Men (3)

  02 Agosto 2022

Sola ante el peligro

men-0Podríamos decir que en plena época #MeToo, en pleno auge de la reivindicación del feminismo y en un periodo de absoluta destrucción del androcentrismo, nos hacía falta una película como Men. Se trata de la última propuesta de Alex Garland, creador de sobrecogedores espacios futuristas y analítico experto del comportamiento humano, como ha demostrado en sus cintas previas Devs, Ex machina o Aniquilación, todas ellas interesantísimas obras que conjugan humanidad con desarrollo.

De repente, tenemos esta Men, la cual, vamos a ser osados, diríamos que Garland se la ha tomado como un espacio libre de experimentación, horror y esteticismo. Porque hay que decirlo, estamos hablando de horror, y no de terror. Un horror que viene de dentro, que se vuelve físico y que se transforma en real. Porque todo lo que sucede en Men bien puede ser una alegoría de la construcción social en la que vivimos instaurados, bien puede ser un sueño o bien puede ser otra cosa radicalmente diferente.

Pero lo que queda claro al verla es que Men nos arroja a la cara un catálogo de masculinidades perniciosas, o el status quo de nuestro sistema profundamente enraizado en el patriarcado, en el colegueo machirulo, o en el ensalzamiento de la figura paternalista.

Y todo ello se concreta en la actuación sobrecogedora de Rory Kinnear, quien encarna todas las personalidades masculinas tóxicas del relato, aunque Harper no percibe que todos los hombres de la trama sean la misma persona, o al menos no lo expresa verbalmente. Kinnear encarna a todas excepto una, que resulta ser el personaje desencadenante de la acción.

Refugio y catarsis

Conocemos a Harper, nuestra supuesta heroína, cuando está atravesando una profunda tragedia personal por la que se siente responsable de la muerte de su pareja y por la que decide hacer un retiro en una hermosísima casa en medio de la campiña inglesa. Harper afronta su periodo de desconexión como un momento para el refugio y el descanso, aunque finalmente debemos suponer que será una alucinante transición por la que afrontará todos sus miedos personales más oscuros y ocultos respecto a su entorno.

Y es que Garland decide que Men sea, como ya hemos dicho, todo un lienzo experimental y surrealista, lleno de ambigüedades y de interpretaciones libres sobre lo que estamos viendo. Además, divide la cinta en dos secciones claramente diferenciadas. La primera es una introducción calmada, contemplativa y de un nivel de preciosismo cromático que invita a la relajación, el primer objetivo de Harper para su retiro. La segunda mitad del relato se convierte en una pesadilla metafórica y metalingüística que hace de la guerra de sexos un motivo de horror sin fin a diversos niveles.

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Men es de aquellas cintas que se han parido como un engendro multiforme, monstruoso, que dará mucho que hablar y que puede ser analizada a diferentes niveles. Tenemos profusión de referencias religiosas, personajes de mitologías foráneas, figuras de nuestro entorno habitual… pero todas ellas suponen para Harper el acecho de lo imprevisible, lo desconocido, lo lacerante.

Para ello, Garland dispone de un arsenal de sonidos, imágenes, composiciones visuales, encuadres perfectos y recursos varios que dejarán boquiabierto hasta al más esteta. Y hasta podemos pensar que tanta belleza formal es un claro ejemplo cinematográfico de horror vacui.

Quizás a Garland se le haya ido un poco la mano en este festín multiforme, sanguinario y enloquecido que nos plantea. Quizás todo resulte demasiado ambiguo como para ser disfrutable y quizás su segunda mitad pesadillesca se prolongue demasiado en su metraje. Incluso podemos decir que su argumento es prácticamente inexistente.

Pero a su vez es una obra que desafía todas las convenciones tanto intra como extra cinematográficas. Así que, por valiente, por bizarra, por repugnante y por sorprendente, Men merece ser una de esas cintas que definen una temporada fílmica. Ya sea para bien, o para mal. Eso se lo dejamos a ustedes.

Escribe Ferran Ramírez

Más información sobre el cine de Alex Garland:

Ex Machina 

    

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Sola ante el peligro

Podríamos decir que en plena época #MeToo, en pleno auge de la reivindicación del feminismo y en un periodo de absoluta destrucción del androcentrismo, nos hacía falta una película como Men. Se trata de la última propuesta de Alex Garland, creador de sobrecogedores espacios futuristas y analítico experto del comportamiento humano, como ha demostrado en sus cintas previas Devs, Ex machina o Aniquilación, todas ellas interesantísimas obras que conjugan humanidad con desarrollo.

De repente, tenemos esta Men, la cual, vamos a ser osados, diríamos que Garland se la ha tomado como un espacio libre de experimentación, horror y esteticismo. Porque hay que decirlo, estamos hablando de horror, y no de terror. Un horror que viene de dentro, que se vuelve físico y que se transforma en real. Porque todo lo que sucede en Men bien puede ser una alegoría de la construcción social en la que vivimos instaurados, bien puede ser un sueño o bien puede ser otra cosa radicalmente diferente.

Pero lo que queda claro al verla es que Men nos arroja a la cara un catálogo de masculinidades perniciosas, o el status quo de nuestro sistema profundamente enraizado en el patriarcado, en el colegueo machirulo, o en el ensalzamiento de la figura paternalista.

Y todo ello se concreta en la actuación sobrecogedora de Rory Kinnear, quien encarna todas las personalidades masculinas tóxicas del relato, aunque Harper no percibe que todos los hombres de la trama sean la misma persona, o al menos no lo expresa verbalmente. Kinnear encarna a todas excepto una, que resulta ser el personaje desencadenante de la acción.

Refugio y catarsis

Conocemos a Harper, nuestra supuesta heroína, cuando está atravesando una profunda tragedia personal por la que se siente responsable de la muerte de su pareja y por la que decide hacer un retiro en una hermosísima casa en medio de la campiña inglesa. Harper afronta su periodo de desconexión como un momento para el refugio y el descanso, aunque finalmente debemos suponer que será una alucinante transición por la que afrontará todos sus miedos personales más oscuros y ocultos respecto a su entorno.

Y es que Garland decide que Men sea, como ya hemos dicho, todo un lienzo experimental y surrealista, lleno de ambigüedades y de interpretaciones libres sobre lo que estamos viendo. Además, divide la cinta en dos secciones claramente diferenciadas. La primera es una introducción calmada, contemplativa y de un nivel de preciosismo cromático que invita a la relajación, el primer objetivo de Harper para su retiro. La segunda mitad del relato se convierte en una pesadilla metafórica y metalingüística que hace de la guerra de sexos un motivo de horror sin fin a diversos niveles.

Men es de aquellas cintas que se han parido como un engendro multiforme, monstruoso, que dará mucho que hablar y que puede ser analizada a diferentes niveles. Tenemos profusión de referencias religiosas, personajes de mitologías foráneas, figuras de nuestro entorno habitual… pero todas ellas suponen para Harper el acecho de lo imprevisible, lo desconocido, lo lacerante.

Para ello, Garland dispone de un arsenal de sonidos, imágenes, composiciones visuales, encuadres perfectos y recursos varios que dejarán boquiabierto hasta al más esteta. Y hasta podemos pensar que tanta belleza formal es un claro ejemplo cinematográfico de horror vacui.

Quizás a Garland se le haya ido un poco la mano en este festín multiforme, sanguinario y enloquecido que nos plantea. Quizás todo resulte demasiado ambiguo como para ser disfrutable y quizás su segunda mitad pesadillesca se prolongue demasiado en su metraje. Incluso podemos decir que su argumento es prácticamente inexistente.

Pero a su vez es una obra que desafía todas las convenciones tanto intra como extra cinematográficas. Así que, por valiente, por bizarra, por repugnante y por sorprendente, Men merece ser una de esas cintas que definen una temporada fílmica. Ya sea para bien, o para mal. Eso se lo dejamos a ustedes.

Escribe Ferran Ramírez

Más información sobre el cine de Alex Garland:

Ex Machina