Llenos de gracia (3)

  09 Julio 2022

Por el buen camino

llenos-de-gracia-0Roberto Bueso ya mostró su buen hacer con La banda, su debut en el largometraje el año 2019. Y el estreno de Llenos de gracia confirma que su capacidad para contar historias de una forma fresca y natural continúa presente en su cine. Acostumbrados a guiones que terminan lastrando el potencial atractivo de una historia, no deja de sorprendernos encontrar un relato que mide y marca sus tiempos para que seamos capaces de encariñarnos con unos personajes.

Ficcionando una historia real, Llenos de gracia –la película que clausuró la pasada edición del Festival de Málaga– nos traslada a la década de los 90, cuando una monja llega a un colegio que atraviesa muchas dificultades, para hacerse cargo de unos huérfanos que deben pasar el verano allí.

Con este planteamiento sobre unos niños que luchan por superar los obstáculos que la vida les ha deparado mediante la realización de una actividad que los une, si bien no es un esquema novedoso –Los chicos del coro, Campeones–, le sirve al director valenciano para tejer una comedia clásica que provoca la sonrisa y la carcajada, pero que también es capaz de rastrear en su interior para poner al descubierto el sufrimiento de unos personajes necesitados de afecto.

Una comicidad que surge de la propia situación dramática y que es entendible por su utilidad para soportar la realidad de su orfandad; un humor apoyado en el sentimiento de grupo pero que, en el fondo, no deja de ocultar la inherente tristeza que arrastra cada uno de ellos.

Llenos de gracia se perfila como un relato costumbrista que asume con naturalidad el protagonismo de unas monjas que podían enraizarse en la comedia española de los años 60 –el guiño de la monja conduciendo con temeridad– al que se le añaden elementos más provocativos como la presencia del tabaco o la bebida y cierta rebeldía atribuible al personaje de la hermana Marina (Carmen Machi) enfrentada a su responsable religioso.

Si en La banda los protagonistas se encontraban ante un momento decisivo de sus vidas, teniendo que solventar cuestiones esenciales que afectaban a su futuro, en Llenos de gracia ocurre algo similar, pues los personajes están pendientes de decisiones que pueden cambiar sus vidas: la propuesta para iniciar la carrera deportiva de Valdo (Dairon Tallon), la viabilidad del colegio o la vida nómada de la religiosa.

No es el único punto de contacto con su anterior filme, pues vuelve a aparecer la estructura coral del reparto. El grupo de niños y el grupo de monjas permiten la capilaridad de un discurso centrado en la búsqueda de efecto más allá de su carácter protagonista o secundario.

La necesidad de sentirse atendidos, de buscar afecto, no es solo un deseo para el conjunto de huérfanos por razones más que evidentes pues todos ellos constituyen un grupo de seres solitarios —abandonados en el colegio durante el verano mientras el resto de alumnos se va con sus familias a sus casas—, sino que el resto de adultos también se encuentran en una situación similar respecto a la carencia de ese afecto.

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La hermana Marina y la hermana Angélines (Paula Usero), una en la madurez de su carrera y otra casi empezando, de muy diferente manera, necesitan agarrarse a ese afecto para afianzar su seguridad en lo que están haciendo. Pero también el personaje del bedel (Pablo Chiapella) incapaz de superar la soledad por el divorcio de su mujer.

La película se convierte en el altavoz sociológico de la década de los 90 mediante la inclusión de toda una serie de referencias que ayudan a ceñir el relato a su época: el uso de la canción Faith (Fe) de George Michael, el walkman, la pantalla codificada mientras se emitía el porno en Canal Plus, el partido del Mundial de España-Italia o la presencia de las fotos o el video de Marta Sánchez, mito erótico de una generación.

Hay que destacar que en este salto evolutivo que se aprecia en la carrera de Bueso –adentrándose  en el terreno de la comedia más comercial, en el que es visible el acceso a un mayor presupuesto y la búsqueda de un refrendo en taquilla– no se ha perdido la frescura mostrada en La banda.

Es por ello que la película está presidida por la sencillez bien entendida y una forma de narrar muy clásica. El personaje de la hermana Marina está definido en su primera aparición con una panorámica vertical (gafas de sol, walkman) y su posible pasado, que desconocemos, viene simplemente sugerido con unas cuantas fotografías en blanco y negro que encuentra uno de los niños rebuscando en su cajón (una imagen de Marina, joven, en París o bañándose); o el uso del laberinto de los espejos en la feria, un universo deformado, desconocido, para escenificar el simbolismo del primer beso  del personaje de Valdo.

Una historia bien contada, con un reparto modélico encabezado por Carmen Machi, en el que sobresalen todos los niños, y un ejemplar uso del género de la comedia, nos deja un filme tierno que no cae en el sentimentalismo, con personajes y diálogos creíbles, en el que se apuesta por la esperanza sin olvidar la soterrada mirada nostálgica.

Escribe Luis Tormo | Entrevista con Roberto Bueno y Carmen Machi | Fotos Laia Lluch/Paramount Pictures

  

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