Los Minions: El origen de Gru (1)

  09 Agosto 2022

Los esbirros superan al maestro

minions-0Es hacer gala de mal estilo, además de evidenciar un punto de vanidad, el glosarse a sí mismo, pero creo que el propio título de la película da pie a ello.

Cuando un servidor hizo su primera crítica de la saga Gru, se dio cuenta de que los Minions estaban llamados a robarle el protagonismo al personaje principal, un malvado que no solo no lo es tanto, sino que las más de las veces –aunque sea de un modo involuntario– ha operado en el lado del «bien» (las comillas, por supuesto, son importantes).

La prueba, reitero, es que en el título de esta cuarta entrega de la saga –entre las que incluyo ese spin off dedicado a los personajes amarillos–, supuestamente dedicado al jefe Gru, se antepone el nombre de los esbirros al suyo.

Sin duda es una pura estrategia comercial: los Minions no tienen más protagonismo que en otras entregas y tampoco más que su amo y señor, pero parece una buena idea señalar que esta es una película en la que sus ocurrencias constituyen los mejores momentos de una cinta rutinaria.

Porque, ahora sí, pasando a lo enjundioso, cabe decir que El origen de Gru ha renunciado a toda la frescura que pudieron atesorar sus dos primeras entregas.

Una película que pretenda contar el origen de uno de los personajes más curiosos del panorama cinematográfico infantil se enfrenta, desde luego, a un serio dilema… ¿Cómo explicar su temprana –y definitiva– inclinación al «mal»? ¿Evidenciamos sus posibles traumas o contamos su cursus maleficum, dando aquellos por descontados? 

La película ha optado por lo segundo, asumiendo que los primeros fueron expuestos en Gru 2: En su infancia, Gru era el «piojoso» de la clase y su madre, soltera y despreciativa, no lo atendió con suficiente cariño como para hacer de él un niño empático. Esto nos lleva a la pura descripción de sus aventuras como protomalvado y despeja el dilema antes mencionado: dado que ya no tenemos por qué contar una genealogía –recurso típico de las películas de superhéroes– nos inclinaremos por una buddy-rookie movie en la que veremos cómo Gru aprende de un compañero todos los entresijos del «mal».

El problema, claro, es que ambos enfoques son un nido de clichés: si las genealógicas pecan de tópicas explicaciones psicologistas y causales, las de maestro-alumno suelen seguir la cadena de aprendizaje-igualación-superación, con diversas variantes. Eso en sí mismo no es malo, pero ya resta un punto de originalidad a una saga que nació con pretensión de serlo.

El resultado, desde luego, no es nada del otro mundo, excepción hecha del camino según el cual Gru va a llegar a aliarse con su mentor diabólico, que pasa de una inicial enemistad a un simbiótico colegueo.

minions-2

Planteada la arquitectura del filme, cabe hablar de la mampostería: en El origen de Gru, por supuesto, serán los Minions los principales recursos cómicos. Emulando la tercera entrega, la película se conduce por varias tramas distintas que al final convergen en un único clímax. Los Minions, por supuesto, tienen la suya propia, que no es más que un relato de torpezas más o menos graciosas que suelen, por azares casi taumatúrgicos, acabar bien.

El otro leitmotiv es la ambientación setentera: si en Gru 3 los ochenta fueron protagonistas, con un villano anclado en su fulgurante pasado televisivo, esta vez es la propia situación histórica la que determina tal ambientación. Gru pasó su infancia en esa época, y no cabe resistirse por ello al clásico enfrentamiento entre el rock y la música disco; el hecho de que cada uno de los villanos principales se adscriba a una de esas dos corrientes, es desde luego uno de los mejores hallazgos de una película que no atesora demasiados.

Porque, algunos gags afortunados aparte, todo suena ya rutinario y clónico: cuatro de los seis villanos –a pesar de estar doblados por actores de renombre como Dolph Lundgren, Jean Claude Van Damme, Lucy Lawless o Danny Trejo– apenas tienen líneas de guion o personalidad que las sustente.

La película ha perdido todo el subtexto que atesoraban las dos primeras y se ha inclinado por la acción pura y el gadgetismo disparatado. Se atisba el afán comercial con la aparición de un nuevo Minion, Otto, del que ya hay peluches y figuritas en las tiendas, y con ello, indefectiblemente, uno piensa que quizá la saga Gru, autoproféticamente, se está convirtiendo en un nuevo mecanismo del «mal»: como las tecnológicas, los centros comerciales y los bancos, el merchandising peliculero es una de las patas de la decadencia de occidente, aquella que señala el camino fácil para el éxito económico, que supedita al cinematográfico y que se halla tan alejado de las salas de exhibición como cercano a las cadenas de hamburgueserías o las jugueterías.

Illumination parece inclinarse inconscientemente por matar la gallina de los Minions de oro. Qué triste paradoja sería que el «mal» acabase por morir de éxito.

Escribe Ángel Vallejo

  

minions-000