El agua (4)

  04 Noviembre 2022

Tras la tormenta

el-agua-0Elena López Riera aborda en El agua la historia de tres generaciones de mujeres de una familia de Orihuela, centrando el protagonismo en el personaje de Ana, una joven resuelta a encontrar su propio camino partiendo de todo aquello que le ancla a sus orígenes. Un debut en el largometraje que fue escogido para participar en la Quincena de los Realizadores de la pasada edición del Festival de Cine de Cannes.

El relato se desarrolla en la comarca valenciana de la Vega Baja, una tierra tradicionalmente amenazada por fuertes riadas que provocan el pánico y traen como consecuencia la desolación y la amargura ante la imposibilidad de luchar contra la fuerza desatada de la naturaleza.

Esta clase de acontecimientos, que se repiten ocasionalmente, terminan generando una serie de mitos que se transmiten de una generación a otra, historias que pretenden explicar o aprehender determinados fenómenos y que se instalan en el acervo popular, historias que perviven hasta nuestros días por la fuerza de la tradición oral y que supone una mezcla de creencias, religiosidad o fe en lo sobrenatural.

Y partiendo de una leyenda que dice que hay determinadas jóvenes que están predestinadas a desaparecer cuando se produce una inundación porque tienen el agua metida dentro de su cuerpo, Elena López Riera compone un filme que se mueve entre la realidad y la ficción, entre la descripción natural de los hechos y el recurso a la fabulación al que apela la joven protagonista entre el miedo y el deseo. Una combinación arriesgada, que naufraga en muchas ocasiones, pero que en el caso de El agua —gracias a un hábil guion coescrito por la directora y Philippe Azoury— convive de una forma rigurosa y coherente.

La película comienza con un grupo de jóvenes que conversan tras una noche de fiesta. Jóvenes de clase baja que se mueven por paisajes poligoneros, charcas y acequias, ríos sucios, caminos polvorientos, huertos, palmerales o talleres textiles.

En ese hábitat de extrarradio de ciudad durante un verano caluroso, Ana (Luna Pamies) pasa los días junto a su pandilla y disfruta de la emoción que supone vivir la experiencia del primer amor junto a José (Alberto Olmo), una ilusión que coexiste con la idea que tiene Ana de que puede ser una de esas jóvenes que tiene el agua metida dentro del cuerpo. Amor, miedo e inseguridad que se une al deseo de salir de un entorno asfixiante pues, además, sus vecinos señalan a su familia como maldita; una familia formada por su abuela (Nieve de Medina) y su madre (Barbara Lennie).

Una generación de mujeres que deja traslucir las huellas del sufrimiento: la abuela habla de su vida matrimonial como una experiencia penosa y la madre malvive de su negocio, un bar de carretera que siempre está vacío, sin que parezca que tenga capacidad para cambiar su vida, condenada a una soledad que apenas disimula con alguna relación esporádica.

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Una situación familiar de la que Ana se niega a formar parte —repite que ella no es como su madre—, unida a la descripción de unas condiciones sociales que muestra la dureza del trabajo del campo, el almacén de fruta, el taller textil o ese solitario bar de carretera. Todo ello es el detonante para que Ana busque erigirse como la protagonista de esa leyenda que dice que la mujer que tiene dentro el agua, en la próxima riada, desaparecerá; una identificación que funciona como un resorte inminente —que se adivina que llega— que de una manera u otra hará que ya nada sea igual en su vida.

Y el mito se abre paso acudiendo al recurso del cine documental, con esas mujeres que hablan a la cámara sobre la veracidad de la leyenda, certificando que efectivamente es cierto, que lo han oído, que se lo han contado; mujeres encargadas de conservar esa tradición oral que se transmite de generación en generación hasta nuestros días.

Este uso del cine documental —que la directora conoce bien por sus cortometrajes anteriores— se repite a lo largo de la película para aunar la ficción del mito con la realidad. Desde el inserto de un fragmento de imágenes antiguas —con el color virado por el paso del tiempo y la locución anticuada— o las escenas como la de pintar las palomas, pelar las alcachofas o construir un murete que terminan convirtiéndose en conexiones emocionales entre los personajes.

Ficción y realidad que se mezclan también en la propia realización que aprovechó la última riada ocurrida en la Vega Baja para rodar planos para el filme; imágenes de ficción a las que se unen los fragmentos de situaciones reales que proliferaron por las redes sociales en los que se mostraba el efecto de la catástrofe.

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El agua, de Elena López Riera,Fruto de repetirlo una y otra vez, al final la leyenda parece que adquiere rasgos de veracidad y únicamente esa agua sin medida será capaz de marcar el destino de la joven. La voz en off de Ana enumerando las riadas asociadas a nombres de santos y santas desde hace siglos anuncia el inevitable suceso que se aproxima y en el que cada personaje se prepara o afronta de una manera distinta.

Se cierra el círculo y volvemos a otra fiesta similar como la que hemos visto al principio, una fiesta interrumpida bruscamente por la tormenta que se desata brutalmente. Cuando todo acaba y la tierra se desvanece confundiéndose con el agua y con el cielo, solo en ese momento, asistiremos a la verdadera realidad donde la protagonista es consciente de cuál es su camino y la forma en que debe afrontarlo, cerrando el filme con un plano certero y definitorio —esa última mirada a la cámara—.

Elena López Riera se suma con El agua al grupo de directoras que partiendo de historias locales terminan exponiendo temas universales que conectan con todo tipo de público. Son nombres como los de Carla Simón, Clara Roquet, Pilar Palomero o Lucía Alemany, en los que se pone el acento en una variedad de personajes femeninos que buscan su identidad: niñas, adolescentes o mujeres que luchan por encontrar su propio camino.

Aunque la estructura de la narración, la mezcolanza de géneros y la forma de entender el cine es un discurso propio y original de la directora oriolana.

Escribe Luis Tormo

  

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