Voy a pasármelo bien (2)

  20 Agosto 2022

En busca de amistades y amores de la niñez

voy-a-pasarmelo-bien-0El cine musical en España se reduce, en general, a películas de cantantes o de bailes flamencos. Los y las cantantes se han dedicado a cantar cuplés, jotas y otras milongas.

Un género, o como se quiera denominar, de no gran calidad, que en gran abundancia se pasea por la historia del cine patrio.

Breve historia del cine musical español

En algunos títulos de antaño — de esos llamados clásicos—, sobre todo de Florián Rey con Imperio Argentina, hasta se intentaban, con mayor o menors éxito, montar unas ciertas coreografías, como fue el caso del sueño en color (dentro de un filme en blanco y negro) de Todo es posible en Granada (1954), de José Luis Sáenz de Heredia, en el que, viniera o no a cuento, el ballet de Antonio con Rosita Segovia incluía un espectacular aparte con música de Falla (1).

Atrás quedaban títulos que antecedieron a los filmes de Carlos Saura, eran documentales sobre el flamenco como Duende y misterio del flamenco (1952), de Edgar Neville, o incluso unos años antes, nada menos que incluyendo a Lola Flores y Manolo Caracol, se estrenase Embrujo (1947), de Carlos Serrano de Osma.

Películas de y con cantantes de una cierta aceptación hasta que surgió el terremoto de El último cuplé (1957), de Juan de Orduña, gracias a una Sarita Montiel recién llegada de Hollywood donde había intervenido en dos buenos western, Veracruz (1954) y Yuma (1957), de Sam Fuller y, entre medias, un melodrama a las ordenes del entonces su marido Anthony Mann, que había hecho un parón en los western con James Stewart, para rodar el bonito melodrama Dos pasiones y un amor, 1956, un filme de muchos gorgoritos a dúo con Mario Lanza (un paréntesis el de Mann que supondría una especie de reposo del guerrero antes de enfrentarse a otros destacables western: Cazador de forajidos, 1957; el excepcional Hombre del oeste, 1958; y uno de los más grandes títulos del cine bélico, La colina de los diablos de acero, 1957). 

Sarita Montiel se convertiría en España en la gran diva desde ese momento. Su viaje circular: comenzó como secundaria en España, para pasar a Méjico y Estados Unidos antes de convertirse en la actriz por excelencia, e intratable, del cine español.

Niños cantores con Joselito a la cabeza, Pili y Mili, pero sobre todo por las cantantes como Rocío Dúrcal y sobre todo por dos cracks que se convertirán luego en grandes actrices: Ana Belén y Marisol.

El cine musical también ha echado mano de otros géneros como la zarzuela que da lugar a films tan dispares como Doña Francisquita (1952), de Ladislao Vadja (existe otra versión anterior de 1934, dirigida por Hans Behrendt) y La corte del faraón (1985), de José Luis García Sánchez. Un caso curioso de un filme zarzuelero pero sin inspirarse en ninguna zarzuela es la disparatada Bruja más que bruja (1977), de Fernando Fernán Gómez.

La gran importancia de los grupos musicales ingleses en los años sesenta, fundamentalmente los Beatles, que llegaron a intervenir en varias películas siendo las fundamentes las dos dirigidas por Richard Lester, ¡Qué noche la de aquel día! (1964) y Help! (1965) propició, a partir de aquella década y la siguiente, la aparición de grupos como El dúo dinámico, Los Brincos, Los Bravos, Mecano,  Hombres G que fueron  intérpretes de algunas películas, que llevarían en el título alguna de sus canciones, como es el caso de Los chicos con la chicas (1967), de Javier Aguirre, con Los Bravos o, años más tarde, los Hombres G, de los que hablaremos posteriormente, pasan a interpretar las dos últimas películas dirigidas por Manuel Summers, Sufre mamón (1987) y Suéltate el pelo (1988).

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Pero, si en realidad queremos de hablar de películas realmente musicales realizadas en España debemos, sobre todo, recordar Diferente (1961), de Luis María Delgado; Uno dos tres al escondite inglés (1969), de Iván Zulueta; más en el terreno del canto que en el del musical auténtico podría citarse Las cosas del querer (1989), de Jaime Chavarri; El otro lado de la cama (2002) y su continuación Los dos lados de la cama (2005), ambas de Emilio Martínez Lázaro; Una hora más en Canarias (2010), el primer intento de David Serrano por acercarse al cine musical; Cerca de tu casa (2016), de Eduard Cortes; La llamada (2017), de Javier Calvo y Javier Ambrossi, y Vamos a pasarlo bien (2022), de David Serrano.

Diferente fue un filme de escasa calidad, pero sorprendente ya que en los inicios de los años sesenta fue capaz de estrenarse sin problemas, siendo como era de carácter claramente homosexual: es difícil olvidar aquella simbólica escena de un fornido trabajador taladrando una calle con una inmensa taladradora.

No sólo por esa escena, claro, todo en la película, desde el intérprete principal (Alfredo Alaria) hasta los números musicales estaban impregnados por una clarísima homosexualidad, que la censura se la había tragado de forma incomprensible.

La película de Zulueta era una especie de juego con el cine que él quería impulsar y que llegaría a su punto más alto con ese gran filme de culto que es Arrebato (1979).

Una cierta sorpresa, pero sobre todo por tratar el tema a través del género es Cerca de tu casa, ya que se trata de una película sobre desahucio. Por su parte, La llamada es un caso curioso, ya que se trasladó al cine, y no mal, la obra que había triunfado como musical en el teatro. Mientras que en las dos películas de Emilio Martínez Lázaro interviene como guionista David Serrano, el realizador de Vamos a pasarlo bien.

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David Serrano

Nacido en Madrid en 1975, es guionista de cine y televisión, director de cine y de teatro musical y productor. Fue el guionista de los dos musicales dirigidos por Emilio Martínez Lázaro. Escritor y realizador de tres cortometrajes: El primerizo (1993), Piel canela (1995) y Mezclar es malísimo (2001). Dirigió otros dos con guion de Juan Cabestany, El último golpe (2007) –este codirigido junto a Cabestany– y Pues vale (2010). Escribió el guión de El pregón (2016), que realizaría Dani de la Torre.

Dirigió los primeros episodios de la divertida serie ¡Vota Juan! (2019). También los largos y de escaso interés Días de fútbol (2003), Días de cine (2007), Una hora más en Canarias (2010), Tenemos que hablar (2016) y Voy a pasármelo bien (2022).

Lo que mejor ha dominado hasta el momento es en el teatro y, sobre todo, los musicales. Escribió la obra musical Hoy no me puedo levantar (2005), basada en canciones del grupo Mecano. En colaboración con otros compañeros escribió también las obras Enamorados anónimos (2008), a la que se añadió el nombre de El musical de la copla.

En 2011 coescribió y dirigió el musical Más de 100 mentiras. Con la dirección del musical Billy Elliot (2017), basado en la película del mismo nombre, obtiene éxito y prestigio. En 2018, junto a su hermano Alejando, adaptó West side story estrenada en Madrid. Actualmente prepara el estreno teatral de dos musicales, Grease y Matilda. Ha dirigido, coproducido y adaptado otra serie de obras. Por encima del cine su dedicación es, sin duda, el mundo del teatro.

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De los 80 a la actualidad con los Hombres G de fondo

Hombres G es un grupo musical de rock and roll fundado en Madrid en 1982 por el cantante David Summers, hijo del realizador Manuel Summers, quien dirigió sobre el grupo sus dos últimas, y lamentables, películas. Junto a David el grupo se formó con el batería Francisco Javier Molina y los guitarristas Rafael Muñoz Gutiérrez y Daniel Mezquita. Al parecer su nombre procedía de la película policiaca G Men (1935), de William Keighley, titulada en España G Men contra el imperio del crimen, en la que los G Men eran agentes del FBI.

El grupo musical tuvo una gran aceptación entre la juventud de los años ochenta con canciones tan exitosas como Sufre mamón, La cagaste Burt Lancaster, Suéltate el pelo, Marta tiene un marcapasos, No te puedo besar, Una mujer de bandera… Voy a pasármelo bien, canción esta última que tiene el mismo título del filme que ha rodado David Serrano, que era —y sigue siéndolo— un gran admirador de esta banda.

Desde ese título, construye una película que nos lleva a los años ochenta, a contactar con una serie de chavales que admiran, escuchan, cantean y hasta bailan algunas de sus canciones.

Según el director, tiene mucho de autobiográfica, por eso quizá el protagonista se llama David, y en ella cuenta su primer amor por una niña, Layla, en una ciudad de provincia, su separación y el posterior encuentro con aquella niña en la actualidad.

Al parecer para realizar la película, el director tuvo en cuenta otra serie de títulos (en lo que se refiere a la historia del grupo de amigos en su niñez) como pueden ser Cuenta conmigo (1986), de Rob Reiner, Los Goonies (1985), de Richard Donner, y Exploradores (1985), de Joe Dante.

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La idea es clara, centrarlo todo en los años ochenta, donde el director tendía unos 11 o 12 años, los mismos que el David de la historia. Si no se hubiera adaptado a títulos de esos años, podría haber utilizado también otros títulos como Súper 8 (2011), de J. J. Abrams, por eso del rodaje de una película en súper 8 como intentan hacer los protagonistas del título de David Serrano. Habría que pensar en la relación con otra película, al menos con su primera parte, como es Del rosa…al amarillo (1963), de Manuel Summers

Con buen sentido David Serrano no divide la película en dos partes, correspondiente cada una de ellas a las dos etapas en las que se desarrolla; es decir, opta por unir ambas épocas a través de un efecto sencillo: un hecho que tiene lugar en el presente y que va a conducir al protagonista a un viaje/juego con el tiempo. Y es que Layla, aquella chica que llegó un día al colegio para marcharse enseguida a Méjico y convertirse allí en una gran ¡directora de cine!

Al parece, siguiendo las palabras del director, su niñez transcurrió en Albacete y allí fue cuando saltaron de sus ojos las primeras chispitas al llegar Layla al colegio público en el que estudiaba EGB, pero el hecho de convertir a la niña en cuarentona directora afamada, y como mejor manera de hacer coincidir ambos es posibilitar que un festival de cine por su gran obra la homenajee.

Y como es muy fuerte que eso sea en el festival de San Sebastián, el homenaje se la hace en la Seminci, un festival más pequeñito y donde además va a hacer que transcurra toda la historia. Que la Seminci sea menos afamado que el festival de San Sebastián no quiere decir que sea un festival tan cutre a la hora de preparar anuncios sobre la directora homenajeada como los que aparecen en el filme pegados en las calles.

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Dentro de esta historia, doble y única, hay sobre todo algo destacable y son los muy notables números musicales, prueba del dominio de David Serrano en la dirección musical, como demuestra en sus obras de teatro. Entre los números musicales hay que destacar sobre todo dos: el que da inicio a la película (con la canción del título) y el que señala la separación de los dos niños.

Dicho esto, queda la historia y aquí ya entramos en terrenos menos satisfactorios. El grupo de chavales conforman un absoluto tópico: el niño guapo, el simpático, el que tiene pinta de intelectual, el buen repetidor, los (ridículos) matones. Y, junto a tales estereotipos de chicos, las chicas también forman parte del mismo esquema.

Si a esto añadimos unas situaciones aceptables, pero nunca acabadas, esquemas más que desarrollos, tendremos que el filme se queda en una pequeñez al lado de sus fuentes. Momentos desaprovechados al máximo como es el del robo de la cinta musical en ¡Galerías Preciados! No digamos la de la fiesta. Y es que falta ambiente, vida, movimiento como si el filme estuviera, por momentos, hecho de retales.

O donde ni siquiera se sabe cuál es el funcionamiento, ayer y hoy, de un centro escolar donde, en el filme, una persona pueda decir que ella no está en clase de religión y, por tanto, lo suyo es la ética y el profesor dispense de la asignatura a quien dice tal cosa e incluso repite por las buenas año tras año. O que el gran temor del repetidor (de cuya familia nada sabemos, y por tanto de su realidad) sea tener que irse a FP.

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Se entiende mucho menos de dónde viene la afición de esos chavales al cine, su ilusión por hacer un cortometraje, cuando jamás se les oye ni una palabra sobre películas, ni que asistan al cine, ni siquiera que en sus casas (otra cosa sería el papel de las familias de las que poco o nada se sabe) exista un aparato de televisión y se interesen por algún programa. Lo único que sabemos es que Lalya dice que le gusta el cine y quiere ser directora… claro, para que eso pueda unirse con su vuelta a la ciudad para recibir el homenaje y volver a hablar con aquel niño que sintió amor por aquella niña.

Cómo hemos dejado claro, todo el filme se basa en un recuerdo ante la vuelta de la gran directora a la ciudad donde vivió, al parecer, muy poco tiempo (imposible saberlo por la mala utilización del tiempo en el filme en sus dos diferentes épocas). Los amigos, los tres y el repetidor, se unen, y confabulan para estar con Layla, que, a pesar de ser una directora con mucho trabajo, tiene tiempo para quedarse durante toda la semana en el festival, mientras prepara un filme de gran presupuesto sobre ¡superhéroes! Y los tres vienen marcados por su niñez como si en la vida desde la niñez se estuviera ya marcado y nadie fuera capaz de cambiar.

Así, el protagonista se ha hecho algo así como escritor, el más listillo en un importante dentista, mientras el vivales es… presidente del equipo de fútbol de la ciudad (lo que conlleva el que aparezca, y pague por la promoción, el campo de fútbol de Valladolid) y, por su parte, el repetidor es un taxista.

Al parecer, todos lucen soltería. Eso sí, los cuatro, en sus reacciones, por inoperancia del guión o porque el director así lo quiere, siguen siendo los cuatro de la EGB. Son cuarentones inmaduros. La escena del intento de declaración (impulsado por los amigos) de David a Layla en una fiesta es el colmo de la insensatez.

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Sin embargo, es brillante la idea de la despedida de Layla de la ciudad ante la vista de David en el hoy, junto al niño de ayer (en recuerdo de la marcha de la niña con su madre en el coche mientras la ve partir el niño David). Un final brillante enmarañado por el parón del coche de la directora para tener la última charla con el frustrado y solitario David.

Filme fallido, irregular, con algunos momentos destacables, escasos, y con unos buenos números musicales. Para dejar claro que esto, lo que acabamos de ver, es sobre todo un homenaje a Hombres G, los títulos de crédito finales son acompañados por la orquesta, en el hoy, mientras se entremezclan entre los componentes algunos de los chicos que han intervenido en la película.

Esperemos que David Serrano se anime a realizar un verdadero filme musical. Y no solo a medias. Es algo que domina como demuestra en la dirección de sus musicales en el teatro. Solo es cuestión de decidirse o… de dinero.

Escribe Adolfo Bellido López

Notas

(1) Muy buenos realizadores extranjeros han fallado en sus paseos por España; dos claros ejemplo serían el de Aventura para dos (1957), de Don Siegel (en los dos años anteriores había realizado nada menos que La invasión de los ladrones de cuerpos y Baby Face Nelson) donde la actriz principal era ¡Carmen Sevilla! O Luna de miel (1959), nada menos que de Michael Powell, y donde el ballet de Antonio, principal intérprete del filme, tiene una finalidad parecida a la de Todo es posible en Granada, ya que la música de Falla y El amor brujo tratan de hacer olvidar la endeblez de la trama.

Como dato curioso hay que decir que es el primero que Powell dirige en solitario después de la larga colaboración con Emeric Pressburger, que había comenzado en 1942 al realizar One of our Aircraft is Missing. Y lo más sorprendente es que Powell, un año después de ese mediocre filme rodado en España, realizara una de sus obras maestras, El fotógrafo del pánico.

  

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