Modelo 77 (2)

  27 Septiembre 2022

Educación y propaganda

modelo-77-0El oficio y el vigor narrativo de su mirada, de los que ha dado sobradas muestras Alberto Rodríguez en sus anteriores obras, resultan insuficientes para mantener a flote su última producción: un relato que de aferra a uno de los subgéneros cinematográficos más agradecidos (el carcelario), pero en cuyo interior y bajo ese revestimiento de cine de convictos late con una palpitante fuerza un afán de denuncia, de cine político.

Toda realización de entorno carcelario en la que se muestran las duras condiciones de vida a las que son sometidos los presos o la desmesurada carga punitiva a la que son condenados se convierte, en última instancia, en una crítica a la sociedad que ampara dicho sistema de castigo.

Así pues, el subgénero de las prisiones sirve como excusa para arremeter contra la propia sociedad casi siempre desde una perspectiva progresista. Sirven como ejemplos Furia (1936, Fritz Lang); ¡Quiero vivir! (1958, Robert Wise); El hombre de Alcatraz (1962, John Frankenheimer); La leyenda del indomable (1967, Suart Rosenberg); Alguien voló sobre el nido del cuco (1975, Milos Forman); Fuga de Alcatraz (1979, Don Siegel)…, hasta las más recientes Cadena perpetua (1994, Frank Darabont); La última fortaleza (2001, Rod Lurie) e, incluso, la aportación española de Daniel Monzón Celda 211 (2009).

Ahora bien, el Alberto Rodríguez guionista le ha hecho un flaco favor a su homónimo director al buscar su anécdota argumental en la lejana España del año 1976. Cuarenta y seis años son muchos años para que el espectador reconozca o, mejor, se reconozca en aquellos tiempos pretéritos y más aún para armar una historia con un afán de denuncia.

¿Entonces? ¿A qué responde ese salto temporal, ese amplio retroceso a una España que daba los primeros pasos tras la muerte del Generalísimo, del dictador Francisco Franco? A denunciar, claro, y con efectos retroactivos, una situación y unos hechos que deben ser reinterpretados, si no rescatados, del baúl de los recuerdos (olvidados). A construir un nuevo relato.

Si el impulso fiscalizador del género prisiones necesita de una inmediatez temporal, de una contemporaneidad con su época para que la enmienda social y política resulte pertinente, esta distancia temporal quiere ser soslayada desde la necesidad de sacar a la luz unos hechos que han sido obliterados por el río de la Historia (y de quienes la escriben). Se trataría de reivindicar el movimiento de protesta intramuros que a través de las asambleas de presos y de la Copel (Colectivo de presos españoles en lucha) tuvo lugar en el sistema carcelario español al final de los años setenta del siglo pasado. Dicho empeño destaca como loable.

Su oportunidad, sin embargo, responde al oportunismo, a una forzada superposición ideológica que supla la distancia temporal a través de un aggiornamento que insufle nuevos bríos al progresismo (actual) decadente. A saber: utilizar un pasado remoto para incidir en el presente, amparándose en las nuevas lecturas de la Transición española, propiciadas por las nuevas generaciones que no vivieron aquellos hechos, pero que pretenden recurrir a ellos para recurrir su interpretación, para refutar la institucionalizada ejemplaridad de aquel periodo histórico (Ay, Señor. ¿Habrán visto El desencanto de Jaime Chávarri, del año… ¡1977!).

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Y precisamente esa instrumentalización ideológica es la que echa por la borda el guion de Alberto Rodríguez, por superficial, epidérmico, insustancial, armado con una serie de lugares comunes que no logra trascender y engarzado por un rosario de anécdotas que se refutan diegéticamente unas a otras, con la esperanza de que el horror carcelario y su explícito cuestionamiento se basten y se sobren como andamiaje estructural. Pero no, los cimientos son de plastilina y la cárcel está corroída y, por tanto, se desmorona.

Los cuarenta primeros minutos de proyección son los mejores: el ingreso en la prisión Modelo de un remedo de Manolo Reyes (El Pijoaparte marxiano), de nombre Manuel, elegantemente vestido con un traje caro, al que un amigo rico ha utilizado como chivo expiatorio para achacarle un hurto en su propia fábrica.

La perenne lucha de clases: el burgués catalán se aprovecha del inocente charnego, discurso que, por si alguien no ha captado entre fotogramas, luego será verbalmente explicitado: hay que enseñar, educar.

Asistimos en compañía de una cámara nerviosa y trepidante a la congoja y desasosiego de Manuel, a su sobrevenida adaptación a un hábitat duro, durísimo, ante el que enarbolará su dignidad individual y reivindicará (ahí es nada, en febrero del año 1976, en una cárcel española) sus derechos... Los palos y los garrotazos le llueven de todos los sabores y colores, a través de unos funcionarios sádicos y violentos, que se desfogan a gusto con los presos.

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En este nuevo mundo, encontrará un amigo en la figura de El Negro, un preso que le servirá de cicerone y que lo presentará a José Pino, encarnado por un irreconocible Javier Gutiérrez al que la caracterización le impedirá desarrollar con profundidad y dramatismo su personaje, o sea, que estamos ante personajes diseñados en cartón piedra a los que el guion no consigue dotar de fuerza expresiva, igual que el maquillaje no permite a Gutiérrez ningún tipo de versatilidad.

Pino será el maestro en el subapartado de relato de formación por el que el guion se desvía, al modo de Un profeta (2009, Jacques Audiard). Posteriormente, y tras la muerte sobrevenida de El Negro a manos de los sádicos funcionarios, Pino se convertirá en el mejor amigo de Manuel.

Valga decir que, tras la muerte del guía, la película se acaba, pues esa supuesta relación dificultosa, tortuosa y luego amistosa entre Pino y Manuel no cuajará, mostrando las grietas de un guion precipitado, con caries narrativa, incapaz de recuperar el tono inicial, las broncas y ásperas recepción y entrada en el infierno carcelario.

El cínico y distante (por experimentado) Pino se transformará en el más concienciado de los presos, y el discurso que en mitad de la noche, de espaldas, le suelta a su amigo Manuel, al que le provoca las lágrimas, hará que este renuncie a una oferta-soborno del alcaide y que prefiera permanecer en la Modelo, aun a riesgo de las consecuencias funestas para él. 

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De tanto repetir golpes y sevicias, de tanto recurrir a palabras trilladas y secuencias aparentemente espectaculares e impactantes (los cortes en el cuerpo y la sangre derramada como medida de protesta y de presión) la mirada se agota y en su aburrimiento empieza a detectar lo contingente que hay en la pantalla.

Es más, para rellenar el ahíto relato carcelario, aparece la reivindicación política, sus asambleas, traiciones, egoísmos particulares (presos políticos frente a comunes), escenas en el patio, trueques de mercancías…, hasta la aparición de Fernando Tejero en el papel de capo de la sección sexta, la de los peores criminales y delincuentes. Así, aparecerá la relación con sus efebos, su condición de preso contumaz y de espíritu negro.

No obstante, en una secuencia inefable, cuando haya que recurrir a él para organizar un motín, será presionado por Pino con el anillo de un antiguo efebo, al que se lo mataron sin que él se percatara de tal crimen y cuya metonímica presencia (el anillo) le provocará unas cálidas y turgentes lágrimas.

Se esbozan algunos otros personajes secundarios: un médico cuyo encierro responde a su homosexualidad, el cual se encargará de curar al magullado Manolo y que será su introductor en la vía-reivindicación política, mientras el doctor se escapa a través del vuelo de la morfina; un carcelero menos canalla que la mayoría con el significativo apode de Demócrata; un acartonado y estereotipado director de prisión (tan engominado como un director de banco o un político de nuevo cuño); unos mandos de la policía con unas gafas de sol más que franquistas pinochetistas; unos traslados de prisión que muestran por enésima vez las inhumanas condiciones con las que son tratados los presos; unos abogados de oficio cínicos y fríos; unos abogados progresistas tan barbudos y con cazadora inicial, como encorbatados y trajeados en su metamorfosis política; una fotografía de su novia desnuda que consigue ocultar (¿dónde? ¿en el ano?) cuando lo han desnudado y cacheado a conciencia; unas instalaciones viejas, derrengadas, sucias, siniestras; una puesta en escena que logra transmitir la sordidez del espacio, el clima asfixiante, pero que se dilapida y no se sabe administrar con precisión; una joven protonovia enamorada porque sí, con más moral que el alcoyano y que pacientemente esperará durante dos años el encuentro con su ríspido amor, etc, etc.

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El motín, la preparación de la fuga (aquí se copia La gran evasión, de John Sturges, o La evasión, de Jacques Becker: Adolfo Bellido dixit); las referencias a la situación política y a la anhelada amnistía a través de la televisión; la muerte violenta de Marbella (Tejero) a manos de su efebo, que se alzará como nuevo capo.

La aparición de la heroína en la cárcel y las funestas consecuencias para los presos (¿Solo para ellos?), dividiéndolos y finiquitando su solidaridad colectiva… Ese anuncio de la televisión en color que recurrente y obstinadamente Manuel observa desde su celda, una alegoría de la sociedad a la que se aspira y cuyo desmantelamiento marca el fin de la utopía, de la lucha reivindicativa y la asunción de la gris realidad: hay que fugarse, no hay posibilidad de trasformación mediante vías o cauces legales…

Y esta es la tesis que sobrevuela todo el guion. Partiendo de una situación de mala conciencia: olvidamos y traicionamos nuestros ideales en la Transición, en aras de ¿qué?; nos dejamos a gente por el camino (¿a quién?). Hay que reescribir la Historia. Hay que movilizarse, reivindicar… ¿qué? No todo el mundo transigió con la Transción. El PCE pactó, sí: El PSOE, después, también. ¿No alcanzaron el poder? ¿No han gobernado? O se pretende defender, apostar por los que no transigieron o pactaron: ¿ETA? ¿El GRAPO? ¿El PCPE? ¿Vale todo para conseguir los fines: cuáles? ¿Vale la lucha armada?

Sería conveniente una indagación más profunda, unos guiones mejor trazados, más elaborados. Haría falta más nivel. Pero, por favor, que no se nos trate como a recién llegados. Hay mucha literatura sobre el tema. Y como dijo el poeta: «De todas las historias de la Historia / la más triste sin duda es la de España».

Escribe Juan Ramón Gabriel

  

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