Girasoles silvestres (3)

  30 Octubre 2022

Paraísos perdidos

girasoles-silvestres-0Aunque en ocasiones resulte ingrato, no se puede parar el tiempo, y, queramos o no, crecemos y hasta maduramos. Una de las consecuencias de este proceso es el aplacamiento de los furores juveniles. Todo se serena, y el ansia rupturista, la experimentación como divisa, se va colocando en perspectiva, va atenuando sus exigencias. (Alguna excepción existe. Recientemente ha desaparecido Godard, uno de los irreductibles).

Jaime Rosales se ha hecho mayor (como todos), su filmografía ha crecido y su lenguaje se ha sosegado. Los viejos alardes (pantallas partidas, películas sin diálogos, rupturas temporales, blanco y negro…) desaparecen, o se camuflan. Ya no monopolizan la atención, no son los protagonistas que impiden, por su potencia, que aflore el relato, sino que, sin estar por completo ausentes, porque eso va en el carácter, se invisibilizan, se someten a una lógica superior. Y con eso su cine impresiona menos, pero gana en calidad.

Lo que no ha variado es la línea temática de sus películas. Excepto en Las horas del día, su ópera prima, y poco más, las mujeres han sido las protagonistas. Mujeres de distintas edades y condiciones, pero siempre indagando en su naturaleza, trazando un retrato incompleto y poliédrico. La soledad, Petra o Hermosa juventud son ejemplos de las distintas luces vertidas sobre lo femenino.

En esta ocasión le toca a Julia, una joven mujer con dos hijos a quien vamos a conocer atendiendo a tres relaciones sucesivas con otras tantas parejas, siendo, a través de esos hombres, como se irá construyendo el personaje. Julia será una hoja en blanco en la que ellos irán escribiendo, dejando su huella, o intentándolo, mientras ella se acerca y los sortea, dirigiéndose no sabe muy bien a dónde, aprendiendo a conocerse a sí misma. Y en ocasiones también a odiarse.

El arranque nos ofrece la imagen de la felicidad. Una playa casi desierta, el mar en calma, los niños jugando en la orilla, y la madre despreocupada en la arena, riéndose con la franqueza que no volverá a tener en toda la película. Al final, con los títulos de crédito ya desfilando sobre la pantalla oímos de nuevo el sonido de las olas y las risas de los niños, pero no los vemos. Son sólo sus ecos. Y esa es la línea sobre la que se construye el relato, el intento de cerrar el círculo, de volver al estado inicial, de recuperar esa felicidad entrevista y fugaz, y la asunción de que lo conseguido es, como mucho, un simulacro de lo deseado.

La película se va estructurando a través de contrastes y repeticiones. Los contrastes entre los tres hombres que sucesivamente irán ocupando la vida de Julia, mientras ésta intenta encontrar su lugar, y las repeticiones que subyacen más allá de las aparentes diferencias, y que la cámara de Rosales se encarga de que afloren, sugiriendo, de esta manera, la continuidad en la que se inscribe la vida de la mujer, ahondando incluso en la dificultad de su espera, en lo complicado que resulta romper el círculo en el que se halla inmersa.

La primera relación de la que se nos informa es la que mantiene con Óscar, un tipo inmaduro y violento. Como ocurrirá con las otras dos, la actitud de Julia es una especie de búsqueda pasiva. El recurso a las aplicaciones para buscar pareja (la tecnología siempre ha tenido importancia en el cine de Rosales, véase si no Hermosa juventud), y que ella comparte con su amiga, establece cuál es su actitud, y el mal disimulado regocijo ante los requerimientos del hermano delata su interés.

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Sin embargo, desde el primer momento sabemos que este va a ser un camino errado. El contraste entre la felicidad playera y la presentación de Óscar es radical. A él lo vemos practicar una especie de artes marciales en un destartalado parque junto al que transcurre una vía, y donde otros realizan ejercicios semejantes. Su torso desnudo y la cantidad de tatuajes que adornan su piel (y el tabaco también) lo inscriben en un contexto alejado de la paz familiar de la escena anterior.

La violencia presidirá esta relación. Una violencia presentida muchas veces, reprimida, que amenaza con estallar, aunque se contenga. Óscar es el depositario de una agresividad que acaba impregnándolo todo. La vida con él es una vida acelerada, lejos del reposo que intuimos que ella desea. Rosales hace un uso magistral de la elipsis en toda la película, utilizándola no solo para establecer los tránsitos, sino también para medir los tiempos que comprenden y darles un significado.

La primera de las elipsis es casi un corte. Se produce cuando ambos están en un banco en su primer encuentro. Como hará con las otras relaciones, la cámara nos los muestra separados, yendo de uno a otro sin cortar el plano, lo que acentúa su distancia. Pero de inmediato los vemos juntos, acariciándose; en ese mismo lugar, con la misma ropa. Han pasado unos minutos que nos han sido sustraídos, pero esa brevedad, resuelta con un salto temporal, nos muestra lo aceleradas que transcurren sus vidas.

En la segunda de las relaciones, la mantenida con Marcos, el uso de la elipsis tiene una función similar. La utiliza en el momento en el que se pierde la niña, en la salida de la madre a buscarla. Los saltos también sugieren la aceleración del tiempo, completada en este caso por la angustia que siente la mujer.

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La degradación de su primera relación se va acentuando hasta la agresión final. El director consigue crear una atmósfera malsana que surge de las miradas, de los detalles. Llega a su máxima expresión cuando Rosales utiliza un plano frontal para mostrar los gritos de Óscar a Julia. En ese momento el espectador ocupa el lugar de la mujer, y experimenta todo el miedo que ella siente. Pero con todo, no es odio lo que el joven suscita, sino una especie de lástima hacia un ser más perdido aún que ella, incapaz de gestionar sus emociones, inmaduro, temeroso de ser abandonado.

No es solo la violencia y la agresión que sufre. Julia necesita otra cosa. Su actitud maternal hacia Óscar no puede ocultar la estabilidad que persigue y que con él es imposible alcanzar. La solución cree poder encontrarla en la vuelta con el padre de sus hijos.

El contraste entre los dos hombres no puede ser mayor. Marcos se nos presenta planchando su ropa de militar mientras suena E lucevan le stelle. A partir de ahí descubrimos a un joven amable, atento, buen padre a pesar de que él no se considere así… Todo demasiado perfecto.

La violencia de Óscar no la tiene Marcos, pero eso no significa que no exista. Aquí emana no del joven, sino de su contexto. Su profesión de militar, la ciudad de Melilla en la que se encuentran, los problemas apuntados con la integración cultural, la valla, que vemos en todo su esplendor. Esta misma idea de un entorno agresivo se acentuará con la búsqueda desesperada de la niña extraviada. Lo infructuoso de esta búsqueda, el desconcierto de la madre sirve para mostrar la hostilidad del marco en el que transcurre su vida, y al mismo tiempo para acabar reconociendo la distancia que le separa del padre de sus hijos.

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Y por fin Àlex, su amigo de la infancia. Ahora parece que sí que alcanzará lo que busca. Àlex es un dechado de virtudes: es amable, atento, tiene un buen trabajo, posee la madurez suficiente para no caer en las provocaciones de Óscar, y es también separado con una hija. Con él sí que parece posible formar una familia, realizar los sueños. Hasta ha podido iniciar Julia los estudios para materializar su viejo proyecto de ser enfermera.

Pero no todo es tan bonito. Julia, aunque lo inunde a reproches por dejarla sola, no va a descubrir los defectos de Àlex, sino algo mucho más trágico: va a darse cuenta de que su ideal no es tan deseable como creía, que el problema está, justamente, en que se ha cumplido.

Rosales vuelve a recurrir aquí a la elipsis, pero de una manera muy diferente. Los periodos de tiempo suprimidos son ahora mucho más largos; apenas vemos a Julia unos instantes a lo largo de los años, algunos momentos de su vida. Y lo que deberían ser los hitos hacia su felicidad no son más que anodinas estaciones en las que se cumple una rutina que en algún lugar estaba programada.

Cuando nos presenta a los dos jóvenes en su primera cita, como ha hecho en los casos anteriores, también los muestra separados, uno frente al otro, pero en este caso la cámara no se mueve, sino que los acoge a ambos en un mismo plano, aventurando, quizá, esa intimidad que con los dos anteriores no pudo alcanzar, pero que aquí parece posible y cercana. Y sí, la alcanza, construye una familia, hace excursiones con todos los niños, pero no encuentra la felicidad soñada. Ese transcurso acelerado de su vida en imágenes es más bien el testimonio del tedio.

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Hay detalles que marcan bien la distancia entre lo soñado y lo real. Por ejemplo, el lago de la excursión final, semejante pero distinto a la playa de los inicios, triste remedo suyo. O la renuncia a la montaña, donde parecía querer ir, asumiendo que no hace falta, que también se está bien aquí. Haciendo de la renuncia un modo de vida. También aquí acaba habiendo violencia, pero es la violencia de la propia vida, la violencia implícita en el hecho de vivir.

La banda sonora es crucial en la película. Cada uno de los hombres tiene su propia música. Mientras que la de Óscar es la estridente de la discoteca (o la marginal de Triana), la asociada a la tranquilidad de Marcos es la ópera, con la señalada aria de Tosca o Una furtiva lágrima, y Funiculì, funiculà, la canción popular napolitana. En cambio, Àlex carece de música. La grisura de su vida, de la que ha construido con Julia, excluye la banda sonora.

Existe un cuarto hombre en la vida de Julia, pero es un hombre con el que no puede volver, es su paraíso perdido. Se trata de su padre. Con él (y con su hermana) la vemos relajada, cobijándose, abandonándose. Con nadie más descubrimos la complicidad duradera que la une a su progenitor, con nadie posee la seguridad que el padre le ofrece.

Paraísos perdidos, paraísos soñados, paraísos inexistentes. En el fondo de eso es de lo que trata la película.

Escribe Marcial Moreno | Imágenes A Contracorriente films

  

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