Thor: Love and Thunder (1)

  26 Julio 2022

Taika, tú antes molabas...

thor-love-and-thunder-0Creo que alguien debería decirle al hiperactivo Taika Waititi que debe tomarse un descanso y dárnoslo de paso a nosotros.

El omnipresente director, actor, productor y justiciero social a tiempo completo está hasta en la sopa. Cuando no escribe, dirige y protagoniza una película, hace lo propio con una serie. Ya sea de día y con piratas —Nuestra bandera significa muerte— como de noche con vampiros —Lo que hacemos en las sombras—, y este desenfreno tiene como consecuencia un bajón en la calidad de sus guiones, un presentar secuencias como salchichas, una serie de tics estresantes, recurrentes, cansinos.

No, Waititi ya no es aquel joven director que nos sorprendió con la muy fresca e incorrecta Hunt for the wilder people, ni quien legó a la posteridad ese modesto y pequeño, pero sustancioso clásico que fue JoJo Rabbit. Ahora es un pesado activista de lo políticamente correcto que nos agobia con sus gracietas y que desnaturaliza todo lo que toca.

No seré yo quien abjure de Thor: Ragnarok. Para 2017 Waititi empezaba a surfear una ola que acabaría por engullirlo a él y a gran parte del MCU, pero por entonces esa era una actividad refrescante, una iniciativa necesaria.

El neozelandés, dotado de un particular sentido del humor, revitalizó una saga que pecaba de solemnidad y grandilocuencia. El experimento no gustó a todos, pero sería injusto decir que aquello fue el principio del fin o que se humilló al dios del trueno con aquel sorpresivo giro hacia la comedia.

Los amargados y los agoreros florecen por doquier y son siempre los primeros en alzar la voz contra la novedad. Que acierten a la hora de prever el desastre es muchas veces una mera cuestión estadística: Thor: Ragnarok abrió las ventanas de un universo acartonado, naftalínico; quizá lo conveniente hubiera sido cerrarlas a tiempo, antes de que alguien pillara un resfriado, pero no dejarlas cerradas. La vis humorística de Hemsworth estuvo bien traída, y también le hizo un favor al encasillado héroe de Asgard. Hasta en Avengers: Infinity war y Endgame la aprovecharon con cierta fortuna.

Pero lo que no parece de recibo, y aquí hay que darles la razón a los disidentes, es que la vis devenga en leitmotiv.

Thor ya no es el héroe trágico que tiene ocurrencias ocasionales. Ahora es un payaso a tiempo completo que no da una a derechas. Un montón de chicas vienen a solucionarle siempre la papeleta al estúpido Dios del trueno, apropiándose de sus armas, de su atuendo, de su reino, e incluso de sus frases de batalla. Una perfecta metáfora woke: no se trata de crear mi espacio, sino de ocupar el tuyo. No te sientas vacío por ello, sino como una mierda por haber reinado solo durante tanto tiempo. Sentirse como una mierda es bueno.

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Cuestiones políticamente correctas más o menos sutiles aparte —las expresiones «sentirse una mierda» y «sentirse vacío» están extraídas directamente del filme— Thor: Love and Thunder es una sucesión inagotable y persistente de chistes visuales y situacionales engarzados en una historia de lo más corriente. Uno podría pensar que está viendo un capítulo de dos horas de una sitcom norteamericana de no ser porque las risas enlatadas no están presentes. Hay que reconocer, sin embargo, que uno o dos chistes tienen gracia.

Pero lo que debiera ser la historia principal, con su original y estimulante villano —Christian Bale en una de sus llamativas transformaciones físicas—, decae hasta el punto de la rutina, cuando no de la incoherencia. Es sorprendente cómo para reducir metraje Waititi se permite resolver con una extemporánea explosión de luz una escena de acción dramática capital, antes que sacrificar uno de sus miles de chistes.

El corte es demasiado burdo, la delicadeza en la sala de montaje ha brillado por su ausencia, y el respeto por la continuidad se sacrifica en el altar de una acción que el director ofrece como pirotecnia distractiva y deslumbrante. Es una falta de respeto al respetable, y a su capacidad para seguir una historia de un modo más o menos lineal, pero no rectilíneo.

En este sentido, es sintomático ver al heredero de Asgard hacer un chiste sobre dentistas en una situación desesperada: muestra cómo el director no se pone en la piel de sus personajes ni en el discurrir de la historia, sino en su papel de bufón que busca epatar constantemente al público con una nueva ocurrencia.

Eso y los deus ex-machina, las inconsistencias del guión, los fallos de raccord (contemplen cómo la cicatriz del ojo de Thor aparece y desaparece como por ensalmo) muestran cómo Thor: Love and Thunder no solo es una película-salchicha: chapucera, rutinaria y llena de colesterol visual, sino que el encanto Waititi ha desaparecido por completo, o lo que es peor, nunca estuvo allí.

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Porque lo que uno se pregunta cuando ve tal cosa es si no ha sido engañado todo este tiempo. Si en realidad los destellos de originalidad del neozelandés no ocultaban carencias clamorosas. Si la sensibilidad no era más que azucarada sensiblería y los bien integrados destellos de valor no eran más que edificante moralina.       

Cabe la duda, claro, cuando uno analiza cómo se embute —de nuevo la metáfora salchichesca— el evangelio woke en sus últimas series y películas: la multirracialidad, el empoderamiento, la diversidad emotivo-sexual, la autoculpabilización... aparecen como la caracterización de Matt Damon como Loki, Sam Neill como Odín o Melissa MacCarthy como Hela: impostados y artificiosos. 

Pero no. Hunt for the wilder people sigue siendo deliciosa. Lo que hacemos en las sombras es original e irreverente. JoJo Rabbit ha cambiado de registro, sin desnaturalizarlo, el asunto del nazismo y el holocausto.

Waititi simplemente parece intoxicado por un ambiente moralizante insano y se ha hecho adicto al trabajo. Si hace una sola película más, probablemente sea el próximo juguete roto de Hollywood.

Tú antes molabas, Taika. Descansa un poco. Tómate un par de años para hacer una película. Las salchichas no son lo tuyo. Y a nosotros empiezan a indigestársenos.

Escribe Ángel Vallejo

  

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