Labordeta, un hombre sin más (4)

  05 Octubre 2022

 Memoria de versos indomables

labordeta-0A mi amiga Estefanía Sanz Garín, aragonesa.

«Le hago una seña,
viene,
y le doy un abrazo, emocionado.
¡Qué más da! Emocionado… Emocionado…».

(César Vallejo)

Éramos quince personas en el Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Solo quince, una de las primeras noches otoñales de este año. Y en la sala, como en una reunión secreta, esperábamos ver y oír de nuevo a ese aragonés tan digno, tan ético, tan luchador que fue José Antonio Labordeta.

El documental Labordeta, un hombre sin más, dirigido por su hija Paula y por Gaizka Urresti, posee la enorme virtud de darnos a conocer a un excepcional ser humano en todas sus vertientes: la familiar, la literaria, la política, la periodística, y con ellas, apreciamos al Labordeta padre, al marido, al amigo, al cantautor, al viajero, al profesor.

En poco más de noventa minutos de metraje, este trabajo audiovisual, realizado con una mezcolanza de talento y corazón, recorre la vida de un hombre que dio todo por Aragón y por sus gentes. Existe una notable alternancia de imágenes de archivo, entrevistas al propio escritor, actuaciones musicales en directo, testimonios de amigos, fotografías, secuencias de animación, entre otras herramientas fílmicas, con las que vamos viajando por los vericuetos existenciales de Labordeta.

Otro acierto del documental radica en los diálogos de las hijas y la mujer de José Antonio durante el proceso de rodaje. Son fragmentos emotivos, sencillos, muy auténticos, en los que las familiares recuerdan la dimensión más cotidiana de Labordeta y nos revelan la existencia de un tesoro para profundizar en su vida y obra: el diario que escribió entre 1964 y 1978.

Conocemos algunos de sus pasajes que muestran al Labordeta más inseguro y melancólico.  Al igual que Delibes, Labordeta se consideraba un «dudante». En esas dudas permanentes, acaso forjó su voz propia, única, rebelde. Labordeta era Labordeta, aunque sus versos representaran a miles de aragoneses y a miles de españoles de otras regiones, a miles de individuos humildes y laboriosos.

Labordeta, un hombre sin más, cuyo título es una variante de un verso de Ya ves, una de las canciones más hermosas de José Antonio, combina el presente discursivo, con Juana, la compañera del poeta, y sus tres hijas conversando sobre el polifacético artista, y un pasado reconstruido de forma cronológica: desde marzo de 1935, cuando Labordeta nace en Zaragoza, hasta septiembre de 2010, cuando muere en la misma urbe a orillas del Ebro. Desde que era un niño de la Guerra, deslumbrado por los sonidos y el cromatismo del Mercado Central de la capital aragonesa, hasta que se convirtió en paciente del Hospital Miguel Servet, ya muy enfermo.

labordeta-12

Entre medias, los surcos del azar de los que hablaba Machado —¿qué fue Labordeta sino un caminante machadiano?—: los veranos en Canfranc, en los Pirineos, cuya estación de tren, fronteriza con Francia, nunca olvidaría y por la que tanto luchó para su reapertura; la inmensa huella de su hermano mayor, Miguel, fallecido en 1969, destacadísimo poeta de la década de los 50, que le transmitió la pasión lírica, y con Miguel, la memorable tertulia del Niké, donde se aunaban cultura y diversión; su época como profesor de Historia en un instituto de Teruel, la amistad con Sanchis Sinisterra, los proyectos teatrales compartidos, y la amistad con Eloy Fernández Clemente, fundamental en la creación del periódico Andalán, en 1972, y en la fundación del Partido Socialista de Aragón (PSA), en 1976; su trayectoria como cantautor a partir de 1968, con un papel clave en la Transición cuando, con su guitarra y honda voz, llevó canciones de solidaridad y esperanza a múltiples pueblos de Aragón y de otras zonas de España, tal como hicieran Raimon, Aute, María del Mar Bonet, Paco Ibáñez.

Y más adelante, el magnífico programa de TVE Un país en la mochila, donde le vi por primera vez en la segunda mitad de los 90, en mi adolescencia, machadiano caminante que pegaba la hebra, tan cordial, sencillo y respetuoso, con una galería impresionante de tipos, a menudo veteranos, que conformaban la geografía rural española, un mundo duro pero lumínico, en vías de desaparecer por el éxodo a las ciudades; y desde 2000 a 2008, Labordeta en el Congreso de los Diputados, representando a la Chunta Aragonesista y mostrando que la ética y la honradez podían brillar a diario en el hemiciclo.

Él, Labordeta, un niño derrotado de la Guerra, uno de miles, y luego un inquebrantable antifranquista de espíritu ácrata, admirador de Georges Brassens —Labordeta siempre recordaría cuando vio a Brassens en directo, en un concierto que ofreció en Marsella—, un poeta, un músico, un periodista, un maestro de Historia, un viajero, un socialista libertario de Aragón que cada vez que tomaba la palabra en la cámara legislativa posibilitaba que volviéramos a creer en la bondad y en la justicia, aunque el bueno de José Antonio, en su refulgente dignidad, pareciese Sancho en la ínsula Barataria.

labordeta-13

Dentro del notabilísimo documental, echo en falta las alusiones al poeta peruano César Vallejo, que alentó gran parte de los poemas y canciones de Labordeta. Labordeta, junto con Félix Grande, fue uno de los escritores que con más entusiasmo y sensibilidad defendió la maestría vallejiana. A Vallejo, Labordeta le dedicó un espléndido disco, Trilce (1989), titulado con el nombre de uno de los insignes poemarios de Vallejo. Como Labordeta, Vallejo perdió prematuramente a un hermano que también se llamaba Miguel.

Cada vez que leo o escucho a Vallejo y Labordeta haciendo referencias a sus hermanos, me acuerdo de mi hermano Jorge. Por Jorge, empecé a leer libros, a ver películas, a acudir al teatro. Por Jorge puedo escribir estas líneas. Acaso, el momento cimero de Labordeta, un hombre sin más se encuentre en el recitado de un poema de Miguel, a cargo de José Antonio en el Congreso, en 2003, un canto entrañable de paz en plena guerra de Irak. Lo presentó así: «Me gustaría leer unos fragmentos de un poema escrito por un gran poeta español en los años 50». Conmovedor.

Éramos pocos en el cine del Círculo, una noche de principios de otoño. Unos quince. Solo quince personas viendo la memoria de un gigante de la cultura y la lucha democrática en Aragón, en España. Uno de los imprescindibles a los que se refería Bertolt Brecht. Pocos, muy pocos, unos quince, y que quizás, como escribiese Labordeta, seamos como esos viejos árboles, que resisten vientos y lluvias, sin dejar de soñar con un alba esperanzadora. Somos. Gracias, maestro.

«Habrá un día
en que todos
al levantar la vista veremos una tierra
que ponga libertad».

(José Antonio Labordeta)

Escribe Javier Herreros Martínez  

  

labordeta-11