumbrismo esperpéntico apoyado en el bien hacer y el encanto de los intérpretes, donde Alterio se lleva la palma. Hay situaciones realmente brillantes, cómicas y geniales, como la escena en la tienda de la gasolinera, los encuentros con los guardias civiles o las paradas en el atasco. Hay en ellas desenfreno, personajes plenos de drama, como el protagonista (San Juan), un hombre mediocre y psicorrígido que debe sacar su animal interior para conseguir a su amada; y la anarquía como respuesta general a todos los males.

Película muy divertida que no busca la sofisticación ni el barroquismo, sino que va directa al gag visual, a la situación absurda y rocambolesca, a la «construcción y deconstrucción del estereotipo» (Medina).

Y un disparatado final que deviene deliciosamente absurdo, delirante en su desmesura, pomposamente grotesco y, como guinda, Alterio en su salsa, todo lo cual es para nota y para pasar un rato muy bueno, risa incluida. Un road trip sin duda pensado para los espectadores que estiman el lado más cómico y comercial de Álex de la Iglesia.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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