Un amor en Escocia (3)

  07 Julio 2022

La pura la caricia amorosa del otoño

un-amor-en-escocia-0Película predominantemente humana, de imagen, bellos paisajes escoceses, poco diálogo y estupenda música. Nada de esto serviría de no ser por una excelente dirección del ya prestigioso director y actor belga Bouli Lanners en su primera incursión en inglés.

Guion extraordinario del propio Lanners y un reparto de lujo. El director, en su quinto largometraje, navega confiadamente y con maestría por una historia de hondas emociones, secretos, culpas, arrepentimientos y anhelos.

Lanners se lo hace todo con notable magisterio: es director, autor del libreto y, además, intérprete principal, en una película de extrema sensibilidad. Un drama romántico con suspense incluido y un final sorprendente, que no desvelaré. Amores, además, despojados de interferencias corales, rivalidad, complacencias vanas o ruidos sociales, lo cual suele ser frecuente y tópico en las tramas sentimentales.

Phil es un hombre de edad mediana procedente de Bélgica. Ha emigrado a una pequeña comunidad presbiteriana en la isla de Lewis, en el norte de Escocia. Es un hombre solitario y misterioso que ha llegado para trabajar en una granja ganadera y pasar la vida al más puro estilo local de cordialidad, barra de pub y cierta discreción privada.

Con un pasado turbulento, ruptura con su padre y un hermano que lo quiere —y que reside en su lugar de origen—, una noche sufre un infarto cerebral, por lo que debe ser ingresado de urgencia y, además, pierde la memoria.

Ya de vuelta a la isla, restablecido, pero sin recuerdos, encuentra a Millie (una contenida y espléndida Michaelle Fairley), una mujer de su edad más o menos, que lo espera. Una mujer de la comunidad que comienza por llevarlo a su casa, prepararle algo de comer y posteriormente cuidarlo.

Él, en tanto, intenta recuperar su memoria, con ese estado de sorpresa para quien todo es nuevo porque ignora su pasado. En uno de sus encuentros Millie dice a Phil que ellos eran enamorados furtivos, antes de su accidente cerebrovascular, y que mantenían una relación secreta como amantes, cosa que él no recuerda.

Aclaro que ella es la hija del dueño de la hacienda y el rebaño de ovejas donde trabaja Phil, es un empleado del padre de la mujer, un tipo hablador que se dedica a cercar la propiedad. Ella es empleada en una inmobiliaria y está señalada en el pueblo por su soltería, seriedad y circunspección: llamada la «dama de hielo».

La película nos habla entonces de sus encuentros furtivos, conversaciones y paseos, en una intimidad engranada en el hermoso paisaje natural que nos va descubriendo poco a poco lo que hay de verdad o de fabulación interesada detrás de esa relación. Es encomiable y da gusto ver a la pareja protagonista, ya bien entrados en la cincuentena, alejados de los estereotipos y viviendo en plenitud su particular romance. Entre otros motivos porque Lanners y Fairley derrochan química.

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También nos hablan las imágenes del contexto, del lugar, sus gentes y costumbres. Todo funciona mejor en lo apuntado o sugerido que en lo dicho (que es más bien poco), en la idea del reinicio de una relación como tabula rasa, donde corregir errores, recobrar la identidad confusa o vivir de nuevo la intensidad de los primeros momentos.

Un relato enigmático que tiene también preciosas estampas románticas en grandes angulares en una playa desierta, esplendorosa y salvaje, donde nuestro protagonista se sumerge, a pesar del frío reinante, como un acto de alegría, de felicidad e incluso con la alegoría flotante de un bautismo apaciguador flotando sobre las olas. 

Todo ello con relación a dos personas maduras, tal vez demasiado sumidas en la soledad, pero almas gemelas destinadas a comprenderse.

La acotada reducción de Lanners a la historia de la pareja se hace evidente con justos apuntes que afectan al sobrino de ella, al hermano de él e incluso al patriarca, pero sin cargar tintas, solo con pinceladas de trazo grueso. Incluso en los oficios religiosos —que incluyen un funeral— vemos a un buen número de vecinos, pero apenas muestra el pueblo. Este extremo se agradece pues basta imaginarlo, sin entrar en detalles que nada aportarían a la historia.

El foco está en la intensidad y las turbulencias afectivas de ambos, y el libreto conduce con inteligencia hacia un desenlace original, vivo, contenido y sin que asome afectación ni sensiblería en absoluto.

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Genial la música Pascal Humbert y Sébastien Willemyns, cuyas notas que visten las imágenes de manera casi perfecta.

Magnífica la fotografía Frank van den Eeden, que no sólo acierta a dar con la tonalidad más apropiada para el filme, sino que recoge a la perfección el marco incomparable de los misteriosos y lóbregos paisajes de la costa escocesa, paisajes calmos y apagados que son una parte importante de la cinta y de la historia; escenarios naturales donde el mar oscuro, la costa enfurecida y el verde pajizo de la granja donde trabaja el protagonista, hacen casi impensable el resplandor del amor que luce en pantalla. Una colección de planos largos, húmedos y encantados que son el eje visual del filme.

Del reparto destacan, magistrales, los trabajos de Michaelle Fairley y Bouli Lanners, que interpretan a una mujer madura, atractiva, frustrada y habitante perfecta de una isla fría y desabrida; y un hombre sin memoria, sin encantos visibles, con un pasado incierto, en una comunidad aburrida, presbiteriana y beata.

Tanto Lanners, como Fairley ganaron los premios al actor y actriz en el Festival Internacional de Cine de Toronto. El filme fue también nominado a mejor película y obtuvo el Premio del Jurado en La Roche-sur-Yon International Film Festival, así como el Premio a Mejor Fotografía en el Festival de Oostende.

Acompañan perfectamente un coro de actores y actrices como Cal Macaninch, Clovis Cornillac (brillante en su breve aparición, como siempre), Julian Glover (muy bien como el estricto y xenófobo padre de la protagonista y dueño del ganado y la finca), Andrew Still, Ainsley Jordan, Anne Kid, Donald Douglas y Therese Bardley.

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Se ofrece a la vez el retrato conmovedor de una mujer y una historia de amor, sin llegar a ser un ni un drama ni una comedia romántica, sencillamente una historia de amor verdaderamente hermosa en un entorno lóbrego y rural. Una película tierna sin llegar al extremo, de una sensibilidad evidente pero agreste a la vez, que explora el género romántico en un paisaje que no es propiamente para esta modalidad fílmica, ni literal, ni metafóricamente.

En relación con el origen de la historia, el director ha comentado: «El proyecto nació de una vieja fantasía que tengo desde hace veinte años: Hacer una película en Escocia. Un país que me encanta y al que voy todos los años. Le doy mucha importancia a los escenarios y paisajes, y sentí que había algo muy poderoso en la isla de Lewis. (…) Mi primera intención era rodar una historia de detectives. Y luego, una vez que me puse a escribir el guion, mientras escuchaba la canción Wise Blood, de los Soulsavers, y miraba los paisajes, me di cuenta de que no era una historia de detectives lo que quería hacer, sino una historia de amor».

Una sensitiva y conmovedora historia de amor, con una premisa que, amén de cautivadora, llega de pleno al espectador: sabe mirar en el corazón de los amantes.

Hay algo fascinante, ocurrencia del guion, que no desvelo, en una propuesta que, puede ser, como apunta Oti: «la más romántica de lo que va de siglo». Un momento de la cinta que toma un camino insospechado, hermoso y poblado de púas morales y señales melodramáticas. Como poéticamente escribe Mericaetxebarría, los amantes son: «dos seres humanos desafiando sus soledades otoñales como aves que no acaban de posarse o alzar el vuelo. De sus almas surge silvestre el aire fresco de la mañana, allá dentro, muy dentro, donde más pura es la caricia amorosa del alba».

A modo de culminación diré que la cinta juega muy bien sus cartas, pues con calma va creando su relato romántico, ocultando la información debidamente. A lo cual añade un punto de intriga que va conquistando poco a poco. Finalmente, la placidez se adueña del conjunto del filme, dejando en el aire una sensación de obra adulta, humanamente muy interesante, honesta y de las que ya se hacen pocas.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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