Todo a la vez en todas partes (3)

  22 Junio 2022

El metaverso también llora

todo-a-la-vez-en-todas-partes-0En el principio fue el verbo y en el origen, la matriz. Tal vez la matriz cinematográfica, si no más importante sí más exitosa, fue la codirigida por los hermanos (in illo tempore) Wachowski con homónimo y latinizado título: Matrix (1999), verdadera piedra fundacional de la indagación de los mundos virtuales sobrevenidos con las nuevas tecnologías.

A partir de este título, dichos universos virtuales han proliferado ad infinitum hasta desembocar, de momento, en el metaverso pseudocartesiano actual. Los límites entre realidad y ficción dejaron de ser una metáfora ficcional para devenir en argumento literal, tangible dentro de su etérea corporalidad. Junto con los vástagos herederos, también surgen los bastardos, cuando el homenaje deviene en parodia.

Y entre estos parámetros mitad tributo mitad sátira —más de esta última— es por donde se desenvuelve este extenso título y relato (ciento treinta y pico minutos). Su osadía, su falta de vergüenza, un impulso bizarro que no se detiene ante nada ni ante nadie; una fuerza arrolladora que se sustenta en la desmesura, en superar y desbordar cualquier frontera o límite racional o lógico, solo atenta a la propia narración que va perfilando en acto y en presencia, a trompicones o a delicadas secuencias; este carácter misceláneo y abigarrado, que se reboza sin ningún recato en los territorios más orillados de lo aceptable para perforar en lo más gamberro y provocador, es el emblema y la insignia que ostenta y exhibe con orgullo y sin ningún recato.

La intertextualidad, la apropiación cultural (¿cultural? ¡Oh, cielos!), el expolio y el robo a mano armada es el instrumento fehaciente que empuja un guion más férreo de lo aparente, pero más laxo de lo necesario.

Amén del génesis matricial, fluyen los diálogos barrocos e insustanciales, el verbalismo tarantiniano, envueltos y disimulados con una dicción trascendente y trascendentalista al modo del Nolan más narcisista; o la mención constante a los saltos expoliados de Jumper (2008), imprescindibles para trasladarse de un universo a otro; o la cita literal de la secuencia más agasajada y masacrada del 2001 de Kubrick: nuestros antepasados homínidos prestos a descubrir el poder de la tecnología; o el ataque frontal (¿o es un reconocimiento entregado, una rendida admiración?) a uno de los buques insignias de la Pixar antes de ser fagocitada y castrada por la Disney: Ratatouille, aquí reconvertida en un Mapachetouille, a fin de reivindicar la mascota patria frente a la rata francófona y foránea.

Pero también hay un guiño al cine asiático más encumbrado y admirado, obviamente para dinamitarlo. Los personajes perfilados por Wong Kar-Wai, los de Deseando amar o 2046, también pululan en un momento dado, con la elegancia, sofisticación y depuración característicos y que lo han encumbrado como a un reputado diseñador y creador de ambientes.

Todo este entramado basculante entre lo absurdo, lo surrealista y lo transgresor se asienta sobre un tenue y sencillo motivo argumental: el rutinario y azaroso día de una mujer asiática, propietaria junto con su marido de un negocio familiar: una lavandería. Evelyn, encarnada por Michelle Yeoh —El mañana nunca muere (1997), de la saga Bond-Brosnan; pero también participante en Memorias de una geisha o Tigre y dragón— es una hastiada esposa que soporta sobre sus hombros el funcionamiento del pequeño negocio.

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A partir de este leitmotiv propio del arquetipo del bobarysmo, de este minúsculo y realista punto de partida, el guion sobre(im)pone un manto de ciencia ficción cotidiana, de andar por casa, en zapatillas. Obviamente, la frustración y el cansancio vital de la protagonista se canalizará a través de la subversión del melodrama esperado, pero sin romper los mimbres del mismo, atacándolo desde el interior de sus reglas genéricas.

Esa televisión plana de la tienda en que se proyectan constantemente unas secuencias tuneadas irónicamente —como todo el filme— de películas de Bollywod muestra la vía de canalización del deseo oculto de Evelyn, pero no será el amor sino la acción trepidante y el multiuniverso fantástico (fantásticamente deconstruido mediante su burla y escarnio), su inmersión fulgurante en otras dimensiones (pero confeccionadas con los mimbres de la opaca realidad).

Evelyn es una inmigrante asiática de primera generación que todavía no domina el inglés a la perfección, siendo su lengua materna aquella en la que expresa sus emociones y pensamientos. Casada —mal casada, según ella— con Waymond (Jonathan Ke Quan, el Tapón de Indiana Jones y el templo maldito y uno de Los Goonies), a quien desprecia por su carácter débil y su pusilanimidad. La tercera en discordia, su hija Joy, perfectamente enraizada en el humus norteamericano, para la que el chino es una lengua en proceso de pérdida.

A la atribulada Evelyn, su marido le intenta entregar, sin éxito, la petición de divorcio, mientras ella debe hacerse cargo de la llegada de su padre desde Asia (un James Hong especializado en papeles de oriental desde la ya legendaria serie televiva Kung Fu), un nonagenario que representa la más acendrada y conservadora tradición.

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Al tiempo, su hija Joy le presenta a su novia, una norteamericana de pro (aspecto de mormona lésbica), relación que aparentemente la madre reprueba y se esfuerza por ocultar al abuelo. Para más inri, ese día hay que ir a la oficina federal de hacienda a presentar la declaración ante una supervisora feroz e inflexible (una Jamie Lee Curtis afeada y avejentada, realista, que borda magníficamente el papel de villana que se le asigna).

Los primeros compases del filme, su planteamiento, se ciñen al melodrama más convencional. Será la irrupción en el edificio federal (esa aversión norteamericana a todo lo público y administrativo, burocrático) lo que desate el conflicto. Un círculo negro trazado por la arisca supervisora sobre una factura indebida (los gastos de un karaoke para la fiesta vespertina que se celebrará en la lavandería) será el detonante, por analogía, que desate el caos.

Ese círculo será una especie de portal al modo de un bagel (como un donut) con el que se asemeja y a través del cual Evelyn entra en un mundo, en varios mundos paralelos. A partir de ahora, el desenfreno y la locura se adueñan de la pantalla.

La parodia de Matrix es evidente y palmaria; su ridiculización, absoluta. Evelyn deberá asumir su condición de elegida para enfrentarse a la maligna que rige dichos mundos en los que el dichoso bagel actúa como una especie de agujero negro cuya fuerza centrípeta atrae y se lo traga todo. Una inflación de coreografía de artes marciales, de frases cargadas de literatura sapiencial y gnómica —escarnio de la autoayuda y autosuperación— se repiten hasta el infinito y el agotamiento.

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Posiblemente, sea la parte más aburrida de toda la narración. Los directores se regodean en su propia desmesura y no saben poner coto, provocando un efecto de cansancio en el espectador. Una tras otra se repiten las secuencias de combates, la liturgia de las artes marciales, derivando incluso, aposta, en la grosería y en lo escatológico.

Para logar atravesar de un universo a otro, se recurren a los siguientes mecanismos: mearse encima sin ninguna impudicia; tragarse una mosca por la nariz; sorber y comerse mocos: introducirse por el culo dos prominentes y afilados sujetapapeles... Las porras de los guardias de seguridad se transforman en dos inmensas... pollas, en dos serpenteantes y zigzagueantes penes, al tiempo que los atributos masculinos del guardia aparecen pixelados...

Alcanza tal punto el paroxismo sarcástico y paródico que ya no sabemos en qué universo nos encontramos, igual que la protagonista. Exhaustos, desde luego lo estamos todos. Para salir del callejón sin salida en que se ha desembocado, se recurre a la metaficción: Evelyn es una actriz famosa que está contemplando la proyección de su última película, en la que ella encarna a una heroína ducha en las artes marciales (Tigre y dragón, casi autoficción). Elegantemente ataviada, bella y triunfadora, en los alrededores del cine se encuentra con su marido, también metamorfoseado en un elegante y seductor y melancólico galán (aquí, Wong Kar-Wai).

Ambos personajes están viviendo otra vida, a saber, la que hubiesen disfrutado si Evelyn hubiese permanecido en el hogar paterno y no se hubiese escapado a Norteamérica con su futuro marido. O sea, la actitud sumisa y obediente sería aquella que condujese al éxito, al menos profesional, frente al manido tópico de la huida del núcleo familiar como elemento liberador y catártico. La guasa y la mala leche continúan haciendo acto de presencia.

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Igualmente, la villana Jamie Lee Curtis se convierte en una posible amante, en un posible amor de Evelyn en un entorno sofisticado y neoyorkino, a lo Woody Allen, aunque, eso sí, con las manos convertidas en perritos calientes, por lo que han de utilizar los pies para tocar el piano y para acariciarse. ¡Más madera!

La relación conflictiva madre-hija ocupará también su espacio, pues en cierto modo, junto con el hastío vital de Evelyn, son los dos motores de esta esquizofrénica y bipolar historia. Su hija Joy será el enemigo que abatir en la dimensión X, una hija con tendencia a engordar (otra de las obsesiones yankis: la tendencia a la obesidad, prístino ejemplo de la americanización y arraigo de la segunda generación de inmigrantes).

Hay una secuencia entre lo naíf y lo absurdo, descacharrante, en que madre e hija dialogan en silencio, a través de las palabras escritas en la pantalla, ambas convertidas en sendas piedras en mitad de un paraje extraterrestre, pero cuyo diálogo versa sobre su relación problemática.

Finalmente, se regresa por arte de birlibirloque a la lavandería. Irrumpe la furiosa supervisora para embargar bienes, pero acaba siendo convencida y aplacada por el débil marido (galletas de cortesía aparte), mientras en un tono confesional comparte con Evelyn su condición de mujer abandonada, divorciada por expulsión del matrimonio. Aquí el tono del filme quiere soslayar el ácido sulfúrico que ha ido vertiendo a espuertas por todo el relato, adquiriendo una textura más melodramática y conciliadora.

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Madre e hija se aceptarán mutuamente, porque primero lo hará Evelyn consigo misma y con su propia vida. Reconocerá y expondrá públicamente la relación lésbica de su hija, presentando al abuelo (origen en cuanto detentador de la tradición familiar, de los valores ancestrales y arcanos: de la moral) a la novia de su hija.

Un realismo casi capriano pero con el nuevo cuño moderno y transversal sellará el núcleo y fundirá de nuevo la agrietada cápsula familiar. Evelyn se concienciará de la suerte que tiene. El día se clausurará felizmente. Se volverá al edificio federal y se pactará con la severa funcionaria el modo de arreglar el entuerto fiscal, eso sí, ante una despistada Evelyn, cuya mente parece estar en otro lugar…

En fin, una orgía, una bacanal en la que se barajan heteróclitos ingredientes, con un afán destructor y un sarcasmo tan demoledor como desmesurado, desequilibrado, casi adolescente, imposible de embridar, que pone en solfa, al tiempo que también reivindica, aquello que hay al otro lado del espejo; aquello que se persigue por el camino de baldosas amarillas, en una época en que las alicias y las dorothys se marchitan mientras asumen las riendas de sus pequeños negocios vitales, mientras añoran unos mundos que ya no existen pero que necesitan creer que existen.

El metaverso también llora.

Escribe Juan Ramón Gabriel 

  

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