La última película (4)

  16 Mayo 2022

El amor por el cine y las antiguas salas de proyección

la-ultima-pelicula-00La película que vi a principios de mayo parece hecha a la medida del cine Madrigal de Granada, lugar donde asistí a su estreno. La última película, además de una obra poética y hermosa, lo es también de añoranza de los viejos cines que hacían proyecciones con rollos de película, salas a la antigua usanza, donde los espectadores asistían con un entusiasmo cándido.

En nuestro filme, que se desarrolla en la India, al comienzo era así: rollos de películas y proyección clásica. Pero en el transcurso de la historia el edificio del cine de pueblo acabará siendo acomodado a la modernidad, el viejo y voluminoso proyector sacado por la ventana, desguazado y sustituido por la nueva y más reducida tecnología digital de proyección. Las cintas de película recicladas para ser convertidas en bisutería, o las partes metálicas del proyector fundidas para fabricar cubertería y otros utensilios metálicos.

¿Por qué digo lo del cine Madrigal? Veamos. El cine Madrigal es el último cine clásico de España. Lleva más de 60 años ofreciendo lo mejor de la cartelera y es el único del país y probablemente de los pocos del mundo, que aún proyecta las películas en analógico de 35 milímetros, con su Galaxy 140. Artesanía pura.

De otra parte, tiene un recinto tradicional, todo ello en el centro de una capital como Granada, con madera y el tapizado color rojo, y su platea superior como las antiguas salas que ya solo aparecen en viejas películas.

Ha soportado en pleno siglo XXI la feroz competencia de las modernas salas alojadas en centros comerciales o en forma de multisalas. Además, a un precio reducido, a lo que se une el esmero con el que sus dueños y empleados cuidan y tratan al público. Ni que decir tiene que la familia propietaria del tal cine es enteramente vocacional, los Torres-Molina.

El Madrigal es un cine único, convertido en el último Cinema Paradiso. Con una historia y un proceso que podemos ver reflejado en este filme, obra centrada en la esperanza, las ilusiones y la inocencia, donde destaca la cultura del cine de pantalla única y las películas de celuloide de 35 mm, en la India. Una película-homenaje a las viejas salas, a la luz del proyector y la alegría en los ojos infantiles. Un Madrigal indio.

No es Cinema Paradiso

Esta película no es la versión india del filme de Giuseppe Tornatore. Cinema Paradiso (1988) es una versión almibarada de la experiencia del cine encarnada en la nostalgia de un niño espectador que vivió los tiempos gloriosos de un cine de pueblo. Pero esta del director indio Pan Nalin, es la fantasía de un niño creador que anhela hacer él películas, una encantadora historia del despertar a la fascinación por el cine. Un niño que descubre el cine por primera vez y percibe cómo la materialización de sus sueños puede hacerse realidad a través del celuloide. 

Sí, un nene de nombre Samay, de 9 años, que descubre su vocación cinematográfica después de una experiencia en que su padre lleva a toda la familia a una sala de proyección. A partir de ahí, su ansia por atrapar la luz, por entenderla, ingenuamente primero, de manera artesanal luego y ayudando al técnico proyector posteriormente.

Es una obra autobiográfica donde Nalin cuenta su historia personal y su dedicación al cine, su infancia en la remota India rural de hace unas décadas junto a sus amiguitos, que pasan gran parte del tiempo convirtiendo su propio pequeño culto cinematográfico, en una actividad extracurricular. «Quiero convertirme en cine», declara Samay en un momento.

Como ha declarado el propio Nalin: «En mi caso el amor por el cine surgió cuando tenía 8 o 9 años, justo en el momento exacto en el que vi una película por primera vez en mi vida. Tomamos un tren y fuimos a una ciudad cercana a ver una de carácter mitológico que hablaba sobre una diosa india. En aquel momento no se proyectaba nada violento o relacionado de forma directa con el género de acción y recuerdo que lo que me fascinó no fue tanto la película como la experiencia en sí misma de estar allí. Fue algo mágico. Me quedé literalmente sin habla, sorprendido, abducido. Recuerdo todos los detalles, desde la luz, los ventiladores de aire acondicionado, las palomas que sobrevolaban la sala de cine. Esa misma noche les dije a mis padres: “Yo quiero hacer esto”. Y desde entonces no he cambiado de idea, nunca quise hacer otra cosa».

Además, esta cinta es toma una postura más sincera que sentimentaloide al narrar el flechazo del pequeño Samay. Como queda dicho, tenía 9 años y en esa contemplación extática de proyecciones de clásicos de Bollywood, ese niño es el alter ego del propio Nalin. Una oda y un acicate para disfrutar del cine, y también un canto a la vocación por hacer películas.

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La trama

El niño Samay vive con sus padres y su hermanita en Chalala, una aldea remota de la india, en Saurashtra, en el estado indio de Gujarat. Va al colegio y ayuda a su padre a vender té en una plataforma ferroviaria de la estación de tren de Khijadiya Junction. Cuando descubre el cine por primera vez queda hipnotizado y atraído definitivamente por lo que ve, después de tener una experiencia cósmicamente transformadora.

La experiencia es tan fuerte que empieza a dejar de ir a la escuela para ir al cine día tras día. Como quiera que no tiene dinero para pagar la entrada, consigue hacer amistad con el proyeccionista Galaxy Fazal, un hombre deshilachado interpretado sin un paso en falso por Bhavesh Shrimall, quien le dice al niño: «La gente está viendo la oscuridad durante una hora, todo son mentiras». Pero el trabajo de Fazal es proporcionar luz, y eso es lo que encanta a Samay de él.

La cuestión es que Fazal, a cambio de la exquisita comida que su madre le prepara cada día, le permite ver las películas gratis desde la salita de proyección. De esta forma, el muchachito disfruta lo indecible y queda prendado del cine para siempre.

Además, desde muy pronto se da cuenta de que las historias se convierten en luz, la luz en películas y las películas nada menos que en sueños. Samay y su inquieta pandilla, contagiados por esta emoción, indagan sin descanso en un intento por captar la luz y proyectarla, para ver películas de 35 mm. Incluso consiguen utilizar un truco innovador, consiguiendo fabricar un aparato de proyección. En ese afán por conseguir su sueño, Samay caerá en la cuenta de que para ello deberá dejar atrás las cosas que ama.

También tiene la película algo igualmente hermoso y es esa descripción del paisaje, los juegos, la infancia libre y los aromas familiares, que son evidentemente fragmentos de memoria de una India rural «ingenuamente» edulcorada.

Ello con la aportación inestimable de la fotografía de Swapnil S. Sonawane, que acierta a plasmar en una paleta de tonos variados, un cuadro donde pinta la aldea por la que atraviesa el tren, los paisajes exteriores exóticos impregnados de vivencias; una florida India primigenia, las coloraciones de los ropajes, los rollos de película, la luz, los reflejos o las especias en la cocina materna. Y el tren, que es forma de vida y que además supone para los habitantes de Chalala una gran aventura. Sonawane es el creador de un espectáculo visual impresionante.

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Obra autobiográfica

La película tiene elementos autobiográficos evidentes. Su director Nalin nació y se crio en el pueblo de Adtala en Saurashtra, una región peninsular al oeste de la India localizada en la costa del mar Arábigo. De hecho, los muchachos que se eligieron pertenecían a las comunidades locales de la región.

De otra parte, el elenco está compuesto principalmente por niños (a los que el director ha sabido llevar muy bien), asesorada la elección por Dilip Shankar, amigo y director de reparto de Nalin, que ayudó a elegir a los pequeños actores. La película se rodó en pueblos y estaciones de tren en Saurashtra. No olvidó Nalin traer viejas películas en gujarati y rodar en esta lengua: «al tratarse de una película bastante autobiográfica y siendo este mi idioma materno sentí que era lo que tenía que hacer para ser honesto y realista con el filme y conmigo mismo. Quería rodar en la misma región donde crecí, en las mismas localizaciones y el idioma que se habla en esta zona de la India es el gujarati. Pensé que era la única forma de conseguir una película orgánica, realista, auténtica (…) quise mantenerme fiel a todo».

También la producción hizo venir a un técnico para hacer funcionar los viejos proyectores. Y un niño como él, de su edad, de su procedencia, un actorcito genial llamado Bhavin Rabari.

En palabras de Nalin: «El personaje de Samay está basado en mis propias experiencias y en lo que mis amigos y familiares solían narrar de aquella época. Tomé notas de lo que hacíamos, cómo nos sentábamos, a qué jugábamos, cuál era nuestro aspecto, qué ropa llevábamos... Lo que hice básicamente fue escuchar a todas estas personas para construir los personajes».

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Dirección y aspectos técnicos

Acierta Nalin con una dirección libre y cargada de poesía. Su libreto se basa en los pequeños conflictos o diabluras que se van sucediendo para confeccionar una historia de sólidos sentimientos, todo ello a pie de infancia, casi sin alzar la mirada al mundo adulto; y los problemas al lado de una vía de tren provisora de trabajo y vida, que va y viene.

Una atrayente y bien acoplada música de Cyril Morin y gran puesta en escena. El filme apuesta por la narración visual y el montaje demuestra un importante talento para devolver lo que es propio del cine: la emoción que siempre tuvo y nunca debió abandonar, como ocurre hoy día con algunas obras. De hecho, ganó la Espiga de Oro en la Seminci de Valladolid, desde mi manera de ver, muy merecidamente.

En el reparto, la bella Richa Meena muy bien como Baa, la madre del niño. Dipen Raval muy eficiente como el padre. Bhavin Rabari excelente como Samay, un niño precoz, de intensa mirada, muy expresivo y que tiene mucho en común con el personaje que interpreta. Bhavesh Shrimall, para mi gusto el mejor, como Fazal, el proyeccionista. Alpesh Tank, como el maestro. Acompañando actores y niños, como antes decía, como Vijay Mer, Tia Sebastian, Kishan Parmar, Vikas Bata, Shoban y Makwa Rahul Koli en un trabajo coral muy emotivo y bien trabado.

Creo interesante apuntar que los niños que vemos en la película no son profesionales y son de la misma zona rural del director, niños con un lenguaje corporal natural, que están acostumbrados a correr casi desnudos —como ha explicado Nalin— que se sientan de una manera característica, que rebosan naturalidad y hablan de una forma determinada, siempre en gujarati. Encontrar un elenco infantil así constituyó una gran responsabilidad para el director en su afán por ser fiel a sus propias experiencias.

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Pasajes memorables

Hay capítulos dignos de mencionar, como la relación del niño con el mundo ingenuo y un tanto esquizoide del proyeccionista, o la relación hipnótica de su mirada con las imágenes del cine popular indio en forma de aventuras, bailes y aparatosas coreografías propias del Bollywood de entonces.

Es también curioso el fervor gastronómico de una madre que, sentada sobre una especie de cojín bajo, casi a ras de suelo, cocina y elabora manjares desde el alba, exquisitos alimentos para su familia que al pequeño protagonista sirven a modo de intercambio con el empleado del cine: comida exquisita por cine gratis.

Está, además del atractivo del niño protagonista, Bhavin Rabari, que tiene una intensa mirada cargada de la luz que él mismo busca apresar fuera. El modo en que negocia lo sentimental, con tiento y equilibrio.

Y la manera en que se ofrecen visualmente los resplandores de la sala de proyección y los efectos del candil sobre la pantalla. Imágenes bellas y sugerentes.

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Múltiples referencias cinéfilas

Nalin es un cineasta teórico y riguroso que primero busca una historia y luego investiga cuál será el estilo adecuado para llevarla a la pantalla.

Pero no esconde sus preferencias cinéfilas por el anhelo espiritual de Andréi Tarkovsky, las acciones de alto voltaje de Akira Kurosawa o el estilo versátil de Stanley Kubrick y Sergio Leone. Nalin cree que cada guion nace con su propio estilo cinematográfico natural, como lo demostraron Kubrick y Leone.

Es un director autodidacta, que estudió Bellas Artes y Diseño. A la vez empezó a escribir sobre cine y a organizar un cineclub en la universidad. Esta película es un homenaje a grandes cineastas. En los títulos de crédito se puede leer: «Gratitud por iluminar el camino…», seguido de una breve lista de nombres que consta de los hermanos Lumière, Edward Muybridge, David Lean, Stanley Kubrick y Andrei Tarkovsky.

Pero, al fin y al cabo, esta película conmueve y finalmente, a pesar de su sencillez o por eso precisamente, se queda con uno. Yo me la llevé puesta al salir de la sala. Más aun tratándose de un cine tan singular como clásico, que es donde yo pude visionarla, a golpe de rollo de 35 mm y proyector de los que ya no hay.

Escribe Enrique Fernández Lópiz