Bullet train (2)

  14 Agosto 2022

Karma Söze

bullet-train-0David Leitch, el director de Bullet train, es conocido por su secuela de Deadpool y en menor grado por realizar una de las entregas de Fast & Furious y codirigir John Wick. Como aportaciones «originales», fuera de franquiciados, apenas cuenta con la irregular Atómica (Atomic blonde) y un puñado de cortometrajes. No parecía mucho bagaje como para otorgarle la responsabilidad de una superproducción llamada a reventar las taquillas del verano, pero lo cierto es que no ha parecido una mala elección, vistos los resultados.

Ahora bien, ¿elección de quién?

Veamos: la estrella principal del filme es un Brad Pitt al final de su mediana edad que quiere reconvertirse en estrella de acción con rostro humano, al estilo de Érase una vez en Hollywood, y eso nos da una primera pista sobre la ascendencia de Leitch: durante muchísimos años fue doble de acción del protagonista de El club de la lucha y eso parece haber forjado una amistad a prueba de bombas.

Paralelamente, la frenética Bullet train parece beber de las fuentes de inspiración tarantinescas, si bien hay que reconocer que la película de Leitch más bien surfea, antes que bucear, en el libro de estilo del realizador de Knoxville: los diálogos tratan de asuntos pretendidamente trascendentes, sí, y lo hacen desde el marco de una cultura popular que acerca los personajes a un público más amplio, alejado de las exquisiteces del arte y ensayo; sin embargo, es discutible que Leitch haya alcanzado las cotas de absurda brillantez de Tarantino con sus diálogos sobre frutas y trenes animados: parece haberse quedado en el intento, logrando apenas unas líneas de afortunadas ocurrencias que, por fortuna, tampoco sobrecargan la paciencia del espectador como sí lo hacen algunos interminables diálogos del tío Quentin.  

Pero volviendo a las influencias, el antiguo especialista, además, parece contar con una legión de poderosos amigos, que de buen seguro han tenido que ver en la producción de su filme; los numerosos cameos en la película así lo atestiguan: Ryan Reynolds, Channing Tatum, Sandra Bullock o ¡Bad Bunny! son las sorpresas que dan relumbrón a una cinta protagonizada mayormente por actores noveles, aunque muy solventes, o de caché intermedio como Michael Shannon —espantosamente doblado al castellano, por cierto— o Hiroyuki Sanada.

Así pues, Leitch parece haber contado con el empuje de semejante tropa, que le ha apoyado a la hora de llegar de Tokyo a Morioka en hora punta, y a fe mía que ha sido un trayecto interesante.

En la película resuenan ecos argumentales del Asesinato en el Orient Express: un no muy complejo puzle en el que cada pieza está ahí porque debe estarlo, obedeciendo a un plan maestro del que poco a poco vamos descubriendo la arquitectura —y sus grietas—, pasado por el tamiz de las películas de Yakuza, la omnipresencia de los teléfonos móviles con protagonismo propio, refritos de filosofías orientales del destino y el Karma y, como ya hemos dicho, del cine de Tarantino rebajado con gaseosa: serpientes venenosas, katanas afiladas y asesinos implacables.

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Una cinematografía efectiva sin más pretensiones que hacer pasar un buen rato al respetable y tomando en serio su inteligencia, lo que quiere decir no subestimar, pero tampoco sobreestimarla.

Porque la película no intenta ser enjundiosa intelectualmente, y aprovecha cada momento o sentencia altisonante para reírse de sí misma. En este desempeño ayuda bastante un escogido elenco actoral, que se mueve bien entre la comedia y la acción pura y en el que cabe destacar la química que se da entre los dos hermanos «gemelos» Mandarina (Aaron Taylor Johnson) y Limón (Brian Tyree Henry), pero también la caricaturesca aparición del rapero Bad Bunny, tan en su papel de churrigueresco matón mexicano, que parece sacado de un anuncio de colonia para hombre.

Joey King da la réplica como personaje femenino principal, moviendo los hilos de algunos pobres diablos que bailan al son de su aspecto de niña inocente. Su personaje está muy bien construido y sabe jugar con esa turbia frontera entre debilidad aparente y falta de escrúpulos que define la inteligencia de los manipuladores.

De los demás no puede decirse mucho, porque son más cameos que personajes principales: Zaziee Beetz apenas aparece en una escena, Michael Shannon como La muerte blanca —una especie de Kaiser Söze cuya sola mención provoca pavor en sus enemigos— se pasa más de la mitad de su tiempo enmascarado, y Andrew Koji no tiene mucho que agradecer a un guion que lo ha dejado entre medio muerto y medio inconsciente, articulando poco más de un par de frases con sentido en todo el filme.

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Así pues, solo nos queda Brad Pitt, que, solvente, cumple con su papel recurriendo a alguno de sus tics más reconocibles de otras películas. Interpreta a un personaje amable: un asesino en fase de retirada que se angustia con la dicotomía entre la buena y mala suerte, preso de su dolorosa conciencia o del estrés postraumático, motivo por el que se halla bajo tratamiento psicológico y que se encuentra, por azar, ante la más difícil misión sencilla de su vida.

Técnicamente la película está ejecutada con oficio, respondiendo a los cánones del nuevo cine de acción; he hablado antes de la influencia de Tarantino, pero no sería justo dejar de mencionar que Guy Ritchie sea probablemente la inspiración más marcada de Leitch, con flashbacks de años o minutos, según se describa un personaje o una acción, cámaras superlentas y coreografías del exceso, amplias efusiones de sangre y ramalazos de gore que nos hablan de una fusión de estilos no apta para todos los públicos.

Casi todas las características antes señaladas refieren al realizador británico: añádase a ello los mafiosos rusos, los planes disparatados y las palizas al protagonista principal —Brad Pitt con sombrero— y podríamos tener perfectamente un Snatch 2.

Leitch sin duda se muestra como un realizador eficaz, que sabe combinar acción y humor, dando un toque justo de cada. Le falta quizá encontrar un estilo propio para ser reconocido y recordado, pero... ¿Quién, sino un ególatra, querría ser reconocido por alguien más que sus propios amigos? Y la verdad, David Leitch tiene muchos.

Escribe Ángel Vallejo

  

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