Delante de ti (4)

  23 Julio 2022

Elogio del crepúsculo

delante-de-ti-0Hay cineastas empeñados en reiterar una y otra vez la misma propuesta, y los hay que aprenden de ellas y avanzan hacia formas cada vez más depuradas. Algunos autores quedan atrapados en referentes expresivos agotados, mientras que otros son capaces de madurar y ofrecer propuestas renovadas que se nutren de sus aciertos y errores, pero que no se estancan en ellos. Hong Sang-soo pertenece al segundo grupo.

Y es que los cineastas también se hacen mayores, y bueno es que lo reconozcan, asuman y extraigan de ello el material y la sabiduría necesarios para seguir configurando una obra inconclusa, que continúe diciendo cosas nuevas en cada una de las estaciones en las que se detiene. Sang-soo lo ha hecho. Lo está haciendo.

Su trayecto es el que va desde el ímpetu juvenil, de los alardes expresivos, de la voluntad de ruptura, al despojamiento y la abstracción, a la mirada serena, apaciguada. Como la vida misma.

La protagonista de Delante de ti es una mujer de edad avanzada (no suele ser habitual en sus películas, aunque alguna vez ha ocurrido, como en El hotel a orillas del río, donde nos muestra a un maduro escritor necesitado de sus hijos) de la cual nos va a hacer un retrato tan depurado que obvia los detalles para centrarse en una atmósfera que lo envuelve todo, casi en el boceto de una época, de una etapa en la vida.

La estrategia no es la penetración psicológica. Eso queda claro desde el primer plano. Esta mujer escribe sentada en un sofá, y la cámara no la busca, antes al contrario. En lugar de acercarse a ella para indagar en lo que esconde, la cámara inicia un lento y elegante zoom en retroceso que, sin llegar a abandonarla, abre el plano para insertarla en un contexto, para depositarla en el lugar en el que está y señalar las relaciones que la constituyen.

Esta estrategia se va a repetir varias veces a lo largo del filme. Partiendo del detalle, el plano se abre para mostrar el conjunto, dejando claro que ese detalle depende y cobra significado a partir de lo que lo enmarca. El recurso al zoom no es ni mucho menos novedoso en el director coreano. Casi es una marca de fábrica en sus películas. Pero aquellos zooms crispados de sus comienzos se han convertido en serenos movimientos que han perdido el tinte de gratuidad (si no en su planteamiento, sí en sus excesos) que poseían para adquirir plena coherencia con el conjunto de la obra.

En la misma línea, la película se articula en torno a diversas conversaciones entre los personajes, pero sin el recurso al plano – contraplano habitual para este tipo de secuencias. El corte apenas existe en el transcurso de la conversación, y es el movimiento de la cámara el que recoge las intervenciones de quienes participan en ella y establece la relación entre los interlocutores. Porque no se trata sin más de ofrecer un testimonio aséptico de lo que ocurre, no tenemos un plano fijo que dé cuenta, a la manera teatral, de unos hechos, sino que la narración se implica en la acción; la cámara acompaña a los personajes, de algún modo se solidariza con ellos, los respalda, comparte sus sentimientos. El cine de Sang-soo es de todo menos frío. Cuando vemos a una mujer dormida y una mano que se acerca para esbozar una caricia, lo importante no es a quien pertenece la mano, y por eso no se produce un corte al rostro de su dueña, sino la caricia misma y la comunión que crea entre las dos mujeres, y eso ha de expresarse en un plano que las envuelva, que dé continuidad al gesto, que le aporte su pleno significado.

Las relaciones que se van estableciendo entre los personajes están contextualizadas en un medio en ocasiones brumoso. Aunque algunas escenas transcurren en el exterior, predominan los interiores, y desde ellos la mirada a través de las ventanas que desdibujan el otro lado mediante cristales o mosquiteras. Las implicaciones rotundas están excluidas de esta película, y todo aparece como un líquido amniótico indefinido del que se nutren, a la vez que alimentan, quienes transitan por él.

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Poco a poco vamos a ir conociendo a Sang-ok, esta mujer en plena madurez que está de vuelta en Corea, su país. La presentación es muy paulatina, y poco a poco, a través de pequeños detalles, iremos sabiendo quién es y qué le ocurre. Ella misma declara en cierto modo, a través de una voz en off, su situación. Como si de una oración se tratase, muestra su agradecimiento y al mismo tiempo su petición, que no es otra que vivir el presente, desprovisto de las cadenas que representan tanto el pasado como el futuro.

El trazo que de ella se nos hace, que va completándose a través de los diálogos, dosificados en una cadencia perfecta, puede parecer el de un personaje derrotado: Tiene una relación complicada con su hermana, de quien sabemos que no contestaba a sus cartas, y su desarraigo se manifiesta en su vida en Estados Unidos, en una vivienda alquilada, incapaz de ahorrar a lo largo de su vida para poder comprar una casa junto a los restos de su familia. La nostalgia por lo perdido se manifiesta en el encuentro con su sobrino, a quien en un primer momento es incapaz de abrazar, pero al que acaba entregándose a través de la contemplación afectuosa de la cartera que le ha regalado.

La relación con su hermana se mueve entre la distancia y el acercamiento. El plano de ambas en el restaurante nos las muestra frente a frente, ocupando los extremos del encuadre, pero junto a eso tenemos el momento del selfi, o su conversación apoyadas en la barandilla del puente, mientras el sonido del agua nos va sugiriendo la imposibilidad de detener el tiempo, de recuperar lo que fueron; en todo caso queda la opción de construir algo nuevo.

El juego de las miradas es crucial en la relación entre ellas. Se encuentran y se eluden, chocan y se repliegan, se acarician y se esconden, abrumadas. Sang-ok la mira mientras duerme, a salvo de su respuesta, espejo en el que teme mirarse.

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Pero Sang-ok no es una mujer desesperada. No busca a nadie que la salve. Ha asumido su situación con serenidad; es dueña de ella. Incluso se permite consolar a aquellos que la compadecen, con su mano sobre la espalda de Jae-won, el director de cine que quiere contratarla y recuperar a la actriz que fue.

Porque, por mucho que se empeñe Sang-ok en evitarlo, el pasado y el futuro irrumpen en su vida, son insoslayables. No solo en su conversación con su hermana y el recuerdo del tiempo compartido, sino también en la joven que la reconoce en el parque, en la casa en la que vivió ahora reconvertida, en el sobrino crecido, en la guitarra que se atreve a retomar, en el recuerdo de la actriz que fue… Y también el incierto futuro a través de la propuesta del director, de los personajes jóvenes que encuentra una y otra vez (en el parque, en el restaurante, en la tienda, en la vieja casa…) y que apuntan a un futuro que a ella se le escapa sin poder evitarlo. Vivir solo el presente, el ruego que hace al principio y que acabaremos entendiendo, es algo irrealizable, porque nos constituye lo que fuimos, aunque nos pese, y vivimos, de manera inevitable, volcados hacia el porvenir, como esa corriente del río que se escucha en el momento en el que todo parece detenerse.

El alcohol y el tabaco siguen siendo elementos cruciales en la narrativa de Sang-soo. El alcohol (unas botellas vacías sobre la mesa) es el detonante de las confesiones (in vino veritas), de la manifestación de lo que se quiere esconder, y una vez más se repite la escena, tan presente a lo largo de todo su cine, de los personajes que se encuentran en el exterior mientras fuman, y ahí, en esos fugaces momentos, se reconocen.

Podría tratarse de una película trágica, pero el director coreano, entregado ya de manera plena al clasicismo, con una lucidez en la mirada que sólo se adquiere con el paso del tiempo, al margen ya de la voluntad de sorprender con argumentos y estilo, ha sido capaz de construir un personaje que mira la tragedia con la distancia necesaria para desactivarla, y la risa final ante las excusas del director, es una muestra excelsa de cómo afirmar la vida por encima de todas las cosas.

Escribe Marcial Moreno  

  

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