Una historia de amor y deseo (2)

  13 Octubre 2022

Entre la contención y el placer

una-historia-amor-y-deseo-0Detrás de tan poético título, de nítidas resonancias trovadorescas y cortesanas, la guionista y directora tunecina Leyla Bouziel (Túnez, 1984) pergeña una prístina historia de amor que le sirve como McGuffin para enmendar toda una visión estereotipada sobre la condición de lo musulmán en el seno de la sociedad francesa actual.

El relato de un flechazo entre dos bisoños universitarios franceses que cursan (¡cómo no!) letras-literatura en el epítome de la universidad francesa (La Sorbona) propone toda una relectura sobre las tupidas, opacas, relaciones que se establecen entra una serie de opuestos y la dialéctica que generan.

Así, el guion se trenza sobre las contraposiciones que se establecen entre los inmigrantes argelinos y sus hijos ya nacidos en Francia. Entre padres e hijos. Entre hombres y mujeres. Entre franceses con ocho apellidos galos y neófitos aprendices de su cultura. Entre creyentes (musulmanes) y laicos. Entre la metrópoli y sus excolonias. Entre el centro (el París más arquetípico y turístico) y la periferia (el extrarradio y la banlieue).

Cabe destacar el minimalismo, una puesta en escena que persigue  la sencillez y que rehúye el trazo grueso, el lugar común, en aras de destacar pequeños detalles con mucha importancia.

Ahmed es un joven francés de ascendencia argelina que inicia sus estudios en primero de carrera, matriculado en literatura, en literatura comparada. Vive en una de las colmenas de estilo constructivista que caracterizan los suburbios de París (y de cualquier gran capital). Vive con su familia, pobre pero honrada.

Su hermana adolescente y rebelde, renuente a seguir las normas de moralidad preestablecidas; su madre, que lleva las riendas de la casa (trabaja como cuidadora nocturna), verdadero eje del sustento familiar; su padre, en un principio (hay trampa) protomodelo del macho árabe vago y parásito, cuya dinámica diaria consiste en estar tumbado todo el día en el sofá viendo la televisión.

La principal característica de Ahmed es la sobriedad, el estricto cumplimiento de una moral inherente a su condición de argelino expatriado, aunque en ningún momento se nos ofrece el manantial de donde ha bebido dicha intransigencia. Se da por sobreentendida, se acepta el lugar común que se persigue desterrar. Dicha sobriedad se materializa en su día a día en su condición de asceta sexual, en su renuncia al sexo, en su virginidad. Un buen musulmán no mancilla el honor de una mujer sin mancillar el suyo propio.

No obstante, la secuencia inicial nos muestra a Ahmed en la ducha, con todo el esplendor y vigor y belleza de su cuerpo viril. En el primer día de clase en la universidad, tras el trayecto en tren-metro en compañía de un nutrido grupo de franceses de color y piel oscura (¿los galos de pro no viajan en transporte público?), coincide con Farah, una tunecina recién aterrizada en París para cursar sus estudios de literatura. De ella destaca sobremanera una frondosa y crespa cabellera encendida; una antorcha capilar que atrae, cual Gorgona o Medusa, la mirada subyugada de un ojiplático Ahmed.

La exuberancia capilar es el símbolo de su impulso vital, de su alegría de vivir, de sus ansias de gozar la vida y de liberarse de una tradición que la aherroja como mujer. Los opuestos ya están perfilados. La atracción, disparada. El conflicto, servido. Para acabar de subrayar los antónimos caracteres, la directora refuerza dicho antagonismo a través de la teoría, en este caso mediante el uso de las clases sobre literatura.

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Dos serán los modelos prevalentes en la lírica árabe medieval, a saber, el austero y ascético, de concomitancias platónicas, en el que el poeta se sacrifica, muere, antes que ensuciar con el deseo carnal la pureza del amor y del deseo; frente al modelo más anacreóntico y vital, más placentero y dichoso, más proclive a gozar del vino y de los cuerpos. Huelga decir que cada uno de los protagonistas encarna cada una de tales poéticas.

La profesora de literatura comparada, una francesa fetén, será la que tendrá que encauzar la sobriedad de Ahmed, que se debate entre la moral y sus convicciones de chico de barrio, de hombre musulmán taciturno, hermético, reprimido sexualmente, renuente a hablar en público para exponer su presentación literaria. Obviamente, Ahmed canalizará masturbatoriamente, en la soledad de su ámbito más privado en (su habitación o en el baño), su fogosidad represada (Semen retentum venenum est).

Habrá un primer atisbo de conato sexual entre los amantes, pero la tozudez moral, la intransigencia de Ahmed lo frustrará. Mientras el padre holgazanea en el hogar, Ahmed estudia y trabaja de peón para un primo suyo, Karim, especie de tutor vigilante de la moral musulmana, aunque ni habla el árabe ni lo lee, luego sus creencias deben ser de oídas, vía vulgata.

Como es preceptivo, Karim se casará con una mujer que acepta la sumisión y las reglas preestablecidas, a cuyo compromiso matrimonial y posterior celebración acudiremos a través de los ojos de Ahmed, cuya contumacia le obliga a ausentarse de los exámenes y ser expulsado de la universidad, amén de rechazar la presencia de Farah, cuya liberalidad emocional y cuya liberación sexual y femenina se ciñe a… una simple y única relación anterior.

Vamos, que la chica no es una casquivana francesa, como esa amiga suya bebedora de alcohol, borracha, que no parará mientes en enrollarse con el amigo negro y musulmán de Ahmed, que planeaba perder la virginidad con las prostitutas del Barrio Rojo de Ámsterdam, en un viaje de despedida de solteros (las prostitutas las pagaba el amigo de color).

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Aparcando por un momento la historia frustrada de amor, el guion vira hacia el orillado y opacado padre del protagonista, que de vago no tiene nada. Es un intelectual, un periodista argelino que tuvo que huir de su país para salvar la vida. En Francia, sólo le ofrecían trabajos duros y físicos, y él se negó a desempeñarlos, pues le resultaba humillante.

Veinte años después, parece que todavía no ha encontrado un trabajo que cumpla sus expectativas, aunque no le resulta humillante que trabaje su esposa. Este hombre tiene muchos libros en el comedor, y su hijo Ahmed se percata (¿ahora?) de que algunos están en árabe.

Como la esquiva y enfadada Farah no ha respondido al poema email de Ahmed con una nota manuscrita en árabe (ella sí que sabe), le pide a su padre que se lo traduzca (ya podía el buen señor haberle enseñado a su hijo, en sus ratos libres, algo de árabe). Por supuesto, el manuscrito de Farah es toda una encendida declaración de amor que volverá a unir a los frustrados amantes y que incitará a Ahmed a superar sus prejuicios puritanos.

De hecho, la secuencia final será el encuentro gozoso, los cuerpos finalmente enzarzados en el placentero amor. Que nadie espere una escena con la intensidad propia de La vida de Adèle (2013, de Abdellatif Kechiche), sino más bien un pequeño coito que clausura la tensión sexual y poética que se ha ido esbozando, con una mirada cómplice del desvirgado Ahmed hacia cámara, hacia el diván psicoanalítico del público o tal vez hacia sus congéneres musulmanes: ¡lo que os estáis perdiendo!

La función de la poesía erótica árabe ha sido satisfactoria. Los versos sensuales han traspasado las páginas y se han transustanciado en el cuerpo de Ahmed (nuevamente se masturba excitado por tales estrofas), verdaderos detonantes de la materialización del deseo reprimido del joven. Al placer, por la literatura; a la liberación, por la lectura. Al amor, por la poesía.

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Se incardina esta historia de amor y de deseo dentro de un prolífico subgénero del cine francés: el cine de los nuevos franceses musulmanes y su ardua tarea de aculturación. Pues la película ha sido rodada en francés, y la mayoría de esos franceses inmigrantes de segunda y de tercera generación ya no saben hablar ni leer árabe, lo cual es criticado por la directora, que apela al mantenimiento de las raíces.

Ahora bien, en las excolonias francesas, el francés ha sido la lengua de cultura y la del sistema educativo. De ahí esas citas indirectas a Albert Camus, así como también esas parvas menciones a la falta de libertad en los lugares de origen. O a la situación de la mujer. O a la del integrismo y el fanatismo terrorista, aquí ni rozado por asomo. O la paradoja que la profesora de literatura sea una francesa canónica y sea ella quien haya de ilustrar a los jóvenes de origen magrebí al respecto de su cultura, de su poesía, silenciada y orillada por el islamismo religioso.

En fin, Francia está sumida en un galimatías cultural y político, en una situación compleja y difícil, a la que el cine pretende dar algunas respuestas o, al menos, señalar algunos problemas.

Esta película lo intenta y nos lo muestra, aunque cierto pedagogismo, cierta didáctica fílmica juegue en contra de la densidad dramática de la historia y de los personajes, aunque el rechazo al estereotipo redunde en debilidad narrativa y la contraposición argumental e ideológica no genere la tensión necesaria por no haber sabido formalizarla.

También saldría reforzada la historia si la cacareada sobriedad del personaje masculino fuese interpretada por un actor más versátil y consistente, que no se limitase a poner cara de póker, rostro berroqueño y amargado durante toda la película. Después de todo, no es un toro tan tozudo.

Escribe Juan Ramón Gabriel

  

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