En los márgenes (2)

  16 Octubre 2022

Lo legal no es siempre justo

en-los-margenes-0La filmografía dedicada al cine social es amplia con obras muy buenas. Cine con capacidad para movilizarnos interiormente, porque cuenta historias veraces, muy creíbles e inmorales, otras que claman al cielo por injustas. Cine que intenta, con desigual fortuna, poner en pantalla a personajes y situaciones que podemos identificar en nuestra realidad cotidiana y que provoca la irritación del espectador; también suscita un sentimiento de piedad por esa gente sencilla que apenas aspira a una vida decorosa y a cambio no recibe más que golpes de todo tipo.

La psicología social especializada en analizar y buscar las causas de la violencia, la ruptura de la cohesión y en ocasiones de las revueltas, advierte que estos fenómenos disociativos son en gran medida consecuencia de la «percepción de injusticias». O sea, cuando las personas nos encontramos ante un poder político o de gobierno injusto, nos sube la adrenalina y la agresividad se pone en el disparadero.

Como dijo James T. Tedeschi, desde la dialéctica interactiva de las relaciones sociales, el poder, cuando es utilizado para manipular la alternativa de conducta de los miembros de un colectivo, cuando pretende a toda costa forzar la conducta humana por caminos no deseados e indignos, la consecuencia directa es el malestar y la violencia. La agresividad humana, pues, está relacionada de forma directa con la vivencia y la percepción de abuso hacia los demás.

Podemos afirmar que el estilo de gobierno competitivo y excluyente sitúa a los más menospreciados en el «margen» de la vida y de las oportunidades. O sea, en el camino de la delincuencia y la violación del orden establecido.

Esta es una realidad que podemos observar en una familia cuando hay un padre déspota; en una comunidad de vecinos cuando su presidente es un autócrata; en un Ayuntamiento o en el poder político de un Estado, cuando el mandatario es un facineroso y un manipulador. O en los gobiernos, cuando abusan de los más frágiles.

Esta realidad va de lo micro, a lo macrosistémico. Desde la familia, pasando por la comunidad de vecinos, siguiendo por el municipio, hasta la gobernanza de un país y la cultura imperante.

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A modo de preámbulo

En la grande, hermosa y lírica despedida de Las uvas de la ira (1940), de John Ford (sobre la novela de Steinbeck), se puede escuchar a Henry Fonda: «Donde haya una posibilidad de que los hambrientos coman, allí estaré; donde haya un hombre que sufre, allí estaré; estaré en unos gritos de los hombres a quienes vuelven locos, y estaré en las risas de los niños cuando sientan hambre y la cena esté ya preparada; y cuando los hombres coman de las tierras que trabajan y vivan en las casas que levanten, allí también estaré (…) allí donde haya injusticia, sufrimiento, gente acorralada, estaré yo».

Ocurre igual en otra insigne obra de Preston Sturges Los viajes de Sullivan (1941), cuando el director de cine John L. Sullivan, harto de hacer cine comercial y queriendo rodar una película comprometida con la realidad social del país, la miseria y el sufrimiento, se viste como un pordiosero y se embarca en una aventura insólita recorriendo el país sin dinero y sin recursos para experimentar qué es la pobreza. Disfrazado de vagabundo antes de empezar a rodar; vivir la carencia y la necesidad para que su filme resulte auténtico y veraz, lo que concluye en denuncia y sátira social.

Es lo mismo, en otro orden de cosas, que hizo el sociólogo Erving Goffman en psiquiátricos, conviviendo con los internos. Goffman experimentó desde dentro el modo en que el enfermo mental vive subjetivamente las relaciones con el entorno hospitalario. Fruto de sus observaciones fue la clásica obra Internados: Ensayo sobre la situación social de los enfermos mentales (1961).

La idea, pues, es convivir con los más pobres y desheredados para constatar sobre el terreno la vivencia de desamparo y precariedad.

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Algo equivalente ocurre en la celebérrima Nazarín (1959), de Luís Buñuel (novela de Galdós), en la cual el protagonista, el padre Nazario (Francisco Rabal), comparte su pobreza con los menesterosos que se va encontrando en su camino. Al finalizar su desolador viaje, según su concepto de la caridad cristiana, se sentirá dolido, confuso y dubitativo tras sus duras vivencias con una sociedad agresiva y de moral discutible.

En el cine actual, Ken Loach (Sorry we missed You, 2019; Yo, Daniel Blake, 2015; Lloviendo piedras, 1993) y los hermanos Dardenne (El niño de la bicicleta, 2011; Dos días, una noche, 2014) han dedicado su cine a hablar de personas que tienen difícil la supervivencia, ciudadanos bordeando la necesidad y amenazados, timados, lanzados a la intemperie. Personajes que conmueven y tramas de que provocan en el espectador la rabia y las ganas de contestar que sube cuando se perciben sinrazones.

Desde mi manera de ver, Loach ha sido en ocasiones conmovedor, claro y complejo. Aunque también ha rozado a veces el panfleto en ese afán maniqueo de dividir el mundo en buenos y malos.

La cuestión es que Loach mantiene que la actual sociedad se ha convertido en un ejercicio de canibalismo, lo que no es de recibo ni moneda de curso legal. Lo que le duele a Loach, lo que nos podría doler a muchos, es el capitalismo en su versión neoliberal despiadada, cuyo mecanismo consiste en que los derrotados acaben por creer que la culpa es suya.

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La película de Botto

Nuestro director Juan Diego Botto, que no puede negar su influencia de los Dardenne o Loach, da fe en esta cinta que ha visto las pelis de los maestros mencionados, pero su película dista de alcanzar su nivel y su obra bien podría ser calificada como una aproximación. O como dice Martínez, «un simple grito».

Cierto que en ocasiones es franco e incluso su grito, un poco afónico, es nítido. Pero la excelencia de Loach y otros, no la consigue con mucho. Ello, secundado por sus amigos y hasta mecenas productores, como Penélope Cruz y Luis Tosar.

De esta guisa la cinta es algo confusa, entre lo que no es aceptable y que a la vez se ha convertido en usual, de lo que a fuerza de cotidiano ha dejado de lastimar los ánimos y los corazones: los desahucios.

Es un filme iracundo y emotivo, irregular y turbado, parece documentado, pero deviene naif. Finalmente, lo que lo mantiene a flote es la emotividad y la enjundia de los actores, cierta disposición de verdad y la claridad de la actitud. Una obra que está en el bando apropiado según la protesta social y todo eso, y apegado a un mundo despiadado y cínico.

Pero pierde en el afán por contarlo todo o la imposible aspiración por presentar a cada personaje en custodio de una verdad última y casi sagrada, pecando a veces el guion de cierta extrema voluntad de verismo.

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El filme cuenta la historia de tres personajes que en 24 horas van a ser desahuciados. El personaje de Cruz es desahuciado junto con su familia. Explora el efecto que esa situación de estrés económico tiene sobre las relaciones personales, con su esposo, su hija pequeña, y cómo el afecto y la solidaridad pueden ser un motor para salir adelante o al menos de consuelo (como se podía leer en el libro de Elliot Aronson El animal social: «la desgracia busca compañeros desgraciados»). O sea, el afecto grupal como antídoto contra el dolor y razón de consuelo.

El abogado, interpretado por Tosar, corre de manera desesperada por los laberintos de la burocracia para que una madre no pierda a su hija, cual personaje mitad santo mitad héroe secular dedicado a causas nobles e imposibles, que le condena a un celibato y repudio de su pareja, en vez de a un desahucio. Y no hay que olvidar a Christian Checa como el hijastro, al que se le pega la filantropía del padrastro. Font García afronta el terrible final de su madre, que le había avalado con su vivienda un negocio ruinoso.

Si la Cruz dijo estar impactada por la lista de desgracias que le contó una mujer. El director confiesa: «Mis procesos de escritura son largos, pero en este caso, había tanto qué contar y tantas vidas que meter dentro que se hizo casi eterno»; como sobrepasado.

La cámara se mueve agitada y nerviosa. Por momentos hay demasiada teatralidad y todo queda detenido en un rostro desolado. Pero siempre, y pese a las irregularidades y dudas, queda la certeza de lo evidente; el rigor de lo injustamente invisible. Y la película pone estadísticas: en España hay 41.000 desahucios al año, más de 100 al día...

Como ha declarado Botto: «Cuando escribo, solo pienso en lo que me interesa y lo que me conmueve, nada más. Y a posteriori me doy cuenta de que siempre me salen historias desde abajo, de gente sin cargos, ni corbatas ni poder”.

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Botto no es de los que se callan y de ahí que su película vaya de frente y por derecho, con honestidad, enfocando aspectos de la realidad que otras cintas no abordan, desvelando injusticias, de eso no hay duda: desalojos, inmigración, crisis financiera y crisis personal, asuntos de nuestro día a día, actuales, angustiosos, de esos que hacen trabajar a la conciencia.

Así y todo, la obra no está en lo alto del gusto compositivo, aunque tiene un montaje consistente, que mantiene cierta intensidad en el metraje. Pero por algún lado pierde.

Destacan los excelentes trabajos actorales que logran un Tosar desbordante de humanidad y una Penélope Cruz contenida y eficiente. Él en su rol de dolorido abogado de causas perdidas y ella como empleada de supermercado en lucha por su piso y su familia.

Y los dos principales protagonistas son complementados por unos buenos actores de reparto, como el propio Botto, que se reserva un papel poco agradecido como esposo de la Cruz, junto a Adelfa Calvo, muy bien como la madre sola y esquivada por un hijo mal inversor, en una escena contra la cámara realmente conmovedora; o Christian Checa, estupendo como el hijastro del abogado. Y más: Aixa Villagrán, Font García, Nur Levi, María Isabel Díaz, Javier Perdiguero, Fabrice Boutique e Irene Royo.

Esta película es el debut tras las cámaras de Juan Diego Botto, actor argentino que conoce la industria del cine desde niño, conocido por su papel principal en Martín (Hache) (1997), de Adolfo Aristarain. Botto es también coguionista y parte del reparto. Lo que quiere decir que ha estado implicado en todo el proceso creativo del proyecto.

No dudo que había en Botto la convicción de que tenía algo que contar en esta película. Pero siendo sincero, yo no salí de la sala muy entusiasmado.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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